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 Histerias de Familia

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anarion
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MensajeTema: Histerias de Familia   Lun Ago 31, 2009 6:16 pm


Este relato está escrito por: anarion, mariam, Joana, Chus y lesefe.

CAPITULO I


Los gusanos dejaron de ser capullos. Ya son mariposas.

- ¡Estará de guasa! ¿No? – bramó Chus, al tiempo que tiraba el papel sobre el escritorio de caoba y se giraba hacia Geni- ¡Pero qué porquería de contraseña es ésta! Se supone que voy a dar una conferencia acerca de las últimas técnicas sobre el fraguado del cemento. Así que ¿cómo piensa Leti que puedo soltar semejante majadería desde el estrado?
- ¡Ajá! Ya lo tengo. ¡Joder! Mira que me costó poner este ocho. ¡Ay! ¿¡Qué!? –Geni levantó la mirada de su Sudoku mientras se frotaba el hombro derecho, donde le había impactado el pisapapeles.
- Ya veo que no te interesa mi problema –siseó Chus- Total, ¿qué es en comparación a colocar números del uno al nueve en un papelito? –y acto seguido volvió a pasearse detrás del escritorio mientras pasaba, con furia, uno a uno los folios de su discurso- ¿Me quieres decir en qué parte encajo yo esa perogrullada, eh?
- No te lo tomes así, ya sabes que la jefa no anda muy fina últimamente. Todavía no pudo superar que Choni se escapara del balneario –una risilla se le escapó- Anda qué... lo tenías a huevo. Allí estaba ella, tirada en el jacuzzi, con los ojos cerrados. Sin saber que estaba compartiendo ese momento de intimidad con el mismísimo Diablo. Y a un tris de pasar a mejor vida...
- Deja de burlarte o probaré mi nueva mezcla contigo.

Toc, toc.

Ambas se giraron hacia la puerta del despacho tras intercambiar una mirada interrogante.

- ¿Esperas a alguien? –preguntó Geni.
- No –y se encogió de hombros al expresar su orden- Adelante.

Un hombre alto, de algo más de metro noventa y con la constitución de un armario, ocupaba todo el vano de la puerta.

- ¿Ocurre algo David?
- Siento interrumpir jefa –dijo dirigiéndose a Geni- Pero hemos escuchado un ruido sónico en la parte de atrás del edificio.

Geni se giró hacia Chus, con los ojos en blanco y haciendo un gesto con la mano para indicar que David no poseía un cerebro normal.

- ¿Infra o súper, David?
- Súper, jefa. Hipermega, hasta podría asegurar.
- Está bien, ve con alguno de los chicos a ver qué pasa. Y David –le llamó cuando el hombre ya casi había cerrado la puerta-, si no es necesario, por favor, no utilices la ametralladora. Todavía está muy reciente la desaparición del matrimonio de ancianos, a los que tuve que silenciar la semana pasada para encubrir uno de tus orgasmos bélicos. En mi vida había visto a alguien excitarse de esa manera al apretar un gatillo.

- Ok, jefa. Nada de ametralladora-y se fue.

Cuando se volvió para hablar con Chus, no le extrañó nada ver como un temblor sospechoso sacudía sus hombros. Hasta que ya no pudo aguantar más y estalló en carcajadas.

- ¿Hipermega? –consiguió hipar mientras se secaba las lágrimas- ¿De dónde sacaste a ese musculitos con cerebro de mosquito?
- No te lo vas a creer, pero David es mi famoso acosador.
- ¡Venga ya! –exclamó Chus- ¿El tipo que te hizo andar con cuatro ojos, porque pensaste que estabas en el punto de mira de las Albariñas?
- El mismo. Y lo único que quería era que le enseñara a ser un buen ladrón –casi escupió al pronunciar aquella palabra- ¡Un vulgar ladrón! Indignante. Estuve a punto de darle matarile por semejante ofensa. Pero luego al verle bien, descubrí que podía darle buen uso como guardaespaldas. No es muy brillante a la hora de pensar, pero es una máquina para ejecutar órdenes. Si digo, “a tal lo cementas”. Pues lo cementa. No importa lo que la víctima diga o haga para disuadirle, él simplemente ejecuta su orden. Es como el eslogan del Banesto: “Dónde quieras, cómo quieras y al instante”. ¿Te lo presto para despachar a Choni? –le ofreció con una sonrisa deslumbrante.
- Esa bocaza tuya será tu perdición –amenazó Chus, como contragolpe a la pulla- De momento dejaré en el olvido tus impertinencias. ¿Sabes algo de Nuria?
- No. Y me extraña. No sé, me parece que ese halo de misterio que rodea su repentino viaje, nos traerá alguna sorpresa.
- Sí. ¿Crees que se habrá ido a la Pampa a cazar gansos?



Tropezó con el escalón al salir, haciendo caer de sus manos la fotocopia que autentificaba su nueva condición. El fuerte viento desplazó la hoja de papel hasta el borde de la acera, y ella, con un movimiento bastante torpe, se agachó a recogerla. Su cuerpo invadió parte de la calzada, obstaculizando el tráfico rodado. Un coche, en su afán por esquivarla, tuvo que hacer un trompo y terminó estrellándose contra una boca de riego. Instantes después, del interior del vehículo salió un espécimen nada trivial, cargado de esteroides y tan enfadado, que su rostro se tornó cerúleo. Era David, el guardaespaldas personal de Geni.

El requisito final para la total aceptación en el “selecto” Club de las Albariñas había sido conseguido. Acababa de completar su metamorfosis. A partir de ahora todo le saldría al revés.


Última edición por anarion el Miér Mayo 21, 2014 5:04 pm, editado 13 veces
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anarion
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Lun Ago 31, 2009 11:43 pm

CAPITULO II


- ¿Sabéis para qué es esta reunión urgente? –preguntó Maddy a sus compañeras- En la nota no lo ponía.
- Pues no sé, pero se está juntando la créme de la créme –respondió Sibylla, al tiempo que recorría con la vista el salón- ¡Mira! Por allí viene Geni con sus guardaespaldas. ¡Menuda banda!
- Ja, ja, ja. Como te oiga ese tonito en referencia a sus chicos, date por muerta. Adora a todos y cada uno de ellos. Aunque no sé que le ve a esos dos de allí –dijo Noe, fingiendo un estremecimiento-. Uno parece salido de una película de terror, con esa cara pintada de blanco y esa melena desgreñada. Y el otro... el otro casi le sirve de envoltura, ¿os fijasteis en que le saca más de cuarenta centímetros de altura y unos treinta de anchura? Si no fuera por esa pinta tétrica que tiene, yo estaría encantada de tener un guardaespaldas como ése.
- La verdad es que sí forman un equipo pintoresco –acotó Nuria con diversión-. Ella pequeñita, en comparación, claro: con metro setenta de estatura. Y ellos, los siete, rondando los dos metros, decímetro arriba, decímetro abajo. Eso sin contar lo diferentes que son, tanto física como estéticamente.
- Por ahí viene la jefa con Chus –señaló Maddy.

La sala estaba abarrotada de gente. Todos los miembros de la Familia habían sido convocados de urgencia. Por la puerta de entrada al salón, acababan de aparecer Leticia, la jefa, y Chus, la segunda al mando y encargada de todo lo concerniente al principal activo de la organización: el cemento. Mientras se dirigían a sus asientos, fueron saludando a los asistentes.

- Naty –saludó Leti con una inclinación de cabeza.
- Jefa –devolvió el saludo.
- Aizba, Yuma.

Se sentó en un sillón de cuero cerca de la chimenea. Chus lo hizo en el sofá de dos plazas que estaba a la izquierda de Leti, junto a Nesa.

- Por favor, sentaos –se dirigió a sus colegas.

Todos los presente tomaron asiento, excepto los guardaespaldas de Geni, que se colocaron formando un semicírculo rodeando el sillón en el que se había sentado ella.

- ¡Por favor, Geni! Dile a tus niños que no hace falta que adopten esa pose sobreprotectora aquí –bufó Chus- No hay peligro en esta sala, estamos en familia.
- A ellos les parece mejor mantener esa formación –respondió con un encogimiento de hombros-. Así que yo les doy el gusto. Además, reconozco que me gusta su actitud.
- Bueno –interrumpió Leticia-, seguramente os preguntaréis por qué os he hecho venir –hizo una pausa para asegurarse de que todos le prestaban atención-. Bien, pues os he reunido aquí, para informaros, que en breve, todas deberéis presentaros en Cangas de Onís para un cursillo de perfeccionamiento y reciclaje de las tácticas, técnicas y formas de tratar con los “amigos” de la Familia.

Leticia se levantó del sillón y empezó a deambular de un lado a otro mientras continuaba con su discurso.

- De un tiempo a esta parte, he notado un comportamiento disoluto y que no se corresponde con la filosofía de nuestra organización, por parte de algunos de nuestros miembros. Y eso es algo que no puedo seguir consintiendo, ya que es una actitud totalmente contraproducente para nuestros intereses. Así que, después de un tiempo de elucubración y tras mucho cavilar, he llegado a la conclusión de que aquellos miembros de la organización que tras el cursillo pertinente, no obtengan un resultado de aptitud favorable, serán dados de baja.

Un murmullo nervioso recorrió la estancia. Y sobre él se escuchó la voz de David.

- ¿Habéis captado algo del mensaje que ha hecho la Gran Jefa? Yo no, estaba plagado de palabrotas –indicó perplejo.
- ¿Palabrotas?- Sebastian le miraba con una ceja alzada y expresión divertida.
- Sí, palabrotas. O acaso, elucubración, cavilar y aptitud ¿son palabras normales? Te digo Seb, que esa mujer no sabe lo que dice.
- Que tu anquilosado cerebro no sea capaz de discernir su significado, David, no quiere decir que no sean palabras normales –replicó Blackie.
- Pues yo estoy con David –intervino “El Enterrador”-. Que diga claramente las cosas. “U os atenéis a las normas de conducta de la Familia u os cementamos.” Eso es mucho mejor que todo ese discurso vacuo, en el que sólo se nos informa de que nos darán unas clasecillas. Como si a nosotros nos hicieran falta –resopló.


Última edición por anarion el Jue Sep 10, 2009 8:28 pm, editado 1 vez
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anarion
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Lun Ago 31, 2009 11:55 pm

CAPITULO III


Las dos de la madrugada. Llevaban esperando desde las doce. ¿Pero a alguien le importaba? Por lo visto, no. Estas Albariñas eran lo más informal que jamás había visto. ¿Y la puntualidad? Estaba más claro que el agua, por dónde se pasaban ellas la puntualidad. En fin, resignación. Si tocaba esperar, pues se esperaba y punto. Eso sí, ardería Troya, si al final no aparecían.

- ¡Maldita sea, quítate de ahí! ¡Fus, fus!

Geni se dio la vuelta echa una furia, para encontrarse con una escena de comedia barata. Puso los ojos en blanco y contó hasta diez… luego lo pensó mejor y amplió la cuenta hasta quinientos. “¡Qué cruz, señor, qué cruz!”. Al llegar a casa daría una clase magistral a sus subordinados sobre el significado de los términos: sigilo, pasar desapercibido, camuflaje... o la frase dicha por el protagonista de su libro preferido, Sicario: “navegar con bandera de pendejo”. Aunque esto último, casi no hacía falta, porque si algo se le daba bien a su guardia pretoriana, era hacer el pendejo.

- ¡Que te quites he dicho! Bicho apestoso... –Blackie estaba intentando alejar a una rata que quería probar el cuero de sus zapatos. Mientras, Seb y William se reían a mandíbula batiente apoyados contra la pared de piedra del viejo almacén.
- Tranquilo Black, deja que el animalito se alimente un poco –le instó Will en tono jocoso-. Además, no puedes culparle porque le atraiga el olor a queso –añadió doblándose de risa.

Blackie dio un paso amenazante, pero cambió de objetivo tras las palabras de Sebastian.

- Sólo son unas botas viejas, Black. Ni me imagino lo que harías si amenazara tus Manolo Blanhik –la carcajada se le atragantó cuando el antebrazo de Blackie le apretó la traquea, clavándole en la pared y levantándole un palmo del suelo.
- Así que fuiste tú el gracioso que se llevó mis botas –siseó-. Ya puedes ir devolviéndomelas o la piel que le lleve a Manolo para que me haga las siguientes, será tuya.
- Tranquilo Black –lo apartó Will-, sólo estábamos bromeando. Déjale respirar.
- Pues bromear con otra cosa. Esas botas son para estrenar en mi próximo concierto.
- ¿Qué botas?

David acababa de llegar, justo para oír la última frase. Se estaba aburriendo como una ostra en la otra punta del almacén, cuando oyó algo de jaleo y decidió aproximarse a ver qué pasaba.

- Mis botas, para el concierto de la semana que viene.
- Ah. Bueno, ¿qué contáis? ¿Mucho movimiento por este lado? –preguntó al tiempo que le daba patadas a la basura esparcida por el suelo- Por el nuestro nada. Y Under es como una tumba –rió-. ¿Lo pillasteis? Como una tumba… ¿a qué es buenísimo?
- Para partirse –susurró Will con ironía.
- Partir, voy a partir yo algunas cabezas, si no aparecen mis botas. Con lo que me costaron.
- Para botas, teníais que haber visto las que le llevé al alcalde. Ese tío es muy raro, pero quién soy yo para juzgar. Y las botas eran un puntazo: de piel de cocodrilo teñida de rojo, sin costuras. Altas, más arriba de la rodilla, con un cordón de cuero negro que hacía un dibujo en forma de equis por delante, con plataformas y unos tacones de casi veinte centímetros –David seguía con su conversación sin percatarse de la mirada asesina que le dedicaba uno de sus compañeros-. ¿Os imagináis? Le llevaba esas botas a Priscila, para que me perdonara por haberle roto la mesa del salón mientras practicaba una llave nueva. Pero fue verlas el alcalde y quedarse embobado.
- ¿Le diste las botas al alcalde? –masculló Blackie, para gritar a continuación, abalanzándose sobre un sorprendido David- ¡¡¿Le regalaste mis botas a esa maruja de tres al cuarto, para que las pasee por los locales del puerto?!!
- ¿Tus botas? Yo pensé que eran de la jefa, para que no se sintiera tan pequeñaja entre nosotros. Iba a comprarle otras.
- ¿De Geni? –William volvió a reírse- ¿Te parece que ella puede ponerse unas botas de un cuarenta y cinco?
- ¡¡¡Y yo qué sé!!! Sólo quería que Pris me perdonara. Además fueron el soborno perfecto. No tuve ni siquiera que darle el recadito que le llevaba. Estaba tan emocionado que tengo dudas de que se enterara de lo que le estaba diciendo y mucho menos de lo que ha firmado.


Geni estaba que rabiaba, mirando la escenita.

- Kevin. Ve allí y pon orden, porque si voy yo, vacío el cargador.
- ¿Yo? ¿Por qué no mandas a Sean?
- Porque te estoy mandando a ti.
- ¿Acaso tengo cara de niñera? Un día de estos voy a perder la paciencia, entonces será peor el remedio que la enfermedad, ya verás.
- Seguro que sí, chico duro –le despidió con un guiño- Manda a Will y a Blackie a relevar a Marc. Ahora que está sólo, seguro que la pobre chica estará muerta de miedo. Y sin ella no podremos hacer el canje.



Se estaba muriendo de frío. Y estaba cansada de aquella maldita caja en la que la habían metido. Se hizo un ovillo para conservar un poco de calor, pero el aire gélido que se filtraba entre las tablas le estaba entumeciendo el cuerpo. Le pediría una manta a su captor, pero le aterraba siquiera pensar en esa bestia que estaba sentada sobre la tapa de la caja. ¿Por qué se habría ido el otro? Por lo menos, hablaba con ella. Éste se limitaba a observarla con esos ojos medio blanquecinos, mientras hacía crujir los nudillos. Ni sabiendo que su vida pendía de un hilo, pudo reprimir los gritos de pánico. Y fue entonces cuando aquel gigante se acercó y golpeó la caja con los puños. Tan fuerte, que el impacto amenazó con hacer añicos la madera. Desde ese momento, fue como si le hubieran cosido la boca, no la abría ni para tomar aire. El que él se hubiera acomodado encima de la caja, tampoco ayudaba lo más mínimo. ¿Dónde estarían sus compañeras? Hacía tiempo que deberían haber llegado para el intercambio.

De repente, se oyeron gritos y disparos.

- ¡Estupendo! Esta gente está chiflada –escupió Geni- ¡Vámonos! Coged a la chica, que nos largamos antes de que llegue la policía.

¡¡¡¡¡¡¡¡CON EL PIPIRIBIPIPI, CON EL POPOROBOPOPO!!!!!! Al que noooooooo le guuuuuuuste el vino, es un aaaaaanimaaaaaal….¡¡¡¡ES UN A-NI-MAAAAAAALLL!!!

Eso fue lo que se pudo oír en casi cien metros a la redonda, acompañado de tiros al aire. Al parecer, el grupo de Albariñas que debían presentarse, hacía más de dos horas, para cerrar la operación, prefirieron perder el tiempo recorriendo las tascas del puerto. Y ahora se aproximaban al lugar, tambaleándose y armando un jolgorio descomunal.

- Alguien nos ha visto –Sean se agachó junto a Geni, detrás de un contenedor- Era una mujer, la seguí hasta el Ciempiés.
- ¡Genial! A esto le llamo yo un trabajo bien hecho –furiosa se enfrentó a su hombre- Os guste o no, vais a ir al puñetero cursillo. ¡Menudo desastre!
- ¡Ey! Nosotros no tenemos la culpa de que ésas llegaran armando todo este alboroto.
- ¿No? –le miró alzando una ceja- ¿No os mandé peinar la zona para evitar problemas? Y dime, ¿revisasteis las tabernas?
- De eso se encargaba Dave –dijo a la defensiva.
- ¿David? ¡¡¿Mandaste a David a peinar la zona?!!



- ¿Y cómo querías, jefa, que peinara la zona si no me dio un peine?
- Tú eres idiota –bufó Sean- Peinar la zona... significa rastrearla palmo a palmo.
- ¡Ya basta! –Geni estaba sentada en un sillón mirando fijamente a David- A veces, David, me imagino golpeándote la cabeza con un machete, para comprobar si debajo del hueso hay un cerebro. ¿Y sabes qué? Siempre me encuentro con la misma cosa…
- ¿El vacío? –se burló Will.
- … cuando el cráneo se abre, salta un muelle con un payaso en la punta chillando “Picaste, picaste, qué chasco llevaste”. Salir de aquí, por favor. Tú no, Kevin.

Kevin se quedó mirando por el ventanal, de espaldas al escritorio. Acechaba el exterior como un buitre acecha la carroña. La verdad, es que no esperaba que hubiera problemas, pero después de lo acontecido esa noche, cualquier cosa era posible. Para colmo, se había puesto a diluviar al poco de aparecer aquella panda de alcohólicas.

- No tiene pinta de escampar, pero si quieres puedo ir en busca de esa mujer.
- No, déjalo. De eso se encargará Sean mañana. Lástima que el capitán Suárez se haya caído por las escaleras y esté de baja, si no hubiéramos acabado el trabajo sin preocuparnos por los agentes de la ley. Pero bueno, Chus ya está tanteando a la nueva capitana.

El silencio se impuso durante los siguientes quince minutos, roto solamente por el tamborileo de los dedos de Geni sobre la mesa de roble y el incesante repiqueteo de la lluvia contra el cristal. No dejaba de darle vueltas al asunto “David”.

- Dime una cosa, Kevin –el interpelado giró la cabeza hacia ella, con una mirada interrogante- ¿Por qué demonios decidí contratarle?

Una sonrisa se instaló en la cara del hombre al contestar.

- ¿Porque hace la vida más divertida?

Ella asintió.

- E imprevisible...
- Y entrañable...
- Cierto, pero esta casa cada día se parece más a un manicomio. Voy a hablar con él –dijo mientras se incorporaba-. Porque me parece que antes me pasé un poquito.
- Además –añadió Kevin-, ha conseguido que el alcalde firmara el contrato de fidelidad a La Familia... –se giró para mirarla de frente, con un brillo pícaro en los ojos- con unas simples botas.


Los hombres que estaban sentados a la mesa levantaron la vista de sus cartas y la posaron sobre la puerta del despacho. Las carcajadas que salían del mismo habían roto el silencio y aliviado un poco la tensión que se había apoderado de ellos, antes en la reunión.

- Parece que ya ha recuperado el humor –Under se dirigió a Sean- Quizás, signifique que después de todo no tendremos que realizar ese humillante cursillo.


Última edición por anarion el Jue Sep 10, 2009 8:29 pm, editado 1 vez
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anarion
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Mar Sep 01, 2009 4:24 pm

CAPITULO IV


La luz del sol formaba miríadas de colores al atravesar las gotas de lluvia que empañaban la enorme cristalera. Junto a ella, sentado ante una humeante taza de café, el alcalde de la ciudad leía el periódico. Fruncía el ceño, concentrado en el resultado de los partidos de fútbol de la última jornada de liga.

- ¡Mierda! -gruñó entre dientes, al cerciorarse de que tampoco esa semana ganaría un mísero euro.

Ofuscado, pasó las páginas buscando las noticias de ámbito social, con la esperanza de encontrar algo que mejorara su mal humor. Esa mañana, su mujer le había hablado de un suceso acontecido en el puerto la noche anterior. En realidad, no le había prestado demasiada atención. Su cháchara incesante sólo aumentaba el dolor de cabeza que arrastraba, fruto de la resaca. Huyendo de la lengua afilada de su cónyuge, había salido por patas para dirigirse a la cafetería en la que se detenía todos los días antes de dirigirse al ayuntamiento.

Le reconcomía la conciencia, no por ignorar los chismorreos de Clara (que era francamente insoportable), sino porque era su deber como alcalde estar al tanto de cualquier acto vandálico o de otra índole que se produjera en la ciudad.

Acercó la taza a sus labios y sorbió, haciendo una mueca de dolor cuando el café caliente le quemó la lengua. El líquido, casi hirviendo, goteó por su barbilla y rápidamente lo secó con su pulcro pañuelo blanco.

- ¡Esta mierda casi me escalda!

Tan concentrado estaba en limpiar la mancha oscura que empapaba la mesa, para evitar mojar los puños de su elegante chaqueta, que no se percató de que alguien entraba como una tromba en la cafetería. Sólo al oír los murmullos de admiración de otros clientes, su atención se dirigió hacia la puerta, donde descubrió a una mujer vestida con un entallado vestido rojo que delineaba su curvilínea figura.

Los ojos de ambos se cruzaron y, con un sinuoso vaivén de caderas, la recién llegada caminó hacia su mesa. Jonás, el alcalde, tragó saliva con nerviosismo ante la directa mirada de la extraña, como si se conocieran. Pero él estaba totalmente convencido de que jamás la había visto, a no ser que estuviera borracho aquel día. Sus labios esbozaron un rictus de impaciencia cuando la mujer se detuvo a apenas un metro de su lado y no abrió la boca ni emitió sonido alguno. La paciencia no era una de sus virtudes. Por muy atractiva que fuese la fémina de rojo, no quería que aquella escena diera fruto a habladurías. ¡Dios no quisiera que llegara a oídos de esa arpía de Clara!

El silencio se volvió pesado como una losa, así que carraspeó impaciente. La mujer pestañeó repetidas veces, con un gesto de nerviosismo que se le antojó muy seductor.

- ¿Puedo ayudarle en algo? -preguntó con tono indiferente, desmentido por una súbita tirantez bajo sus calzoncillos.
- Es usted el alcalde -no fue una pregunta, sino una afirmación que no sorprendió a Jonás. Era bien conocido en toda la ciudad, tanto por su cargo público como por otras cuestiones.
- ¿Qué desea? -insistió, acomodándose en la silla.
- Necesito contarle algo -murmuró con manos temblorosas, sentándose en una de las sillas.

Los murmullos de desaprobación sonaron a espaldas de Jonás, que palideció y empezó a sudar copiosamente.

- ¿Pero qué hace? -la increpó.
- Por favor, necesito que me escuche.

Los cuchicheos se propagaron por la cafetería como la pólvora. Llevaba tiempo sabiéndose objeto de chismorreos, por lo que sabía que todos especularían sobre su conversación con aquella mujer. Pero se veía tan asustada que Jonás se rindió.

- Está bien, hable rápido -gruñó.
- Fui testigo de lo que sucedió anoche.
- ¿Anoche? -repitió con un hilo de voz.
- Sí, yo estaba allí cuando sucedió todo.
- ¿Allí, dónde? -preguntó con hastío.
- En el puerto. Lo sé todo -enfatizó.
- ¿Queeé? -preguntó Jonás, lanzando un chorro de babas que, milagrosamente, no alcanzó a su interlocutora, cuya mirada inquisitiva aplacó su libido. No, ella no podía saberlo, no podía estar al tanto de su secreto y haber presenciado su actuación de la última noche como Drag Queen en aquel local del puerto.
- Sí, yo estaba allí.
- ¿Qué quiere por su silencio? -le preguntó en voz baja.
- ¿Mi silencio? No entiendo, sólo quiero facilitar la información que tengo -respondió patidifusa-. Es mi deber.
- ¿Su deber? -casi rugió.
- No le entiendo -se llevó una mano a la garganta, aterrada por la mirada inyectada en sangre del alcalde.
- Tratas de hundir mi carrera política… -desvarió.
- ¿Pero qué dice? Sólo quiero confesar que yo-lo-vi-to-do -silabeó-. Anoche, en el puerto -susurró mirando sobre su hombro, como si su vida corriera peligro- había dos grupos de mujeres que…
Dividido entre el alivio y la incertidumbre, posó la mirada sobre el periódico. Pasó las páginas hasta encontrar un artículo que parecía tener sobrecogida a la ciudad: “Último cara a cara entre La Familia y Las Albariño”


Última edición por anarion el Jue Sep 10, 2009 8:30 pm, editado 1 vez
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anarion
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Mar Sep 01, 2009 4:46 pm

CAPITULO V


Los dedos revolotearon sobre las teclas. Primero despacio, luego rápido y, finalmente, se replegaron sobre sí mismos hasta formar, junto con las palmas de las manos, unos puños que descargaron golpes furiosos sobre el teclado.

- ¡Maldita zorra!

David se levantó del sillón, arrancó los cables del monitor y lo lanzó contra la pared de enfrente. Después sacó la CPU de debajo de la mesa y la llevó a patadas hasta arrinconarla contra el archivador, donde se dedicó a patearla una y otra vez.

Apoyada en el marco de la puerta, Geni observaba la escena mientras daba pequeños sorbos a su zumo de naranja.

- Dime que no es ésa la forma que tienes de eliminar un virus informático...

David se dio la vuelta con cara de sorpresa, frunció el ceño y giró la cabeza para ver de nuevo la CPU.

- ¿Tenía un virus? -se encogió de hombros- Pues así matamos dos pájaros de un tiro -y descargó otra patada sobre la caja del ordenador.

Geni detuvo el vaso a escasos milímetros de su boca y enarcó una ceja.

- ¿Dos pájaros?

Él metió las manos en los bolsillos del pantalón, bajó la vista y comenzó a balancearse adelante y atrás. Al cabo de unos segundos, susurró:

- Priscila no quiere volver a verme, me lo ha dicho por el messenger.
- Ya -Geni paseó la vista por los restos de su ordenador nuevo-. Y tú decidiste tomarte al pie de la letra la expresión: matar al mensajero.
- Te regalaré otro -dijo sin dejar de observar la punta de sus zapatos-. Mañana iré a ver a Piero y le pediré que te traiga el mejor que tenga -levantó la cara y la miró con esa expresión aniñada que sabía que ablandaría hasta a las piedras-. Ya verás, el último modelo. Piero acaba de dejar las muletas, no creo que le haga gracia la posibilidad de volver a la silla de ruedas.

Geni resopló y se dejó caer en un sillón junto a la ventana.

- David, no puedes arreglar todo partiendo piernas. Que pertenezcamos a la mafia, no significa que vayamos pegando tiros y dando palizas a todas horas. Hay que tener un poco de discreción.
- Y yo soy discreto, nadie me ve. Y si me ven, me cuido mucho de no dejar testigos -dijo ufano.
- No tienes remedio -replicó Geni entre carcajadas. Se levantó del sillón y se dirigió a la puerta-. Anda ven, vamos a arreglar ese corazoncito como se debe.



Una camioneta se acercaba a toda velocidad por el camino de acceso a la mansión, dejando una gran polvareda a su paso. Kevin bajó los prismáticos soltando una maldición: "ese loco se va a llevar por delante la verja de entrada si no frena". Un chirrido de frenos acompañó ese pensamiento, y la verja desapareció de su vista, debido a la nube de polvo que se levantó cuando el pick-up hizo un trompo a escasos centímetros de la misma. Kevin accionó el botón para que la verja se abriera y dejara entrar al vehículo, luego fue al encuentro del conductor.

La puerta de la camioneta se abrió, en el momento en que Kevin se acercaba a la carrera desde la casa, dando paso a un hombre alto, con una melena rubia casi hasta la cintura y vestido con una camisa negra y pantalones vaqueros.

- ¿Los has traído?

William señaló, con un movimiento de cabeza, dos sacos que reposaban en la parte posterior del pick-up, junto a los bidones de carburante.

- Sí. Y tuve que pagar una pasta por ellos. Ernesto dijo que ya los tenía apalabrados con otra gente, pero ya sabes, el dinero hace milagros -se recostó contra el lateral del vehículo, sacó un paquete de tabaco del bolsillo de su camisa y encendió un cigarrillo-. ¿Está todo listo? -preguntó después de exhalar el humo.
- Sí -Kevin rodeó la camioneta y subió para recoger uno de los sacos, bajó de un salto y se quedó mirando su carga, extrañado- ¿Están drogados?

William se separó del pick-up y fue a coger el otro saco.

- Tienen las patas atadas y una capucha en la cabeza -masculló con el cigarro entre los dientes.
- Bien. Vamos, entonces.

Se dirigieron a la parte posterior de la casa. Allí, en la cancha de baloncesto se encontraban sus compañeros: Under, Blackie, Sean y Sebastian, que estaban terminando de echar arena en un improvisado palenque. Seb fue el primero en verlos.

- Ya están aquí. Venga, apostemos -dijo sacándose un fajo de billetes del bolsillo trasero de sus vaqueros.
- Yo no apuesto hasta ver a los animales -gruño Under.
- Pues aquí los tienes -William abrió el saco que llevaba y soltó al gallo dentro del círculo-. Kevin, suelta al otro.

Era dos ejemplares de gallos de pelea de primera, ambos con un plumaje negro con reflejos verdes. Se distinguían gracias a las plumas de la corona y de las alas, que eran de distinto color: uno las tenía rojizas y el otro, rubias. Sean sujetaba al rubio en un lado del círculo y William al rojo en el otro. Los gallos cacareaban y agitaban las plumas con frenesí, mientras los hombres terminaban de cerrar sus apuestas.

- ¡Ya! -Kevin dio la orden de soltarlos.

Al instante, los animales se enzarzaron en un combate bestial. Los hombres se pusieron a gritar y a jalear, cada uno animando al gallo por el cual había apostado, mientras las aves se lanzaban picotazos y saltaban intentando clavarse las garras mutuamente, ensañándose uno con el otro. Tras unos minutos de encarnizada lucha, el rubio dio un revuelo espectacular, consiguiendo clavarle el espolón en el cuello a su adversario, provocándole una herida de tal profundidad, que el gallo rojo cayó fulminado.

- ¡Bah! -bufó Blackie -ese gallo no valía.
- ¡Y un huevo! -respondió Seb, mientras contaba sus ganancias- Lo que pasa es que este rubio es divino -añadió, acariciando al ensangrentado animal.
- Ahora será mejor que recojamos todo antes de que Geni se entere que fomento este tipo de espectáculos -Kevin ya estaba deshaciendo el campo de batalla- Como nos pille en una de éstas, Gran Bretaña le devolverá el peñón de Gibraltar a España, antes de que a nosotros se nos termine la penitencia.



Ajenos a las actividades clandestinas de sus compañeros, dentro de la casa se había montado una fiesta en honor a la ex-novia de David.

¡¡Y ahora voy a saliiiiiir!!....¡¡a beberme los bareeeeees!!...¡¡a olvidarme de ti y volver a viviir!!... ¡¡y a pasarlo bien padre!!

Geni y David estaban bailando en el medio del salón, cada uno con su vaso en la mano y cantando a pleno pulmón. Una botella de vodka estaba tirada en la alfombra cerca del sofá, donde una muñeca hinchable vestida de gala, miraba con la boca abierta a aquellos dos, mientras la increpaban.

¡¡He buscao a los colegas!!...¡¡los tenía olvidadooooos!!...¡¡me alejaste de ellos!!

- ¡¡Maldita pendeja!! -David le tiró el vaso a la pobre "Priscila"- ¡¡Jamás me han falladooooo!!

Geni se agachó a coger la botella y bebió al tiempo que giraba por el salón. Entrelazó el brazo con el David y a coro cantaron y bailaron .

- ¡¡Ya termina esta historia!!... ¡¡Orale mis carnaleeeees!!...¡¡saca todo el tequila, vámonos de fiesta...!! -Geni alzó la botella en un improvisado brindis hacia la muñeca- !!... Y QUE CHINGUE A SU MADRE!!

- Vaya, ¿te montas una fiesta y no me llamas?
- Toma -Geni le lanzó el Smirnoff a Nuria y siguió dando vueltas-. Únete a nosotros.

Nuri le dio un trago al vodka y se quedó mirando el sofá. Se volvió hacia Geni y señaló a la muñeca con un gesto de la cabeza.

- ¿Y ésta quién es?

David se acercó tambaleándose, cogió a Nuria por la cintura y la plantó delante del sofá.

- Nuri, te presento a...
- A Priscila -dijo Geni con una risilla.
- A la ZORRA de Priscila -la corrigió.
- Bueno, eso -se disculpó con un encogimiento de hombros y mirada inocente- a la zorra de Priscila. ¿Seguimos con la fiesta? -se dirigió a la cadena de música y rebuscó entre los cd´s- ¿Qué os parece si ponemos a Poison?
- ¡Genial! -Nuria se deshizo del abrazo de David y comenzó a mover la cabeza arriba y abajo- ¡Me encanta Poison!



- ¿Escucháis la música? -Blackie cargó el último saco con los restos de la pelea de gallos en la camioneta- Deben estar de fiesta.
- Sí. ¿Por qué no vais? Ya me encargo yo de deshacerme de esto -dijo Will- y de paso voy a buscar a la albariña, así le da un poco el aire y seguro que una fiesta le parece mejor que estar todo el tiempo sola en ese cuartucho.
- Vale. Nos vemos luego entonces -le despidió Sean.



Pasos.

La mujer que estaba tumbada en la cama se levantó de un salto y fue a sentarse en la silla que había debajo del ventanuco. Cogió la revista que le habían dejado y se puso a hojearla por enésima vez. "Ojalá no sea esa bestia, de nuevo", pensó con aprensión.

Se oyó el tintineo de un llavero y luego la cerradura al abrirse. Una figura enorme ocupaba el vano de la puerta, sin embargo, la mujer soltó el aliento que tenía atascado en los pulmones: "menos mal, no es él". Se enderezó todo lo que pudo y le dedicó una mirada desdeñosa al recién llegado.

- ¿Te puedo ayudar en algo? -preguntó con sarcasmo.
- No, ¿por qué? -respondió Will, asombrado.
- Es que como no es hora de que me traigan de comer... pensé que necesitabas algo.
- No seas petulante. Vengo a sacarte de aquí un rato. Te vienes a la casa grande.

El temor se debió reflejar en el semblante de la mujer, porque William se apresuró a decir.

- Estás invitada a la fiesta.
- ¿Fiesta?
- Sí, fiesta.

"¿Qué clase de fiesta era aquélla?... Y lo más importante, ¿por qué le permitían acudir?". La mujer iba absorta en sus pensamientos, por eso no se dio cuenta de que habían llegado, y eso que la música era estridente y estaba a un volumen altísimo. "Esta gente en un par de años estará sorda perdida", pensó.

- Ya verás como te lo pasarás bien -William alargó la mano e hizo girar el pomo.

Cuando la puerta se abrió, el espectáculo que la mujer vio, la dejó anonadada. Todo el mundo saltando y moviendo la cabeza. Algunos haciendo como que tocaban guitarras. Había gente encima de las mesas, encima de los sillones y todos berreaban al ritmo de la canción que sonaba en el aparato de música.

William la empujó con suavidad para que entrara, y justo al poner el pie dentro del salón... Algo parecido a un hombre, saltó desde algún lugar para gritarle a escasos milímetros de la cara.

- ¡¡I fuck like a beast!!

Al instante, todo se volvió negro y sintió como caía hacia atrás.

William la cogió antes de que cayera al suelo y le dedicó una sonrisa divertida a un incrédulo Blackie.

- Al parecer, no le gustó tu cara.
- No, parece que no.


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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Vie Sep 04, 2009 4:28 pm

CAPITULO VI


Dos semanas después.


Geni estaba sentada en el sofá al lado de Kevin, discutiendo sobre un cargamento que debería haber llegado hacía tres días. Los demás, excepto David, estaban sentados a la mesa jugando a las cartas.

- ¡No, hombre! - exclamó Seb- Will, tenías que haber tirado triunfos. Hay que arrastrar para intentar quitarles las cuarenta.

- ¿Fuiste a llevarle de comer a la chica? -le preguntó Geni a Kevin.
- No, se estuvo encargando de eso David. Dijo que quería estar ocupado.
- Bien. Hablando de él, ¿dónde está?
- Salió esta mañana y todavía no ha vuelto.
- Ah. Entonces, ¿dices que el barco no llega hasta mañana?
- Sí, el hombre...

La puerta se abrió de golpe y un resplandeciente David hizo su aparición.

- Dadme la enhorabuena, chicos. ¡¡Me caso!!

Siete pares de ojos se clavaron en él y luego se miraron unos a otros confusos.

- No me digas que te has reconciliado con Priscila y que además fuiste lo bastante tonto como para pedirle que se case contigo.
- No, Will -David se acercó a la puerta y dijo- Entra cariño, deja que te presente a mis amigos.

La mujer entró despacio y con cara asustada. Se pegó a David y apenas echó un vistazo a los presentes.

- ¡Mierda! -susurró Sean.
- Mira, cariño, estos son mis compañeros. Nos conocen como la Sagrada familia o Comando G... -se puso delante de ella, inflándose como un pavo y señalándose de arriba a abajo con arrogancia-...aunque algunos somos bastante más G que otros -dijo guiñándole un ojo.

- Sí, bastante más gilipollas -masculló Kevin, mientras Geni se dejaba caer contra el respaldo del sofá con los ojos cerrados.
- Kevin, dime que he tenido una alucinación. Dime que la chica con la que piensa casarse David no es Pili, la albariña. Nuestro rehén.
- Lo siento, jefa, pero esto no es Renault ocasión -replicó él con sarcasmo.
- Yo lo mato.



Tenía adherido a la nariz el olor a cerrado. Pese a las horas transcurridas, ese hedor aún impregnaba la habitación en la que le habían dado “hospedaje“, es decir, donde la retenían en contra de su voluntad. Era un cubículo de poco más de cinco metros cuadrados, sin ventanas ni ventilación. El camastro en el que dormía, el único mueble del que disponía, tenía más agujeros que un queso de gruyere. “¿Qué les habría costado dejarla en la misma de antes?” Sentía los músculos doloridos después de pasar la noche durmiendo sobre ese jergón lleno de bultos, aunque, en realidad, apenas había podido dar unas cabezaditas pensando en el funesto destino que se cernía sobre ella: ¡¡casarse con David!!

Se reincorporó hasta quedar sentada y, en un gesto de derrota, dejó caer la cabeza contra la pared.

“No podía casarse con él”. Le faltarían dedos para enumerar las razones para negarse, aunque con una ya era más que suficiente. Necesitaba huir de allí antes de que el matrimonio se celebrara.

“¿Pero qué bicho le había picado a ese individuo para decidir esa estupidez?” “¿Acaso demasiada inhalación de alquitrán le había afectado el cerebro?”

Estaba tan desesperada que se puso a rezar fervorosamente.

El sonido de una llave girando en la cerradura señaló la llegada de alguien. Con piernas temblorosas se puso en pie, presta para enfrentar al intruso. La puerta se abrió dando paso a una figura alta y esmirriada que atravesó el umbral cojeando ligeramente.

El cuarto estaba iluminado por una bombilla colgada de un cable, que se balanceaba de vez en cuando y, cuando el recién llegado caminó bajo el haz de luz, Pili pudo ver su rostro: era enjuto y de piel lechosa, con ojos azules y el cabello castaño le caía suelto hasta los hombros.

Ante la mirada interrogativa de la rehén, sonrió ampliamente, mostrando una hilera de dientes blancos y regulares.

- Soy Caín.
- ¿Y dónde has dejado a Abel? -se burló.

El hombre rió sonoramente, al parecer, divertido.

- No lo sé, pero acabo de rebanarle el pescuezo a un tipo, ¿sería ése, Abel? -le sonrió con frialdad.

La sangre se le heló en las venas. Abrió desorbitadamente los ojos, estudiando las reacciones del otro. Sabía que esos mafiosos eran capaces de eso y mucho más. Sólo cuando vio el brillo de su mirada comprendió que mentía.

Caín volvió a reír al verla respirar con regularidad.

- En realidad me envían para darte esto -le informó mientras le entregaba papel para cartas y un bolígrafo.

Las hojas parecían amarillentas bajo la luz de la bombilla. En la esquina superior, a la izquierda, destacaba un sello que representaba un dragón volando sobre una nube.

Caín se encogió de hombros al ver su expresión interrogante.

- Mejor no preguntes. Sólo escribe una carta a Las Albariño para informales de tu inminente boda con David y de que, tras ésta, abandonarás el club.
-¡¡No lo haré!!
- Lo harás -dictaminó él.

Le tendió los papeles y el boli, pero Pili no los cogió. Caín se encogió de hombros y los dejó caer sobre el camastro. Hizo una burlona reverencia y se marchó con su paso renqueante.

- ¡Por los viñedos de las Rías Baixas! Mierdaaa, parece que esto va en serio.

Nerviosa, comenzó a deambular por la habitación, pero lo reducido de sus dimensiones no le permitió alejarse mucho, por lo que recorrió el mismo trayecto una y otra vez.

- Piensa, Pili… -se frotó las sienes-, tienes que encontrar una solución.

Cual novia a la fuga, la única que podía pensar era la huida. El problema era cómo salir de allí.

Al cabo de un tiempo que no fue capaz de estimar, y durante el que no dejó de devanarse los sesos, una llave volvió a girar en la cerradura y Caín volvió a hacer acto de presencia. En esa ocasión entró con una bandeja en sus manos. El olor a café recién hecho y el dulzón de los pastelitos que portaba, inundó su nariz. Sus tripas rugieron recordándole que estaba hambrienta.

- Me imaginé que estarías famélica -sonrió Caín, como si no hubiera oído el alarido de su estómago.
- No mucho, en realidad -mintió mientras su cuerpo bramaba exigiendo alimento.

El carcelero apretó los labios para ocultar el deseo de reír y depositó la bandeja sobre el camastro. Sólo entonces Pili reparó que, además del desayuno, llevaba una carpeta.

- Tu prometido me ha pedido que te entregue esto. Es para los preparativos de tu boda.
- Sea lo que sea, no lo quiero -lo encaró.
- No seas obcecada-dijo burlón-, sólo quiere que le eches un vistazo y escojas lo que te guste. Es muy considerado de su parte.
- No me interesa darle mi opinión y menos su consideración-se cruzó de brazos.
- Igualmente míralo -le ordenó perdiendo la paciencia.

Pili levantó el dedo corazón a la espalda de su carcelero mientras se alejaba, luego se concentró en el desayuno. Movida por la curiosidad, abrió la carpeta y en ésta descubrió varias fotografías que mostraban vestidos de novia. Casi se atraganta con el pedazo de croissant que masticaba. Se golpeó el pecho con el puño y bajó el bocado con un trago de café.

- ¡Menuda panda de lunáticos!



Caín se detuvo ante la puerta, inseguro de cómo reaccionaría la pelirroja ante su próxima visita. Después de las visitas anteriores, estaba seguro que lo que tenía que comunicarle le agriaría todavía más el humor. Se santiguó como si se enfrentase a un combate, introdujo la llave en la cerradura y giró el pomo. Apenas abrió la puerta, algo lo puso en alerta. Con prudencia se adentró en el cuarto, pero sólo había dado unos pasos cuando notó el impacto de algo sólido contra su cabeza. Gruñó mientras se protegía con un brazo y trataba con el otro de agarrar a su atacante, que trataba de huir. Pero la pelirroja era escurridiza y, después de dejar caer la bandeja, se agachó y pasó bajo su brazo. Lo empujó con todas sus fuerzas y al verlo trastabillar, corrió hacia la puerta. Sin embargo, Caín logró agarrarla del borde de su camisa y tiró de ella haciéndole perder el equilibrio.

- ¡Suéltameeeeeeee! -gritó furiosa.
- Si te escapas, David me matará.
- Qué pena -se burló mientras trataba de golpearlo en la espinilla. Pero el hombre, pese a ser un enclenque, tenía brazos duros como el acero y, reincorporándose, la rodeó por la cintura y la arrastró de regreso al interior del cuarto.

Después de cerrar la puerta de una patada y guardar la llave en un bolsillo, la encaró con gesto adusto, pero ella no se amedrentó.

De lejos llegaba el sonido de música a todo volumen, a la que se sumaban varias voces altisonantes. “Si que se divierten estos mafiosos”, pensó malhumorada al oírlos. Caín recorrió con la mirada el contenido de la habitación, todo permanecía en su lugar, salvo un montón de papeles amontonados en el suelo.

- ¿Dónde están las fotos?

Pili señaló los restos de éstas con un dedo.

- ¿Y la carta?

Señaló una avioneta de papel sobre el camastro.

- ¿Estás loca? No puedes desafiar a David. Si David se enfurece, la jefa se enfurece y si la jefa se enfurece… -simuló que se cortaba el cuello- esto puede ser el acabose. ¿No tienes nada que decir en tu defensa?

Pili alzó el dedo corazón de su mano derecha.

Caín apretó los labios.

- Muy bien, tú misma. Atente a las consecuencias.

Con paso más renqueante que de costumbre, sin duda gracias a una certera patada de la mujer, caminó hasta la puerta. Ante ésta la miró sobre su hombro.

- Esta noche será el ensayo de la ceremonia y mañana, te casarás con David.

La música en el pasillo ahogó la retahíla de palabrotas que la albariña le lanzó.


La noche llegó demasiado rápido, sin darle tiempo a que se apagara su ira y, menos aún, para prepararse para aquella función circense. ¿Dónde estarían sus compañeras? ¿Por qué nadie había ido en su rescate?


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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Vie Sep 04, 2009 4:28 pm

Escoltada “amablemente” por Caín, entró en lo que supuso era la sala. La primera persona a la que vio fue Geni, recostada indolentemente sobre un enorme sillón de relax. Tenía las piernas estiradas, un vaso sobre una mesita y parecía concentrada en la lectura de Dream Chaser. La miró por encima del libro y arrugó el entrecejo, pero no le dirigió palabra. De fondo, se oía Angel Down, aunque sus oídos no captaron ni una nota. Sus ojos estudiaron la siniestra decoración de la estancia: al fondo, destacaba lo que supuso representaba el altar, pero en realidad era un mesa de madera tan oscura que parecía de color negro; había velas encendidas por todas las superficies disponibles y el olor a cera derretida le provocó arcadas. A todo eso, se sumaban varios ramos de rosas negras y…allí también... estaba David.

Del bolsillo de su cazadora de cuero sobresalía una rosa negra y una hoja verde alargada, más similar a un alga que a un helecho, como única concesión a su indumentaria habitual.

- Acércate -la urgió Caín. Pero sus pies no se movieron, por lo que la guió él mismo.

De pie ante su prometido, rezó en silencio porque algo, lo que fuera, impidiera aquella grotesca boda al día siguiente. David le colocó ante la nariz un pequeño estuche de terciopelo. Cuando Pili no lo abrió, él lo hizo por ella, mostrándole un anillo de oro blanco con un enorme diamante tallado en forma de calavera.

- Lo encargué especialmente para ti -confesó David emocionado.

Geni resopló desde su sillón, pero continuó leyendo.

- ¿Qué te parece? -urgió a la novia.
-Aggg -fue todo cuanto pudo decir, ganándose una sonrisa aprobadora de David.

Pili vio que Caín ocupaba el lugar del sacerdote. Miró a David arqueando una ceja.

- Sólo es para el ensayo -le explicó-. El cura verdadero está durmiendo la mona, demasiado vino en las misas... -rió-, pero mañana estará como nuevo.

Geni volvió a resoplar.

“¿Qué voy a hacer?” gimió Pili mentalmente, sin prestar la menor atención a nada de lo que el falso cura, es decir Caín, iba diciendo. De pronto se hizo el silencio y al levantar la mirada, vio que todos aguardaban por su respuesta. David le habló al oído, aunque gritó a voz en cuello, casi dejándola sorda.

- Tienes que decir “sí quiero”.

Pili apretó los labios, negándose a pronunciar esas palabras.

- ¡Pili! -la urgió.
- No puedo casarme contigo -dijo en voz muy baja.
- ¿Por qué? -gritó sobresaltándola.

Pili se frotó la oreja e improvisó.

- Hace años hice una promesa que debo cumplir.
- ¿Qué promesa? -refunfuñó David.
- Pues…mm… “¿Qué promesa?“… prometí a mi madre que únicamente me casaría con el hombre capaz de explicarme qué narices es un poliedro.
Geni levantó la vista del libro y prestó atención a los novios. "Tonta, acabas de sellar tu destino". Quien la viera pensaría que estaba aburrida con la situación e incluso que los acontecimientos le resultaban del todo indiferentes... Nada más lejos de la realidad, esa boda la sacaba de quicio y todavía no entendía el porqué.

David se había quedado mudo de asombro ante tan estúpida promesa, pero bueno... no iba a ser él quien se quejara. Una sonrisa lenta y arrogante se fue dibujando en su cara...

- Un poliedro, Pili, es un cuerpo geométrico tridimensional delimitado por caras planas... una pirámide es un poliedro, un ataúd es un poliedro, una caja es un poliedro...
- ¿Hay algún poliedro que no se relacione con una tumba? -espetó airada.

Él se rió, mientras la tomaba de la mano y la giraba hacia Caín.

- Anda, responde ahora.

Pili comenzó a sentir frío, un frío helado que se apoderaba de sus huesos y que hizo que sus dientes comenzaran a castañetear. "Maldita sea, el muy tarado sabía lo que era un poliedro. ¡Joder!".

- No hace falta que pongas esa cara de susto -era la primera vez que aquella mujer se dirigía a ella- David es un buen chico y te tratará estupendamente, deberías estar contenta... te podría haber ido mucho peor.

"¡Será majadera, la tía esta...!"

- Pues si tan buen chico es, ¿por qué no te casas tú con él? -le gritó.

Geni clavó una mirada de acero en ella, se recostó de nuevo en su sillón y alargó la mano para coger el vaso de la mesita. Bebió despacio sin apartar la vista y, con una enervante lentitud, volvió a dejar la bebida en su lugar, luego se encogió de hombros.

- Principalmente... porque él quiere casarse contigo, no conmigo -señaló. Luego reinició la lectura.

Pili hervía de rabia ante la despreocupación que aquella bruja tenía por su suerte. Tanto, que no le importó insultarla delante de todos.

- ¡¡¿Y tú eres tan estúpida que le das todo lo que quiere?!!

Geni bajó el libro hasta su regazo y la miró con sorna.

- Si está en mi mano dárselo y hacerlo no me ocasiona excesivas molestias... sí, soy lo bastante estúpida para complacerle... para tu desgracia.
- Pili -la llamó David- Responde, ya no tienes excusa.

Ella irguió la espalda y con aire petulante les informó de que no habían hecho sonar la marcha nupcial. Y sin marcha nupcial, no habría boda.

- Blackie, complazcamos a la novia -bufó Geni- Pon la marcha nupcial.

De los altavoces comenzó a sonar una melodía que Pili no pudo reconocer, pero que no estaba mal, hasta que un alarido interrumpió la música y el sonido de guitarras eléctricas amenazó con destrozarle los tímpanos.

- ¡Bruto! Te confundiste de canción. Ésa no es la marcha nupcial.
- Te equivocas -Geni sonreía abiertamente y disfrutaba de su incomodidad- Es nuestra marcha nupcial, ¿verdad, David?
- Sí, cariño -le dijo suavemente a Pili para tranquilizarla- "Hasta que tu muerte nos separe" de Mago de Oz. ¿A que es preciosa?
- ¡Estáis enfermos! –exclamó horrorizada.

Caín tosió para llamar la atención de la novia.

- ¿Podemos seguir con el ensayo? –le imploró, harto de estar allí parado. La pierna mala estaba comenzando a dolerle- Ya casi estamos en la parte en que os declaro marido y mujer – con actitud cansada se dirigió a Pili- Pili, ¿aceptas a David por esposo?
- ¡¡No!! ¡¡Nunca!! ¡¡Jamás!!

Pili se puso a gritar. Empezó a tirarse de los pelos frenéticamente, mientras andaba en círculos amenazando a los presentes con sus palabras.

- ¡¡Sois unos desgraciados, que algún día acabaréis muertos de forma lenta y dolorosa!! – se volvió hacía David con rapidez y se ensañó con él- ¡¡Y Tú...!! Escúchame bien... N-O, ¡NO!, anótalo dónde quieras, pero grábatelo en la mente... ¡No, no, no y no! ¡Jamás! ¡No-quie-ro! –se sacó el anillo, que David le había colocado antes, y lo lanzó contra la repisa de la chimenea, decapitando a una pobre lechera de porcelana, que tuvo la desgracia de encontrarse en el lugar y en el momento equivocados. “Qué lástima” pensó “Era lo único bonito que había en el salón”.

Giró en redondo, señalándolos a todos con el dedo índice, inspirando y espirando con brusquedad, tal era la agitación que sentía.

- Estáis todos locos sí pensáis que quiero unirme a este... a este... ¡mentecato!... ¡mendrugo!... ¡retrasado mental!... ¡a esta montaña de músculo sin cerebro!... ¡Nunca, me oís! ¡NUN-CA! Antes prefiero dormir con una víbora, que me coman los tiburones o que me entierren viva... cualquier cosa, antes que casarme con éste...

Geni estaba a punto de estallar en carcajadas, ante la pataleta de la albariña, hasta que reparó en la expresión dolida que reflejaba el rostro de David. Al instante, una ola de furia barrió toda su diversión, haciéndole hervir la sangre y borrándole la sonrisa de la cara.

- ¡¡Marc!!

Una sola palabra que restalló como un latigazo en el salón, cortando de raíz la diatriba de Pili y transformando, al instante, los murmullos de los demás en un silencio sepulcral.

- ¿Sí, jefa?
- Llévatela.

Aquel susurro iba tan cargado de veneno, que por sí solo, podía paralizar a un elefante. Nunca se dejaba llevar por la ira, pero aquella mujer había traspasado sus límites. Nadie. Nadie... hería a uno de los suyos. Cerró los ojos y se concentró en emitir un lento suspiro. De nuevo, con su autocontrol intacto, miró a la albariña y sonrió con indulgencia.

- Enhorabuena, cielo. Te concederé tu deseo.

La mente de Pili se había quedado en blanco... “¡Por Dios...! ¿Qué has hecho Pili?” Asustada, observó acercarse a “El Enterrador” con su eterna mirada inexpresiva. “¡Madre mía, madre mía...! Tengo que salir de aquí. ¿En qué estabas pensando? ¿Es que no has aprendido nada en estas semanas...? Esta gente está loca... son la clase de personas a las que se les echa de comer aparte...”

Reaccionó justo cuando el hombre alargaba la mano para sujetarla. Con un salto ágil, salvó el obstáculo del improvisado altar y se aferró a Caín gritando...

- Sí, sí, sí... me caso... me lo he pensado mejor. ¿Dónde firmo? No hay porqué esperar a mañana... Poned cualquier cláusula... da igual... acepto.

Geni le hizo un gesto a Marc para que volviera a su lugar, mientras observaba los desesperados intentos de su empleado por sacarse de encima a aquella mujer histérica que se había adherido a él como una garrapata. Estaban a punto de caer al suelo, cuando David la apartó de Caín con un simple tirón.

- Ya no hace falta que aceptes –declaró con una voz desprovista de emoción- Ahora soy yo quien no quiere casarse contigo.

Y antes de que Pili pudiera articular palabra se la lanzó a Under como si fuera un trapo.

- Asegúrate que el agujero es lo suficientemente amplio. Ya que lo ha pedido, por lo menos que le resulte grato –exigió al salir del salón.


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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Vie Sep 04, 2009 4:47 pm

CAPITULO VII


El sonido metálico de la pala resonó al golpear contra una piedra. En la oscuridad, la visibilidad era nula. Marc gruñó mientras lograba extraerla y después siguió cavando con buen ritmo. Pasaba de la medianoche, ni una estrella brillaba y las nubes, grises de tormenta, formaban una pantalla que ocultaba gran parte de la esfera lunar.

- ¿Te parece el hoyo lo suficientemente profundo?

David levantó la cabeza y fijó su mirada, triste y vacía, en el rostro de Under que aun en sombras pudo leer su expresión. Y la indiferencia con que hundió los hombros, fue un gesto bastante ilustrativo de cuál era su estado de ánimo.

- Tú eres el experto en cavar fosas, así que decídelo.

Marc entrecerró los ojos. La frialdad de David no le gustaba lo más mínimo. Era un hombre de pasiones y aquél parecía muerto.

- ¿Te estás arrepintiendo de tu decisión? ¿Acaso ya no quieres que le hagamos unos zapatos de cemento a la pelirroja? -rió con sorna.
- ¿Parezco arrepentido? Si la albariña prefiere la muerte a casarse conmigo, la tendrá.
- Como quieras… pero si yo fuese tú y me hubiera encaprichado de ella…
- No me he encaprichado de ella -le respondió con acritud-, y sigue cavando.

El enterrador gruñó por toda respuesta, pero reanudó su trabajo. Aunque no era del dominio público, “enterrador” era algo más que un mote. Durante una época de su vida había cavado fosas por un sueldo, y no precisamente para deshacerse de alguien excesivamente molesto como esa albariña metomentodo.

- ¿Qué haces? -se quejó David cuando le oyó golpear el suelo de forma repetida, como si matara una cucaracha.
- Acabo de aplastar una larva.
- ¡Apasionante! -se burló su compañero-. Déjate de jueguecitos, Marc.
- No tienes ni idea -bufó-. Esa larva era xilófaga.

Ante el gesto indiferente de David, se explicó.

- Se alimenta de la madera.

La expresión de David no cambió ni un ápice.

- ¿De qué están hechos los ataúdes?
- ¿Quieres callarte ya y seguir cavando? -se exasperó. Odiaba cuando se ponía a hacer alarde de sus conocimientos. O sería que no estaba de buen humor para apreciarlo, porque normalmente podía reírle sus escasas payasadas. Tal vez esa albariña metomentodo se le había colado en el corazón…

Un ruido tenue, pero lo suficientemente audible para llamar su atención, sonó a unos metros de distancia. Miró sobre su hombro y descubrió que Caín se acercaba con Pili, atada de manos y amordazada.

Un velo de tristeza nubló sus ojos. Aun cuando quería odiarla, algo se lo impedía. Quizá se había dejado llevar por la furia cuando secundo la orden de su jefa, pero ella lo había herido profundamente. En cualquier caso, no había vuelta atrás. La decisión estaba tomada.

-La jefa me ha ordenado que os deshagáis de ella cuando antes. Dice que no soporta más sus gritos de histeria - explicó Caín, esquivando una patada de Pili.

David asintió con la cabeza, pero se negó a establecer contacto visual con la joven. Pili buscó sus ojos con una súplica en su mirada. “¿Cómo podía escapar de la muerte? ¿Y si le juraba que se casaría con él y que tendrían una caterva de hijos? No, antes no había funcionado. Mierdaaaaa”.

La mordaza la impedía hablar, así que gimió para llamar la atención de David, pero éste ni siquiera la miró. Estaba tenso y esquivo.

- Bueno, el hoyo ya está perfecto para acomodar a la albariña -se regodeó Marc, frotándose las manos.

Pili palideció y gimió con más fuerza.

- Maldita sea -se quejó Under-. No tenemos ataúd -explicó a Caín y David.
- En el garaje queda uno. Habrá que encargar más. Últimamente no duran demasiado -respondió Caín separándose ligeramente de Pili, que persistía en su intención de golpearlo.
- Acompáñame Caín -ordenó Under-. Dejemos a la parejita sola para que se despida -rió burlón mientras se alejaba, seguido de la silenciosa figura de Caín.

Pili miró la ancha espalda de David, quien se giró para encararla y estudiar su aspecto. La joven estaba despeinada, los cabellos rojizos le caían sobre la frente. Tenía la ropa arrugada y tironeaba de las cuerdas que le ataban las muñecas. Caín era hábil anudándolas, tan bueno como un marinero, por lo que David sabía que no podría liberarse.

Los ojos del hombre estaban enrojecidos, como si estuviesen inyectados en sangre, y la mirada que le lanzó fue fría e impersonal.

- Mmm… -gimió Pili tras la mordaza.



La sombra de tres figuras se alargaba sobre el suelo de tierra mientras caminaban. Inca, Isa y Juana trataban de moverse con el mayor sigilo posible. Isa iba en cabeza y parecía saber hacia donde se dirigían, algo de lo que ni Juana ni Inca tenían la más remota idea.

- ¿Sabes a dónde nos lleva? -susurró Inca al oído de Juana.

Ésta negó con la cabeza, concentrada como estaba en escoger dónde ponía el pie para evitar caerse, puesto que el terreno era muy irregular. El viento soplaba con fuerza y el olor a lluvia impregnaba la atmósfera, a pesar de que aún no se había manifestado. Inca levantó la cabeza cuando una ráfaga de aire le arrancó el enorme y abigarrado pañuelo con que se cubría el rostro.

- ¡Mi pañuelo! -se quejó corriendo tras él.

Isa se dio media vuelta y la encaró.

- No grites -siseó-. Se supone que estamos de incógnito. Además, ¿no os dije que vistierais discretamente? Con esa ropa, parecéis una pareja de curdos -se quejó ante el gesto interrogante de éstas.

Juana la miró ofendida. Estudió sus pantalones negros y su camisa del mismo color. Llevaba sus largos cabellos atados con una cinta a la altura de la nuca. Inca, en cambio, se cubría la cabeza nuevamente con el pañuelo multicolor.

- ¿Por qué no te pones luces de neón? -se quejó nuevamente Isa.

Inca frunció los labios.

- Hace frío -se quejó.
- Bufff -resopló Isa, extrayendo del bolsillo trasero de sus vaqueros una petaca plateada-. Toma un trago.
- ¿Qué hacemos aquí? -preguntó Juana-. No nos has dado ninguna explicación y, seamos honestas, Inca y yo queremos una -se quejó.
- Hay que oxigenarse un poco -explicó, quitándole la petaca a Inca cuando juzgó que ésta bebía demasiado.
- ¿Oxigenarse? -farfulló Inca-. ¿Con este olor putrefacto que nos rodea?
- ¡Estamos en un descampado! -exclamó Juana, señalando lo obvio.
- No seáis blandengues. Lo que nos trae hasta aquí es cuestión de vida o muerte.
- ¿Vas a decirnos qué es? -insistió Inca mientras observaba con avidez como Isa daba un buen trago de albariño.

La aludida se secó la boca con la manga de la camisa, después gimió con deleite:

- Ummm buena cosecha, sí señor. La fermentación ha sido perfecta.
- ¿Quieres respondernos? -intervino Juana, perdiendo la paciencia.
- Yaaa, yaaa… Os pido que guardéis silencio y me escuchéis con atención.
- ¡Pues habla! -exclamó Inca.

Isa la fulminó con la mirada.

- Creo… -bajó el tono de voz y miró a su alrededor, como si temiera ser espiada- que Pili está retenida por esos mafiosos.
- ¿Queeé? -preguntaron al unísono sus compañeras.
- Sssshhh. Estamos de incógnito.
- ¿Qué te hacer suponer tal cosa? -fue Juana la que habló, en voz muy baja.
- Nadie la ha visto después de la Operación Puerto. Lo que me hace sospechar que lleva semanas desaparecida. No hace falta ser Einstein para deducir qué ha pasado -miró nuevamente a los lados-. Esos mafiosos del demonio no la han soltado.
- ¿Y por qué vamos nosotras tres solas a rescatarla? -preguntó consternada Juana.
- Por-que- va-mos-de-in-cóg-ni-to -silabeó como si fuera obvio- Ufff, venga, menos cháchara y contonear el muslamen. ¡Moved el culo, ya! -ordenó.

Al cabo de unos minutos de silencio, que a Juana e Inca se les hicieron eternos, detectaron unas figuras en la distancia. Isa se detuvo abruptamente y se agachó tras una roca. Gesticuló a sus compañeras para que la imitaran.

- Mirad… -señaló con un dedo.
- ¿Es Pili? -preguntó Inca, estirando el cuello para lograr una buena panorámica.
- Apostaría a que sí -musitó Juana.
- Quietas, no os mováis -les ordenó Isa al ver que hacían ademán de ir en su busca-. ¿Acaso no veis que no está sola? Hay alguien con ella. Uno de esos mafiosos -añadió con desprecio.

Tras unos segundos de meditación y una nueva ronda de tragos de vino, las instó a abandonar el refugio. Con la mano derecha gesticuló tres veces; una a la izquierda, señalando a Inca; otra a la derecha, haciendo lo propio con Juana y una al centro, golpeándose a sí misma en el pecho.

- ¿Queeeé? -susurraron sin entender sus compañeras.
-¡¡¡¡A las 9 en punto, a las 3 en punto, a las 6 en punto!!!! Inca, tú le atacarás por la izquierda. Juana, tú por la derecha. Yo le atacaré por la espalda -se regodeó-. No tenéis ni idea de tácticas de ataque… ni de camuflaje -añadió al volver a mirar con disgusto el pañuelo de Inca.

Evitando más discusiones y, con el mayor sigilo del que pudieron hacer gala, se separaron.


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anarion
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Vie Sep 04, 2009 5:00 pm

David le arrancó la mordaza que le cubría la boca.

- No grites -le ordenó, mirándola con ojos fríos como el hielo.
- Desátame las manos -le pidió Pili.

David negó con la cabeza.

- No voy a escapar… -mintió.

La risa hueca y sin humor de él, le respondió.

- ¿No esperarás que te crea? -añadió sosteniéndola por el antebrazo para impedir que saliera corriendo.

Por el rabillo del ojo, Pili avistó a varias figuras aproximándose. Reconoció al instante a Inca, que nuevamente llevaba ese horroroso pañuelo que Dios sabía dónde habría conseguido. A Juana, la pobre tenía una expresión demudada y a Isa, que parecía exultante. Claro, llevaba una enorme rama entre sus manos.

Por la expresión eufórica de la pelirroja, David se percató enseguida de que alguien se aproximaba e hizo amago de volverse. Leyendo sus intenciones, Pili lo sostuvo por la chaqueta de cuero, en la que aún lucía la rosa negra, se alzó de puntillas, tiró de él y lo besó.

Apenas sus labios entraron en contacto, el golpe contra la nuca lo hizo caer inconsciente.

- Buen truco -la felicitó Isa.
- Llegáis tarde.
- ¿A tu funeral? - Inca miraba con recelo el inmenso hoyo-. Yo diría que llegamos a tiempo.
- Ja -se burló la pelirroja-. Rápido, desatadme y huyamos. Caín y Under no tardarán en regresar.

Juana extrajo una navaja y cortó las ataduras, mientras que Isa e Inca lo celebraban con una nueva ronda de tragos.

-Rápido, desaparezcamos -las urgió Juana.
- No tan rápido -intervino Pili, quitándoles la petaca para beber también ella,. Luego se detuvo a estudiar la figura inerte en el suelo, junto al hoyo.
- ¿Quieres que lo echemos dentro? -se rió Inca.
- Ni hablar. Es mi prometido, vamos a llevárnoslo de rehén.

Pili se agachó para agarrar los tobillos de David, pero al tirar hacia arriba, fue ella la que cayó hacia abajo quedando en una postura ignominiosa. Maldiciendo, se reincorporó y escupió la tierra que se le había metido en la boca.

- Será mejor que me echéis una mano.
- Uff, no sé -vaciló Inca- no parece que él nos vaya a ayudar mucho y levantar este peso muerto puede provocarme un ataque de lumbalgia.
- Sí, es cierto. Tiene pinta de pesar un quintal -añadió Juana, con tono desmoralizado.
- Tu lumbago será la menor de tus preocupaciones, si los demás llegan antes de que nos hayamos ido -siseó Pili.
- Pili tiene razón -Isa cogió a David por un brazo, rodeando el bíceps con ambas manos- Venga Juana, sujétale el otro. Inca, tú agárrale por un tobillo y Pili que haga lo mismo con el otro. Luego a la de tres, tiramos.

A regañadientes, Juana e Inca hicieron lo que se les ordenó, no sin antes darle un buen traguito al alcohol, esperando que les ayudara en tan ardua tarea.

- Venga, a la de tres. Una... dos... y tres.

Las cuatro tiraron con todas sus fuerzas, pero sólo lograron levantar dos palmos las extremidades que sujetaban. El estómago de David seguía anclado al suelo. Inca dejó caer la pesada pierna y se llevó la mano derecha al hombro izquierdo y la mano izquierda a la zona lumbar, con gesto de dolor.

- Te lo dije -se quejó haciendo un puchero- me ha dado lumbalgia y, además, me he dislocado un hombro.
- No seas tonta -bufó Pili- si te hubieras dislocado el hombro estarías retorciéndote de dolor...
- Efectivamente -Caín venía cargado con un martillo y una caja de clavos, que dejó en el suelo antes de alumbrar a las recién llegadas con la linterna-. Marc, parece que tenemos compañía.

Under dejó caer la caja junto a un árbol, luego se sentó en ella y recostó la espalda contra el tronco. Su mirada sombría recorrió, uno a uno, los rostros demudados de las mujeres. Parpadeó un par de veces al ver el estrafalario y nada discreto pañuelo de Inca.

- Bonita mortaja -le dijo sacándose el sombrero a modo de saludo.

Fue la última emoción que la pobre pudo soportar. Con un gemido ahogado cayó cuan larga era al lado de David, que estaba siendo atendido por Caín. Marc sacó un teléfono móvil del bolsillo de su chaleco vaquero y marcó despacio sin dejar de observar a las demás.

- Jefa, tenemos visita.



La camioneta avanzaba velozmente, asustando a los animales nocturnos que encontraba a su paso. En el interior, sus ocupantes hacían recuento de las armas de que disponían. Una miniuzi para Seb, dos Magnun 9 milímetros para Sean, una ballesta para Blackie y varias granadas de mano más alguna de racimo, por si se terciaba su uso. William entrecerraba los ojos para ver mejor y, de vez en cuando, echaba una mirada por el rabillo del ojo a su jefa que, con parsimonia, asentaba la hoja de su cuchillo contra una tira de cuero. Un frenazo en seco fue la manera que tuvo de decir que habían llegado.

- Otra maniobra parecida, William, y en vez de quitarte puntos, te los van a tener que dar.
- Lo siento, jefa -respondió sin el menor atisbo de arrepentimiento.

Geni bajó del coche y estalló en carcajadas al ver a tan ilustres personajes esperándola.

- Vaya, esto sí que es un honor -luego la diversión se le esfumó, por segunda vez en ese memorable día-. ¡¡¿Qué cojones ha pasado aquí?!! -bramó arrodillándose junto a David para examinar el enorme chichón en la base del cráneo.

- Al parecer, esa mujer le ha atizado con una rama -informó Caín.

Geni clavó una mirada asesina en Isa.

- Parece que te gusta jugar con tronquitos, ¿no? -afirmó con voz serena- ¡Seb! Trae el machete y una cuerda. ¡Steve, Sean! amordazad y encadenad a estas tres -ordenó señalando a Juana, Pili e Inca- después metedlas en la camioneta.

Se agachó para recoger la rama con la que Isa había golpeado a David, luego alargó la mano para que Sebastian le diera el machete y con unos golpes abrió la madera en dos por uno de los extremos, rebajando un poco cada mitad por la cara interior.

- ¿Sabes lo que se les hace a los caballos salvajes para que no se alejen mucho de la zona en que se les suelta? -le preguntó a la albariña mientras daba los últimos retoques a su obra. Luego tomó la cuerda y se acercó a Isa- Se les lastra con un tronco atravesado entre las patas... para que no puedan galopar. Marc, sujétala.

Isa echó a correr en el momento en que Under hizo ademán de levantarse. Pero no llegó muy lejos, porque una andanada de balazos impactaron cerca de sus pies, cortándole la huida.

- Un paso más y te dejo seca -le gritó Seb, sin dejar de apuntarla con la miniuzi.

Marc la alcanzó y la llevó de vuelta hasta Geni, luego la tiró al suelo y le puso un pie en el estómago, apretándolo cada vez que la mujer se retorcía para liberarse. Una vez que Geni le colocó el pie izquierdo en el hueco abierto en la rama y se la hubo atado al tobillo, la pusieron en pie. Luego Marc le dio un empujoncito. Isa perdió el equilibrio y para recuperarlo adelantó el pie derecho que tropezó con la rama haciéndola caer al suelo.

- Venga, levanta -Marc le ató las muñecas con una cuerda que sujetó a la puerta trasera de la camioneta.

Geni le hizo una seña a Will para que arrancara y disfrutó viendo como la albariña hacía esfuerzos para no tropezar cada vez que tenía que dar un paso. Luego, sacó su teléfono y llamó a Kevin para que los viniera a recoger con el Jeep. Le contó lo que había pasado y le informó que William se había llevado a la morralla aquella a su nueva residencia: El purgatorio.

Volvió al lado de David con un bote de coca-cola que había cogido en la nevera de la camioneta y se lo puso sobre el chichón. Luego, con delicadeza le apartó un poco de tierra que le manchaba la mejilla y dejó que toda la antipatía que sentía por la mujer que le había hecho aquello saliera a la superficie. Casi al instante, la antipatía dio paso al resentimiento y el resentimiento al odio.

Marcó otro número de teléfono.

- ¿Sí? -dijo una voz al otro lado de la línea.
- Hola, soy yo. Te he enviado un regalito. Unos huéspedes un tanto especiales... me los quedaría yo, pero me pone mala que mi casa tenga que atufar a alcohol durante una temporada. Así que te traspaso el hedor -se burló con una risilla.
- ¿Que me mandas, qué? -aulló Chus.
- No grites tanto, que ya verás como te encanta el regalito. ¡Oye! Escuché que tienes personal nuevo...
- Nuevo, pero con un currículum intachable -se jactó Chus.
- Perfecto, porque te mando a la jefa de las Albariñas.
- Fiuuuuu -silbó- Enhorabuena por el trabajo... y muchas gracias por el regalo -añadió con tono reverencial.
- Agradécemelo sacando a Mariah Carey de la melodía de espera de tu teléfono, anda, que estoy del "Hero" hasta el gorro. Y luego, cuando me quejo, tengo a Sebastian y a William haciendo el tonto y cantándola como dos tórtolos enamorados, sólo para fastidiarme.


Última edición por anarion el Jue Sep 10, 2009 8:33 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Vie Sep 04, 2009 8:29 pm

CAPITULO VIII



Lugar: Cuartel General de las Albariño
Hora: 7:45 a.m.

No hay nadie en el vestíbulo. Sala de reuniones, vacía. Almacén, desierto y servicios, libres.

Lugar: Cuartel General de las Albariño
Hora: 8:30 a.m.

No hay nadie en el vestíbulo. Sala de reuniones, vacía. Almacén, desierto y servicios, libres.

Lugar: Cuartel General de las Albariño
Hora: 9:00 a.m.

Persiste la situación anterior.

Lugar: Cuartel General de las Albariño
Hora: 13:25 p.m.

La puerta del búnker se abrió con un estridente chirrido, dando paso a tres figuras algo tambaleantes. En la oscuridad, se oyó un golpe sordo, seguido de un agudo quejido. Luego, un fluorescente parpadeó un par de veces, produciendo un zumbido eléctrico, y una brillante luz blanca reemplazó a la penumbra. Seis ojos enrojecidos se entrecerraron al unísono.

- ¡Argg, esa luz no, alelí! ¡Enciende la lámpara de ultrarrojos que está junto a las máquinas reveladoras!

Un par de clics más tarde, las tres figuras suspiraron, visiblemente aliviadas.

- No puedo creer que la jefa haya caído en manos de La Familia- dijo Cleospain, mientras abría el armario para emergencias-. No sólo eso. Con ella han caído tres de nuestras mejores agentes.

Joana negó con la cabeza, debatiéndose entre la incredulidad y el asombro. Su rostro se hallaba oculto tras unas gigantescas gafas de sol, dibujando dos rodales oscuros en su semblante.

- Chicas, sé que es duro, pero tenemos que reorganizarnos para rescatarlas- razonó Cleospain, poniendo en una coctelera los ingredientes que había extraído del armario: sal de frutas efervescente, aspirina con cafeína y un chorro de leche de magnesia-. Pero antes debemos neutralizar los efectos del albariño. Son las reglas.

Repartió el brebaje en tres vasos de papel, procedentes de un cajón de su escritorio, un mueble vetusto sobre el que se apreciaban un abeto en miniatura, artísticamente decorado con dinamitas de purpurina, y una almohadilla en forma de gata negra, recubierta de alfileres. Con un esfuerzo sobrehumano, las tres intrépidas jóvenes vaciaron el contenido de los vasos en sus gaznates. El brebaje tenía un sabor acérrimo, pero la aceptación de las reglas era algo fundamental. Sobre todo, si querían salir airosas de una misión tan peligrosa. Nadie dudaba de ello.

La pócima hizo efecto de inmediato y, tras unos breves instantes, las tres albariñas se encontraron totalmente alerta, listas para la acción.

- ¡Bien!- exclamó Cleospain-. ¿Quién va a encargarse de redactar el acta?

- Yo misma- respondió Triciann, alargando la mano hacia la libreta que le tendía su compañera. Era un bonito objeto de papelería, con un dibujo de “Candy-Candy” en la tapa. Según algunas leyendas urbanas, había pertenecido a un miembro de la familia…

- En ese caso, Joana y yo revisaremos toda la documentación pertinente- declaró Cleospain, mientras examinaba el interior de su maletín-. Estoy segura que en nuestros archivos se halla la solución al problema. No es la primera vez que nos enfrentamos a la fuerza bruta de esas moles descerebradas. ¡Ajá! Esto es lo que buscaba...

Con una expresión de triunfo en su semblante, le pasó a Joana un cómic de "Spiderman contra Hulk", auténtico ejemplar de coleccionista. Luego, ella misma ojeó una antología de "Aliens contra Predator" que nada tenía que envidiar a la joya de la Marvel. El volumen, de tirada limitada y firmado por el editor, había sido todo un hallazgo.
Estaban totalmente concentradas en la lectura, cuando el grito de Triciann las sorprendió.

- ¡Yupi! ¡Eso es! ¡He encontrado algo!

Cleospain y Joana la miraron de inmediato, intrigadas.

- Hice una búsqueda en Goggle de "enfrentamiento+melenudo+gigantón" y éste es el resultado: la Biblia, página 11.322, columna derecha, último párrafo.

Cleospain suspiró, exasperada.

- Triciann, ya sé que la situación no pinta muy bien, pero dejemos los rezos como último recurso, ¿vale?

- No, no. No me habéis entendido. Me refiero a un caso que sentó precedente en la historia: Dalila contra Sansón.

Una perversa sonrisa distendió los labios de Cleospain.

- Amiga, ahora creo que te sigo.

- Y yo también. Creo que vamos a necesitar éstas- exclamó Joana, blandiendo unas tijeras de tamaño XL-. Las tomé prestadas al viejo McDonald, el de la granja. Las usa para esquilar ovejas y son de eficacia garantizada...

Cleospain se rascó el mentón, pensativa.

- No, déjalas. No las vamos a necesitar. Se me ha ocurrido algo mejor...



Lugar: barbería del Señor Emilio, en la esquina de Diputación con Sepúlveda.
Hora: un poco antes de cerrar, ¡qué fastidio!

Chus, la cementera, se mordía las uñas por los nervios. Si seguía royendo así, iba a quedarse sin falanges.

- Y dígame, como profesional, ¿está seguro de que no hay forma alguna de salvarles el pelo?- preguntó al hombre de la bata azul.

El hombre, Emilio, de profesión barbero, chasqueó la lengua. Luego le respondió con un tono condescendiente, casi perdiendo la paciencia.

- Pero señora, ¿usted ha visto los piojos que me traen los mozos? Piojos africanizados, de los peores. Se reproducen a un millar por segundo. Esto no hay loción que lo neutralice.

Los mocetones, con rostros serios, ocupaban todas las sillas de la estancia. Con el súbito contagio de parásitos capilares, se habían visto obligados a cancelar su fiesta privada de San Patricio, de ahí los mohines. Adiós a la sorpresa que le tenían reservada a Geni, entrando por la puerta vestidos únicamente con unos kilts minifalderos y las melenas al viento.

Chus suspiró largamente. Al final, apretó los puños y asintió con la cabeza.

- En ese caso, adelante, córteles el pelo. Pero intente salvarles aunque sea algún mechón- suplicó, contemplando cómo el Fígaro de poca monta encendía la rasuradora.



Lugar: el mismo.
Hora: un buen rato después.

No era una imagen muy bonita, pero es que hay cosas que están mejor ocultas tras una cortina de pelo. Ahora, esa cortina yacía a los pies de los presentes, formando una mullida alfombra donde se regocijaban los piojos.
Chus pasó su mirada asqueada por las siluetas de aquellas moles con cabeza de cerilla. Sin el bulto del pelo, se manifestaba una muy limitada capacidad cerebral. Además, la pérdida de las melenas parecía haberles afectado a nivel psicológico, pues todos lloraban como bebés.

- Y ahora, ¿qué os pasa?- preguntó Chus, cabreada sólo de pensar a cuánto iba a ascender la broma.

- Es que tú no lo entiendes- respondió Seb, la luz de las bombillas reflejándose en su calva-. Le prometimos a la jefa que siempre nos peinaríamos con el pelo suelto. Nos va a matar cuando nos vea...



Lugar: Cuartel General de las Albariño.
Hora: una parranda después.

Isahol levantó su copa y pidió silencio a las presentes.

- Esto se merece un brindis por nuestras aguerridas agentes y por su estrategia ganadora. Gracias a su genial idea de contagiar a los guardaespaldas de Geni con piojos salvajes, no sólo hemos tenido tiempo de escaparnos, sino también de robar el libro de operaciones de la Familia.

Siguió un atronador coro de risas algo ebrias. Luego, se alzó una voz en particular, la de Pili, la pelirroja.

- Y aún hay más. Durante mi cautiverio, fingí indefensión, pero mantenía los oídos muy abiertos. Y esto es lo que entreoí...
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Vie Sep 04, 2009 8:38 pm

CAPITULO IX



La efímera felicidad del Clan Albariño estaba a punto de desaparecer. El lema favorito de Geni, “vendetta”, no hacía más que rondar por su mente mientras caminaba de un lado a otro por el salón. Sus guardaespaldas permanecían alineados delante de la chimenea, las cabezas gachas, mostrando así a su jefa el resplandor que producía la piel totalmente rasurada de esa parte de su anatomía.

-Podéis levantar la vista -Geni nunca había estado tan convencida de acabar con las albariñas como en ese momento, pero primero había que vengarse-. Es inconcebible lo que os han hecho esas desgraciadas. Tanta cantidad de pelo desperdiciada... No soporto ver esto ni un minuto más, así que iré directamente al grano. Tú y tú quedaos aquí -casi gritó a dos de sus hombres mientras les señalaba con el dedo-. El resto, desapareced de mi vista antes de que me den ganas de mancharme las manos yo misma con esas repugnantes arpías. El último en salir, que cierre la puerta.

Todos los hombres de Geni, a excepción de Sebastian y Sean, abandonaron la estancia entre comentarios quejumbrosos. Cuando la puerta se hubo cerrado, la mujer dirigió sus pasos hacia un baúl antiguo ubicado junto a la chimenea. Se agachó frente a éste y, de un tirón, quitó el guardapolvo que servía como protección a la tapa. Acto seguido, abrió el baúl, introdujo sus manos en el interior y sacó un potente ordenador portátil de gran autonomía. Levantó la tapa y tecleó una clave, haciendo aparecer en la pantalla el plano de la ciudad. Una luz roja situada en el centro de uno de los edificios próximos al muelle, justo el que estaba enfrente del almacén del pescadero, parpadeaba de forma constante.

-Jefa, ¿qué es eso? -se atrevió a preguntar Sean.

-Esto es un dispositivo de búsqueda vía satélite. Ahora mismo está marcando la ubicación exacta de la guarida de las albariñas. Quiero que vayáis allí y hagáis un pequeño trabajito.

-Pero... ¿cómo es posible? -preguntaron al unísono los dos guardaespaldas.

Geni les miró lentamente, y poco a poco fue curvando su boca en una sonrisa de satisfacción.

-Chicos, hay algunas cosas que aún desconocéis de la Familia. Ésta es una de ellas.

Los dos hombres se miraron confundidos, así que Geni continuó hablando:

-Yo no estaba nada convencida de la decisión de David de unirse a esa pelagarta albariña, así que quise estar segura de mantenerla controlada en todo momento, “por si las moscas”. ¿Recordáis el anillo que David le entregó en esa representación tan estúpida de ceremonia? Yo misma se lo regalé a él como presente por sus nupcias. Lo que ninguno sabía, a excepción mía, era que esa sortija llevaba integrado un chip en su interior. La peliteñida ésa no aceptó el regalo y lo lanzó contra la chimenea -Geni hizo un inciso mientras miraba con melancolía el hueco vacío en la repisa, aquél donde hasta esa noche había estado ubicada su preciada lechera de porcelana. Un rictus de dolor cruzó su semblante, pero aun así, terminó con su explicación-. De lo que ninguno os disteis cuenta fue que esa bruja se agachó a recogerlo y se lo guardó en el bolsillo. Una mujer avariciosa como ella no podía dejar escapar una joya así, de un valor tan elevado... Seguro que creyó que podría sacar pingües beneficios de él.

Sebastian y Sean la miraban con los ojos abiertos como platos. Geni concluyó su explicación argumentando:

-El punto rojo es el anillo. El anillo, a buen seguro, aún está en su poder. En estos momentos ella estará junto al resto de sus compinches, celebrando su libertad y su osadía. Allí debéis ir -terminó de decir mientras señalaba con el dedo el edificio.

Luego cerró el portátil de un golpe y les dio una última orden.

-Seguidme. Tenemos muchas cosas que hacer.



El sol acababa de ponerse en el horizonte, y las turbias aguas del mar se agitaban oscuras a cada golpe de remo. El casco del bote chocó bruscamente contra el embarcadero, haciendo que las dos figuras que se dibujaban dentro de él diesen un respingo.

-¡Joder, Sean, podías tener más cuidado! -gruñó la figura más alta.

-Ya te dije que de noche no veo ni un pijo -replicó el otro-. Pero eres tan terco que me nombraste a mí vigía mientras tú te dedicabas a darle a los palitos.

-Grrrrrrrrrrrr... -fue toda la contestación que recibió. Apartó a su compañero de un manotazo y se dispuso a amarrar el cabo en una de las argollas vacías. Después, ambos se bajaron de la embarcación, no sin cierto esfuerzo.

-Esto es vergonzoso... -murmuró Sean.

-¡Ya te digo!

Los hombres pusieron pie firme en tierra y se miraron mutuamente. La luz amarillenta de una farola iluminó sus figuras o... lo que fuese eso.

Ambos iban disfrazados de mujeres de la limpieza. Y estaban irreconocibles... Habían tenido que colocarse una faja completa de mujer, rellena a rebosar con todas sus camisetas, y eso que eran muchas. Las tetas, la barriga, el culo... todo sobresalía de forma grotesca bajo una bata de limpieza azul. Y sus rostros... todavía recordaban cómo su jefa buscaba con énfasis el panestick que utilizó una vez para disfrazarse de Drag Queen dentro de su neceser de maquillaje, mientras ellos rezaban por lo bajo, algo que jamás habían hecho hasta ese momento, para que no pudiese encontrarlo. Sus súplicas no fueron atendidas. Todo vestigio de un rostro masculino había desaparecido de sus facciones; en contraposición, lo que ambos veían al mirarse mutuamente era la cara de una típica prostituta de burdel ajada por el tiempo, con las pestañas a rebosar de rimmel azul y los labios pintados de un rojo “putón” nada favorecedor. Para rematar la faena, Geni les había colocado sendas pelucas: la de Sebastian era de media melena, negra como el tizón, y la de Sean era de un abundante pelo ensortijado color rubio platino.

-Todavía no consigo entender por qué nos eligió a nosotros para hacer este trabajito... -gruñó Sebastian.

-Ya oíste a la jefa. Te eligió a ti por tus rasgos delicados -miró un momento a su compañero y se asombró de lo que estaba diciendo, dado que ese rostro repleto de maquillaje era todo excepto delicado- y a mí, porque soy el de menor estatura.

-¡Pues vaya gracia! Espero que esto jamás se sepa, porque pueden rodar cabezas si oigo la más mínima bromita al respecto.

-Yo también lo espero -contestó Sean-. Bueno, terminemos esto cuanto antes. Este gato muerto que tengo sobre la cabeza me pica horrores.



Una hora después, los gritos eufóricos de las integrantes del club albariño reverberaban por todo el edificio. Acababan de brindar por primera vez, festejando su victoria, con un Oporto añada 2003. Para esa ocasión tan señalada, hasta las abstemias reconocidas habían dejado a un lado su animadversión por el alcohol, bebiendo ese caldo con suma alegría. Pero ésta no duró mucho... minutos después, el primer grupo de mujeres abandonó la sala, buscando un sitio un poco más íntimo para dejar que la naturaleza hiciese su cometido.

El alboroto no tardó en llegar. Todas las mujeres, frenéticas, buscaban desesperadamente cualquier cosa que pudiese servirles: toallas, sábanas, manteles, servilletas... todo aquello parecido a un trapo limpio había desaparecido. Los portarrollos estaban vacíos, y en las estanterías no quedaba ni un solo rollo de papel higiénico ni papel de cocina.

Aquello era un caos: unas retorciéndose de dolor en el suelo, otras más atrevidas llevando en sus manos multitud de sacos de arpillera de la producción de esa fábrica, que servía como tapadera para sus reuniones ilícitas. Otras tantas se habían desvanecido por el esfuerzo en el retrete mientras el resto aporreaba las puertas buscando un alivio que no llegaría...

Entre toda aquella marabunta, dos “mujeres” apartadas en una esquina sonreían satisfechas. Los efectos del laxante derramado en la barrica del Oporto habían sido casi inmediatos. Contemplaron cómo la jefa de las albariñas y aquélla que les había lanzado desde la ventanilla de un coche en marcha el bote repleto de piojos abandonaban la sala, así que se dispusieron a seguirlas.

-Isa, ven conmigo que en el coche guardo unas toallitas para refrescarme la cara después de las vomitonas.

-¡Gracias a Dios, Joana! Nos vas a salvar la vida...

...pero ésa fue su sentencia de muerte. Antes de que consiguieran abrir el coche, dos pares de robustos brazos las rodearon, levantándolas del suelo cual sacos de patatas.

-¡Pero qué...!



Media hora más tarde, Sebastian y Sean sacaban sendos fardos del interior de la barca.

-¿Le dijiste a Caín que se diese prisa?

-Sí, Seb, se lo dije. Tiene que estar a punto de llegar.

-¿Y le dijiste lo que debía traer?

-Que sí, se lo dije. ¿Acaso no me oíste?

-Los gruñidos y quejidos de estas verduleras no me dejaron escuchar tu conversación con él. ¡Les tenía que haber dado un buen golpe en la cabeza para que se callasen!

En ese mismo momento, el chirrido de unos frenos anunció la llegada de Caín. Éste se bajó de la furgoneta, y lo primero que hizo fue llevarse las manos a la boca para evitar soltar una estruendosa carcajada.

-Ni una sola palabra, Caín, o eres hombre muerto -farfulló Sean-. ¿Has traído lo que te dije?

El hombre movió la cabeza de arriba a abajo como única contestación, mientras seguía haciendo esfuerzos inútiles para no reírse de Seb y de Sean en su cara.

-Pues ya estás tardando en traerlos y ponérselos -respondió Sebastian mientras señalaba los dos bultos que se retorcían en el suelo.

-Pero...

-La jefa dijo que de eso te encargarías tú, así que ya sabes -agregó Sean, al tiempo que sacaba a las dos albariñas de su cárcel particular.

Los ojos de las dos mujeres, las cuales habían escuchado toda la conversación mantenida por esos tres hombres, se agrandaron por el terror y enmudecieron de repente al ver llegar a ese tal Caín con aquellas cosas en la mano. La cara de éste último, ya de por sí tan poco agraciada, tampoco es que demostrase mucha alegría al saberse el encargado de ejecutar tan desagradable cometido.

-¡Nooooooooooooooooooooooooo! -gritaron Isa y Joana.

-Para mí tampoco es un placer -contestó Caín.



El timbre de la mansión de Chus sonó de forma estridente.

-¡Ya va, ya va! -gritó la mujer-. ¿Dónde se habrán metido estos chicos? ¡Menudos guardaespaldas! El primer día de trabajo, y ya la dejan a una abrir sola la puerta.

-¡Nicooooooooooo! ¡Jasooooooooooooooooon! ¡Joeeeeeeeeeeeeeeeeeeee! ¿Es que no habéis oído el timbre?

-¡Estamos en el baño haciendo lo que nos mandó! -se oyeron tres voces masculinas en el piso superior.

-Joder, les dije que se echasen un poco de loción para piojos a fin de evitar ser contagiados, no que se bañasen en ella... -refunfuñó contrariada. Pero su rostro cambió, primero a un gesto de incredulidad, después a una sonrisa de oreja a oreja y por último a una estruendosa carcajada, tras haber abierto la puerta y mirado al exterior.

-Esta Geni... esto sí que no me lo esperaba -acertó a decir mientras contemplaba a la jefa de las albariñas y a una de sus secuaces a pocos metros de ella. Éstas permanecían atadas de pies y manos a la farola situada enfrente de la puerta, pero lo mejor... lo mejor era que llevaban puestos unos pañales para adultos como toda vestimenta inferior.
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Vie Sep 04, 2009 10:23 pm

CAPITULO X



La lámpara del techo osciló ostensiblemente cuando la puerta golpeó con violencia la pared. Dos cuerpos entrelazados entraron tambaleantes en la estancia, manteniendo una lucha encarnizada por ver quién dominaba la situación. La figura menuda de una mujer se abalanzó sobre la más alta, de un hombre, desgarrando la tela de la camisa para dejar al descubierto un torso amplio y bronceado. Le pasó las manos por los pectorales, subiendo hacia los hombros mientras su lengua lamía la piel algo salada. Él la sujetó por las caderas y la levantó aprisionándola contra la pared. La obligó a rodearle con las piernas mientras la besaba con furia y frotaba, lentamente, su hinchado miembro contra la hendidura palpitante de ella.

- Ahora verás porque me llaman “Animal”…

Geni se incorporó en la cama, jadeante y bañada en sudor. “Joder, otra vez no”. Se dejó caer sobre la almohada con un gemido de frustración y se tapó la cara con el brazo. “Ainss, ¿por qué no le haré caso a mi madre cuando dice que cenar en abundancia provoca pesadillas?”

Se levantó de la cama y entró en el cuarto de baño. Abrió el grifo y se mojó la cara, luego observó su rostro en el espejo. Llevaba tres días sin dormir, las ojeras estaban empezando a extenderse bajo sus ojos… unos ojos enrojecidos por la falta de sueño.

- Esto no puede seguir así –le susurró a aquella imagen demacrada.

La situación se estaba volviendo insostenible. Estaba perdiendo el norte. No conseguía concentrarse en nada. Bastaba el más mínimo gesto de David para que sus hormonas entraran en un estado de alteración máxima. Si él bebía, se quedaba embobada viendo el movimiento de su garganta, imaginándose que lamía las gotas de líquido que le quedaban en los labios. Si se bañaba en la piscina, el corazón se le desbocaba y el cuerpo le subía cien grados de temperatura… todavía le extrañaba que no se evaporara el agua cuando se sumergía para aliviarse un poco la calentura.




Estaban todos reunidos en el salón y, como no, ella volvía a estar en Babia, observando el movimiento de los dedos de David acariciando distraídamente las cartas. Hechizada por la forma en que él se mordía el labio inferior concentrado en su baza. “¡Ya basta! Te estás convirtiendo en una bobalicona” Pero la voz de su conciencia se desvaneció cuando vio como él se lamía el azúcar que el trozo de bollo de leche le había dejado en los dedos.

Le dio un largo trago a su cerveza para hidratar la boca que repentinamente se le había quedado seca.

- ¿Me estás oyendo?
- ¿Qué? –parpadeó un par de veces, antes de prestar atención a Kevin, que la miraba frunciendo el ceño.
- Te estaba diciendo que la jefa ya ha mandado la loción capilar que le pedimos. Llegó esta mañana.
- ¿Loción capilar? ¿Para qué?

Kevin puso los ojos en blanco y señaló con impaciencia a Seb y a Will que estaban jugando a las cartas con David y Marc.

- Para eso.

“Bobalicona…bobalicona… ¿Llamamos a Lobatón para que busque tus neuronas?”

- Vete al cuerno –le contestó a su conciencia.
- ¿Qué? –se ofendió Kevin.
- No era por ti -Geni tiró su cerveza a la papelera y se levantó del sillón-. Voy a buscar un agua.

Kevin la observó marcharse meneando la cabeza con preocupación. Geni no estaba bien. No era propio de ella olvidarse de las cosas y menos de una como aquélla. Pero desde hacía unos días no parecía ella misma. Quizás lo del pelo le había afectado más de la cuenta, a ella le encantaban las melenas y tenía predilección por la de Sebastian.

- Está muy rara, ¿verdad? – dijo Will mientras barajaba.
- Sí, la verdad es que parece que tiene la cabeza en otra parte –añadió Sebastian.

David cogió sus cartas y las fue colocando por orden.

- Seguramente es la falta de sexo. Hace la tira que no sale con un hombre. ¡Ay! –se frotó el cogote dónde Geni le había dado el golpe.
- ¡¡Y qué cojones sabrás tú del tiempo que llevo yo sin sexo!!

“Pues, seguramente, ése es el problema. Necesitas un buen revolcón.”

- Que te calles -masculló
- Tranquila, que ya me callo – David levantó la manos para disculparse.

“Tú sigue así, que te acabarán internando en el psiquiátrico. Ya verás.” “Que te zurzan.” Replicó, mentalmente, esta vez.

Se fue a su despacho para revisar una documentación que tenía que mandarle a Leticia y, de paso, para serenarse un poco y concentrarse. ¡Bien sabía Dios que le hacía falta! Pero, no. La cosa no podía resultarle tan fácil. Allí en la puerta, acababa de aparecer su suplicio… su tortura… su calvario particular. Con su pantalón vaquero, marcando paquete… con su camisa de seda negra, delineando sus hombros… con los tres primeros botones desabrochados, enseñando el pecho… con las mangas remangadas hasta mitad de los antebrazos, ¡y qué antebrazos!... y con ese andar de perdonavidas que la ponía a mil…

-¿Puedo pasar? –dijo mientras se dejaba caer en el sillón frente a la mesa de Geni.
- Un poco tarde para preguntar, ¿no te parece? –le contestó ella con sarcasmo.

Él se limitó a sonreír con picardía. “¡Ay, Dios! Otra sonrisa como ésa y te como.” Y luego empezó a charlar sobre cosas insustanciales, gesticulando con las manos y riéndose de algún chiste tonto. Pero Geni ya no escuchaba, sólo miraba absorta como se movían sus labios cuando hablaba… como se movía su pecho cuando respiraba…
Y sentía… sentía el calor inundando su cuerpo, licuándole el cerebro. Sentía la adrenalina correr, acelerándole el pulso. Sentía los latidos del corazón golpeándole con intensidad el pecho. Estaba al borde del paroxismo. Con manos temblorosas se aflojó el cuello de la camiseta.

- ¿Estás bien? -le preguntó David
- Sí, sólo tengo calor.
- Ah, vale –y siguió con su cháchara.

Pero ella ya no aguantaba más. Quería que él se fuera, que la dejara sola antes de que hiciera algo de lo que se avergonzaría el resto de su vida. Pero él no se iba y ella no podía apartar la vista de aquella piel de bronce…

- Abróchate la camisa –rugió.
- ¿Qué?
- Que te abroches la camisa.

El parpadeó confundido.

- Pero si me has dicho que hacía calor…

Ella gimió y apoyó la cabeza en la mesa, sobre los brazos.

- ¿Seguro que estás bien?
- Sí –susurró incorporándose-. Es la habitación, que me da algo de claustrofobia.

David recorrió el despacho con la vista. Luego la miró con incredulidad.

- ¿Claustrofobia? Si tiene casi sesenta metros cuadrados y un ventanal que da a la piscina.

Geni cerró los ojos y se recostó en el sillón. Estaba cansada, tanta tensión le estaba pasando factura. Abrió los ojos de golpe cuando sintió la mano de David sobre la suya y el corazón casi le sale del pecho por la expresión de ternura que había en su cara.

- Ya sé lo que te pasa –le dijo con suavidad.
- ¿Sí? –Geni no se creía que aquella voz meliflua fuera la suya.

“Bobalicona…”

- Geni, ya sé que eres la jefa… y que bueno, yo no tengo ningún derecho a decirte esto, pero…

Bum, bum… bum, bum… Esto era más de lo que podía soportar… Desde luego este hombre sí que era voluble. Primero Priscila, luego Pili… ¿y ahora ella? Pero bueno, esto le ponía remedio a su problema, pensó encantada.

-… deberías dejar las drogas. La sensación de bienestar y de euforia es una pasada, pero no dura mucho, si lo sabré yo. Luego viene el bajón… los accesos de calor y la sensación de agobio, que es lo que te está pasando a ti. Por no hablar de tu estado lamentable. ¿O es que no te ves al espejo? Mira que ojeras tienes… y los ojos… todos enrojecidos…

Geni no se podía creer lo que estaba oyendo. Se limitaba a verle con la boca abierta y los ojos como platos, negando con la cabeza.

- No importa que lo niegues, todo el mundo lo hace al principio –siguió con tono condescendiente-. Ya sabes, el “Yo controlo”. Pero cuanto antes asumas que tienes un problema, antes podrás ponerle remedio. El síndrome de abstinencia es lo peor del proceso de desintoxicación, pero yo estaré ahí para apoyarte y ayudarte –le sonrió.

Geni estaba ardiendo… pero esta vez de furia.

- Fuera –siseó- ¡¡¡LARGO!!!

Abría y cerraba las manos en un intento por calmarse. Ojalá tuviera unas cuantas albariñas para degollar, pensaba. Si no fuera un acto de traición robarle los prisioneros a una compañera, iría en ese mismo instante a casa de Chus para llevarse a las dos mujeres que le habían llevado sus hombres. Necesitaba soltar la adrenalina, pero sólo se le ocurrían dos formas de hacerlo y, en ese instante, ambas estaban fuera de su alcance.

Se acercó al aparador y se sirvió una copa del William Lawson. Hasta arriba. Lo necesitaba para no perderse en elucubraciones sobre el inminente futuro de su guardaespaldas.



Otra noche de insomnio que dejó huella, tanto en su rostro como en su humor. Sentada en su despacho, Geni observaba a David dando largos en el agua, mientras Seb la ponía al tanto del trabajito que iba a realizar esa tarde.

- Llévate a David contigo –ordenó.
- ¡No!

Geni arqueó una ceja ante esa negativa.

- Es que se pasa el día tomándome el pelo. El poco que tengo –dijo abatido mientras se pasaba la mano por el centímetro escaso de cabello que le quedaba. Y ya podía dar gracias por tener aunque fuera eso. La loción de Leti estaba haciendo milagros.
- Aquí mando yo. Si te digo que te lleves a David, te lo llevas y punto.

Cuando Sebastian salió del despacho, las palabras de David volvieron a su cabeza: lo primero es reconocer que tienes un problema, para luego ponerle remedio.

- Yo tengo un problema –suspiró-. Algo que pienso solucionar en este mismo instante.

Sacó su móvil y marcó.

- Hola. ¿Estás libre esta tarde? Bien, porque tengo un trabajo para ti.



David dejó de secarse y miro a Seb. El pobre parecía que había tragado cicuta, tal era la expresión de desagrado que tenía en la cara. Seguro que Geni le había echado una bronca por nada, como hacía últimamente.

- Vístete –le dijo Seb-. Tienes que venir conmigo. No sé qué habrás hecho esta vez, pero Geni parece que quiere perderte de vista.

David hundió los hombros y suspiró.

- Creo que no le hizo mucha gracia que le dijera que tenía que dejar las drogas.

Sebastian se quedó inmóvil observándole. Quizás no había escuchado bien.

- ¿Que le dijiste qué? –meneó la cabeza con incredulidad- Macho, no sé cómo lo haces, pero cada día te superas. Anda, date prisa. Tienes diez minutos, el tiempo que me lleva echarme la loción de Leti.



Geni estaba dándole vueltas al sobre que tenía en la mano. No le hacía ninguna gracia la decisión que había tomado, pero estaba segura de que era lo mejor. Ahora sólo estaba esperando a que llegaran sus chicos para darles la noticia: Seb y David, que eran los que faltaban, ya que Blackie y William no llegarían hasta el día siguiente.

La caja que estaba sobre la mesita le puso una sonrisa en la cara. No sabía que era lo que estaban haciendo con ella, pero cuatro botes de loción en apenas tres días le parecía algo excesivo.

- Ya estamos aquí –anunció Sebastian.
- Bien, toma. Más loción. A ver si la administráis mejor, porque me parece que estáis abusando –las palabras se le atascaron cuando contempló maravillada la lustrosa melena que cubría la cabeza de Seb y que le bajaba por la espalda-. Retiro lo dicho. Usadla como os venga en gana. Aunque a ti parece que ya no te hace falta.
- ¡Qué va! –replicó Seb, abalanzándose sobre la caja- este potingue es bueno y ya tengo un poco de pelo. Pero no me acostumbraba a tener la cabeza tan ligera, así que me gasté el sueldo en extensiones. Jean Luc cobra una pasta por ellas, pero el trabajo es perfecto.
- Ah… Bueno, de todas formas, Leti os mandó una nota: que tengáis cuidado al echárosla.
- Sí, pues tarde nos avisa –bufó-. Me extraña que no escucharais el grito de rabia de Blackie cuando un chorrito de esto le resbaló por la sien y la mejilla. El efecto fue inmediato. La patilla y la barba comenzaron a brotar. Aunque lo que de verdad le enfadó, fue la gota que le cayó en el torso –dijo con una risita-. Por primera vez en su vida, le salió pelo en el pecho. Y vamos, que también por eso necesitamos más loción. Estrelló el frasco contra la pared.

Geni se le quedó mirando un momento y luego una sonrisa radiante se extendió por su cara. Se acercó a Seb y le quitó uno de los frascos.

- Éste me lo quedo.
- Pero si a ti no te hace falta –protestó Seb.
- No, no me hace falta, pero tengo planes para él –contestó mientras observaba el frasco con malicia-. Voy a preparar un gel especial que le llevaré personalmente a Chus. Espero que a esas dos mujeres, cuando vuelvan a pisar una peluquería, si es que algún día pueden volver a hacerlo, las tengan que esquilar como a ovejas.

Las carcajadas de David le recordaron que todavía tenía otro asunto que resolver y eso le quitó la sensación de bienestar que le había dado su reciente idea. Cogió el sobre y se dio unos golpecitos con él en la otra mano mientras pensaba en una forma delicada de abordar el asunto.

- David –dijo- Tengo algo para ti.
- ¿Sí? ¿Qué es? –se adelantó para coger el sobre que ella le ofrecía.
- Llevas ya un tiempo con nosotros y te mereces unas vacaciones. En el sobre tienes un billete de ida y vuelta a Acapulco. También una estancia de un mes en una suite del Hotel Copacabana, con todos los gastos pagados.
- Pero… –David estaba anonadado. No entendía por qué lo mandaba fuera-… no puedo irme. Todavía tengo trabajo pendiente.
- No te preocupes –respondió ella, señalando a un hombre que hasta el momento había pasado desapercibido para el resto, y que se encontraba de pie cerca de la ventana-. He contratado a Paul para que te sustituya durante este mes.
- Pero…
- Nada de peros, David. Ve a hacer las maletas. El avión sale mañana a primera hora.

Él se la quedó mirando con expresión dolida durante un tiempo que a ella se le antojó eterno. Estaba a punto de echarse atrás cuando David se dio la vuelta y salió del salón.

“Bueno. Ya está hecho.” Suspiró para sí. Esas vacaciones les sentarían bien, tanto a él como a sus hormonas. O por lo menos, eso esperaba.



Iban rumbo al aeropuerto. Desde que salieran de casa ninguno de los dos había abierto la boca, ni siquiera se habían dirigido una triste mirada.

- Es porque me iba a casar con Pili, ¿verdad? –David la miraba con arrepentimiento-. Lo siento. No fue mi intención que ocurriera todo aquello: la fuga… lo de Will y los demás…
- No te preocupes, David. No es por eso –Geni le sonrió de la forma más alegre que pudo- Llevas unos meses un tanto raros: Priscila, Pili… Es mejor que te tomes un tiempo de descanso. Disfruta de tus vacaciones –le animó, apretándole la mano.

Geni esperó a que el avión despegara antes de volver a casa. Se negó a volver la vista, por eso no vio al hombre que la observaba desde una de las ventanas de la zona de embarque.
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Vie Sep 04, 2009 11:05 pm

CAPITULO XI



La llegada de algo inminente se presentía en el aire, y no tenía nada que ver con las carreras a punto de iniciarse. Leticia lo sabía, como si un sexto sentido se lo señalara.

Después del éxito logrado, tras los últimos golpes contra las albariñas, la paz reinaba entre la Familia. Una vez más, habían mostrado su supremacía sobre ese grupo de alcohólicas sin ningún anonimato: después de todo, bebían donde y cuando les placía.

Al tener a Joana e Isa en sus manos, las albariñas se habían visto obligabas a replegarse y encerrarse en sí mismas. Sin embargo, tener las filas de borrachuzas diezmadas, era una situación que las empujaba a atacar de nuevo. No importaba. Ellas estarían preparadas, si es que antes no les daban el golpe de gracia.

Leticia no pensaba darles la satisfacción de que volvieran a herirla.

Su odio hacia el Club Albariño estaba profundamente arraigado. Creía, con sinceridad, que nada podría hacerlo desaparecer. No era sólo a causa de su amistad fallida con Isa, la fundadora de tal depravado club,a la que había conocido cuando se vio arrollada por ella mientras encabezaba una manifestación que censuraba la Ley Seca, pese a que estaba completamente abolida, tal como ella le señaló rápidamente, sino a causa del hombre que le destrozó el corazón. Maldición. Siempre tenía que haber un hombre.

Dejó la mente en blanco, evitando los dolorosos recuerdos que aquel infame de Jordan MacGregor le despertaba. Maldito él y toda su herencia irlandesa. Por culpa de Nora Roberts se había enamorado de ese país, algo que había acabado lamentando. Pero en la actualidad, lamentaba, sobre todo, que tierra tan hermosa y mítica fuese la patria de ese miserable de Jordan “albariño“ MacGregor, sin olvidar que era la adoptiva de esa metomentodo de Joana.

Sonrió al recordar que la tenía en sus manos y se deleitó con las torturas que le tenía preparadas. Se regodeó en esa imagen balsámica, tras la oleada dolorosa suscitada por su amor pasado con Jordan.

Jamás lo perdonaría por haberla utilizado para destruir a La Familia, aprovechándose de que en un momento de debilidad y estupidez por su parte, se había enamorado de su propio enemigo. A ojos de Leticia, Isa era casi tan culpable como él, puesto que había propiciado el romance. Ella que la había creído su amiga y hasta le había prestado su colección de Nora Roberts… colección que nunca le había devuelto, por cierto. ¡Jamás la perdonaría! Ni a ella ni a él.

Esa misma mañana le había notificado que deseaba que le devolviera sus amados libros inmediatamente. La muy inconsciente se había reído en su cara y había negado que estuvieran bajo su poder. Como si fuera a creerla… Ya se vengaría de ella nuevamente. ¡Que se preparara!

Leticia tenía la creencia de que los errores ayudaban a endurecerse y madurar. Ella era la prueba viviente. A raíz de aquel desengaño, refundó La Familia y aumentó sus filas, incorporando excelentes adquisiciones que a día de hoy se alzaban sobre las albariñas.

El griterío que la rodeaba, la devolvió al presente.

Desde el palco de honor, reservado para La Familia, estudió con creciente interés la bulliciosa actividad del hipódromo. El circuito era enorme y hervía de animación. Los numerosos obstáculos y vallas, colocados para dificultar el curso de la carrera, destacaban como las figuras de un tablero de ajedrez. Los caballos ya estaban sobre la línea de salida y piafan prestos a lanzarse al galope; las gradas estaban ávidas de expectación ante la excitante competición; las voces se alzaban, vitoreando al objeto de sus apuestas.

Todo eso logró contagiarle la emoción de las carreras, insuflándole de adrenalina extra y ayudándole a olvidar el dolor que aún la perseguía.
No obstante, sentía una quemazón interna que no sabía si algún día desaparecería.

Un codazo en las costillas de uno de sus compañeros de asiento le valió a éste una mirada censuradora.

- Cuidado, Vin. Este trajecito me ha costado una buena pasta -lo amenazó estirando pulcramente la entallada americana negra que enfatizaba su esbelta figura. Bajo ésta, podía verse que no llevaba camisa y lucía con orgullo un amplio escote en el que brillaba un pequeño diamante que le realzaba el canalillo. Unos pantalones negros, a juego, completaban su atuendo.

Vin estudió con interés el modo en que se atusaba su media melena que, bajo el sol, parecía casi tan dorada como aquél. Se pasó la mano por el cráneo rasurado en un gesto inconsciente de nerviosismo. La jefa lo alteraba de un modo que no lograba comprender; casi tanto como a Miguel “El Duque”, que la observaba con idéntico interés desde su asiento.

Leticia se palpó el bolsillo buscando un puro. Antes de pestañear, dos encendedores de oro se materializaron a centímetros escasos de su boca, uno a cada lado.

Sonrió con satisfacción al ver la lealtad y eficiencia de sus guardaespaldas.

- Excelente, chicos.

Acercó el puro a su nariz para inhalar su aroma antes de mordisquear un extremo y escupirlo. Apenas el cigarro estuvo entre sus labios, una llamita azulada lo encendió. Después de una bocanada profunda, dejó escapar una nube de humo contra el atractivo rostro de su acompañante de la derecha, Vin.

- ¿Has apostado lo que dije al caballo número 6, Corleoni?
- Como me ordenó, Leticia, pero…
- ¿Qué? -lo miró con ojos amenazantes, temiéndose lo peor.
- ¡Tremenda polla

Casi le cayó el puro de la boca al oírlo.

- Menuda mierda de lenguaje, Vin.
- Una apuesta elevada, quiero decir que es una apuesta elevada -explicó con retintín, presumiendo de sus conocimientos sobre caballos.
- ¡Pues háblame en cristiano! -se quejó.

Miguel, sentado a su derecha, trató de ocultar la sonrisa de diversión que se formó en sus labios.

- Tal como están las apuestas, de haber un único acertante se llevará un buen pastón -intervino él.
- O por el contrario, en caso de perder, será un zurriagazo -añadió Vin, desde la izquierda de Leticia.
- Un descalabro total -tradujo Miguel-. Es decir, una completa mierda.
- Excelente -suspiró ella, recostándose en el respaldo del incómodo asiento-. Me gustan las apuestas arriesgadas.

Necesitaba emociones fuertes que le devolvieran la ilusión que, a lo largo del último mes, había ido apagándose. Con dos de las albariñas bajo su poder y siendo Isa una de ellas, debía ponerse nuevos objetivos. Ganar tenía sus desventajas… se aburría un poco.

Pero el juego era un desquite fabuloso. El riesgo de perder y la excitación por la victoria lo hacían difícil de eludir. No era una ludópata, como la había acusado su ex-amiga albariña, sino una mujer que vivía al límite y le gustaba el riesgo.

Oyó la señal que indicaba el inicio de la carrera y, contagiada por la energía del ambiente, se puso en pie para animar a Corleoni, gritando a pleno pulmón.

El caballo, un hermoso ejemplar marrón oscuro con una mancha blanca en la testuz, era rápido; sus patas daban largas zancadas para devorar el terreno ante él. Pronto fue evidente que era uno de los favoritos para alzarse con el triunfo. Sólo una impresionante yegua negra parecía ser el rival más peligroso, pero la distancia que Corleoni tenía sobre ella, fue reduciéndose hasta ser mínima.

- ¡Vamoooos, Corleoniiiiiiiiiii! -gritaba Leticia hasta casi desgañitarse, agitando los brazos como aspas de molino sobre su cabeza.

Miguel y Vin, cuyos hombros eran tan anchos que apenas cabían en sus asientos, la miraron con una sonrisa y el entendimiento implícito en sus miradas, cuando su jefa se puso en pie para animar con más fuerza.

Azabache, la preciosa yegua negra, que seguía muy de cerca a Corleoni fue perdiendo el terreno que había ido ganando. Pronto fue evidente que el animal sufría algún percance. Algo que se confirmó, cuando Leticia observó al jinete encorvarse como si hubiera sufrido un agarrotamiento en la espalda.

- Ese mequetrefe se ha lesionado -rió Leticia-. ¡¡Pataaán!! -gritó.

Las estruendosas carcajadas de sus guardaespaldas llamaron su atención y los miró sobre su hombro. La expresión de culpabilidad en sus rostros era tan visible como el sol que brillaba en el cielo. En lugar de reprenderlos, se unió a sus risas.

Poco después se percató de que no sólo la yegua, sino los caballos a priori más veloces iban sufriendo contratiempos. Uno tras otro, hasta que Corleoni, sin demasiadas dificultades, cruzó la meta en primer lugar.

- ¡¡¡¡Bravooooooooo Corleoniiiiiiiii!!!!

Sonriente, sabiéndose una de las ganadoras, aunque fue con una pequeña ayuda por parte de sus guardaespaldas, Leticia abandonó el hipódromo. Vin y Miguel se jactaban a sus espaldas de sus acciones, felicitándose mutuamente por lo inteligente de su proceder.
Ante la puerta de la brillante limusina negra, Miguel se adelantó para abrirla y ayudar a su jefa a subir. Vin se colocó tras el volante y, poco después, Miguel ocupó el asiento del copiloto. El ronroneo del motor resonó y el coche se alejó del hipódromo a gran velocidad.

Reclinada contra el asiento de cuero, Leticia observó el paisaje por la ventanilla. En realidad poco tenía de paisaje, las atestadas calles de la ciudad y los altos edificios eran sencillamente aburridos, por lo que buscó en el compartimiento oculto en el asiento trasero, palpando en su interior y extrajo dos muñecas de trapo.

Una representaba a una mujer: Isa. Tenía cosida a una mano una botella de trapo y de su cabeza despuntaban unas rastas a lo Bob Marley. Esa loción capilar era una maravilla. La otra muñeca representaba a un hombre: Jordan “albariño” MacGregor.

Extrajo dos largas y afiladas agujas que insertó con saña en sendas figuras: una directa al estómago, la otra a la entrepierna.

Inmersa en su relajante entretenimiento, entre pinchazo y pinchazo, no se percató que tomaban una ruta diferente a la habitual para regresar a su espléndida mansión. No fue consciente de ello hasta que divisó las viejas verjas de madera que rodeaban la urbanización. Reconoció el lugar al instante.

- Vin, ¿por qué diantre has tomado este trayecto? Sabes que odio pasar tan cerca del nido de las albariñas. Apesta. Y mi olfato es muy delicado.
- Hay varias carreteras cortadas, Leticia -le informó Miguel “El Duque” sobre el asiento-. Lo que nos obliga a tener que dar un pequeño y molesto rodeo -se quejó.

Leticia se vio reflejada en las gafas oscuras de éste y se quedó absorta estudiándolo. Con esa barba de tres días y el cabello oscuro, le recordaba enormemente a ese maldito Jordan. Y ésa era una de las razones secretas por las que lo había contratado, reconoció para sí misma.

- Serán sólo unos minutos de diferencia -dijo Vin, lanzándole un guiño sobre su hombro.

Un impulso incontrolable la asaltó. Sin pensar en ello, ordenó:

- Detén el coche, Vin.

Tanto éste como Miguel “El Duque” la miraron perplejos.

- ¿Está bien, Leticia? -se preocupó Vin.
- Sí, sí… necesito ir a un lugar.

Después de cambiarse sus elegantes Manolo Blahnik por unas simples y baratas deportivas del mercadillo que guardaba en el maletero, se adentró en la urbanización donde residían las infames albariñas. Conocía aquel lugar como la palma de su mano, ya que durante un tiempo lo había visitado a hurtadillas para encontrarse con Jordan como dos tontos y acaramelados enamorados. “Maldito irlandés de nuevo”, lo maldijo mentalmente, empezando a acostumbrarse a esos pensamientos casi xenófobos que le inspiraba.

Vin y Miguel la seguían pisándole los talones. Ambos se miraban con recelo, sin comprender por qué diablos a la jefa se le antojaba internarse en semejante lugar. Si caía en manos del enemigo, les entregarían un arma demasiado poderosa. Por si acaso, ambos iban armados hasta los dientes, como era usual en ellos.

Se detuvieron al verla doblar una esquina y adentrarse en un pequeño sendero que conducía a un pequeño bosque. Entre los árboles destacaba una cabaña de madera. Ambos hombres estudiaron los alrededores para cerciorarse de que el enemigo no andaba cerca.
Al ver a Leticia entrar en la cabaña, sin asegurarse antes de que estaba vacía, el corazón les dio un vuelco. Corrieron hacia la casucha con sendas pistolas en las manos.

La imagen que Leticia descubrió al cruzar el umbral, la dejó paralizada. Sabía que ese lugar estaba abandonado, dado que lo tenía estrechamente vigilado. Caín le mantenía al tanto de cualquier movimiento que tuviera lugar allí. Por eso la pilló totalmente desprevenida encontrar a ese perro de Jordan MacGregor, recostado sobre un roñoso sofá y leyendo sus novelas de Nora Roberts.

La sangre le hirvió de furia.

- Leticia -se puso en pie sobresaltado al saberse descubierto.
- ¡Fuiste tú el ladrón que me robó mi colección de Nora! -le gritó.
- No, no… -alzó las manos tratando de apaciguarla, pero los ojos seguían lanzando llamas.

Con una velocidad pasmosa, Leticia extrajo una pistola y apuntó a la entrepierna:

- Aparta tus sucias manos de mis libros o te vuelo la cabeza -lo amenazó.
- Pero Leticia…
- Cállate -le espetó furibunda.

Aquello era más de lo que podía soportar.

Pero Jordan, muy seguro de sí mismo, se acercó a ella. Leticia lo maldijo mentalmente. Seguía siendo muy atractivo. Su cuerpo seguía estando muy musculado, al estilo de Vin, pero su cara tenía un asombroso parecido con Miguel “El Duque”. Para colmo seguía conservando toda su cabellera y al sonreír con arrogancia, se percató de que todos los dientes. ¿No podía al menos estar calvo o mellado? Se lamentó.

- Leticia no vas a dispararme, ¿verdad?

Un disparo resonó con estrépito contra el suelo, entre las piernas ligeramente separadas del hombre.

- La próxima vez apuntaré más arriba -le advirtió.

Vin y Miguel irrumpieron pistolas en mano.

- Tú -le gritó a Jordan- aleja tus manazas de mis libros y vosotros, recogedlos todos.

Tras cerciorarse de que todos y cada uno de ellos volvían a estar en su poder, se dispuso a marcharse.

- ¿Quiere que nos encarguemos de él? -preguntó Miguel haciendo crujir sus nudillos.
- ¿Le hacemos un traje nuevo? -lo estudió Vin, como si le tomara las medidas.

Durante unos segundos, se sintió tentada, pero al final la detuvo una punzada de dolor a la altura de su corazón. “Traidor”, le increpó.

- No, dejadlo.
- Pero puede seguirnos sin que nos percatemos-se quejó Miguel.
- E iniciar con sigilo una acechanza contra nosotros -añadió circunspecto Vin.

Lo meditó durante unos segundos, dividida entre el estúpido deseo de besar a Jordan y el de acribillarlo a tiros.

- Está bien. Vin, Miguel… dejadle un ojo a la funerala -frunció la nariz con disgusto como si la cabaña apestara- y larguémonos de una vez, que el olor a albariño es muy difícil de sacar de la ropa. Además, tengo una reunión dentro de una hora y no quiero hacer esperar a mis socias –añadió después de echarle un vistazo a su reloj.

En cuestión de minutos, la limusina abandonaba la urbanización como si la persiguiera el demonio, dejando tras de sí una nube de polvo y a Jordan con el ojo morado.
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Miér Sep 09, 2009 12:53 am

- Bueno. Sólo falta Chus –anunció Leti-, pero ya me ha dicho que llegará tarde, así que podemos empezar.
- Yo me marcho en un ratito, Leti –dijo Geni. Ante la mirada interrogante de su jefa, aclaró-. Voy a recoger a David al aeropuerto. El avión llega a las seis.
- ¿Por qué no mandas a Kevin?
- No. Prefiero ir yo.
- Como quieras. Entonces luego te llamo y te informo de lo que vamos a hacer con las albariñas. Tengo ganas de verlas, después de que hayan disfrutado de este mes de tratamiento corporal –dijo frotándose las manos con entusiasmo.

Las cuatro mujeres estallaron en carcajadas.

- Y bueno. Ahora que vuelve David, ¿te vas quedar con Paul? –preguntó Nuria.
- Eso. Que lleva un mes a tu servicio y todavía no nos lo has presentado –le recordó Leti.
- Sí. Va a formar parte de la plantilla, así que no os preocupéis. Ya tendréis ocasión de conocerle.
- Y qué. ¿De aquí cómo anda? –Nesa se dio unos golpecitos con el dedo en la sien- Porque como sea igual que David, vas a tener que poner un cartelito en la verja de tu casa, que diga: ORGANIZACIÓN NO GUBERNAMENTAL “ALCORNOQUES, SIN FRONTERAS” –y estalló en carcajadas.
- Idiota –Geni le dio un puñetazo en el hombro, divertida-. Envidia que me tienes –dejó su vaso en la mesita y recogió su abrigo del perchero-. Me voy. Saludar a Chus de mi parte.

Cuando Chus llegó a la reunión y le informaron que Geni se había ido al aeropuerto hacía un par de horas, maldijo en voz baja y se encogió de hombros. A estas alturas ya se habría enterado de que David no viajaba en el avión.



- Atención... El vuelo 6527F procedente de Acapulco, efectuará su llegada en cinco minutos. Los pasajeros desembarcarán por la puerta número tres. Gracias.

Geni se apoyó en la pared frente a la puerta tres. Un cosquilleo le subió por la columna vertebral y le aceleró el pulso. Hacía tiempo que no se encontraba tan ansiosa por nada. Cuando las puertas correderas se abrieron, dando paso a los viajeros, una película de sudor le humedecía las manos. Pero el nerviosismo fue cediendo terreno a la confusión. Y la confusión a la ira, cuando se dio cuenta de que David no venía en el avión.

Como una tromba, salió del aeropuerto apartando, sin miramientos, a la gente cargada de maletas que le iban obstaculizando el paso. Los más prudentes se apresuraban a apartarse cuando se fijaban en su mirada asesina. Se metió en el coche y aceleró, sobrepasando con creces, el límite de velocidad del aparcamiento. Le daba igual, en ese momento necesitaba dar rienda suelta a su mal humor.

Atravesó la verja de entrada a la mansión y bajó a toda prisa del coche. Cuando llegó al vestíbulo su rabia había alcanzado su punto álgido.

-¡¡¡KEVIN!!!

El hombre apareció corriendo por el pasillo con cara de preocupación. Emoción que se intensificó al ver a su jefa deambulando por el lugar como un león enjaulado.

- ¿Qué pasa?
- ¡Maldita sea! –vociferaba Geni- Si es que no se puede ser amable. A la gente le das la mano y te coge el brazo –Se detuvo a un paso de la cara del hombre- Llama al hotel de Acapulco, al aeropuerto y a la embajada de España. Quiero que te enteres de porqué David no cogió el avión. ¡Treinta días! –gritó- Le di treinta días de vacaciones, ni uno más.
- Bueno. Si eso es lo que te pasa, tranquila. Está en el jardín.
- Quizás tuve que haberle especificado que un mes de vacaciones son treinta días... Si es que no aprendo... –de pronto se detuvo y miró a Kevin, confusa- ¿Quién dices que está en el jardín?
- David. Llegó sobre las cuatro. Dice que adelantó el vuelo.
- ¡¿Y a nadie se le ha ocurrido avisarme?!
- Bueno. Como estabas reunida con la jefa, pensamos que no irías tú a buscarle.
- Vale, es igual –suspiró. Cogió aire para serenarse y se dirigió al jardín.

Allí estaba. Casi como la última vez que lo había visto. El corazón empezó a bombearle con fuerza. “Vale. Como ves, este mesecito no te ha servido de nada” “Olvídame” “Ojalá pudiera...”

- A ver, señorito. ¿Adelantas el vuelo y no te dignas a llamarme? –le regañó con una sonrisa.

David se acercó y la levantó para hacerla girar.

- ¿A que me has echado de menos?
- Ni en sueños –“Mentirosa” “Que te calles”
- Nos estaba contando sus batallitas por el caribe... –informó William.

La verdad, es que ahora daba gusto verle. El pelo ya le llegaba por debajo de los hombros. La loción de Leti había sido todo un éxito.

- ... y sus travesuras con una rubia imponente por las playas de Acapulco...

¿Rubia? Una nueva oleada de furia le recorrió el cuerpo. Ya casi se estaba acostumbrando a este constante estado de ebullición. De una forma u otra la sangre siempre acababa hirviéndole.

- ... una rubia escultural –Will definió el contorno de la mujer con las manos- con un bikini minúsculo.

- Chicos, os dejo. Me voy al despacho que tengo cosas que hacer.

Como cargarse el jarrón chino, que adornaba una de las esquinas, de un furioso puntapié.

Nuria la encontró una hora más tarde, sentada en su sillón, recostada contra el respaldo y con los ojos cerrados. Concentrada en dar pinchazos a un muñequito al ritmo de la canción de W.A.S.P. “The torture never stops”.

- ¡Vaya! Veo que te diviertes –ironizó-. Pero si me permites un consejo... tendrías que personalizar un poco más la muñequita. Mujeres rubias en bikini debe haber millones.

Geni ni la miró. Se limitó a encogerse de hombros y a declarar sin emoción alguna:

- Pues que sufran todas.



Un coche se aproximaba a la verja de entrada. Pero en lugar de seguir por el camino hasta la misma, se desvió para meterse en un rincón apartado a unos cien metros de distancia. Jason, uno de los guardaespaldas de Chus, sacó su móvil para hacer una llamada.

- Ya estoy aquí –dijo- Te traigo lo que me pediste.

Al cabo de cinco minutos, David se reunió con él. Le había costado un poco que William le dejara en paz, pero lo había conseguido.

- Gracias. Es un regalo para una persona especial –dijo al coger en brazos la caja que le entregó Jason.
- Es una lástima que hayas vuelto a casa –bromeó-. Las albariñas están encantadas con tu marcha –esta vez no pudo evitar la carcajada. Sobre todo al ver la cara de disgusto de David.
- Ya. Pues yo también estoy encantado de perderlas de vista. Yo sé que ellas tienen la culpa de este mes de exilio –escupió-. Además, tampoco es que fueran muy agradables de ver, últimamente.


De camino al despacho de Geni, David se detuvo un momento para coger mejor la caja. Una caja alargada, envuelta en papel negro, y adornada con un lazo rojo sangre. Sabía que el regalo le encantaría. Había visto aquella antigualla en casa de un ricachón, un día mientras hacía la ronda con Jason, durante sus vacaciones forzosas. No le había costado mucho que se la vendiera: tres semanitas en el hospital con la cadera y seis costillas rotas. ¿Qué le habría costado al buen hombre recobrar el sentido común después del primer golpe? Nada. Pero a esos niños de papá les gustaba hacerse los gallitos, para satisfacción suya.

Al llegar a la puerta del despacho giró el pomo y abrió. Iba a saludar a las ocupantes cuando escuchó parte de la conversación y se quedó inmóvil.

- Ya sé que es irracional e inexplicable, pero es algo que no puedo evitar –decía Geni.
- Es que no lo entiendo –replicaba Nuria con una risilla-. Me parece una soberana tontería que te pongas a llorar por...

David volvió a cerrar la puerta. Respiró hondo para poder calmarse, pero no resultó. La oleada de furia que le había traspasado cuando escuchó el nombre de aquel desgraciado, fue inmensa. ¡Maldito hijo de puta! Pues se iba a enterar. Ahora estaba él de vuelta y le ajustaría las cuentas. ¡Hacer llorar a su jefa!... ¡Por encima de su cadáver! O mejor... él pasaría por encima del cadáver de aquel cabrón.

Con paso airado se dirigió a su habitación, guardó la caja en el armario y llamó a Piero. Quería una lista con todos los hombres que respondieran a aquel ridículo nombre. Ya se estaba imaginando al susodicho. Llamándose como se llamaba, sólo podía tratarse de un tipo larguirucho, mojigato y medio afeminado. Con las manos suaves y con manicura. Seguramente tendría voz de pito y usaría gafas. ¡Puaj! Pensaba que Geni tendría mejor gusto.

Dos horas después, entró en la cocina con trece nombres escritos en una hoja de papel. La indignación que había sentido antes se había estado alimentando minuto a minuto mientras esperaba la llamada de Piero y, en ese instante, la descargó toda sobre la persona que él consideraba el principal responsable de aquel asunto: Paul, que estaba apoyado en la encimera, bebiendo una taza de café y hablando tranquilamente con Will.

- ¡¿Así es cómo te ocupas de tú trabajo, no?! Me encantaría saber qué coño has estado haciendo durante este mes –levantó la mano y agitó la hoja delante de la cara de un sorprendido Paul-. Éste es mi primer día y ya tengo que arreglar una de tus chapuzas. ¿Te suena alguno de estos nombres?

Paul cogió la hoja y negó con la cabeza, devolviéndole el papel a David, que bufó con rabia. Se acercó a un armario alto cerca de la puerta de la despensa y sacó un bate de béisbol.

- ¿A dónde vas con eso? –preguntó Will.
- A arreglar un asuntillo. Y lo único que sé, es que la persona que busco es una de esta lista y que además es un mentiroso hijo de puta.
- ¿Y piensas que el bate te dirá cuál es la persona que buscas?

David se detuvo cuando estaba a punto de salir por la puerta y se volvió hacia sus compañeros.

- No, pero lo necesitaré. Que como dice el refrán: “se coge antes a un mentiroso, si lo dejas cojo”-les dijo antes de cerrar la puerta..

William parpadeó un par de veces y luego echó la cabeza hacia atrás para soltar una carcajada.

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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Miér Sep 09, 2009 1:02 am

CAPITULO XII



La figura oronda de una mujer avanzaba con paso rápido por la calle. Miraba nerviosa hacia atrás y hacia los lados, como si temiera ser sorprendida por alguien o ser atacada en pleno día. Al llegar a la esquina, se detuvo y apoyó una mano en la pared del edificio mientras luchaba por recuperar el aliento. El sonido sibilante de su respiración se normalizó cuando la mujer tomó dos inhalaciones de su tratamiento para el asma. Tenía que acabar con aquella situación, desde que su jefa tenía aquellos animales en casa, su alergia no la dejaba vivir. Reinició la marcha y sonrió cuando divisó a la vendedora de los cupones. Con un poco de suerte, al día siguiente se vería libre de aquellos bichos que le estaban destrozando los bronquios.

- Hola –saludó a la señora sentada en una silla plegable.

Era una mujer de mediana edad, morena, que llevaba unas gafas oscuras para ocultar sus ojos hundidos. El bastón que utilizaba para poder andar sin tropezar, lo tenía sujeto entre las rodillas y apoyado en el hombro. En la mano izquierda tenía un clip que sujetaba las tiras de cupones.

- Hola, buenos días.
- Le traigo el cupón de ayer. Me ha tocado el reintegro –una sonrisa iluminó el rostro de Otilia-. Nunca me había tocado nada. Usted me ha dado suerte, seguro que lo próximo será un buen pellizco.
- Sí, estoy segura de que mañana será usted una mujer muy feliz –replicó la ciega, recogiendo el cupón que le entregaba Otilia-. ¿Qué número quiere hoy?
- El siete, me encanta el siete. Además es el número de Raúl y Raúl ahora está en racha.
- El siete, aquí tiene. Que tenga mucha suerte.

Otilia se metió el cupón en el bolsillo del delantal y regresó deprisa a su puesto de trabajo. Si su jefa se enteraba de que había salido, podía darse por muerta. Literalmente. Aquella mujer no tenía ni un gramo de piedad y todo aquél que se saltaba sus rígidas normas, lo pagaba caro. Al pensar en ella, le dio otro ataque de asma. Menos mal que esa tarde se había ido de la ciudad, pero ya estaba imaginándose su reacción cuando volviera. ¡Maldita sea! ¿Qué había hecho? Estaba claro que su conducta era totalmente kamikaze, pero su salud estaba en juego y de seguir así, no llegaría a final de año. Aunque si lo pensaba bien, después de lo de hoy, estaba segura de que Papá Noel le traería un trajecito de cemento. Se santiguó con fervor, rezando para que su jefa nunca descubriera su desliz.

Apenas Otilia se perdió en el horizonte, una furgoneta de la ONCE se paró frente al puesto de los cupones, ocultando a la vendedora. La mujer se levantó y lanzó con rapidez la silla y el bastón a través de la puerta lateral que acababa de abrirse. Luego sujetó la mano que se le ofrecía y se impulsó dentro del vehículo. La puerta se cerró tras ella.

- ¿Lo tienes? –preguntó Athenea.
- Sí –Anaiis le dio el cupón que le había entregado Otilia-. El plano de la casa está en un folio doblado pegado en la parte de atrás. Fue todo un acierto que se te ocurriera utilizar nuestra recién fundada organización como tapadera. Es una suerte que las siglas de la Organización Nacional de Cogorzas y Embriaguez coincidan con las de los ciegos.

Athenea le dio instrucciones al chofer para que arrancara y las llevara a su cuartel general.

Una vez allí se dedicaron a estudiar el plano. Habían acordado con Otilia que ella les dejaría las puertas del servicio abiertas, tanto la del exterior como la que daba acceso a la casa. Tenían que realizar la operación de rescate esa noche, aprovechando que Chus se había ido a casa de la jefa de La Familia.

Estaban concentradas intentado memorizar el recorrido a seguir hasta la celda donde tenían recluidas a Isa y a Joana cuando otra persona entró tambaleándose en la habitación. Era un hombre de estatura media y moreno, vestido con vaqueros y una camiseta blanca. En la mano derecha llevaba una botella mediada de Sansón.

- ¿Qué hacéis?
- Estamos estudiando el plano de la mansión de Chus “la cementera”. Vamos a liberar a Isa y a Joana esta noche.
- ¡Bien! Yo también voy. Por fin una misión a mi altura –mientras decía eso, se subió a una mesa y levantó los brazos, para gritar con la cara mirando al cielo- ¡Porque yo soy el Súper-High! ¡El superhéroe albariño! ¡INVISIBLEEE E INMORTAAAAAL!

Athenea puso los ojos en blanco y suspiró meneando la cabeza.

- No deberías mezclar el alcohol con el Fluritrazepán, Jose.
- ¿Fluriqué? –preguntó Anaiis.
- Fluritrazepán, un barbitúrico. Se lo recetaron como sedante, cuando tuvo problemas de insomnio, pero en él actúa de forma antagónica y en lugar de sedarle, le excita. Y también le produce delirios. Ahora se cree invisible e inmortal.
- Yo no me creo nada –protestó él, bajándose de la mesa-. SOY invisible e inmortal –enfatizó. Luego se giró para hablarle a Anaiis- Que te cuente cómo pasé por delante de los guardaespaldas de esa mafiosa de Geni, en el centro comercial y no me vieron –se volvió a Athenea- ¿Me vieron o no me vieron, eh? No. No-me-vie-ron. ¿Por qué? Porque soy in-vi-si-ble.
- ¡No eres invisible! Justo cuando pasaste se giraron para meterse con unas chicas que bajaban por las escaleras mecánicas. Por eso no te vieron.
- ¡Tonterías! ¿Y qué me dices de cuando me caí del segundo piso y no me hice nada, eh? ¿Cómo explicas eso, listilla?

Ella bufó antes de contestar.

- No te hiciste nada, porque tuviste la suerte de caer sobre el camión del heno para los caballos. ¡No eres inmortal!
- Lo que te pasa es que estás celosa de mis poderes, ¡eso te pasa! –le chilló con ojos desorbitados- De todas maneras a esta misión voy. Con vosotras o detrás vuestra. Tú decides.
- Está bien. Puedes venir –se resignó Athenea.

Jose dio un salto de júbilo y luego bebió un largo trago de vino. Al bajar la botella se secó la boca con el dorso de la mano.

- Y conduzco yo. Os mostraré lo que puede hacer el Súper-High al volante –dijo mientras ponía cara de velocidad.

- ¿Con ese pedal? –dijo Anaiis con sarcasmo- Estrellar el coche.
- Irás en el asiento trasero, si no te quedas. Es mi última palabra.



Geni estaba revisando unos papeles cuando los chillidos y súplicas de un hombre hendieron el aire. Se estaba levantado para ir a ver qué pasaba, cuando la puerta se abrió con estrépito.

David entró arrastrando a un individuo en un estado lamentable. El hombre tenía doblada una pierna en un ángulo extraño y la cara destrozada: el ojo derecho era un bulto sanguinolento y la sangre brotaba de los cortes de sus labios y le resbalaba por la barbilla.

David se paró a pocos pasos de la mesa y, entonces, arrojó al hombre hacia delante. Luego le obligó a arrodillarse mirando a Geni. El alarido que soltó el infeliz, le puso los pelos de punta.

- Y ahora, desgraciado, te vas a disculpar con ella.

Geni alzó una ceja, esperando que alguien le explicara qué cojones estaba pasando allí.

- Venga bastardo. Estoy esperando.
- Lo…lo…si…siento. Yo no… no quería…

Geni estaba muda. Aquel hombre apenas se sostenía y estaba a punto de desfallecer. La pierna debía dolerle horrores. ¿En qué se habría metido David esta vez?

- Igual necesitas una ayudita para que se te suelte la lengua…

Cuando David levantó el puño, el hombre cayó desmayado al suelo.

- ¡Bah! Este desgraciado no tiene aguante ninguno.

Geni tardó unos segundos en salir del trance. Al hacerlo, entrecerró los ojos y se encaró con su guardaespaldas.

- ¿Se puede saber qué carajo está pasando aquí?
- Pues lo que está pasando es que no entiendo qué leches le viste a este idiota. Es un blandengue y un llorica, aparte de mentiroso, por supuesto. Estoy de acuerdo con Nuri, cuando dijo que le parecía una soberana tontería que lloraras por el bolero éste. Y además, menudo nombre más ridículo que tiene el infeliz. Ravel –dijo con retintín-. Desde luego ya demostró estar falto de carácter, cuando no se cargó a sus padres por semejante nombrecito.

"No me lo puedo creer" gimió ella, interiormente.

- David –Geni intentó que le prestara atención, pero él seguía con su perorata- ¡David!
- ¿Qué?
- El Bolero de Ravel es una pieza musical, no un hombre.

Al principio David se quedó en blanco, pero en cuanto entendió las palabras de su jefa, maldijo en voz baja. Había metido la pata hasta el fondo.

- Ahora, seguramente tendré que arreglar este asunto –protestó ella, señalando al hombre que estaba en el suelo- para que no nos perjudique.
- Bueno… verás…

Los titubeos de David pusieron todos los músculos de Geni en tensión. Eso no presagiaba nada bueno.

- ¿Qué has hecho? –susurró.
- Es que como no sabía a qué Ravel tenía que dar el escarmiento, le pedí a Piero una lista de todos los hombres que usaran ese nombre. No te vas a creer cuántos desgraciados tienen que llevar esa cruz.

Geni gimió y se dejó caer contra el respaldo del sillón. La cosa empeoraba por momentos. Sin embargo, estaba indecisa entre ponerse furiosa o besar a aquel hombre. ¡Mira que salir a romper piernas por unas pocas lagrimillas…!

- ¿Cuántos? –preguntó.

David le tendió el papel donde llevaba anotados los nombres y se encogió de hombros.

- Cuéntalos. Al parecer tuve suerte de encontrar a uno lo suficientemente acojonado como para aceptar las acusaciones, por tanto, no todos han sufrido daños. Así que el trabajito no fue tan sangriento como pudo haber sido. Cosa que lamento, todo sea dicho.

Geni no podía apartar la vista de aquella lista. Había trece nombres, de los cuales, once estaban tachados. Suponía que serían los que habían tenido el dudoso placer de ser visitados por David. Suspiró para sí. Este asuntillo le saldría bastante caro, pero por extraño que pareciera, esta vez pagaría lo que hiciera falta y lo haría con gusto.

- Veamos si he entendido la situación. Tú escuchaste una conversación entre Nuria y yo y creíste que un hombre llamado Ravel me había hecho llorar, ¿no?
- Hombre, dicho así, no suena muy lógico, pero sí.
- Y entonces, buscaste a los hombres que respondían a ese nombre hasta encontrar al que tú creías que era el culpable para que se disculpara, ¿cierto?
- Sí –murmuró David, cada vez más avergonzado. Y esperando la bronca, que seguramente no tardaría en llegar.

Geni sonrió para sí. Se levantó y al llegar junto a David le besó en los labios.

- Gracias. Ahora ve a buscar a Sean y a Marc y diles que vengan.

David salió del despacho todavía sin creerse lo que acababa de pasar. Geni le había dado un beso… y por romper piernas, nada menos. Lentamente, sus labios formaron una sonrisa deslumbrante. Al llegar al salón le dio el recado a sus compañeros y luego fue a su habitación. Sacó la caja del armario y pensó una forma más apropiada de dársela a su jefa.

La invitaría a cenar.



En el despacho, Geni le dio la hoja con los nombres a Sean.

- Quiero que te encargues de que esta gente nos no cause problemas. Ofréceles el dinero que haga falta.
- ¿Y si se niegan a hacer el trato? ¿O si piden demasiado?
- Dales el dinero que exijan. Eso sí, a la primera negativa, no sigas negociando. Que se encargue Marc. Tampoco es cuestión de derrochar –dijo con una sonrisa.

Cuando sus hombres se marchaban, ella los detuvo.

- ¿No os estáis olvidando de algo?

Ante la expresión interrogante de sus caras, Geni señaló con la cabeza al individuo tirado frente a su mesa.

- Sacarlo de aquí. Me está echando a perder la alfombra.

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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Miér Sep 09, 2009 2:10 pm

CAPITULO XIII



Tres siluetas se movían con sigilo por el pasillo. La primera de ellas llevaba un papel en la mano: el plano de la casa. Al llegar a las escaleras, descendieron al piso inferior, giraron a la izquierda y se pararon en un corredor que tenía cuatro puertas.

- ¿Cuál era? –preguntó Jose.
- Según Otilia, el mercenario de Chus, Jason, que es el que les da de comer, siempre está sentado frente a la segunda puerta de la izquierda. Así que miraremos ahí –dijo Anaiis.

Athenea se acercó a la puerta y probó a girar el pomo. Estaba abierta. Empujó despacio y asomó la cabeza. Al instante, un olor fuerte le penetró por las fosas nasales, provocándole arcadas. Abrió la puerta de par en par y la luz del pasillo iluminó una estancia lóbrega. El único mobiliario que había era una especie de orinal volcado en una esquina. Jose se abrió paso entre sus compañeras y, al observar el interior, gritó con furia.

- ¡Esa mujer nos ha tomado el pelo! ¡Nos ha mandado directos a la perrera!

Con un fuerte golpe, que hizo temblar los goznes de la puerta, quedó sellado el cautiverio de los tres albariños. Se miraron con incredulidad y estupor al verse atrapados entre un montón de perros.

- ¡Por los viñedos de las Rías Baixas! -exclamó el Super-High, atónito-. ¡Nos han tendido una emboscada! -afirmó a medida que la verdad se abría paso en su cabeza.

Anaiis se lanzó hacia la puerta que los separaba del exterior y la golpeó con puños y pies: el sonido burlón de unas risas se filtró a través de las maderas.

- ¿Has clavado bien los tablones? -dijo una voz ronca y fuerte.
- Estoy en ello -respondió otra voz.
- ¿Por qué tardas tanto, Caín? -bufó el primer hombre.
- ¿Yo te digo a ti como deshacerte de tus fiambres? Pues déjame…
- No necesito que nadie me diga cómo hacer algo en lo que soy insuperable -lo interrumpió con una risotada.
- ¡Ja! Hay alguien que te supera.

- Mierda, mierda, mierda… -susurró repetidamente Anaiis, con la oreja pegada a la puerta-. Van a… ¡¡Ay!! -se quejó cuando el primer impacto del martillo hizo temblar las maderas.
- Haz algo, Jose -le ordenó Athenea, pálida como la cera.
- ¿Yooo?
- Tú eres el Super-High, invisible e inmortal -se mofó Anaiis, repitiendo su anterior perorata.
- Cierto, lo soy -exclamó hinchando el pecho.

Con arrogancia y seguridad en sí mismo, caminó con largas zancadas hasta la puerta, al llegar a ésta se detuvo y observó con detenimiento la madera ennegrecida.

Arrugó la nariz con disgusto.

- ¿Qué pasa? -preguntó Athenea.
- Esta puerta está asquerosa.
- ¿Y qué más da? Sólo tienes que abrirla.
- He dicho que soy el Super-High, no MacGiver -se burló Jose-. Además, no soy idiota, Athenea. Si salimos con esos dos matones ahí fuera, volverán a encerrarnos -le explicó como si le hablase a un niña pequeña.
- Pero… me dan miedo los perros -confesó con un hilo de voz, cuando un par de ellos se acercaban a olisquearla-. ¡Aaaahhh…! -gritó corriendo de un lado para otro, mientras los chuchos la perseguían, al parecer, divertidos considerándolo un juego.
- Uffff -resopló Jose, aburrido por la situación, luego se quedó mirando la puerta con absurda fascinación.
- ¡¡Joseeee!! -gritó Anaiis.
- ¿Queeé? No grites, estoy pensando.
- Pues piensa más rápido -chilló Athenea, subiéndose a un montón de sacos de pienso apilados en una esquina para evitar que los perros le olisquearan los pies.

Una sonrisa que, la débil iluminación de la perrera, transformó en siniestra, curvó los labios del Super-High Albariño. ¡Cómo le divertía ver en apuros a su compañera! Eso le iba a enseñar a no burlarse de los demás. Luego, con el ceño fruncido, estudió el interior de la perrera en busca de una vía de escape.

El lugar era un cubículo pequeño, dividido en varios compartimentos vallados en los que dormían los animales, excepto el pequeño grupo que acechaba a Athenea. Por los ladridos que emitían daba la sensación de que esa noche el sueño les eludía. Casi todos estaban despiertos y alerta, como si quisieran darles la bienvenida… o despedirlos en su funeral.

El olor en el lugar era insoportable, apestaba a orines y excrementos.

- ¡Esa Otilia es traidora muerta! -siseó Anaiis-. Cuando le ponga las manos encima…
- Ahorra tu energía, no será necesario. Antes yo la haré picadillo y la serviré de comida para estos chuchos apestosos -la corrigió Athenea-. ¡Aaaaaaaahhh! -gritó, agitando las piernas con frenesí, cuando uno de los perros consiguió morderle el pantalón y lo desgarró.

Mientras las dos albariñas lanzaban amenazas contra Otilia, Jose, el Super-High, recogió una tabla fina y alargada del suelo. Parecía una de las que se utilizaban para construir los marcos de las puertas. La empuñó con ambas manos, apuntándola contra los perros para instarlos a retroceder.

- ¿Pero qué haces, Jose? -lo increpó Anaiis.
- ¡Qué obtusa eres! ¿Acaso no ves que trato de salvaros de las fauces de estas bestias? -dictaminó como si se tratase de un domador de fieras.
- Más bien pareces un arponero tratando de pescar truchas en una piscina -se burló Athenea, sin abandonar jamás su lugar encima de los sacos, cuando observó el modo torpón en que blandía la tablilla.
- Sois unas ignorantes. ¿No sabéis que fui campeón albariño-olímpico de lanzamiento de jabalina y de esgrima hace años? -bufó despectivo.
- Pero si no tienes puntería ni en un concurso de tiro al pato en la feria -se burló Athenea.

La mirada reprobatoria que recibió del Super-High la habría intimidado en otras ocasiones, pero en aquel momento estaba más preocupada por evitar los colmillos de los perros que tironeaban de sus pantalones. La prenda ya estaba hecha jirones de rodillas para abajo.

Sin embargo, bastó un momento de distracción para que uno de los animales se lanzara sobre el brazo de Jose y le mordiera.
- ¡Mierdaaaaaaaaa! -aulló de dolor-. En cuanto salgamos de aquí tendré que ir al ambulatorio.
- Tú sácanos de aquí y te llevaré donde me pidas -prometió Athenea.


Los gritos de los albariños se oían al otro lado de la puerta, donde Caín terminaba de clavar las tablas que aseguraban aún más la prisión perruna. Jason sonreía satisfecho al ver el trabajo del otro hombre, aunque, en silencio, pensaba que él habría hecho un trabajo perfecto. El de su compañero era sencillamente pasable.

Dos nuevas figuras se acercaban al lugar donde ellos se encontraban. La luz de la luna que se filtraba por uno de los ventanucos, las iluminó lo suficiente para permitirles reconocer la identidad de los recién llegados antes de que les alcanzaran.

- Baah, son esos guaperas de Leticia -dijo Jason entre dientes.
- Jason, Caín -les saludó con gravedad Vin, mientras que Miguel “El Duque” trataba de agudizar el oído ante el griterío que perforaba el silencio.
- ¿Qué diablos es eso?
- ¿El qué? -preguntó con mal fingida inocencia Jason.
- Debes estar más sordo que una tapia para no oírlo -se quejó Vin-. ¡Eso! -gesticuló con una mano.
- Albariños -confesó Caín.
- ¡Bocazas! -lo reprendió Jason.

Caín se encogió de hombros, como si no entendiera por qué habían de guardar silencio.
- ¿Tenéis albariños en la perrera? -rió Miguel con diversión.
- ¿No tenéis que hacer nada en otra parte? -los urgió Jason, cruzándose de brazos a la altura del pecho.
- ¿Por qué tratabas de ocultarnos esa información? -lo encaró Vin.
- No me gusta compartir a mis prisioneros. Además, quiero hacerles pagar bien caro su última jugarreta -musitó vengativo.
- ¡Pero si tú no tuviste que visitar al barbero! -rió con estrépito Miguel.
- ¿Quieres que te haga una cara nueva, guaperas? -lo amenazó Jason- ¡Pero qué vas a entender tú! -bufó mientras le miraba la insignificante mata de pelo que le cubría el cráneo- Simplemente con pensar que yo podría haber sido una de sus víctimas me hace hervir la sangre. ¿Sabes cuánto tiempo se necesita para conseguir tener estas rastas? ¡Años!

Caín trataba de ahogar sus propias carcajadas. Si Jason le descubría riendo le haría a él no sólo una cara, sino un cuerpo nuevo.

- Sólo son tres insignificantes albariños -explicó Caín señalando hacia la perrera.
- Son mis prisioneros -reclamó Jason como si fuesen el último trozo de carne en un festín de caníbales.



Sin previo aviso, Jose empujó a Athenea, tirándola al suelo y se puso a mover los sacos.

- ¡Aaaaahhh! -gritó frotándose las posaderas-. ¡Eres imbécil!

Pero indiferente a sus insultos, el Super-High siguió apartando sacos, hasta que la puerta de una trampilla apareció debajo del último. Con las manos despejó el espacio hasta que la entrada secreta quedó completamente visible.

- ¿Qué es eso? -susurró Athenea.
- Nuestro camino a la salvación -alardeó Jose.

Anaiis se acercó para estudiarla.

- A mí me parece una trampilla vulgar y corriente, pero me sirve. ¿Adónde conduce? ¿Cómo sabías que estaba ahí?

Con la tablilla otra vez en la mano, Jose amenazó a uno de los perros que se acercaba nuevamente a ellos.

- ¡Fuera chucho! ¡Fuera!
- ¡Pero qué miedo das, Jose! -se burló Anaiss al ver lo ineficaz de sus amenazas.
- Cállate, Anaiis.
- Callaos los dos -se impuso Athenea-, y salgamos de aquí.
- ¿No nos has respondido, Jose? ¿Cómo sabías sobre esta trampilla?

El Super-High sonrió ampliamente.

- Conozco esta zona como la palma de mi mano -se jactó.

Ante las miradas interrogantes de ambas, se explicó mientras accionaba el picaporte para abrirla.

- Hace años, los anteriores dueños de esta casa tenían aquí unos silos -ante el gesto de ignorancia de sus compañeras, les explicó-, almacenes subterráneos donde guardaban el arroz. Eran arroceros- aclaró-. De modo que había un pasadizo que comunicaba los sótanos con la vivienda. Simplemente lo he recordado.

- ¿Cómo sabes todo eso? -insistió Anaiis.

El Super-High sonrió con arrogancia.

- Soy un tipo listo.

El chasquido de la puerta al abrirse acabó con el resto de interrogantes.

- Mierda, está muy oscuro -se quejó Athenea al observar la negrura del agujero en el suelo.

Anaiis apartó la pierna del alcance de uno de los perros:

- Me arriesgaré antes de servir de comida a estos chuchos.

Uno tras otro, los tres albariños se dejaron caer dentro del orificio en el suelo, que era lo suficientemente amplio para que sus cuerpos se deslizaran a través de éste. A tientas, recorrieron el pasadizo que esperaban les condujera lejos de esa perrera inmunda.



- ¡Vin, Miguel! -los llamó Leticia acercándose al grupo de hombres reunido ante la puerta-. ¿Qué pasa aquí?

Después de reencontrarse con Jordan, esa mañana, el malhumor parecía perseguirla. Ni siquiera recordar que sus chicos le habían dejado la cara como un mapa le servía de consuelo.

- Jason y Caín han cazado algunas ratas.

Leticia arrugó el ceño al oír un golpe seco al otro lado de la puerta en medio de la algarabía de ladridos.

- Pues deben ser unas ratas muy gordas -se burló.
- De las peores: albariñas.
- ¿Queeeé? ¡Abre esa puerta! -ordenó a Jason.
- Son mis prisioneros -se quejó el hombre, cubriendo con su cuerpo la entrada.
- No seas imbécil. Vin, Miguel, apartad a este majadero.
- El código de La Familia deja bien claro que nadie, nunca, puede robar a otro miembro de La Familia sus prisioneros.
- Buffff…
- ¿Qué diablos sucede? -se oyó clara y nítida la voz de Chus.
- ¡Jefa!
- Chus, adviértele que si no me entrega a los rehenes…
- ¿Los tenéis? -rió Chus.
- Ajá -se regodeó Jason.
- ¿Tú lo sabías? -preguntó Leticia fulminándola con la mirada.
- Por supuesto. Nada pasa en mi casa, sin que yo esté al tanto. Quería daros una sorpresita.
- ¡No me gustan las sorpresas! Abrid esa puerta yaaa… ¡¡¡Han escapado!!!!! -gritó furiosa Leticia al entrar a la perrera.
- No es posible -la rebatió Jason.
- ¿Qué no? Míralo por ti mismo -gesticuló ella.
- Pe- pero… -tartamudeó Caín adelantándose.
- No pueden haber ido muy lejos. ¡Rápido, hay que encontrarlos! -intervino Chus, camino a la puerta.
- ¿Qué es eso? -señaló Vin en dirección a la trampilla, alrededor de la que varios perros alzaban sus patas para vaciar sus vejigas.

Caín palideció más si aquello era posible, reconociendo al instante la entrada secreta a los subterráneos.

- ¡Mierda!
- ¿Adónde conduce? -lo zarandeó Vin haciendo que los huesos del hombrecillo casi crujieran.

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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Miér Sep 09, 2009 2:13 pm

El pasadizo era tan estrecho y oscuro que les resultaba imposible no chocar entre ellos. Cuando llevaban caminando lo que les pareció horas, aunque en realidad no fueron más que minutos, oyeron un ruido que les puso en alerta.

- ¿Qué ha sido eso? -susurró Athenea
- No importa, sigue caminando -la empujó Anaiis.
- Ssshhh -les ordenó Jose.
Anaiis retrocedió un paso y un quejido le puso la piel de gallina.

- Aaaaggggg… un ratón -dijo en voz muy baja, cuando comprendió lo que acaba de pisar.
- Baaah, qué quejicas sois. No volveréis a acompañarme en ninguna misión.
- Ni ganas -respondió entre dientes, Athenea.

Apenas dieron unos pasos más, otro sonido les hizo detenerse.

-Sssshhh. ¿Qué es eso?
- ¿El ratón? -fue la respuesta esperanzada de Anaiis.
- Pues será un ratón muy grande -añadió Athenea, ocultándose tras la espalda de Jose.

Un golpeteo repetido les hizo mirar alrededor con curiosidad. El Super-High caminó con sigilo en la dirección de la que procedía el sonido, pero sólo encontró una pared que al acercarse retumbó, como si alguien la golpeara con los puños. Pegó la oreja a la pared y escuchó atentamente.

- ¡¡¡¡Es Isa!!!!! -exclamó reconociendo sus gruñidos.

Tras hurgar en la cerradura, que cerraba el cuartucho donde retenían a Isa, Jose logró abrir la puerta. La oscuridad era tan densa que no pudieron comprobar que la mujer estaba en perfecto estado, pero los indicios daban a entender que, pese a su largo cautiverio a manos de las mafiosas, estaba bastante bien.

- Necesito un trago urgente -dijo al Super-High cuando éste la condujo fuera del cuchitril.

Sin mediar palabra le pasó su petaca, de la que Isa bebió con fruición.

- Eeehhh no te lo bebas todo -se quejó él cuando la oyó engullir con avidez su mejor caldo.
- Serás rata -le respondió ella antes de devolverle la petaca, no sin antes darle un nuevo y largo trago.
- Tortolitos. Dejad las riñas para luego -les recordó Anaiis.

Pese a la falta de luz, intuyó que ambos la acuchillaban con la mirada.

Tras caminar durante unos minutos, llegaron hasta un punto donde el pasillo se estrechaba aún más, obligándoles a ir en fila india. En el extremo descubrieron una puerta. Al otro lado, se extendía un terreno árido que en otro tiempo debió ser un campo de tierra fértil. El aire fresco de la noche les golpeó en la cara, pero apenas inhalaron un poco, las voces de Chus y Leticia hicieron añicos sus esperanzas.

- ¿Ibais a algún sitio? -se burló Chus, situándose junto a los cuatro hombres y Leticia.

El grupo vestía completamente de negro, con lo que se fundían con las sombras, dotándoles de la apariencia de una mesnada satánica que se congregara a medianoche con fines maquiavélicos.

- ¿Nunca os han dicho que es de mala educación despreciar unas vacaciones con todos los gastos pagados? -añadió con sorna Leticia- .Por cierto, albariña, quiero que me devuelvas mi colección de Nora -le recordó, olvidando intencionadamente que ya la había recuperado.
- Ya te he dicho mil veces que no la tengo. Pero te advierto, en cuanto tengamos la oportunidad, te la quitaremos -amenazó.
- ¿Me estás amenazando?
- Te estoy advirtiendo.
- Mira como tiemblo -se mofó Leticia, fingiendo estremecerse de miedo.
- Se acabó la cháchara. ¡Chicos, apresadlos! -ordenó Chus.

El potente faro de un coche los cegó durante unos segundos. Cuando el vehículo se detuvo, la luz se apagó. Se oyeron pasos, maldiciones y, poco después, una voz que le puso los pelos de punta a Leticia, se unió al griterío.

- ¿Qué está pasando aquí?
- Jordan… ¿qué diablos haces en mis terrenos? -le increpó Leticia, ignorando los latidos furiosos de su corazón al oír la voz grave de su antiguo amor.
- ¿Terrenos? Más bien es un vertedero de basura -siseó Isa.
- ¿Leticia? -preguntó el recién llegado, enfocándola con una linterna. Bajo la luz, Leticia comprobó que tenía el ojo derecho hinchado como una bota, con lo que se vio obligado a girar la cabeza para mirarla con el izquierdo.

“A lo mejor me he pasado un poco”, pensó al verle el rostro amoratado y el ojo entrecerrado. “Y una mierda”, se respondió enseguida, al ver su sonrisa arrogante.

- Vaya, otro albariño -se regodeó Jason-. Parece que es nuestra noche de suerte.
- ¿Quién sabe? -intervino Jordan enigmáticamente.

Y antes de que los guardaespaldas pudieran apresar a los albariños, habló:

- Os ofrezco un trato.
- No me fío de ti, ladrón de libros -le encaró Leticia.
- ¿Y si te ofrezco algo que quieres? -la rebatió.
- Ya he recuperado mis libros -le recordó.
- Aaahh -boqueó Isa con sorpresa, que en ese momento quedó iluminada bajo el haz de la linterna.

Jose al ver su melena cubierta de rastas, exclamó:

- ¡Por los viñedos de las Rías Baixas, Isa! ¿Qué te has hecho en el pelo?

- ¿Cuál es ese trato? -lo urgió Leticia, maldiciéndose por rendirse a la curiosidad.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Jordan sonrió ampliamente.

- Si los dejáis marchar -señaló al grupo de albariños-, me uniré a La Familia.
- Ja -se burló Chus-. En La Familia no entra cualquier inútil y, además, no nos fiamos de ti.
- Dejadlos marchar y… -abrió los brazos en gesto de ofrecimiento-, soy todo tuyo -susurró buscando la mirada de Leticia con su único ojo sano.

Sin esperar respuesta, los cuatro albariños se introdujeron en el coche de Jordan y huyeron de allí lanzando piedrecillas en todos direcciones.

- ¡Mierda! -se quejó Chus, alucinando ante el giro de los acontecimientos. Bien mirado, si el tipo fuese de fiar…. aunque lo dudaba.
- Entonces… ¿soy o no el nuevo Don? -se regodeó Jordan mientras Leticia lo fulminaba con la mirada.
- Ya veremos –gruñó Leticia- Vin, átale las manos a la espalda y llévalo al coche.

Mientras el guardaespaldas ejecutaba la orden, Chus no dejaba de mirar con curiosidad a su jefa.

- ¿Estás segura? Es un albariño, Leti, no son gente de fiar. Tienen un sentido de la lealtad un tanto inestable, como bien sabes.
- No hace falta que me lo recuerdes –replicó, airada.
- Además, lo acabas de presenciar. Pusieron pies en polvorosa sin siquiera preguntar por el paradero de Joana.
- Muy cierto –volvió a decir Leticia. De repente, se puso blanca como la cera- ¡Maldita sabandija!
- ¿Qué? –preguntó Chus.
- Me parece que ya sé porque ese rastrero de McGregor se ha intercambiado por los prisioneros. ¡Malnacido! –maldijo, estrellando el puño contra la palma de la otra mano- Quiere volvérmela a liar. Pero esta vez estaré preparada.

Echaron a andar hacia la casa, mientras Leticia elaboraba un plan para tener controlado al McGregor. En principio, dejaría que pasara a engrosar las filas de la Familia, pero esta vez, estaría ojo avizor para que él no pudiera hacerle daño. Y mientras durara la farsa, pensaba sacar el mayor partido posible a tener a Jordan viviendo en su casa.

- Por cierto, tengo curiosidad. ¿Dónde tienes encerrada a Joana?
- Es lo que estaba pensando ahora mismo. Joana estaba con Isa, no entiendo como liberaron a una y dejaron a la otra. Mandaré a Jason a ver, porque de verdad que esto es muy extraño.

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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Miér Sep 09, 2009 2:22 pm

CAPITULO XIV



El olor del café recién hecho inundaba la cocina y Geni estaba disfrutando de tener la estancia para ella sola, sin el constante barullo de sus hombres tirándose trozos de pan y haciendo concurso de musculitos. Era una gozada poder desayunar en silencio, sin temor a mancharse con el café porque un proyectil mal lanzado había caído en su desayuno. Sí, una auténtica gozada, pensaba con regocijo al acercarse la humeante taza a los labios.

El golpe de una caja dejada con fuerza sobre la mesa hizo tambalear el mueble, con lo que Geni perdió el apoyo de su codo y el delicioso café, en vez de caer en su gaznate, acabó como una mancha oscura en su pechera.

- A la mierda –bufó mientras se secaba con una servilleta y fulminaba con la mirada a un resplandeciente David.
- Ahí tienes –anunció el hombre-. Tenemos mesa reservada para las ocho, así que a la siete y media debes estar lista para ir a cenar.
- ¿Cómo? –inquirió perpleja.
- Ains –se quejó David con un gesto de impaciencia-. ¿Estás dormida todavía? Que esta noche vamos a cenar. Te compré un regalo para que te lo pongas para la ocasión –sonrió de oreja a oreja al levantar la tapa de la caja y dejar a la vista un par de botas New Rock negras, con un tacón de aguja de diez centímetros-. ¿Chulas, eh?
- Sí, chulas, pero no recuerdo yo que hoy tuviéramos alguna cena –refunfuñó-. Y me acabas de tirar encima el desayuno, así que ya puedes empezar a disculparte o me haré unos huevos escalfados, para sustituir al café –amenazó haciendo girar su navaja de mariposa.

David ignoró el despliegue de mal humor matutino de su jefa y se repantingó en una silla para servirse unos bollos y un poco de leche.

- Y no teníamos ninguna. Pero ahora sí, acabo de invitarte a una –declaró antes de engullir medio bollo de un solo bocado.
- Ah –murmuró ella anonadada-. ¿Por que el anuncio de antes era una invitación?
- Sí –contestó David, después de beber un sorbo de leche.

Geni alzó una ceja, divertida por la situación. Se apoyó en el respaldo de la silla y observó curiosa como él iba engullendo, poco a poco, todo lo que quedaba en los platos. Alargó la mano para coger la última manzana y antes de darle un mordisco le preguntó, con despreocupación:

- Y si eso es una invitación, ¿cómo haces para ordenar a una chica que cene contigo?

David se encogió de hombros y le dio un mordisco a otro bollo.

- La cargo como un saco de patatas, la meto en el maletero del coche y cuando llegamos al restaurante, la vuelvo a cargar hasta dejarla sentada a la mesa.

Geni casi se atraganta con la manzana al oír aquello. “¿Te había dicho que era un gorila? Rectifico, es un auténtico cromañón.” Disimulando la risa, volvió a preguntar:

- Ya. ¿Y para obligarla a que te acompañe a cenar?
- Le doy a elegir entre dejar de tener sus piernas intactas o una romántica velada –respondió mientras partía un kiwi y lo vaciaba con una cuchara.

¡Joder! Se estaba haciendo sangre de tanto morderse la cara interior de la mejilla para evitar las carcajadas. O sea, que para él, invitar era ordenar; ordenar, obligar y obligar, extorsionar. ¡Para matarse!

- Y si las opciones de antes te fallan, entonces extorsionas a la pobre mujer para que acceda ¿no?

David levantó la cara y se la quedó mirando con expresión ofendida.

- Jamás tuve que llegar a ese extremo –replicó, para luego añadir satisfecho-. Caen rendidas a mis pies mucho antes de tener que llegar a eso.
- Vaya. Entonces, eres un chico con suerte –afirmó ella sujetándose el estómago con una mano. Le dolía horrores por tener que aguantar la risa.
- Se puede decir que sí –le dio el último sorbo a su desayuno y se levantó-. Entonces qué, ¿te recojo a las siete y media? Todavía tengo otra sorpresa –dijo guiñándole un ojo.
- Está bien. Estaré lista a esa hora –aceptó ella con una sonrisa.



A las siete y media en punto, Geni bajó las escaleras vestida con un corsé gótico de cuero negro sin mangas, el escote imitaba la forma de las alas de un murciélago. Una falda también negra le llegaba justo por encima de las rodillas, era de cintura baja y, a mitad de la cadera, el cuero se separaba del cuerpo para formar un vuelo irregular, intercalando retales de encaje negro con tiras de cuero. El conjunto lo cerraban las botas que David le había regalado esa mañana. Altas, hasta la rodilla, cerradas por delante con cordones y, por la cara interna, con cremallera. Los tacones eran de acero rematados con unas tapas de goma. Como no le gustaban las joyas, como complementos llevaba una muñequera de cuero arrugado en el brazo derecho y un guante sin dedos, del mismo material, en la mano izquierda. Rodeándole el cuello llevaba otra tira de cuero de la que pendía una calavera de acero.

Al llegar al piso inferior recogió el guardapolvos que dejara antes colgado en el perchero de al lado de la puerta y se dirigió al salón.

David estaba sentado en el sofá, charlando con Caín. Geni se detuvo un rato para admirar a su empleado. David iba en vaqueros y con una camiseta negra pegada al cuerpo, que marcaba perfectamente cada músculo de su anatomía. Apartó la vista de aquel paquete de abdominales y se acercó a ellos.

- Como dice la canción de Os Resentidos, “fai un sol de carallo” –se burló, dándole un toquecito a las gafas de sol que David llevaba puestas.
- Ah, ya estás lista. ¿Ves? –dijo volviéndose hacia Caín- Puntual. Es una mujer, pero como también es medio macholo, pues no se comporta como debería, no me hizo esperar ni un segundo.
- Otra frasecita de ese estilo y te vas a enterar de porqué a estas botas les llaman botas de chúpame la punta y el tacón.

David que ya estaba yendo hacia la puerta, se dio la vuelta y la miró horrorizado.

- ¿Que las llaman qué? Joder, pues menos mal que no lo sabía, aunque jamás se me ocurriría decirle al dependiente que me chupara la punta –dijo poniendo cara de asco y fingiendo un escalofrío.

Geni puso los ojos en blanco y le dio un empujón para que siguiera andando.

- Anda, tira. ¿Vamos en tú murciélago o en el mío? Venga, que te dejo conducir.
- Siempre conduzco yo, soy tu chofer. Pero no, hoy no vamos en el Lamborghini, que necesito el maletero. Nos llevamos el Mercedes.

Caín los observó marcharse meneando la cabeza. Él servía en todas las casas de los miembros de la Familia, pero estaba claro que ésta se llevaba la palma en cuanto a las rarezas de sus habitantes. Más que una casa parecía un enorme cuadrilátero donde sus ocupantes estaban siempre en constante lucha, tanto física como verbal. Otro rasgo que los diferenciaba era que, mientras las demás integrantes de la organización exigían un trato de respeto a sus hombres, Geni no lo hacía. A veces pensaba que su cargo de máxima autoridad en esta casa era meramente simbólico. Sin embargo, sabía por experiencia propia, que no era así. Allí mandaba ella y pobre del que olvidara eso.



- Hombre, por Dios, quita esto. Es insufrible.
- ¿Qué dices? Es genial, es una canción popular y muy divertida. Venga canta conmigo –animó David a Geni, que arrugaba la nariz en fingida pose de señorita finolis. Aunque al final acabó cantando entre risas.
- ¡¡A doña Pancha, le pica la parrancha, porque la tiene ancha, de tanto fuchicar!!
- Bueno, ya canté. Ahora quita eso y pon música decente.
- Vale –concedió David a regañadientes-. ¿Qué ponemos?
- Manowar –echó un vistazo a la zona dónde estaban y frunció el ceño- ¿Se puede saber a dónde me llevas?
- Vamos a una de las tascas del puerto. Hoy actúa el alcalde –dijo entre risas-. ¿No quieres ver que tal le sientan las botas de Blackie? –se puso serio y añadió, apenado- Todavía no me habla, por regalárselas, y la cosa no mejoró nada después del ataque de los piojos.
- Ya se le pasará.

Aparcaron detrás del Ciempiés, en un almacén habilitado como aparcamiento para los coches de los clientes más importantes del local y, obviamente, ellos formaban parte de aquéllos. Ya dentro de la tasca, se sentaron en una mesa un poco apartada del resto, pero desde la cual se veía perfectamente el escenario y el resto del local. Estaba atestado de gente. Al parecer, Lady Jeannie, que era el nombre artístico del alcalde de la ciudad, Jonás Ortega, era toda una estrella en esta zona.

Una camarera se acercó para tomarles nota justo en el momento en que la concurrencia estallaba en aplausos.

- Me parece que no habeis llegado en buen momento –les informó-. Lady Jeannie tuvo que adelantar una hora su espectáculo y está siendo un suplicio moverse con las bandejas –se quejó la chica-. ¿Qué os pongo?
- Para mí una caña tostada –pidió Geni.
- Para mí un Johnnie etiqueta negra.
- Para él un agua mineral –corrigió Geni y añadió con pitorreo ante la mirada iracunda de su compañero- Eres mi chofer, ¿recuerdas? Pues agüita para ti. Luego con la cena ya beberás vino, pero ahora, nada de alcohol.
- Aguafiestas –murmuró él con resentimiento.
- Veo que lo has captado. Agua y fiesta, una combinación perfecta –soltó antes de reírse a carcajadas.

Desde el escenario empezó a sonar la música. Unas simples notas de piano a las que se fueron uniendo los acordes de una guitarra. Las luces se encendieron justo cuando la mujer alta que estaba situada en el centro de la tarima, frente a un pie de micro, comenzaba a cantar el “Mamma mia” de Abba.

La verdad es que no era de extrañar que nadie hubiese reconocido al alcalde hasta el momento. Porque el hombre de mediana edad, de aspecto serio y casi anodino que era Jonás Ortega, nada tenía que ver con aquella mujerona de casi metro noventa. Altura que alcanzaba, evidentemente, gracias a los veinte centímetros que le añadían las espectaculares botas rojas que lucía.

Lady Jeannie se movía con soltura sobre el escenario. Ataviada con un mini vestido de lentejuelas rojo, unos guantes largos de la misma tela y una espléndida peluca negra que le rozaba las prietas nalgas, bailaba y cantaba intentando hacer cómplice al público en su actuación.

- Mamma mía, digo yo –susurró Geni-. Este hombre está irreconocible. Prácticamente le han reconstruido la cara con el maquillaje. Apenas queda nada de su rostro aquilino.
- Demasiado recargado para mi gusto –bufó David-. Parece la cara de una muñeca hinchable. Y debería ir más al gimnasio, se está poniendo un poco panzón para enfundarse en esos vestiditos.
- Estás un poquitín crítico de más, ¿no te parece?
- Normal –dijo mirando con disgusto su vaso-. Para disfrutar de estos espectáculos hay que ponerse un poco a tono y yo no-pue-do.
- Quejica.

A Mamma mía, le siguieron Karma Camaleon, Dancing Queen, Xanadú y otras más a las que no prestaron atención puesto que ya les habían servido la cena y disfrutaron comiendo y charlando sobre las vacaciones de David. Aunque David, el pobre, se tenía que ir inventado sobre la marcha aventuritas, paseos y juergas. Como si hubieran sincronizado los relojes, ellos acabaron de cenar cuando Lady Jeannie ofrecía su última actuación de la noche, el I Will Survive de Gloria Gaynor.

- Desde luego, tiene el típico repertorio Drag Queen, no hace nada innovador –opinó Geni, tomando su última cucharada de helado.

David ni sabía ni le importaba, cuál era el típico repertorio Drag Queen. Se había pasado los últimos diez minutos observando a Geni lamer la dichosa cucharita y eso estaba haciendo estragos en su autocontrol. Durante ese tiempo se estuvo removiendo en el asiento en un intento de aliviar la tirantez de los pantalones. Cómo a ella se le ocurriera preguntar qué le pasaba, iba a tener que mentir como un bellaco y decirle que sufría de almorranas. Desde luego, no podía decirle que tenía su Kallasnikoff cargado y listo para disparar. Lo mejor sería que se alejara un rato. Sí, iría a por el regalo.

- Vuelvo enseguida. Voy al coche a buscar una cosa.
- Está bien, yo seguiré viendo la actuación, le debe quedar un minuto si no hace ningún bis.

Y efectivamente, Lady Jeannie terminó la canción, recogió los objetos que le lanzó el público y se despidió dando besos al aire. Pero cuando ya estaba saliendo por la puerta que llevaba a los camerinos, un hombre se acercó con disimulo y poniéndole una mano en la cintura la escoltó por el pasillo.

Geni se levantó con rapidez al reconocerle, y se dispuso a seguir a la pareja. Allí estaba pasando algo y se iba a enterar de qué era. Jonás había firmado un contrato con ellos, así que no tenía nada de qué hablar con aquel bastardo recién llegado. Sorteó a algunos clientes y salió al exterior.

Los camerinos estaban ubicados en un anexo construido hacía un par de años, que daba forma de U al conjunto de edificios, comunicando el local principal con el almacén usado como garaje. Se movía con sigilo entre las sombras para no delatar su presencia. Un movimiento a su izquierda le hizo girar la cabeza, David se dirigía de vuelta a la tasca con una enorme caja negra en los brazos.

- Ey –le llamó en voz baja. Cuando él miró en su dirección, le hizo señas para que se acercara.
- ¿Qué pasa? ¿Por qué estás aquí? –susurró.
- Voy a los camerinos. Jonás está ahora mismo reunido con Jordan McGregor, los ví antes de que les diera tiempo a abandonar el local.
- ¿Jordan McGregor? –repitió- ¿Y ese quién es?
- Un albariño –contestó con desprecio.

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Última edición por anarion el Mar Nov 29, 2011 3:57 am, editado 3 veces
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Miér Sep 09, 2009 2:26 pm

Se acercaron a la puerta de los camerinos, vigilaron que no hubiera nadie cerca y abrieron la cerradura con cuidado de no hacer ningún ruido. Entraron en un pasillo largo, de unos diez metros. Aparte de la puerta que daba al exterior, por la cual ellos acababan de acceder, había otras cinco: una en cada extremo que llevaban, al garaje la de la izquierda y al escenario, la de la derecha. En la pared opuesta estaban las otras tres: dos que pertenecían a los camerinos y una tercera en medio de las otras, que era la del cuarto de baño.

Esa noche sólo actuaba Jonás, así que abrieron la puerta del otro camerino, se cercioraron de que no había nadie en el cuarto de baño y entraron en él, cerrando con el pestillo. A través de la otra puerta que comunicaba con el camerino de Jonás se filtraban las voces de dos hombres. Geni se acercó y pegó la oreja a la madera.

- No puedo hacer eso que me pides –dijo Jonás, todavía vestido como Lady Jeannie, paseándose inquieto por la habitación- Yo soy una artista, no una vulgar prostituta.
- Vamos, vamos, Jean –le susurró Jordan con tono sensual-. No dramatices. Y me ofende soberanamente que incluyas el verbo prostituir en nuestra relación. Sólo te pido que me acompañes a una fiesta privada con unos hombres importantes y, que si es necesario, te comportes de forma amable con ellos, nada más.
- Pero…
- Nada de peros –le atajó él con dureza-. Es lo menos que puedes hacer a cambio del favorcito que te estoy haciendo. ¿Te crees que me gusta estar metido en ese nido de ratas? Pero te dije que te liberaría de ellos, y lo haré.

Jonás se acercó a Jordan y le pasó un dedo suavemente por la mejilla. Luego, con una sonrisa de resignación, aceptó el plan de su amante.

- Está bien. Espérame en la barra que ahora mismo salgo. Me doy una ducha rápida y estaré lista en menos de una hora.
- Sabía que me ayudarías –se despidió Jordan antes de darle un beso rápido en lo labios.

En el cuarto de baño, Geni no salía de su asombro. ¿Jonás estaba liado con el McGregor? ¡Madre mía, cuando se enterara Leticia! Estaba a punto de girar el pomo para entrar en el camerino y tener unas palabritas con el alcalde, cuando la puerta se abrió, dejándola cara a cara con una sorprendida Lady Jeannie.

- No esperabas encontrarme aquí, ¿cierto? –le dijo Geni.
- Yo, yo…
- Tú nada –a empujones, la llevó de vuelta al camerino y la hizo sentarse en la silla- Ahora, me vas a explicar qué tratos tienes tú con ese desgraciado de McGregor. Te recuerdo que nos debes fidelidad.
- No sé de qué me hablas –balbuceó poniéndose de pie y alejándose de Geni, en dirección a la puerta del camerino.
- No te hagas la loca, escuché toda la conversación.

David se había colocado justo al lado de la puerta, aferrando con fuerza la misteriosa caja.

- Te repito que no sé de qué me hablas. Y aquí no puedes hacerme nada, sólo tengo que gritar para que todo el mundo llegue hasta este camerino en menos de cinco segundos.

Geni le sonrió con superioridad.

- Con el barullo del local, ¿crees que alguien te oirá? Lo dudo.
- Tengo buenos pulmones, seguro que me haré notar.
- Además, tengo a David –dijo señalándole con un movimiento de cabeza- que evitará que hagas mucho escándalo. ¿Te acuerdas de él?
- Sí, cómo olvidarle –masculló con resentimiento.
- Y bien, ¿qué tratos tienes con McGregor? ¿Y cuál es ese favorcito que te está haciendo?
- Te repito que no sé de qué me hablas.
- Está bien. David, cógelo, que nos lo llevamos –sonriéndole con dulzura añadió-. Acabarás confesando, ya verás.

Muerto de miedo, Jonás se abalanzó hacia la puerta, dispuesto a pedir ayuda a gritos. Sin embargo, el grito de auxilio se quedó en un sonido ahogado.

- ¡Joder!
- Ups…
- ¿Ups? ¿Sólo dices ups? –Geni miraba, entre horrorizada e incrédula, el cuerpo de Jonás tirado en el suelo.

Si no fuera algo tan grave, hasta le causaría gracia la imagen ridícula de un hombre vestido de lentejuelas tumbado en el suelo con una preciosa caja negra, adornada con un enorme lazo rojo, incrustada en la cabeza.

- ¿Ése era mi regalo? –preguntó.
- Sí, una antigüalla –respondió David-. La caja tiene un hacha vikinga de doble hoja. Y por lo visto, sigue en buena forma –afirmó al comprobar que la hoja de acero había atravesado el cartón para buscar acomodo en el cráneo de Jonás

Geni levantó la vista y tras unos segundos añadió.

- La próxima vez que quieras darme un regalo, envíamelo por Seur. Es una simple cuestión de seguridad. Ahora será mejor que limpiemos este estropicio- dijo poniéndose en movimiento- Tenemos una hora para deshacernos del cadáver y limpiar la sangre, antes de que el McGregor venga a buscarle.

Utilizaron parte de las toallas para limpiar bien las manchas de sangre y de masa encefálica del suelo y la puerta. Le envolvieron la cabeza a Jonás con ellas y luego se la taparon con una bolsa de plástico. Recogieron toda la ropa y los objetos personales del alcalde y dispusieron todo para que Jordan pensara que Jonás se había largado para evitar ir a la fiesta. Metieron el cuerpo y las bolsas en el maletero y se fueron.

- ¿A dónde lo llevamos? –preguntó David.
- Dirígete a los acantilados.
- ¿Lo vamos a tirar al mar?
- No, hay un par de calas pequeñas que están sembradas de rocas afiladas. Buscaremos un sitio dónde podamos simular un accidente. Luego nos desharemos de la ropa.

Encontraron el lugar ideal después de llevar casi una hora buscando. Era un llano que terminaba en un acantilado de casi quince metros de altura. La marea estaba baja, así que las rocas quedaban perfectamente a la vista. Geni bajó para inspeccionar la zona y ver qué roca podría servirles para la escenificación de la caída. La encontró a unos dos metros de la pared rocosa. Alzó la vista y comprobó que estaba en el emplazamiento ideal.

Volvió arriba y se cambió sus botas por las de Jonás.

- ¿Qué haces?
- Vamos a simular una pelea. Forcejearemos un poco hasta llegar al borde del acantilado, más o menos, a aquella altura –señaló con una mano-. Una vez allí, me empujarás hasta que trastabille y deje una huella que sea real. Pero recuerda que no debes dejarme caer –fijó una mirada amenazante en David- Cómo lo hagas, te mato.
- Tranquila, esto está chupado.

Tal como Geni dispuso, forcejearon hasta llegar al borde. Allí, parece que la suerte se quiso poner de su parte, porque Geni pisó mal y rompió el tacón de una de las botas, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás. David la sujetó antes de que se precipitara al vacío.

- Por un pelo –le dijo.
- Sí, joder, no me hubiera salido tan bien de haberlo querido. Ahora llévame en brazos hasta el coche, no puedo ir dejando huellas otra vez.

David la levantó en peso y la cargó hasta dejarla sentada sobre el maletero. Geni se quitó las botas y saltó al suelo.

- Ahora tenemos que llevar a Jonás hasta la roca que tengo señalizada abajo y colocarlo de tal manera que la piedra encaje en la brecha de la cabeza –dijo mientras abría el maletero- ¡Mierda!
- ¿Qué pasa?
- Está con el rigor mortis. A ver si no podía haber aguantado un poquito más –bufó- Pero no importa, le romperemos algunos huesos y listo. Total nadie se creería que se cayó por ese acantilado y no se hizo ni un rasguño aparte de abrirse la cabeza.
- Genial. Déjame eso a mí –dijo David haciendo crujir los nudillos.

Después de aporrear un poco el cuerpo del alcalde lo llevaron hasta la playa, le rasgaron el vestido con una piedra pequeña y se dispusieron a dejarlo en posición.

- Supongo que en este ángulo quedará bien –dijo Geni-. Ahora, golpea con la cabeza la roca para que la piedra entre en la herida.
- Vale.

David sujetó con ambas manos la cabeza de Jonás, la levantó unos quince centímetros y golpeó con fuerza. Con lo que no contaba, era que había colocado los pulgares justo en la base de lo ojos y, al hacer fuerza contra la piedra, se hundieron haciendo saltar los globos oculares que quedaron colgando por el nervio óptico.

- Oh, oh. Vamos a tener que pasar al plan B.
- ¿Plan B? –preguntó Geni acercándose.
- Sí, esta simulación ya no nos vale –le informó, mostrándole la cara de Jonás- No creo que la persona que lo encuentre se crea que fue un accidente. Nadie se tragaría que esta expresión se debe a que es un hombre con ojos saltones –bromeó.
- Me cago en la mar… Bueno, déjame pensar un rato.

Geni paseó la vista por los alrededores. Había un montón de rocas que no formaban parte de la mole de piedra que era el acantilado. Quizás… pensó, podrían mover alguna y enterrar debajo a Jonás. Pero no, debería ser una roca bastante grande y no habría forma de moverla entre David y ella. Tendría qué pensar otra cosa.

- ¡Ya está! –saltó dando palmaditas- Ya lo tengo. Ve a por el hacha.
- ¿A por el hacha?
- Sí, y mira a ver si tienes algo con lo que poder cavar.
- Tengo una pala. Está escondida debajo de la rueda de repuesto –dijo David.
- Estupendo. Tráela.
- ¿Se puede saber qué vamos a hacer? –preguntó David con curiosidad.
- Casquería fina –respondió ella con satisfacción- Vamos a mover unas cuantas rocas de éstas y cavaremos unos agujeros profundos en el lugar donde estaban. Luego descuartizaremos el cadáver y enterraremos los trozos en ellos. Después colocaremos las rocas en su lugar. Cuando suba la marea, borrará cualquier rastro de nuestra actividad aquí.

David silbó con fascinación. Desde luego aquella mujer sí que sabía usar la cabeza.

Cuando terminaron de desmenuzar y enterrar a Jonás, ambos estaban cubiertos de sudor y sangre. Geni subió hasta el coche para coger las bolsas con la ropa y los objetos personales de Jonás. Al llegar abajo separaron un par de toallas que apenas estaban manchadas y el resto lo amontonaron sobre la arena.

- ¿Qué tal si nos damos un baño? –sugirió, Geni- El sudor y la sangre no es que me molesten especialmente, pero las salpicaduras del contenido de los intestinos ya es otro cantar.
- Lo siento, me emocioné y me olvidé de que era mejor no desmenuzar el tronco –se disculpó David mientras llevaba la pala y el hacha para dejarlos sobre un saliente.
- Por no mencionar el petróleo que tenía en los pulmones. Eran puro alquitrán.
- Sí –se rió David-. Me apuesto la cabeza a que su himno era la canción de Siniestro Total: “Que corra la nicotina”.
- Ains, qué gracioso –masculló Geni con retintín- Anda sácate la ropa, la lavaremos y la pondremos a secar.
- A la orden, señor –se cuadró David, divertido.

Se desnudaron hasta quedar en ropa interior, limpiaron como pudieron la ropa de Geni, para evitar que el cuero se acartonara, y lavaron la de David. Pusieron todo a secar y volvieron al agua para bañarse.

- Está congelada –se quejó Geni, metiéndose hasta las rodillas.
- Eso es porque hay que zambullirse de golpe –apenas había terminado de hablar, David se lanzó al agua empapándola con las salpicaduras.
- ¡Serás desgraciado! Te vas a enterar.

Como dos niños pequeños estuvieron lanzándose agua y revolcándose en la arena durante media hora. Luego se envolvieron con las toallas y se sentaron junto a la fogata que habían prendido para quemar las pertenencias del alcalde. David apoyó la espalda en una roca y Geni se sentó entre sus piernas para recostarse en él. A los cinco minutos bostezaba de cansancio. Soñolienta se arrebujó un poco para encontrar la posición y apoyó la cara contra el brazo de David.

- ¿Sabes? Estoy pensando seriamente en despedirte –le dijo adormilada.
- ¿Por qué? –preguntó él con una risilla.
- Me das demasiado trabajo –susurró justo antes de quedarse dormida.

David se la quedó mirando un rato y luego sonrió. Pese a todas sus amenazas y lo gruñona que era, sabía que no lo despediría. Y esa noche, tenía que reconocer que se lo había pasado en grande. Había sido la mejor cena de su vida.



Otra vez aquella música no, por favor. Si pensaba que su vida había sido un infierno durante el último mes, no era nada en comparación a lo que había sido en las últimas veinticuatro horas. Cuando ya pensaba que no le podía ir peor, había aparecido aquel engendro, aquel enviado de Lucifer, surgido de la oscuridad, para atormentarla sin piedad. Y había ido sólo a por ella. Pese a que estaba encerrada en el mismo cuchitril que Isa, a su jefa ni siquiera la había mirado.

Desde entonces, estaba colgada de una cadena sujeta a los grilletes de sus muñecas, con los pies apenas rozando el suelo. Los brazos le dolían terriblemente. Había tenido unos instantes de paz cuando perdió la consciencia debido al cansancio y al sufrimiento. Pero esa horrible música la había traído de vuelta a la aterradora realidad. La música y un intenso olor a cera.

- Veo que te has despertado –dijo el demonio.

Joana levantó la vista, en un intento de visualizar a su captor, pero hasta ahora le había sido imposible verle la cara. Sólo podía reconocer su silueta alta y esbelta, con una cabeza cubierta por una voluminosa cabellera.

- ¿Quién eres?
- ¿Cómo? ¿No me reconoces? –volvió a decir el hombre- Seguramente esto te refresque la memoria –añadió levantando un candelabro e iluminando su pecho desnudo. La piel estaba lisa y sin mácula, exceptuando una franja de vello que le empezaba un poco más abajo del hombro derecho y le llegaba hasta el esternón- ¿Me reconoces ahora?
- N-no –balbuceó Joana.
- ¿Y ahora? – el hombre levantó el candelabro todavía más para iluminar su rostro.

El grito de terror de la albariña le reveló a Blackie que, por fin, le había reconocido.

- No hace falta que pongas esa cara de espanto. Te aseguro que soy mucho más agradable de ver que tú.
- ¿Q-qué quieres de mí?
- Satisfacción –le susurró a escasos milímetros de la cara- Quiero que sufras como me estoy viendo obligado a sufrir yo, cada vez que quiero sacarme esto –siseó, señalándose el vello del pecho.

Se apartó de Joana y se acercó a la puerta para accionar el interruptor de la luz.

La mujer soltó un gemido de dolor al sentir como la claridad le hería los ojos, acostumbrados a la semioscuridad a la que la tuvieron sometida durante su cautiverio. Despacio, fue abriendo de nuevo los párpados, acostumbrando sus doloridas pupilas a la nueva intensidad de luz. Y lo que vio, le hizo desear volver a estar a oscuras.

Blackie estaba frente a ella removiendo, con una paleta, el contenido viscoso de un recipiente que tenía al fuego sobre un camping gas.

- ¿P-para q-qué es eso?

Blackie se giró hacia ella.

- A ti que te parece. ¿Sabías que si te echas la cera demasiado líquida, se forman pegotes y son horriblemente dolorosos de quitar? Sobre todo si se tiene el pelo largo –añadió con malicia.



- Bueno, ya estamos en casa. Despierta, dormilona –David sacudió con delicadeza a su jefa, que iba durmiendo en el asiento del copiloto.

Habían esperado a que la marea subiera para comprobar que se llevaba los restos de la fogata. Luego se vistieron y emprendieron el regreso. Estaban subiendo las escaleras cuando un alarido les llegó desde el piso de arriba.

Geni se espabiló al instante.

- ¿Qué ha sido eso?
- No sé, pero viene de arriba.

Subieron deprisa las escaleras y siguieron los gritos hasta llegar a la habitación de Blackie. Allí se les unieron Kevin y los demás.

- ¿Vosotros no ibais a cenar? –les preguntó Kevin alzando una ceja- Estáis hechos un asco.
- Eso no importa. ¿Qué está pasando aquí?
- Ni idea. Vinimos al oír los gritos.

Geni adelantó la mano y giró el pomo, pero la puerta no se abrió.

- ¡¡¡Steven, abre la puerta!!!–ordenó. Pero no hubo respuesta-. Marc, échala abajo.

Under levantó la pierna y de una patada abrió la puerta. Geni entró como una exhalación seguida de sus hombres.

- Pero qué... –las palabras se le atascaron en la garganta al ver aquél espectáculo.
- ¡Joder! ¿Qué bicho es ese? –preguntó Sebastian.

Blackie ni se había inmutado por la irrupción de sus compañeros en la habitación. Seguía con su actividad como si nada, hasta que Geni lo apartó de un empujón y se enfrentó a él.

- ¿Qué hace ella aquí? –preguntó fulminándole con la mirada.
- ¿Ella? –volvió a hablar Seb- ¿Eso es una mujer?
- Fuera todos –ordenó Geni a los demás- Si no sabéis quién es, entonces será mejor que no os enteréis. Y de esto ni una palabra a nadie.

Cuando todos se hubieron ido, Geni arrancó el cobertor de la cama de Blackie y se lo echó encima a una inconsciente Joana.

- Por Dios Black, ¿en qué lío nos has metido? –dijo paseándose por la habitación- ¿No sabes que está prohibido llevarse a los prisioneros de los demás miembros de la Familia?.
- Bah, ellos sólo se estaban divirtiendo, pero yo... –dijo, fijando en ella una mirada inyectada en sangre- yo necesito vengarme. Fue a nosotros a quienes humillaron, y lo tienen que pagar.

Geni se dejó caer en el borde de la cama y apoyó la cabeza en las manos, sobre las rodillas. Suspiró con cansancio y miró a Blackie.

- ¿Estáis confabulados para aniquilar a la humanidad? –preguntó- ¿Tienes idea de cuánta gente he tenido que hacer desparecer en dos días, porque os dedicáis a hacer vuestra santa voluntad?
- No tienes por qué hacer desaparecer a nadie. Yo solito puedo cargar con las consecuencias de mis actos –bufó él.
- Ya sé que puedes, pero ése no es el tema –dijo levantándose de la cama-. Te olvidas que en esta casa la máxima responsable soy yo. Si uno de mis hombres rompe las reglas, indirectamente, es como si las hubiera roto yo. Vosotros respondéis por lo que hacéis ante mí, pero yo respondo por vuestros actos ante Leticia.
- Pero...
- ¡Nada de peros! Que sea la última vez, Steven. Estoy empezando a perder la paciencia.
- Está bien –capituló él.
- Llego a casa cansada, esperando a meterme en la cama y resulta que todavía debo ocuparme de algo más –suspiró con resignación-. Cógela. Tenemos que sacarla de aquí.

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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Miér Sep 09, 2009 2:36 pm

CAPÍTULO XV



Un Lamborghini negro atravesaba a toda velocidad las calles de la ciudad. Sus ocupantes estaban serios y no habían dicho una sola palabra desde que Geni había recibido la llamada de la Gran jefa esa mañana. Se convocaba a una reunión especial a todos los miembros de la Familia.

David miraba a su jefa por el rabillo del ojo. Si las miradas mataran, se compadecía de los pobres infelices que cruzaran su campo visual. Lo que había pasado dentro de la habitación de Blackie debía ser muy serio, porque Geni estaba de humor de perros.

Les debían estar esperando, porque nada más acercarse a la verja de la mansión de Leticia, ésta se abrió sin necesidad de llamar por el interfono. Aparcaron el coche junto a los demás y se dirigieron a la casa. Antes de entrar, Geni detuvo a David y le advirtió:

- Ni una palabra de lo que pasó ayer, David. Ni de lo que ocurrió después de la cena, ni de lo que viste en casa. Compórtate con normalidad. Ya veremos por dónde van los tiros.

David asintió y entonces entraron. Se dirigieron al salón, donde todo el mundo estaba reunido. Al traspasar la puerta, Geni se detuvo en seco y entrecerró los ojos con desconfianza.

- ¿Qué hace esta sanguijuela aquí? –preguntó señalando a Jordan McGregor con la cabeza.
- Se ha unido a nosotros –respondió Leticia-. Desde anteayer forma parte de la Familia. Para eso os he reunido aquí. Para hacer la presentación oficial.

A Geni no le pasaron por alto las malas caras de sus compañeras, en especial la de Chus y tampoco la expresión arrogante del albariño. Así que éste era el famoso nido de ratas al que se refería. El muy imbécil pensaba liberar al alcalde de su compromiso con la organización. Bien, pues ya no era necesario, pero no sería ella quien le informara sobre la nueva situación. Se sentó junto a Chus y Nesa en un sofá frente al McGregor y le sonrió con ironía.

- Tienes buena cara –se burló.
- Gracias. Aunque podría estar mucho mejor –respondió él mirando con resentimiento a Vin y a Miguel, que estaban junto a la puerta con David y Jason.

Éstos le dedicaron una sonrisa deslumbrante mientras hacían chocar los puños. Después se marcharon del salón para dejar a sus jefas a solas.

Leticia carraspeó para llamar la atención de sus subordinadas. Se apoyó en la repisa de la chimenea y expuso la otra razón por la que las había reunido.

- Cómo todas sabréis, Chus tenía recluidas a Isa, la jefa de las albariñas y a Joana, una miembro de su club de alcohólicas. Hace dos noches, las albariñas consiguieron liberar a su jefa. Sin embargo, no había ni rastro de Joana, por lo que no me queda más remedio que llegar a la conclusión de que alguien se la llevó.
- Y según la información que nos llegó al cuartel albariño –la interrumpió Jordan, ignorando la mirada iracunda de la mujer ante tal atrevimiento-, casi podemos asegurar que fue uno de los hombres de Geni –informó, mirando a la aludida con satisfacción.
- ¿Y se supone que tenemos que creerte? –se mofó ella-. No eres más que un albariño traidor. Y yo no voy a permitirte que acuses a ninguno de mis hombres sin pruebas.
- ¿Y quién te dijo que no tengo pruebas? –sonrió.
- Yo te lo digo. Porque lo que afirmas es falso, por tanto no existe ninguna prueba.Y en el caso de haberla, seguramente es falsa también–espetó.
- A mí no me hables de ese modo –rugió Jordan iracundo-. Ahora que me he reconciliado con mi mujer –dijo dedicándole una mirada de ternura a Leticia- yo estoy también al mando y me debes respeto.
- Yo a ti no te debo nada –discrepó Geni con voz pausada-. El respeto se gana y tú no te has ganado el mío. Es más, eso es algo que dista mucho de pasar en un futuro cercano, incluso aseguraría que no pasará nunca. Todavía no entiendo como Leticia te ha permitido entrar aquí.
- Porque hice un trato –replicó él, ufano- Si dejaba marchar a los albariños, yo me pasaría a la Familia.
- Lo que demuestra que no eres de fiar. Si de verdad quisieras pertenecer a la Familia, te habrías cambiado de bando y nos habrías entregado a los prisioneros. Eres un simple farsante.
- ¡¡Ya basta!! –Leticia había prestado toda su atención a ese cambio de palabras y no le había gustado nada el tono con el que Jordan se había autoproclamado jefe consorte. Y Geni tenía razón, su actitud era bastante sospechosa. Se dirigó a ella- ¿Estás segura que ninguno de tus hombres tiene nada que ver?

Geni asintió.

- Es más, pongo la mano el fuego por ellos. Te aseguro Leti, que ninguno tiene a Joana.

Las puertas del despacho se abrieron de golpe y Miguel entró deprisa para detenerse frente a Leticia.

- Jefa, será mejor que ponga las noticias. En el canal 5.

Leticia encendió el televisor y puso el noticiero. La locutora estaba hablando sobre un extraño descubrimiento cerca de la mansión El Purgatorio. Unos turistas se habían encontrado con una especie de troll o Yetti enano, como estaba empeñado en llamarle uno de los científicos que se había ofrecido a hacerse cargo de la criatura, para poder estudiarla en los laboratorios de la universidad.

- Pero ya se ha descubierto que no se trataba de ninguna especia rara de animal –decía la presentadora-, sino de una mujer con una extraña enfermedad, que al parecer hace que su cuerpo esté recubierto de pelo. La pobre infeliz no ha podido decir todavía como se llama y por qué estaba deambulando por el campo. Pero el director del hospital a donde la han trasladado nos ha hecho llegar un comunicado en el que informa de que la paciente sufre un trastorno cerebral comúnmente conocido como Delirium Tremmens, causado por la excesiva ingesta de alcohol. También presentaba desgarros en la piel, producidos por intentar quitarse, ella misma, el pelo que le cubre el cuerpo, con cera. Cuando la encontraron, los pegotes de esta sustancia le cubrían el pecho y el vientre, donde todavía tenía mechones a medio arrancar. En las próximas horas será trasladada al Hospital Psiquiátrico para seguir allí su evolución... Y ahora, pasamos...

Leticia apagó la televisión.

- Por lo que veo ya se ha resuelto el misterio –dijo mirando con hostilidad al McGregor. Luego su semblante cambió a una mueca de asco cuando se fijó en los pantalones de su guardaespaldas- ¿En dónde coño te has sentado?

Miguel giró la cabeza para contemplar el mejunje que tenía pegado en la parte de atrás de sus vaqueros.

- Algún gracioso dejó unos huevos en una de las sillas de la cocina y no me di cuenta hasta que oí el crac.

La risilla de Jordan le valió una mirada colérica de Miguel.

- He sido yo. Tómatelo como una pequeña revancha.
- Lo sabía –soltó Geni con una carcajada.
- ¿Sabías el qué?
- Me imaginaba que eras un poco gallina –dijo ella con un brillo malicioso en los ojos- y el hecho de que vayas poniendo huevos por ahí, me lo confirma. No me extrañaría nada ver como te empiezan también a salir plumas de un momento a otro.
- ¿Te crees muy graciosa, verdad? –replicó Jordan, rojo como la grana.
- Desde luego, más gracia que tú tiene –estalló Leticia-. Miguel y Vin son “mis” guardaespaldas. Ellos acatan “mis” órdenes. Si necesitas curar tu ego, porque te dejaron el ojo morado, hazlo como un hombre y no como un chiquillo resentido. Enfréntate a la responsable de tu mala cara. Es decir, a mí.
- Leticia… -empezó a decir Jordan zalameramente.
- Leticia, nada –le atajó ella- Cuando te ofreciste a cambiar de bando, te he dado la oportunidad, esperando que de verdad quisieras formar parte de La Familia porque anhelabas estar conmigo. Pero veo que sólo has venido a meter cizaña. Primero acusando a los chicos de Geni y luego importunando a los míos.
- Le…
- ¡Cállate! –rugió- Te voy a dar esta oportunidad, pero quiero que te queden varios puntos muy claritos. Punto uno: éste no es el cuartel de las albariñas, aquí no vas a hacer tu santa voluntad. Punto dos: aquí yo soy la jefa, nadie manda aparte de mí y mucho menos tú. Punto tres: los demás miembros de la Familia son intocables. Nadie puede ir en contra de otro sin una razón justificada. Tampoco se buscan represalias contra los emisarios o brazos ejecutores, si tienes algún problema con alguno, te diriges hacia su superior más inmediato. En el caso de Miguel, a mí. Y en el caso de David, por ejemplo, a Geni. Punto cuatro… -Leticia hizo una pausa y clavó la mirada en Jordan- … las traiciones se pagan muy caras. Cuídate mucho de no volver a fallarme.

Jordan se levantó lentamente, sin dejar de mirar a Leticia. Con expresión dolida, se inclinó ante ella en una burda imitación de reverencia. Al reincorporarse, su rostro mostraba una sonrisa cínica y una mirada apagada. Enderezó la espalda y se encaminó a la puerta del salón. Antes de salir, se volvió.

- Lamentarás haber dudado de mí –dijo con tristeza-. Pero encontraré las pruebas para demostrarte que tenía razón.

Cuando la puerta se cerró, un silencio sepulcral se instaló en la estancia, roto solamente por el bufido de Geni, ante la teatralidad con la que Jordan se había despedido de la concurrencia.

- Tendrá cara… -murmuró.

Leticia dejó de observar las puertas de ébano y se apoyó de nuevo en la repisa de la chimenea.

- Miguel, ve a cambiarte, antes de que me manches los muebles –luego se volvió hacia los miembros de su organización-. Quiero que le dejéis en paz. Ya sé que no os gusta nada que esté aquí, pero yo lo he decidido así y tenéis que respetarlo.
- Pero Leti, no es de fiar –protestaron Geni y Chus al unísono. Las demás asintieron con la cabeza apoyando la opinión de sus compañeras.
- Eso lo comprobaremos con el tiempo. Mientras, no quiero que nadie le moleste, le pinche o le haga sentirse incómodo. Avisad a vuestros chicos. Hasta nueva orden, Jordan McGregor es intocable para ellos. Nada de novatadas, desprecios o burlas.
- Está bien –aceptó Geni de mala gana-. Seré cortés con él, pero nada más. Milagros a Lourdes, Leti.

Las carcajadas de la jefa de La Familia rompieron la tensión entre las compañeras.

- ¡Por dios! Lo de la gallina fue genial –dijo enjugándose una lágrima. Luego se puso seria de nuevo-. ¿Alguna voluntaria para encargarse de Joana? No podemos permitir que ande suelta por ahí.
- Yo me encargo, no te preocupes. ¿Lo que no entiendo es como consiguieron escaparse de tu casa, Chus? –inquirió Geni con estupefacción- Jamás se te había escapado nadie.

La aludida hizo crujir los nudillos con mirada asesina. Abrió y cerró las manos varias veces para tranquilizarse, pero cuando habló, sus palabras estaban cargadas de veneno y violencia contenida.

- Y no volverá a ocurrir jamás. Arreglaré este asunto mañana.

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Última edición por anarion el Jue Sep 10, 2009 8:22 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Miér Sep 09, 2009 2:44 pm

CAPÍTULO XVI



Los ánimos andaban revueltos en el Cuartel de las Albariñas. Pili estaba indignada con sus compañeras y, en especial, con su jefa. ¿Cómo habían tenido la poca vergüenza de no intentar siquiera buscar a Joana? ¿Así le devolvían el favor? ¿Ya no se acordaban de que Joana había tenido la brillante idea de los piojos, que les había proporcionado la oportunidad de escapar de aquella panda de lunáticos?

Recostada en su chaise long, Pili apuraba las últimas gotas de ponche Cuesta, mientras admiraba con embeleso el contenido de una cajita de cristal que tenía en su mano izquierda. En ella, descansaban eternamente tres de aquellas magníficas criaturas. Sus cuerpos sin vida habían sido debidamente tratados con formol y colocados en un lecho de algodón forrado de satén blanco, colocado con cuidado dentro de una cajita de pendientes hecha con cristal de Bohemia. Le había costado una pasta, que bien podría haber destinado para reabastecer su mermado mueble bar, pero era su cariñoso homenaje a aquellos valientes que habían dado su vida por salvarlas. En su honor, incluso se había rebautizado a sí misma como: Pili, “el piojo africano”. Ella y sus dos amigas, Juana e Inca, formaban ahora el comando albariño denominado Phthirus Pubis (ladillas, en cristiano).

Ah, pero la cosa no se iba a quedar así. En el tiempo que había estado prisionera en la mansión de aquella asquerosa de Geni, en la que por cierto, casi acaba casada con el patán de David… Al pensarlo se santiguó tres veces y juntó los dedos anular, índice y pulgar para posar sus labios en ellos y lanzar besos a Dios, Jesucristo y El espíritu Santo: los tres audaces, bravos, heroicos y valientes piojos que habían sido parte de la hueste salvadora…

Bueno, que se iba por las ramas. En aquellos aciagos días, mientras William y Blackie la devolvían a su celda tras perder el conocimiento (al encontrarse así de golpe y sin anestesia con el horrible careto de aquel adefesio), había tenido la fortuna de captar parte de su conversación. Y había tenido un mes entero para preparar su plan: les robaría el cargamento de Anís del Mono que les había llegado esta semana, en sus propias narices. El comando Phthirus Pubis, atacaría esa noche.



De camino a casa, Geni no dejaba de darle vueltas al asunto McGregor. El muy desgraciado algo tenía que saber, puesto que había dado de lleno en el blanco con la desaparición de Joana. Eso, o era un tiro al azar a ver si daba en el centro de la diana. Fuera como fuese, no podía dejar que se saliera con la suya. Además, estaba el asunto del alcalde… ¡Joder, el alcalde! Eso sí que había sido un horroroso contratiempo. A un alcalde no se le podía hacer desaparecer así como así y esperar que no hubiera repercusión. Sería cuestión de días, sino de horas que alguien denunciara su desaparición. Y en cuanto eso ocurriera, todas las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y, lo que era todavía peor, toda la prensa, removerían cielo y tierra para encontrar una pista sobre su paradero. Por ese lado estaba tranquila, por mucho que buscaran, Jonás Ortega jamás volvería a aparecer, ni vivo, ni muerto. Pero eso no significaba que no fuera a tener a la policía rondando su casa y vigilando sus pasos. En cuanto saliera a la luz la doble vida de Jonás, el punto de partida sobre el que empezarían a buscar sería su última actuación en el Ciempiés. Y ellos habían estado esa noche allí. Lo único bueno era que también había estado Jordan, y él era la última persona a la que habían visto con Jonás, pero debía asegurarse de eso.

- Ya llegamos –anunció David-. No deberías estar tan seria. Nadie sospecha nada sobre lo que sea que haya hecho Black. Y del otro asunto, nos hemos encargado de no dejar huella de nuestro paso por aquel camerino y alrededores. Nadie sospechará nada.
- ¿Qué nadie sospechará nada? –respondió Geni con ironía- David, te has cargado al alcalde, no a un meapilas cualquiera. Claro que sospecharán. Y no sólo sospecharán, también investigarán. Así que durante un tiempo tendremos que andarnos con mucho ojo.


Entraron en la casa y Geni se dirigió a su despacho. Caín estaba terminando de ordenar unas carpetas cuando ella entró. Con un gesto de dolor, se puso de pie y estiró su pierna mala.

- Ya he tirado los documentos inservibles y he añadido los informes sobre los últimos trabajitos. Mañana los llevaré al archivo.
- Está bien, muchas gracias Caín. Ya puedes irte. Leticia espera que llegues a su casa para la cena.
- Ah, hablando de cena. Mañana se presentará aquí el nuevo cocinero. Lo siento Geni, pero yo no puedo controlar a estos muchachos tuyos, me agotan –su rostro ceniciento mostró una expresión de cansancio que hacía todavía más enfermizo su semblante.
- ¿Un cocinero? Espero que sea de confianza –el tono de voz hizo que fuera innecesario añadir el “por tu bien”.
- De absoluta confianza. Se llama Paul, jejeje, otro Paul.
- No importa, ya le buscaremos un nombre para diferenciarle. Cuando salgas, busca a Kevin y dile que venga.
- Está fuera con los demás, jugando con el regalito que te ha enviado Wahone Mwangi para agradecerte la excelente calidad del cargamento de AK-47 que le enviaste –la cara de asco que puso cuando mencionó la palabra regalito fue de lo más cómica-. Aunque bueno, en vista de lo que ha mandado, no sé yo si la calidad del armamento se puede considerar excelente, en el sentido literal de la palabra. O eso, o tienen un sentido del buen gusto bien perdidito, en la selva africana –bufó con desprecio antes de cerrar la puerta.

Geni se recostó en el sillón, sonriendo al pensar en el pobre Caín. Era demasiado formal, demasiado correcto y demasiado tiquismiquis para encajar en aquella casa. Reconocía que había que ser de una pasta especial para aguantarles a todos, o por lo menos, ser igual que ellos.

Llamaron a la puerta.

Kevin entró sin esperar autorización, el golpecito con los nudillos sobre la madera era una de las cosas que hacía de forma automática. Seguramente por las miles de veces que su madre le había recalcado cómo comportarse: y el “Kevin, llama antes de entrar” era una de sus instrucciones más repetidas.

- ¿Me buscabas?
- Sí. Tenemos trabajo –Geni arrugó la nariz y olfateó el aire- ¿A qué carajo hueles? –luego, se fijó en las manchas que salpicaban los pantalones de Kevin a la altura de los muslos- ¿No te habrás meado?

Kevin se sentó en uno de los sillones frente a la mesa y soltó una carcajada.

- No. Simplemente fui el encargado de abrir el paquete que mandaron de África y, digamos, que no fui lo bastante rápido como para apartarme a tiempo.
- ¿No nos mandarían un camello? –Geni estaba horrorizada- ¿Porque a ver qué hago yo con un camello? Lo donaremos al zoo, pero ya. Ya tengo suficientes animales en casa.
- No es un camello –se rió él-. Ya lo verás.
- Bueno, a lo que iba. Tenemos varios asuntos que resolver.

Durante la hora siguiente, Geni estuvo poniendo al tanto de los acontecimientos a su guardaespaldas. Tanto del problema de Joana, como del engorroso asunto de la muerte del alcalde. Para reconocimiento de Kevin, había que decir que el hombre ni se inmutó, mientras ella le relataba la escabrosa escena del “homicidio involuntario” y los actos acaecidos más tarde para hacer desaparecer el cuerpo. Sin embargo, la expresión de la cara le cambió completamente al enterarse de que el McGregor había sido aceptado como miembro de la Familia y se hospedaba en casa de Leticia. Nunca le había gustado aquel gusano, y ahora mucho menos que antes. Fue una lástima que Leticia no quisiera tomar represalias contra él después de que la traicionara, porque él se lo hubiera cargado con mucho gusto.

Mientras Geni hablaba, Kevin se había recostado en el sillón, estirando las piernas. Y ahora frente a su cara, estaba tamborileando los dedos de ambas manos, unos contra los otros, con los codos apoyados en los reposabrazos.

- Y bueno. Pues, más o menos, así está la cosa. Ahora tenemos que encargarnos de que trasladen a Joana a un lugar seguro, en el que esté vigilada y nos mantengan al tanto de sus actos. He pensado que el Psiquiátrico “El Castillo” es la mejor opción. Me reuniré con el director mañana por la mañana.
- Perfecto –murmuró sin apartar la vista de sus manos.

Geni se levantó para servir dos William Lawson. Dejó un vaso frente a Kevin y se sentó de nuevo, con el suyo en la mano.

- Le encargaré a William que registre la casa del alcalde. Así como su despacho en el ayuntamiento. Hay que encontrar y destruir cualquier objeto, documento, etc… que le vincule con nosotros. Y de paso, buscar alguna prueba de su relación con Jordan.
- Ajá –Kevin seguía concentrado en sus manos.
- A Sean le tocará seguir al McGregor. Que se reparta la tarea con Seb. Quiero que se conviertan en su sombra. Y quiero un informe detallado de lo que Jordan haga: a quién visita, en dónde come, qué transporte usa… todo. En definitiva, y para que un cerebro masculino lo entienda: si se caga un pedo, quiero saber en qué dirección, los decibelios, la intensidad y hacia donde se lo ha llevado el viento… Déjales esto bien claro, Kevin. Cualquier cosa, por insignificante que sea, quiero saberla. Y también déjales claro que haga lo que haga…
- De Jordan me encargo yo.
- ¿Qué?
- Que de Jordan me encargo yo.

Geni le observó con atención. Normalmente, él no se encargaba de ninguna misión. Ella le informaba de lo que se iba a hacer y Kevin se encargaba de supervisar el trabajo de los demás. Era su mano derecha, el encargado de que todo marchara correctamente cuando ella no estaba. ¿Y ahora se ofrecía a encargarse de un trabajito? Bueno, ofrecerse no, lo había informado y listo. ¿Se estaría aburriendo al no verse involucrado en los trabajos de acción…?

- Como quieras. Pero recuerda que quiero que se le vigile las 24 horas. Dile a Sean o a Sebastian que te echen una mano…
- Lo haré yo solo. Me las arreglaré, no te preocupes –añadió al ver que ella hacía ademán de protestar.
- Está bien. Sólo una cosa más. Haga lo que haga Jordan, no intervengas. Limítate a anotarlo todo, a hacerle fotos, lo que sea que nos ofrezca pruebas, pero sin interferir. Hasta nueva orden, McGregor es intocable. Y…

El ruido de cristales rotos interrumpió a Geni. En cuestión de segundos, el caos se apoderó de la casa. Los gritos de sus hombres dando órdenes, se mezclaban con unos chillidos agudos y el estruendo de objetos al caer al suelo.

Geni se levantó deprisa y echó a correr hacia la puerta del despacho. Cuando la abrió se quedó con la boca abierta observando el dantesco espectáculo que se estaba desarrollando en el salón: Marc bloqueaba la puerta que llevaba de vuelta al jardín. “¡A la derecha!” , gritó Sean, mientras saltaba por encima del sofá detrás de una bestia peluda que iba utilizando los muebles a modo de trampolín, tirando todo lo que encontraba a su paso.

Blackie llevaba un lazo en la mano, al que iba dando vueltas en el aire. Cuando lo lanzó, atrapó la muñeca de William, que justo en ese momento, había alargado el brazo para sujetar del cuello al animal. El bicho saltó sobre la cabeza de Will y se impulsó para saltar sobre David que lo estaba esperando con los brazos abiertos para atraparlo, pero el animal le golpeó el pecho con las patas traseras y saltó hacia atrás. Los chillidos que daba eran ensordecedores. Esquivó el intento de placaje de Paul y se encaramó a la repisa de la chimenea, barriendo todo su contenido con el rabo. Allí se incorporó sobre sus patas traseras y ante la atónita mirada de Geni, comenzó un movimiento espasmódico con su mano izquierda sobre su miembro erecto, mientras acompañaba aquella actividad con saltitos y más chillidos.

- ¿Estás viendo lo mismo que yo? –murmuró con incredulidad, dirigiéndose a Kevin que se había puesto a su lado.
- Llevo viendo eso toda la tarde –bufó él- Que no se diga que el animalito no tiene aguante.

Aprovechando que el mono estaba “distraído”, Blackie volvió a lanzarle el lazo, consiguiendo pasárselo por la cabeza y luego tiró hasta que el animal quedó sujeto por el cuello.

- ¡Ahora! Echarle una manta por encima… Un abrigo, algo, para que no nos muerda al acercarnos.

Marc se sacó el guardapolvos y lo echó sobre el mono. Inmediatamente, Will se tiró encima para evitar que el animal se liberara de la prenda y lo rodeó con los brazos para inmovilizarlo.

- Rápido, Black, enrolla la cuerda alrededor. ¡Joder! ¿Quién iba a pensar que Manolete se volvería loco cuando le abrimos la jaula?
- ¿Manolete? –preguntó Geni.

Todos se giraron hacia la puerta del despacho al oír la pregunta. Y al darse cuenta de que ella había presenciado la escenita, empezaron a hablar todos a la vez, intentando justificar el estropicio que había causado el animal.

- ¡Basta! –gritó- De uno en uno, si no os importa.
- Que te lo cuente Sean, nosotros vamos a llevarnos a éste a la bodega –dijo William, cargando con el mono y abandonando la estancia- ¡Traernos la jaula! –gritó desde el pasillo.
- Deja Sean, ya se lo cuento yo –dijo David- mientras vosotros recogéis esto.

Geni alzó una ceja ante el descarado intento de escaqueo de David. ¡Qué morro tenía el condenado!

- Tú también vas a recoger, no te apures. Que el hablar no impide trabajar. A menos que seas sordomudo, claro, y necesites gesticular. Pero no es tu caso, ¿verdad? Así que manos a la obra –entró en el despacho para ir a buscar el vaso del whisky y regresó al salón para sentarse en uno de los sillones que milagrosamente había salido indemne-. Soy toda oídos.

- Pues esta mañana después de que nos fuéramos a casa de Leti, llegó una furgoneta de DHL con un paquete para ti y como sólo estaba Caín para recogerla, porque los demás se habían ido a jugar un partido de fútbol siete, que por cierto, me perdí… Anda que ya podías haber ido tú sola a casa de Leti… Pues el repartidor la dejó en el jardín –hizo una pausa para enderezar un sillón-. Cuando llegaron ellos del partido… que por cierto, perdieron, cosa que no hubiera pasado de haber jugado yo… se encontraron con la caja. Caín les dijo que la habían mandado de África y Kevin decidió abrirla, más que nada por curiosidad, ya que la caja se movía y de dentro salían chillidos –al llegar a esta parte, David dejó caer lo que llevaba en los brazos y se dobló desternillándose de risa- Y bueno, ya sabes que la curiosidad mató al gato… pero en este caso, la curiosidad a Kevin le valió una corrida de mono…
- ¡Iros al carajo! –les espetó Kevin a sus compañeros, que en ese momento estaban haciendo, exactamente, lo mismo que David. Partirse el pecho a su costa.
- … y así se ha pasado el animalito toda la tarde: de manuela en manuela. Por eso le hemos bautizado con el nombre de Manolete.

Sean que acababa de entrar en el salón con una escoba y un recogedor que había ido a buscar a la cocina, terminó de contarle lo sucedido.

- Y bueno, pensamos que el animal estaba nervioso por verse encerrado. Así que decidimos soltarle un rato, pero en cuando le abrimos la puerta salió disparado y el resto ya lo sabes.


Después de que terminaran de recoger y adecentar de nuevo el salón, Geni los invitó a cenar fuera, porque Caín no había dejado nada preparado y a ella no le apetecía nada cocinar. Permitir que ellos camparan a sus anchas por la cocina estaba fuera de toda discusión. Eran como el caballo de Atila, por donde pasaban no crecía la hierba. Y una estancia destrozada por día, era todo lo que podía aguantar.

A Manolete lo habían dejado en la bodega, tal cual lo habían bajado William y Blackie, como escarmiento para ver si aprendía unos pocos modales. Al día siguiente lo volverían a meter en la jaula. Los hombres de Don Atanasio Juárez habían ido a recoger el cargamento de Anís del mono a última hora de la tarde y había quedado el sitio suficiente en la bodega para bajarla.

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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Miér Sep 09, 2009 2:53 pm

Pili se dirigía con sigilo hacia la enorme puerta de la casa de Geni. Miró hacia atrás, vio a sus compañeras que la seguían confiadamente, y recordó las palabras que les había dirigido antes de comenzar su misión:

“Hermanas, ésta es una misión de alto riesgo. No sabemos lo que nos podemos encontrar. Indiana Jones no ha tenido que hacer frente a tantas trampas para conseguir aquel baulito de nada. No obstante, la recompensa será enorme. Aquéllas de vosotras que creáis que no podréis afrontarlo, quedaos aquí y rezad por nuestras almas. Ah, y no os acerquéis a la bodega, que no pienso aguantar a Isa otra vez.”

Mientras caminaban, Pili pensó si alguna de aquellas valientes saldría con vida de tan increíble prueba.

-¿De verdad hay una partida de Anís del Mono guardada en esta casa?-preguntó una de ellas.

“Ainsss”-pensó Pili. No debería haber aceptado que el piojo americano, oseasé Juana, formara parte de la expedición. Estaba claro que desde el principio daría problemas. A ella no le gustaba tanto el anís, prefería la cerveza.

-Shhhhhhhhhuuuuuuuusssssssss-inquirió Pili.
-¿Chus? ¡¡AHHHHHHHHHHHH!! Corred, corred, que Chus está aquí.

En ese momento, se produjo el caos. Todas sus “valientes” guerreras echaron a correr y salieron justo antes de que un golpe de viento cerrara la puerta a su espalda.

Se había quedado sola.

El silencio invadía la noche. La casa debía estar vacía, puesto que nadie había acudido a pesar del alboroto anterior.

-Je, je. Genial. Así será todo muy, pero que muy fácil. Volveré a casa de las albariñas como una auténtica heroína - se decía Pili.- Tan listas que se creen estas mafiosas y luego mira qué fácil es entrar en su guarida. Lo mejor es que se creían que podían incautar ese pedazo de cargamento de anís y que nosotras no íbamos a hacer nada. Hummmmm, anís -babeó el piojo africano pelirrojo- Ya empiezo a sentir su sabor... ese dulzor que me embarga el corazónnnnnnnn.

Ups, puede que la casa estuviera vacía, pero no debería cantar, no fuera que atrajese a alguien con su dulce voz. Además, no tenía paraguas para la vuelta.

¡Madre de las Rias Baixas! Pero qué grande era la bendita casa. No importaba. Su olfato le decía que estaba cerca. Qué ganas de encontrarlo. Cuando regresara al Cuartel Albariño, la iban a adorar. Aunque, eso sí, pensaba catar el producto antes de llevárselo. Ya verían aquellas insolentes, que fueron incapaces de rescatarla a tiempo, y que por su culpa tuvo que hacer terapia durante un mes en aquél soleado hotelito, donde le regalaron uno de esos modelitos tan exclusivos que se atan atrás. La verdad es que no sabía quién era el diseñador, pero resultaban un poco incómodos.

No iba a pensar más en aquello, salvo para echárselo en cara a sus colegas cuando llegase a casa cubierta de gloria... bueno, de anís. ¡DE ANÍS DEL MONO!, y de calidad superior.

Maldita sea, ¿dónde estaba aquél tesoro? Ya había recorrido toda la casa. ¡Ay, claro! Si ya le decía su padre que a veces era bueno pensar. Estaría en la bodega.

Con dificultad, pues ya comenzaba a cansarse, bajó las escaleras que conducían a su Santo Grial. La felicidad la “embriagaba”, y eso que aún no había saboreado tan suculento elixir.

- “Todo, todo, todo, te necesito toooooooodo”- canturreaba en voz baja, emulando a su gran ídolo, Jesulín de Ubrique.

Ah, otra cosa que debía discutir con su jefa. Aún no entendía por qué habían cambiado de Dios y habían nombrado a San Kimi Raikkonen. La verdad era que el clan de las albariñas cada vez funcionaba peor. Lo mejor sería que haciera un golpe de Estado y se ocupara ella del poder. Además, con el tesoro que iba a llevar, todas la seguirían y eliminaría a esa pelandrusca de Isa. Volvería a coronar a su Jesulín, y pensaba sacarles el dedo a todas las mafiosas que encontrara. Sí. Y de allí en adelante, el anís sería la bebida oficial. Y también disecaría al High, que ya la tenía cansada con tanto “soy inmortal e invencible y, además, me tiro a tu jefa”. Ya vería ése, cuando ella ocupara el poder. Lo pensaba tener a zumos durante, al menos, tres días.

“¡Dios mío, dios mío!” Al fin. Ahí estaba. La puerta. La entrada al paraíso. ¿Tendría alguna clave para entrar tipo Ali Baba? Por si acaso, probó: “ÁBRETE SÉSAMO”.

Nada.

“Bueno, tendré que dejar de ver tanta tele. Dicen que no es buena para la salud, pero es que salen tantos anuncios de bebida....”

Soltó una carcajada. Éste era el mejor día de su vida. Lo único que tenía que hacer era llegar al pomo de la puerta, girarlo suavemente y se encontraría con el mayor orgasmo de su vida.

Comenzó a saltar, debido a la excitación.... “¡Ayyyyy! Ya casi estoy. Venga Pili, un poco más, un poco más”.

Clic. La puerta cedió en cuanto ella accionó el picaporte, y la luz que había en el interior de la habitación la inundó. “¡Aaaahhh!” La felicidad eterna. La gloria bendita. Ella y sólo ella sería la autora de tan increíble gesta. La verdadera diosa. La verdadera ídola de masas, la musa de los botelloneros. La…

- ¡¡¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!

Apenas había dado unos pasos cuando un chorro de matamoscas le roció la cara. Los ojos le escocían horrores y le lloraban. Casi no podía respirar. ¡Malditos fueran aquellos aparatos eléctricos con temporizador! ¡Y maldito fuera el gilipollas que había puesto uno a la altura de su cara! Cuando consiguió enfocar de nuevo la vista, el alma le cayó a los pies y lloró como no lo había hecho en años. Adiós a subir de nuevo a los altares a Jesulín. Adiós a derrocar a Isa. Adiós a disecar al High. Adiós a la ídola de masas. Y sobre todo…¡Adiós al Anís del Mono!

Arrodillada en el suelo de la bodega, con los sollozos sacudiendo su cuerpo, lo oyó. El ahogado sonido de alguien quejándose. ¡¡Por Dios!! ¿Es que aquellos desgraciados no iban a parar nunca? ¿Siempre tendrían que tener a algún pobre inocente privado de su libertad? ¡Pues no! Aquellos sinvergüenzas, hijos de su madre, no se saldrían con la suya esta vez. Ella no podría llevarse de allí el Anís del Mono, pero les dejaría sin su rehén. ¡Vaya que sí! Además. ¿Y si fuera Joana? Porque Joana había desaparecido. ¿Y si era ella, la pobre desgraciada que estaba presa? ¡¡Sí!! ¡Todavía podía volver hecha una heroína!

Agudizó el oído y la vista todo lo que pudo, que tampoco era mucho, todo sea dicho. Rodeó una jaula que había allí en medio, y vio al pobre infeliz acurrucado en el suelo, envuelto en un guardapolvos maloliente, y atado como si fuera un roast beef.

- Tranquilo –le dijo-. Ha llegado tu salvadora. ¿Quién eres? –sólo recibió gruñidos por respuesta, mientras buscaba el nudo de la cuerda para deshacerlo. Bueno, recibió gruñidos y un intenso olor acre. Se llevó la mano a la nariz con cara de asco- ¡Joder! ¿Esos desgraciados no te han permitido acercarte al agua? Perdona que te lo diga, pero apestas –Pili dejó de buscar el nudo y se alejó unos pasos- Enseguida vuelvo para ayudarte, pero necesito respirar un poco de oxígeno –hinchó varias veces el pecho para ampliar su capacidad pulmonar y entonces respiró hondo- Venga, ya voy. Que no se diga que no puedo soportar un poco de tufillo. Ya veo que eres parco en palabras –le dijo al no recibir ni un mísero “gracias” por la ayuda-. No importa, ya me agradecerás luego la ayuda invitándome a unas copitas de anís. A unas pocas, que tampoco quiero abusar ni ser avariciosa, unas… cuarenta o cincuenta bastarán. ¡Ajá! Aquí está el nudo. En un segundo estarás libre…

Pero Pili tuvo más dificultades de las previstas para desatarlo. El nudo estaba tan apretado, que los intentos por aflojarlo le estaban despellejando los dedos.

- ¡¡Por los viñedos de las Rias Baixas, las cepas de la Rioja y el sombrero cordobés del Tío Pepe!! ¡¡Te han atado a conciencia!! Pero no te preocupes, que yo soy Pili: el piojo africano, la líder del comando Phthirus Pubis… -mientras soltaba esa perorata, se había vuelto a separar del rehén y movía los brazos y las piernas imitando llaves de artes marciales, como le había visto hacer a los miembros de las fuerzas especiales de Freezer en Dragon Ball- …la musa de los botelloneros…

Un nuevo quejido hizo que cortara la coreografía y se volviera a poner manos a la obra.

- Ya voy, ya voy. Si es que no le dejan a una terminar el numerito. A ver porqué me he molestado yo en aprenderlo, si no hay nadie que me deje interpretarlo –bufó-. Pues bueno chico, un poquito más y esto ya está. ¡Bingo!

Pili terminó de deshacer el nudo y luego desenrolló la cuerda. Le había costado un poco, pero nada podría con ella esa noche. Se separó para dejar que el rehén terminara de liberarse sólo y, de paso, para respirar aire puro. ¡Por fin, se iba a vengar de aquellos mafiosos! Era tal su alegría que se dedicó a dar unos pasitos de una jiga irlandesa que le había enseñado Joana mientras gritaba de júbilo.

- Yuuuuuuu-j... ¡AAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHH! –su grito de algarabía se tornó en uno de pánico cuando una bestia peluda se abalanzó sobre ella, le dio un manotazo en la cabeza que la puso del revés y se acopló a su espalda, presionando algo duro contra su trasero- ¡SOCORROOOOOOOOOOOOOOO!

Como pudo, se desembarazó de aquel bicho y echó a correr hacia la puerta de la bodega. ¡Maldita sea! Se había encasquillado la cerradura. “¡Joder, joder, joder!” Otra vez tenía pegada a la espalda a la cosa aquella. Lanzó una patada hacia atrás, acertándole en una pata y salió pitando en busca de un lugar seguro en el que refugiarse. El mono, que resulta que eso era lo que tenían atado en la bodega, la obligó a cambiar de dirección en varias ocasiones, al interponerse en su camino saltando por encima de ella y aterrizando justo delante de sus narices, chillando y exhibiendo aquel cilindro rojo y asqueroso como si fuera un trofeo.

Después de dar varias vueltas a la bodega, esquivando como pudo los ataques de la bestia, se acordó de la jaula. “Venga Pili, que tú puedes” –se dijo. No en vano se había tragado infinidad de veces “Magilla Gorila”. Así que sabía perfectamente como pensaban los primates, aunque el bueno de Magilla nunca se había comportado como éste, pero seguro que era pan comido encerrarlo en la jaula. Con la moral por las nubes y al grito de guerra de su comando, se dirigió a su meta. Pero fue tal su ímpetu que fue ella la que terminó dentro de la caja de barrotes. Acorralada, sólo encontró una única solución para salir de aquella situación. Tiró de la puerta y cerró el candado.

Manolete se dio de bruces contra las barras de hierro y, frustrado, comenzó a golpear la jaula, a chillar y a ejercer su actividad favorita, para atraer la atención de la hembra.

Pili se acurrucó todo lo que pudo en la zona más alejada de las rejas y empezó su propio espectáculo. Infló el pecho y soltó un alarido digno del mismísimo King Diamond.

- ¡¡¡¡GEEEEEEEEEEEEEEEEEEENIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!!!

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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Jue Sep 10, 2009 11:20 am

CAPITULO XVII


- Parece mentira que con la edad que tenéis y con los corpachones que os gastáis, os comportéis como niños pequeños –bufó Geni, mientras abría la puerta de casa.

La jauría que la acompañaba entró tras ella. Iban dándose empujones y gastándose bromas, lo que no sería para nada molesto, si no fuera porque llevaban así toda la maldita noche. Todavía podía sentir los restos del bochorno que le habían hecho pasar en el restaurante, cuando Will y Seb se habían dirigido al metre, al ritmo de la canción de Extremoduro: Extrema y dura. Y como si cantarle a pleno pulmón, “Extrema y dura, tus mujeres nos la ponen”, en clara referencia a un par de camareras que estaban sirviendo las mesas, no fuera suficiente, habían acompañado la letra con un gesto de lo más revelador: doblando el brazo hacia arriba con el puño cerrado, para enfatizar el significado de la canción.

Y así seguían, cantando cancioncitas picaronas y subiditas de tono, una tras otra. En ese momento, estaban atacando la de Las alemanas de Pabellón Psiquiátrico. En fin, habría que dejarles...

Algo llamó la atención de Geni, que se detuvo en medio del vestíbulo y frunció el ceño, paseando la vista de un lado a otro y concentrándose para discernir qué era lo que la había puesto alerta.

- Shhhhhhhhhhhhh. ¡Callaos! –ordenó- ¿Escucháis eso?

El sonido de una voz femenina, apenas audible, llegaba hasta ellos proveniente del hueco de las escaleras.

- Parece una mujer –dijo Paul.
- ¡Por dios! Cómo me suena esa voz –se quejó William- ¿Es que nunca voy a poder quitarme de la cabeza los berridos de Pili? Geni, deberías pagarme una indemnización por haber tenido que aguantar a aquella arpía. Me ha dejado secuelas –exigió mientras intentaba deshacerse de aquel ruido, frotándose el oído con el dedo.
- Sí que es Pili –dijo David, que ya estaba bajando las escaleras en dirección al sótano- Y la voz parece que viene de la bodega.

A medida que se iban acercando al lugar, los gritos se oían con más claridad. Pili iba intercalando llamadas de auxilio con insultos de lo más variopintos. En ese momento, Geni era una mona calva con el culo rojo y despellejado por las patadas que ella le iba a propinar si no la sacaba pronto de allí.

- Hombre, no se puede negar que inventiva tiene –se burló-. Pero lo que me gustaría saber es cómo coño hizo para entrar en casa.

Geni alargó la mano para girar el pomo, abrió la puerta y, al instante, la volvió a cerrar, cuando Manolete se abalanzó sobre ella. Apoyó la espalda en la puerta y miró con diversión a sus hombres.

- Esa loca ha soltado al mono –soltó una carcajada- Bueno, habrá que volver a atarle. ¿Algún voluntario para inmovilizar a Manolete?

William y Seb fueron los encargados de neutralizar al animal. Se podría decir que se habían ofrecido raudos y veloces para llevar a cabo el encarguito y ganar puntos ante su jefa, pero no. Ante la falta de entusiasmo de sus hombres para entrar en la bodega y lidiar con Manolete, Geni eligió a los dos “voluntarios” de una forma totalmente “democrática”... a dedo. Y además con nocturnidad y alevosía. ¿No llevaban ellos dando la brasa toda la noche con que se la ponían extrema y dura, con que un número x de alemanas se la meneaban, etc...? Pues ¡hala! A encargarse de Manolete, que estaba en la misma onda que ellos.

Dentro de la bodega, Seb corría detrás del mono con el lazo que le había quitado Pili, en la mano, mientras Will llevaba el guardapolvos para arrojárselo encima.

La tarea no hubiera resultado tan ardua si sólo tuvieran que tratar con Manolete, pero desde que habían puesto un pie allí, Pili no dejaba de gritar y de llamarles inútiles cada vez que el mono se les escapaba. En ese mismo momento, William estaba levantándose del suelo donde había aterrizado al abalanzarse sobre su presa, porque un graznido de aquella urraca había espantado al animal, que estaba más pendiente de Sebastian. Con cara de mala ostia se encaró con la albariña.

- ¡¡Quieres callarte!! Juro que si te veo abrir la boca aunque sea para respirar, en cuanto atrapemos al mono, lo metemos en la jaula contigo.
- A lo mejor por eso grita tanto –gritó Seb desde una de las esquinas de la bodega-. Estará ansiosa por tener compañía.
- ¡¡¡Nooooooooooooooo!!!
- Te lo advertí –rugió William.
- ¡¡¿Qué?!! No, nononono. ¡¡GEEEEEEEEEEEEENIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!! ¿Está esa bruja fuera? –les preguntó- ¡¡GEEEEEEEENIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!
- Están todos fuera. ¿Crees que alguien puede descansar en esta casa con semejante escándalo? -bufó Sebastian, que por fin le había echado el lazo a Manolete y había atado la cuerda en una de las tuberías de la calefacción, mientras el mono chillaba y se llevaba las manos al cuello para apartar el lazo.

- ¡¡GEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEENIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!

William se acercó a la puerta para avisar a los demás de que ya podían entrar.

-¡Madre mía! Sí que tienes ganas de verme –dijo Geni con sarcasmo al llegar a la jaula-. Te cuelas en mi casa... te enjaulas en mi bodega... me gastas el nombre de tanto llamarme... Es una lástima que el sentimiento de adoración no sea mutuo. A mí no me hace ni pizca de gracia verte la cara.
- ¡Ya era hora de que vinieras! –la encaró Pili- ¡Sácame de aquí!
- ¿Y por qué razón tengo que sacarte de ahí? Yo no te metí en la jaula, fuiste tú solita –rió. Luego se giró para ver a Manolete y volvió a mirar a Pili-. Ahora entiendo porqué no quisiste casarte con David, a ti te van más salvajes. Mujer, sólo tenías que habérmelo dicho, ya sabes que tus deseos son órdenes para mí.
- ¡¡A mí no me va nada!! ¡¡Sácame de aquí o te denuncio a la Protectora de Animales por maltrato!!
- Baaah, Pili, eso no iría a ninguna parte. No es ilegal matar piojos, incluso en la televisión pública hacen campaña. De todas formas, todavía no te hemos maltratado de ninguna manera –se burló Geni.
- ¡¡No lo decía por mí, majadera!! –protestó Pili señalando al mono- Seguro que tampoco tienes licencia para tener animales exóticos. Eso, mafiosa de pacotilla, es contrabando de animales y se te puede caer el pelo.
- Ainsss, Pili, Pili... –Geni movía la cabeza lentamente, de un lado a otro- ¿Te has fijado bien en dónde estás? –se acercó hasta detenerse delante de la albariña- Por si tu pequeño cerebro todavía no ha registrado los detalles, te los voy a enumerar; Primero, estás en mi casa. Por tanto, no estás en condiciones de amenazarme; Segundo, puede que mis actividades estén un pelín fuera de la ley, pero las tuyas tampoco se quedan atrás. A ver, déjame que piense... allanamiento de morada, robo, destrozos en la propiedad ajena...
- ¡¡Ey, ey!! Que yo no te he robado ni destrozado nada.
- ¿No? –inquirió Geni, alzando una ceja- Bueno, no importa, eso es algo que puedo arreglar...
- ¡¡Y tampoco he allanado tu casa!! Mira, he entrado con una llave –se jactó Pili, haciéndole la trompetilla.

Craso error.

Si Geni ya estaba lo suficientemente cabreada porque ella hubiese tenido la audacia de entrar en su casa, ahora, estaba que explotaba, ya que sólo había una posibilidad para que Pili hubiera conseguido una llave. Indignada, se giró para encarar a David.

- ¡¡¿Le diste una llave?!! –gritó- ¡¡¿Le diste una llave de MI casa a esta arpía y ni siquiera se te ha ocurrido decírmelo?!! –abría y cerraba las manos en un intento por calmarse- ¿Te das cuenta que las albariñas tuvieron durante más de un mes la llave y, que de haber tenido la lucidez suficiente, podrían haber entrado y pillarnos desprevenidos?
- Pe... –intentó defenderse David.
- ¡¡Cállate!! –ahora se paseaba furiosa de un lado a otro- Ni una palabra, porque voy arriba a por el hacha y te hago picadillo.
- No te enfades con él –intervino Pili con aire petulante-. No es culpa suya que haya caído rendido a mis pies, víctima de mis irresistibles encantos. Era algo inevitable, soy una femme fatal.

Ese comentario fue la gota que colmó el vaso. Geni se acercó de nuevo a Pili con mirada asesina y sin apartar la vista de la mujer se dirigió a Seb.

- Sebastian trae al mono.

Luego le habló a ella.

- Toda femme fatal necesita un buen semental. Que lo disfrutes – se giró para marcharse mientras daba su última orden-. Seb, cuando metas al mono en la jaula, tira la llave del candado por el váter.

Los gritos de Pili la acompañaron hasta que cerró la puerta de su habitación. Allí dio rienda suelta a su furia, destrozando todo el mobiliario a patadas.

- ¡Maldito cabrón! –siseó, estrellando una silla contra la pared- ¡¿Quién es?! –bramó cuando llamaron a la puerta.
David asomó la cabeza y abrió los ojos como platos al contemplar aquel desastre.

- Si estás enfadada, pégame a mí, pero no destroces la casa.
- No me tientes –bufó ella.
- Geni, entiéndelo. Era mi prometida, iba a vivir aquí conmigo, era lógico que tuviera una llave.
- ¿Estás intentando calmarme? –preguntó con recelo- Pues estás haciendo un trabajo de puta de madre –replicó sarcástica ante el gesto de asentimiento de David- El problema, no es que le dieras la llave, sino el que ni siquiera nos hayas advertido de eso después de que ella se escapara.
- Lo olvidé –susurró-. Primero estaba triste porque me había rechazado y apenas habían pasado un par de semanas de aquello y tú me mandaste fuera del país. ¡Hala! –hizo un gesto despectivo con la mano- Vamos a sacarnos a éste de encima. Porque te faltó tiempo para encontrarme un sustituto –dijo con resentimiento.

Geni se acercó a David e hizo que se sentara en el borde de la cama. Ella se sentó a su lado. Lo miró durante un rato y luego dejó escapar un suspiro. Había llegado el día de ser sinceros. Pues nada, con un par.

- No te busqué sustituto, David. Y tampoco te mandé fuera para librarnos de tu presencia. Bueno, en cierto modo sí... Para mí te habías convertido en una auténtica molestia –al ver la expresión dolida de su guardaespaldas, Geni sonrió con humor- ¿Te acuerdas de aquel día en el despacho? ¿Cuándo me soltaste aquella charla sobre las drogas y sus efectos?

David asintió.

- Pues lo que me pasaba era que tenía un calentón impresionante. Y tú ahí, venga, sin enterarte de nada, con la camisa desabrochada y provocándome taquicardias.

Él se la quedó mirando un rato con la boca abierta, luego la cerró y una sonrisa de satisfacción se instaló en su cara.

- O sea, que yo soy la versión masculina de la femme fatal ésa que dice Pili –dijo ufano.

Geni frunció el ceño y le miró de reojo.

- ¿Tú también quieres un semental? –preguntó con diversión.

David se tocó el pecho con el índice.

-Yo soy el semental –luego le pasó un brazo por detrás y le hizo cosquillas con las manos en la cintura-. ¿No necesitas que te haga un favor?

Ella lo apartó entre carcajadas.

- Vete al carajo. Pero sí, mira, me vas a hacer un favor. Llama al cerrajero, quiero que cambie todas las cerraduras.
- Muy bien, mañana a primera hora le llamo.
- Txe, txe, txe –Geni negaba con la cabeza- Ahora, le vas a llamar.
- ¡¿Ahora?! Pero si son casi las tres de la mañana.
- Trabajan veinticuatro horas, David.
- Sólo para urgencias.

Geni se encogió de hombros.

- Pues esto tiene mucho que ver con Urgencias. Quiero las cerraduras cambiadas esta noche, si no alguien va a terminar allí.

Él iba a protestar, pero aunque lo intentó no consiguió articular palabra, simplemente se la quedó mirando como si estuviera loca.

- Eres un bicho, ¿lo sabías? No se puede ir por ahí despertando a la gente por capricho.
- ¡Ah, ah, claro! –replicó ella, poniendo los ojos en blanco y levantando las manos- Perdona, qué desconsideración por mi parte. Por dios, pobriño el cerrajero que le voy a quitar horas de sueño aunque se las pague bien pagadas. Quizás debería aprender de ti, que sabes tratar mucho mejor a la gente… a batacazos, por ejemplo –se levantó de la cama y lo fulminó con la mirada-. Haz lo que te he dicho y sin peros, que aquí todavía mando yo. Y no me pongas esa pose de “nena, vas a hacer lo que yo quiera”, que a diferencia de vosotros a mí no me domina la entrepierna.
- Yo no…
- ¡Fuera!

No la dominaba la entrepierna, pero por muy poco. Anda que no estaba guapo el tío, apoyado contra el marco de la puerta y poniendo aquella sonrisa picarona. Geni se dejó caer de espaldas en la cama y se tapó la cara con la almohada. Pues sí que estaba buena, si el señorito iba a ponerse en plan Don Juan cada vez que quisiera salirse con la suya.

- Te podrías haber cortado la lengua, mujer –susurró.



Geni se vistió y bajó las escaleras para ir a desayunar algo. No había pegado ojo en toda la noche. El cabrón del cerrajero quiso asegurarse de que no iba a ser el único en quedarse sin dormir. Pues que le dieran, ese detallito le había costado un balazo en una rodilla como pago.

Al acercarse a la cocina, le extrañó escuchar la música tan alta que salía de allí. Por lo general, Caín llegaba, les preparaba el desayuno y se iba. Por lo visto, hoy había decidido quedarse. Seguro que quería estar presente para presentarle al nuevo cocinero que llegaría hoy. Iba a saludarle al traspasar la puerta, pero se quedó muda al ver a un hombre alto, con una melena rizada negra por la mitad de la espalda, enfundado en unas mallas fucsias y negras que cubría por delante con un delantal blanco, pasearse por la cocina al son del “Heaven´s on fire” de Kiss, con los brazos en alto y una jarra de zumo en la mano derecha y otra de café en la izquierda.

El hombre dejó las jarras sobre la mesa y se giró para recoger las bandejas con los bollos, la fruta y las tostadas.

- Hola –le dijo al verla allí parada.
- ¿Cómo has entrado aquí? –preguntó ella entrecerrando los ojos y llevándose la mano a la espalda para coger su navaja.
- He venido con Caín esta mañana y como había gente levantada, pues me ha presentado a… ¿Kevin? Sí, creo que se llamaba así. Y luego se ha marchado.

Le observó ir de un lado a otro de la cocina, siempre al ritmo de la música. El hombre se paró ante la alacena y sacó dos tazas, vertió café en una de ellas y se la ofreció.

- Me llamo Paul.

Ella iba a presentarse, pero se quedó con la boca abierta al verle llevarse la mano al pecho y mover la cabeza de un lado a otro con gesto afeminado, mientras exclamaba “Ha… ha…” y luego la señalaba con el dedo dando saltitos hacia atrás y cantando a pleno pulmón “You drive me crazy when you start to tease…You could bring the devil to his knees”.

- Estupendo, otro tarado –susurró Geni antes de llevarse la taza a los labios.
- ¡Madre mía! ¿Qué es eso que anda revoloteando por la cocina? –preguntó David.

Y la misma expresión interrogante se reflejaba en la cara de Will, que venía acompañándole.

- Nuestro nuevo cocinero. Se llama Paul.
- “¡¡Ooooooh, oh. Heaven´s on fiiire!!” –Seb entró como una tromba, meneando la melena de un lado a otro y se acercó a la mesa para alcanzar un bollo de la bandeja- “Ooooooh, ¡¡AUUUUUUUU!!” -exclamó agitando la mano para aliviar el dolor, después de que Paul le atizara con la espumadera.
- Te esperas a que esté la mesa puesta –ordenó. Luego se giró para seguir friendo los huevos.
- Bueno, parece que la mariposita bate con fuerza las alas –dijo William.

Un géiser de café le salpicó toda la camisa cuando Geni estalló en carcajadas.

- Lo siento –se disculpó limpiándose la barbilla-. Pero es que ya te vale, ¿mariposita?
- Hombre, ¿no le miras? Parece que va revoloteando de flor en flor, y ni siquiera parado delante de la cocina se está quieto. Ya verás como acaba metiendo el pelo en la sartén.

Una vez que la mesa estuvo preparada y todo el mundo sentado para desayunar, Geni presentó a Paul al resto de sus empleados. Salvando la impresión inicial y algunas pataditas que tuvo que dar por debajo de la mesa para atajar alguna que otra burla, la acogida fue bastante buena.

Cuando terminaron el desayuno, Geni se levantó y fue a su despacho. Sacó un fajo de billetes de la caja fuerte y volvió a la cocina. Paul estaba terminando de recoger la mesa cuando ella dejó caer el dinero delante de su mano. Él paró de bailar, cogió la pasta y la miró con expresión interrogante después de contarla.

- No hemos hablado de tu sueldo –dijo ella.
- Ah, eso –Paul se encogió de hombros y se apoyó en la mesa-. Caín ya me ha dicho que serían dos mil euros al mes más manutención. Lo que no esperaba era que me pagaras la mitad por adelantado. Gracias.
- Eso no es un adelanto, es una propina por haber salvado mi ropa. Es la primera vez en seis meses que no tengo que subir a cambiarme después de comer –aclaró al ver la cara de sorpresa de Paul- Cuando termines aquí, ven a buscarme a mi despacho para que te enseñe tu cuarto. ¿Has traído ya tus cosas?
- No, todavía no.
- Bien, pues luego vas con Sean a buscarlas.

Al pasar por el salón de camino al despacho, llamó a William para que la siguiera. Una vez dentro le explicó en qué consistía su nuevo trabajo. Sacó una carpetilla del cajón superior de su escritorio y se la tendió. Dentro, estaba toda la documentación que pudo recopilar de sus archivos sobre las personas y lugares que solía frecuentar el alcalde, sobre los horarios de trabajo de los empleados del domicilio de Jonás y de las actividades que solía realizar Clara, su mujer.

Luego tuvo que hacer uso de sus habilidades diplomáticas para calmar el berrinche que agarró Will al ver la foto de su nuevo carné de identidad. No le hizo ni pizca de gracia verse afeitado y con el pelo corto y engominado al estilo Mario Conde. Sin embargo, podría pasar por eso sin problemas porque una vez acabada la misión, sólo tendría que echarse durante unas semanas la loción capilar de Leticia. Lo que de verdad le puso malo y, por lo que Geni estaba a punto de perder la paciencia ante su obstinada negativa, era el tener que teñirse el pelo y todo el vello corporal de negro azabache. Finalmente, consiguió salirse con la suya y que Geni desistiera de tal despropósito. Pero la sonrisa de autosuficiencia que lucía por haber ganado aquella batalla de voluntades, se transformó en una mueca de horror al oírla hablar por teléfono con la esteticista y cambiar su cita para la coloración por una de depilación total.

- Está bien, está bien. Me tiño el pelo –aceptó de mala gana, levantando los brazos en señal de rendición.
- ¿Ves como nos entendemos? Yo, en realidad, no entiendo esa manía vuestra de protestar tanto, para luego ateneros al plan inicial –puso unas llaves encima de la carpeta- Aquí tienes. Las llaves de tu nueva casa. Es un apartamento de lujo en el centro de la ciudad, la alquilaste hace tres meses cuando te destinaron aquí. Y éstas –le lanzó otro llavero- son las de tu coche. Un BMW 330 que está aparcado en el garaje de tu nueva residencia. Tienes un billete de autobús reservado para las cinco de la tarde con destino a Santiago de Compostela. Cuando llegues irás al salón de belleza Rasgos, tienes cita para las ocho para el cambio de imagen y después te alojarás en el hotel Pazo de Lestrove. Allí encontrarás tu ropa y todos los efectos personales de César Oitavén Ledesma: móvil, tarjetas de crédito, tarjeta de la Seguridad Social, etc… El señor Ledesma es el gerente de la nueva sucursal en España de la empresa Construcciones Azteca y que llegó esta mañana a Compostela procedente de México D.F. Está previsto que mañana a primera hora se presente en el ayuntamiento para acudir a una cita con Jonás Ortega.
- ¿Una cita con el muerto? –alzó una ceja inquisitivamente.
- Error –Geni se inclinó hacia adelante clavando una mirada mortalmente seria en su hombre-. Jonás Ortega no está muerto. Ni siquiera está desaparecido. Te personarás mañana en el ayuntamiento, preguntarás por él, le esperarás un tiempo y dejarás tu tarjeta para que se ponga en contacto contigo en cuanto llegue a la alcaldía. Si a mediodía no tienes noticias, volverás para preguntar por él e insistirás en esperarle en su despacho. Cómo cameles a la secretaria es cosa tuya. Y no quiero que te pongas en contacto con ninguno de nosotros mientras no hayas terminado tu trabajo. Nadie debe relacionar a César Oitavén con nosotros. El señor Ledesma ni nos conoce ni sabe de nuestra existencia.

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anarion
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Jue Sep 10, 2009 11:29 am

CAPITULO XVIII



El Aston Martin gris metalizado salió por la verja de entrada escasos minutos después de las nueve de la mañana. El conductor, un hombre alto y moreno, perfectamente peinado y vestido con un elegante y carísimo Armani gris marengo, con su inmaculada camisa blanca y una corbata de seda color lavanda perfectamente anudada, podría pasar por el caballero perfecto. Eso, hasta que uno le echaba un vistazo a su cara y se encontraba con la mirada sibilina de una serpiente. Bueno, si es que conseguía traspasar la opacidad de sus Ray-ban que usaba para ocultar las manchas moradas y amarillentas que rodeaban su ojo derecho. Para los ojos más expertos, Jordan McGregor era la viva imagen de un ángel vengador, o mejor, de un demonio ladino, taimado, rencoroso y sátrapa.

No podía creer que le hubieran dado calabazas. Por culpa de aquel cobardica de Jonás, había perdido un negocio excelente. Aunque si lo pensaba fríamente, debía reconocer que para su amante era muy arriesgado mostrarse en público como Lady Jeannie fuera de un local concurrido en el que, por lo menos, estaba separado por una distancia de seguridad del público, y aunque ésta no fuera excesiva, sí le daba cierta seguridad de no ser reconocido. Sin embargo, la fiesta a la que él le había instado a ir, ya era otro cantar. ¡Pero daba igual! Él se estaba jugando el tipo por sacarlo del lío en el que se había metido por quedarse atontado y babeando por aquel par de botas. ¡Se lo debía! Pero se había escabullido como una asquerosa rata por la puerta de atrás y sin decir nada, después de asegurarle que acudiría a la fiesta. Desde entonces, no le contestaba a las llamadas ni le devolvía los mensajes. Pues muy bien, podría esquivarle tecnológicamente todo lo que le diera la gana, pero no le sería tan fácil rehuírle cuando se personara en la alcaldía para pedirle cuentas.

“Por fin” pensó el hombre apostado al final de la calle. Llevaba veinticuatro horas de guardia y ya pensaba que le esperaría otra jornada aburrida sentadito en el coche y escuchando por enésima vez la música de los seis cd´s que llevaba en el cargador. Kevin encendió el motor de su Megane negro y arrancó en el mismo momento en el que el Aston Martin giraba a la derecha y se adentraba en el tráfico de la Avenida Europa. Aunque a esas horas, lo de tráfico era un decir. Era un lunes de primavera por la mañana, lo que transformaba la palabra tráfico en dos o tres vehículos circulando por los dos carriles que iban en dirección al centro de la ciudad. Manteniéndose prudentemente alejado, Kevin siguió a Jordan hasta la plaza del ayuntamiento. Al llegar, McGregor metió el coche en el aparcamiento mientras que Kevin dejó el suyo aparcado en la zona azul de una de las calles que rodeaban el consistorio.

“Así que vas a ver a tu queridito, eh.”
Kevin se puso una chaqueta de cuadros en tonos ocres y una gorra a juego para esconder su pelo. Sacó un bote de polvos de talco de la guantera y espolvoreó unos pocos por las puntas que sobresalían del gorro y por las cejas y perilla. Luego cambió sus gafas de sol por unas de cristales ligeramente tintados y de pasta marrón. Echó el brazo hacia atrás y cogió un bastón que llevaba en el suelo de la parte trasera, después tomó un portafolios que estaba sobre el asiento del copiloto y se encaminó hacia la puerta de entrada. Tal como pensaba, Jordan había ido para hacerle una visita a Jonás Ortega. En ese momento, estaba discutiendo con la secretaria, exigiéndole que le dejara pasar. La pobre mujer intentaba hacerle comprender que el alcalde todavía no había llegado, pero él estaba convencido de que Jonás estaba en su despacho y que, simplemente, se negaba a recibirle.

Kevin se sentó en uno de los sillones frente a las dependencias de la concejalía de urbanismo y abrió el portafolios. Sacó un bolígrafo del bolsillo interior de la chaqueta y comenzó a garabatear sobre los papeles. En realidad, lo que hacía era mantener la antena puesta en la conversación de Jordan con la secretaria e ir anotando lo que pudiera decir de interés, algo que hasta este momento no había sucedido. Y para colmo, los dichosos polvos de talco con los que se había pringado el bigote estaban siendo un verdadero incordio. Sacó un pañuelo y estornudó. Luego se limpió con cuidado de no estropear su camuflaje. Al ir a guardarlo en el bolsillo, golpeó el bastón con el codo haciendo que resbalara y se fuera a enredar entre los pies de un hombre.

- A ver si tiene más cuidado –masculló el recién llegado.
- Lo siento. Disculpe -Kevin volvió a poner el bastón en su sitio y siguió al desconocido con la mirada hasta verle pararse junto a Jordan.

Era un hombre apuesto, alto, con el pelo negro peinado hacia atrás. Vestía un traje de lino beige, demasiado fino para esta época del año. La camisa blanca que llevaba bajo la chaqueta tenía los dos primeros botones desabrochados, revelando una piel bronceada recubierta de vello oscuro y sobre la que destacaba una medalla de oro colgada de una fina cadenita del mismo metal. Kevin entrecerró los ojos, aquel hombre le resultaba vagamente familiar.

- Buenos días, señorita. Me llamo César Ledesma –dijo, alargando una mano hacia la secretaria, con una tarjeta de visita sujeta entre los dedos índice y corazón- .Tengo una cita con el alcalde. ¿Me haría el favor de avisarle de que ya estoy aquí?
- Lo siento, señor. Pero tal y como le estaba informando al señor McGregor, el alcalde todavía no ha llegado.
- No se preocupe. ¿Puedo esperarle aquí, verdad? –le dirigió una sonrisa cargada de sensualidad que hizo sonrojar a la mujer.
- Por supuesto. Puede sentarse en uno de los sillones de la sala de espera. En cuanto el señor Ortega venga, le haré pasar.
- ¡De eso nada, Antía! En cuanto el señor Ortega aparezca, estará un par de horas ocupado. Tengo unos asuntos de vital importancia que tratar con él.
- Pero…
- Perdón –el señor Ledesma había prestado atención a los modales barriobajeros de aquel hombre y no le había gustado nada la manera de tratar a la chica. Así que decidió intervenir. Levantó su muñeca izquierda y echó un vistazo a su Rolex de oro-. ¿Tiene cita con el alcalde? Porque que yo sepa, la primera cita de la mañana era conmigo. Así que si no le importa pasaré yo primero. Es más –se volvió hacia la secretaria- .Si a esta amable señorita no le importa, prefiero esperarle en la sala de reuniones de su despacho, así voy adelantando el trabajo y ordenando parte de los proyectos que traigo. ¿Le importa, Antía? –le cogió la mano y la levantó para depositar un beso sin apartar la mirada del rostro embelesado de ella.
- No, por supuesto que no. Adelante.
- ¡Antía no puedes hacer eso! –Jordan estaba hecho una furia. Aquel dandy empalagoso y tocapelotas no iba a hacer que él esperara fuera, como una persona cualquiera, a que Jonás le atendiera. ¡Ni de coña! Él nunca esperaba. Él nunca necesitaba cita. Y ahora, esa chica insulsa e insignificante, que normalmente lo trataba a él como un rey y lo miraba como si fuera un Dios, se había derretido como el helado bajo el chocolate caliente ante la sonrisa almibarada de aquel mindundi, y lo iba a dejar a él esperando en el pasillo. Intolerable – Pasaré yo.
- Me temo que no, señor McGregor. Que tenga un buen día – el señor Ledesma le guiñó un ojo a la secretaria y despachó a Jordan con un movimiento de cabeza antes de cerrar la puerta.

Kevin volvió a sacar el pañuelo del bolsillo y se lo llevó a la boca para disimular la sonrisa que fue incapaz de reprimir al ver pasar a Jordan hecho un basilisco. ¡Por dios! Aquella cara no tenía precio. Lástima que fuera muy descarado sacarle una foto, porque quedaría perfecta de fondo de escritorio en su ordenador. O mejor, podría hacerse una diana con ella. Tenía que reconocer que William había estado perfecto. Al principio, no lo había reconocido. El cambio de imagen había sido brutal, pero aquella sonrisa y la forma de moverse eran las de Will. Su amigo podría engañar a cualquiera, pero no a él. Esperó un par de minutos y bajó las escaleras. Salió del ayuntamiento, se metió en el coche y esperó a que el Aston Martin hiciera su aparición.



“El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura”.

Jordan tiró el móvil contra el asiento del copiloto soltando una maldición. “¿Dónde cojones se habrá metido este hombre?” Se dirigió al Ciempiés. Esa noche Jonás tenía actuación, así que era muy probable que Carlos supiera algo. Una hora más tarde, la indignación y el enfado habían cedido terreno a la preocupación. En el Ciempiés nadie tenía noticias de él desde la noche del viernes. Ni siquiera había ido a recoger el pago de la actuación. En su casa tampoco sabían nada desde la misma noche y Clara estaba que subía por las paredes porque le había prometido un fin de semana en el Spa de La Toja y la había dejado plantada. “Se ha largado como el gusano y la rata que es. Pero es la última vez que me lo hace, Jordan, ya verás. En cuanto asome la nariz le rompo la crisma”. Pobre Clara, si ella supiera por quién la dejaba plantada Jonás… Y luego estaba aquella sensación tan desagradable que le había recorrido la espina dorsal cuando la camarera del Ciempiés, tras preguntarle si recordaba haber visto a Lady Jeannie después de la actuación, había hecho un movimiento negativo con la cabeza para luego echarse a reír al recordar la carita de pena que había puesto David esa noche cuando Geni le había dicho que de whisky nada, que él iba a beber agüita mineral. Aquella bruja y su perro faldero habían estado cenando allí durante la actuación. ¿Tendrían algo que ver con la desaparición de Jonás? Lo dudaba. Ni a ella ni a la puñetera organización a la que pertenecía les beneficiaba en nada que Jonás se esfumara. Pero bueno, había que aprovechar las oportunidades que se presentaban en la vida y ésta era excelente para tocarle un poco las narices a aquella estirada. Esbozando una sonrisa cargada de malicia, Jordan giró en la rotonda y se dirigió a la delegación del Ministerio de Justicia. Su amigo, el honorable juez Erasmo Valverde le debía un favor y ya iba siendo hora de que se lo pagara.



Estaba perdiendo la paciencia. Si en cinco minutos el lechuguino de García no entraba por la puerta, ya podía ir encargando su lápida. A ella no se le hacía esperar. Era una mujer muy ocupada y no podía permitirse el lujo de desperdiciar su tiempo esperando por nadie. Y menos, por un gilipollas que siendo director de un banco, había dicho que tenía que ir a buscar el dinero a su casa. De locos. Pero era la última vez que se encargaba personalmente de los cobros. En un ataque de sensiblería, se había ablandado con las súplicas de Vin y Miguel, para que les dejara ir hasta Madrid a ver a su grupo favorito La Polla Rekord. Según ellos, iba a ser una actuación única, como conmemoración de sus nosecuántos años dedicados a la música. Pero qué va, ni de coña la pillaban en otra. Echó un vistazo al reloj colgado de la pared: las once y media. Tic, tac, tic, tac… Hacía el segundero de aquella bomba de relojería, que se paseaba incansable de un lado a otro sobre la moqueta. “Es hombre muerto”. Tic, tac, tic… Se quedó inmóvil, sin creerse del todo lo que estaba viendo. Tac.

- ¿Qué demonios…? – Leticia escupió al suelo el chicle que mascaba y se pegó al cristal – Lo sabía –siseó-. Sabía que esa sabandija me la iba a jugar.

Olvidándose del idiota de García, al que sin saberlo, le habían concedido una tregua, salió como una exhalación del banco para seguir a Jordan al interior de la Delegación del Ministerio de Justicia. Justo cuando iba a cruzar la calle tropezó con un hombre. No quedó espatarrada en la acera porque una mano la había sujetado del brazo impidiendo la caída.

- Perdone…
- ¡Vete a la mierda subnormal! ¡A ver si miras por dónde vas! –vociferó, soltándose de un tirón- Y no me toques si quieres conservar las manos. ¡Apar…! -parpadeó un par de veces- ¿Kevin?
- Mierda –murmuró él-. Hola Leticia ¿qué tal? Me encantaría charlar contigo, pero tengo prisa –dijo intentando esquivarla.
- ¡Ey, ey! Espera un momento. ¿Qué mierda estás haciendo aquí? Y no me digas que paseando, porque nadie sale a pasear con esa pinta –le señaló la chaqueta y demás partes de su disfraz.
- ¿Esto? Ah, no es nada. Es un simple trabajito de rutina, para supervisar unas cositas sin que los hombres se den cuenta de que los estoy vigilando. Lo típico.
- Ya. Y yo creo en pajaritos preñados. ¡¡¿Me viste cara de gilipollas?!! Tienes exactamente treinta segundos para decirme por qué puta razón estás siguiendo a Jordan. ¡Venga, vamos! –exigió chascando los dedos.
- ¿A Jordan? No sé de qué me hablas.
- Te he visto siguiéndole desde la ventana del banco. Así que ya estás soltando la lengua.
- ¿No se te ha olvidado decir las palabras mágicas? –preguntó él con expresión inocente.
- Uy, perdón, ¿dónde habré dejado mis modales? -le sonrió con una dulzura claramente falsa- ¿Te importaría decirme por qué estás siguiendo a Jordan?... ¡¡ES UNA ORDEN!! -bramó.
- Me encantaría poder complacerte, pero verás... yo sólo obedezco las órdenes de Geni. Mi jefa. Tú ya sabes... obedecerte a ti sería competencia desleal y todas esas gaitas -añadió haciendo un gesto de impotencia con la mano.

Leti aspiró con brusquedad y se encaró con aquel descarado dándole golpes en el pecho con su dedo índice mientras le recordaba ciertos detallitos, que al parecer el hombre había pasado por alto.

- Mira mentecato. Tú trabajas para Geni, pero Geni trabaja para mí. Aquí la que corta el bacalao soy yo. Y las órdenes que prevalecen sobre todas las demás, son las mías. Así que ya puedes empezar a desembuchar.

Kevin sujetó la mano de Leticia para que dejara de taladrarle el esternón y asintió para hacer ver a la mujer que estaba de acuerdo con su argumentación.

- Muy cierto. Y estaré encantado de cumplir tus órdenes, si me las haces llegar atendiendo al protocolo. Tú le das la orden a Geni y ella me la da a mí. Mientras tanto, lo que yo tenga entre manos es información confidencial -hizo esfuerzos para no echarse a reír al ver la cara congestionada por la ira, de Leticia- Lo sé, lo sé. Yo también pienso que la burocracia es un asco -dijo dándole golpecitos de comprensión en la mano que tenía sujeta entre las suyas- Ahora tengo que irme.

Ella boqueaba intentando buscar un epíteto adecuado para aquel... ¡Por dios! Era incapaz de encontrar un adjetivo que le hiciera justicia. En ese mismo momento, estaba más furiosa de lo que recordaba haberlo estado jamás. Sacó el móvil del bolso y marcó sin dejar de observar como Kevin se adentraba en el edificio tras la pista de Jordan.

- ¿Si? -contestaron.
- Geni, ¿me puedes hacer un favor? -se echó el bolso al hombro y cruzó la calle para seguirle.
- Claro. Pídeme lo que quieras.
- Despide a Kevin -siseó.
- Bueno, pídeme lo que quieras menos eso. Kevin es...
- ¡¡Mecagoenlaleche!! !Que lo despidas he dicho! ¡Geni! ¡¿Me estás oyendo?! -estrelló el teléfono contra la pared del edificio al ver que se había quedado sin batería- ¡Joder! Hasta los teléfonos se me insubordinan hoy. No importa, ya me encargaré yo de ese capullo. Se va a enterar...


Erasmo Valverde, juez honorable y respetado tanto a nivel personal como profesional, pensaba que a sus sesenta y tres años, a dos de su jubilación y tras más de treinta de servicio a la justicia, lo había visto y oído todo. Hasta ese momento. La descabellada historia que le estaban contando, no sabía si tomársela a broma, que era por lo que su lado más racional se decantaba. Sin embargo, Jordan McGregor sonaba tan convincente y tenía una expresión tan seria, que una minúscula duda se abrió paso a través de su raciocinio. Y tan sólo por esa más que remota posibilidad de que semejante cuento chino pudiera ser cierto, accedería a lo que su amigo le estaba pidiendo. Bueno, y para ser totalmente honesto, también lo hacía para sacárselo de encima. Hacía casi una década que no veía a Jordan, pero no era ajeno al hecho de que su amigo había tirado por la borda una, más que probable, brillante carrera como abogado.

Recién salido de la Universidad como uno de los mejores en su promoción, había despreciado la plaza que él le había conseguido como becario en un importante despacho. ¡Cómo iba él a aceptar un puesto de becario! Ni de coña. Él estaba preparado para ser su propio jefe. Así que eligió ser el representante legal de un matrimonio asturiano dedicado al contrabando de alcohol. Y ése fue el principio del fin de su, prácticamente, inexistente carrera.

- Está bien, Jordan. Ordenaré que investiguen las actividades de esa mujer y le mandaré un citatorio para que responda a unas cuantas preguntas sobre su relación con Jonás Ortega. Aunque yo de ti, no me preocuparía mucho por ese hombre, conociendo a su mujer, ya estaba tardando en darse a la fuga.
- Él no dejaría de asistir al ayuntamiento. Es el alcalde.
- Todo el mundo sabe que si se presentó a las elecciones, fue instigado y fustigado por su esposa. No me extrañaría nada que no aguantara la presión y decidiera desaparecer.
- Pero aún así, hay algo que no me gusta. Nadie le ha visto ni ha hablado con él desde aquella noche. No se ha llevado nada de su casa, no ha tocado el dinero de su cuenta bancaria… Es como si se hubiera esfumado. Y eso no es propio de Jonás. Puede que su vida como político le agobiara, puede que su matrimonio le hastiara, pero jamás abandonaría a su público. Él disfrutaba siendo Lady Jeannie.
- Todavía me cuesta horrores creer que Jonás trabajara de Drag Queen –dijo Erasmo meneando la cabeza-. Eso sí que ha sido toda una sorpresa.
- Sólo unas pocas personas lo sabíamos. Yo, porque era su mejor amigo –aunque le uniera una vieja amistad con el juez, se abstuvo de rebelarle que era amante del alcalde. No le convenía nada que el asunto saliera a la luz. Si la cosa se ponía fea y Jonás aparecía muerto, él pasaría a ocupar el primer lugar en la lista de sospechosos. A la policía le encantaba catalogarlo todo como crimen pasional. Era lo más socorrido cuando los casos se volvían complicados-. Y Uxía Fernández, más conocida como Geni. Oficialmente, trabaja como colaboradora de la ONG “La Familia”, pero yo sospecho que utiliza ese cargo como tapadera de otras actividades mucho más lucrativas y totalmente ilegales. Y como te he dicho, aquella noche, Geni estaba cenando en el Ciempiés con uno de sus empleados. Curiosamente, la última vez que se les vio fue minutos después de que finalizara la actuación de Jonás.

Erasmo acompañó a Jordan hasta la puerta, después de asegurarle vehementemente que esa misma tarde pondría en marcha una investigación para aclarar el asunto de la momentánea desaparición del alcalde. Pero McGregor se resistía a marcharse y, apenas había traspasado el umbral, cuando se volvió para recordarle al juez, por enésima vez, que le mantuviera al tanto de cada detalle que se descubriera por nimio que fuera.

- Es algo muy importante para mí, Erasmo.
- Descuida, te pasaré por correo electrónico todos y cada uno de los informes, a medida que me vayan llegando… ¡Esto es el colmo! –siseó, al fijarse en la pareja que discutía al final del pasillo. Indignado, se giró para ladrarle a su secretaria- ¡Marta! Haz el favor de comunicarle a aquellos dos, que el lugar para remediar los problemas conyugales es el Ministerio de Asuntos Sociales –miró de nuevo a Jordan-. Ya es la quinta parejita que tenemos que echar en lo que va de mes. Y sólo llevamos una semanita.



Kevin se abalanzó sobre Leticia, agarrándola por la cintura y presionándole la cabeza contra su hombro, al ver a Jordan girarse hacia ellos. La mantenía de espaldas a los dos hombres, acariciándole el pelo y meciéndola como si la consolara. Ella por su parte, colaboraba con la farsa clavándole las uñas en la espalda, mordiéndole con saña el pecho e incrustándole el afiladísimo tacón de su zapato en el empeine. Todo ello, amenizado con el incesante parloteo compuesto de insultos, amenazas y lindezas por el estilo.

- Si no cierras el pico, nos van a descubrir –susurró él.
- Y si tú no me sueltas de una jodida vez, te vas a tener que buscar los huevos detrás de la nuez, del rodillazo que te voy a meter.
- Pero qué dulce es mi niña –bufó Kevin, antes de soltarla. Jordan ya se había ido.
- ¡Yo no soy tu niña! –rugió.
- Disculpen –les interrumpió Marta-. Si son tan amables, ¿podrían ir a gritar a la calle? Aquí hay gente trabajando, la cual no tiene porqué enterarse de las disputas conyugales de nadie…
- ¡Oye! Que nosotros no…
- Tiene razón la señorita, cielo –Kevin sujetó a Leticia por los hombros y se encaminaron a la escalera-. Ya te dije que no debías venir aquí a montar ningún escándalo. Nuestros problemas los podemos resolver hablando civilizadamente... ¡Aug!
- Por supuesto, disculpe –le sonrió Leti a Marta, luego volvió a clavarle el codo en el hígado a su compañero.

Cuando llegaron a la calle, ya no había ni rastro de Jordan.

- ¡Genial! –Kevin se encaró con Leticia-. ¿No podías dejarme en paz, verdad? ¿Tanto te costaba llamar a Geni y preguntarle? ¡Mierda! –estalló, dándole una patada a la farola y pasándose la mano por el pelo con frustración-. Ahora tendré que volver a hacer guardia frente a tu casa hasta que aparezca.

Leticia se recostó contra la pared del edificio disfrutando con los aspavientos de Kevin. Él se quedó mirando su cara sonriente, atónito, e hirviendo de indignación.

- ¡Qué pasa! Ahora que ya no molestas, ¿ya no despotricas?
- Dame tu teléfono.
- Qué te jodan, llama desde una cabina. Yo tengo que buscar a Jordan –se alejó con paso airado en dirección a su coche.

Leticia se agachó para recoger los restos de su teléfono del suelo y corrió detrás de Kevin. Cuando le alcanzó, lo sujetó por el brazo, obligándole a detenerse.

- ¡Que me des el puto teléfono!
- Dios mío, qué cruz –susurró sacando el móvil del bolsillo y plantándoselo en la mano-. ¡Toma! Te lo puedes quedar. Ya me compraré otro.
- No hace falta, señor generoso –replicó ella con sarcasmo-. Sólo lo necesito un momento.

Buscó, entre los restos de su difunto móvil, la tarjeta SIM y luego, la cambió por la de Kevin en el teléfono que él le había dado. Encendió el terminal, introdujo su código PIN y buscó un contacto en su agenda. Todo ello, ante la irritada mirada de Kevin. ¡La virgen! Lo que se estaba divirtiendo sacándole de quicio. Y lo que le quedaba al infeliz por aguantar… pensó con satisfacción, antes de desviar su atención hacia la voz que sonó al otro lado de la línea.

- ¿Dónde estás? –preguntó- Perfecto, en cinco minutos te espero delante de la caseta de Turismo en la Plaza de España… ¡Me importa una mierda si estás ocupado! Necesito que vengas a buscarme, ¡ya!… Así me gusta, Jordan, que no rechistes –cerró el teléfono y se lo devolvió a su dueño con gesto arrogante-. Ya lo oíste, en cinco minutos en la Plaza de España. Deberías aprender de él, puede ser un capullo integral, pero sabe quien manda.
- Yo…

Ella le atajó con un ademán.

- Ya me darás las gracias luego. Ahora mueve el culo si no quieres volver a perderle. Y te informo –tuvo que hacer una pequeña pausa para aguantar la risa. El pobre hombre parecía estar al borde de una apoplejía-, que a partir de ahora yo también estoy en este asunto. Así que no se te ocurra dar ningún paso sin consultarme primero.

Kevin, todavía con la boca abierta, la observó alejarse. ¿La muy desgraciada acababa de echarle la culpa por perder a Jordan? Apretó la mandíbula y escupió las palabras que no había podido decir antes.

- Yo no trabajo para ti. Eso es lo que iba a decir. Ni se me había pasado por la mente darte las gracias.

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anarion
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Jue Sep 10, 2009 11:36 am

CAPITULO XIX



Una a una, las llaves iban cayendo hacia el otro lado de la anilla, descartadas. William podría haber forzado la cerradura del cajón del escritorio con el abrecartas, pero prefería que nadie se diera cuenta de que habían estado registrando el despacho. Así que con paciencia, siguió buscando en su manojo de llaves. Llevaba casi una hora revisando minuciosamente las estanterías, el interior de los libros y todos los recovecos de aquel lugar. Al pasar un folio por debajo de los muebles, sólo había conseguido juntar bolas de pelusas y los cadáveres de un par de insectos, pero ni un maldito documento oculto. Había dejado los cajones del escritorio para el final, por tratarse del lugar más obvio para esconder algo y también el más fácil para registrar.

De vez en cuando, salía para charlar con la secretaria, como si necesitara matar el tiempo y se aburriera allí dentro. Pero la espera ya estaba empezando a hacerse sospechosa, así que registraría la mesa y se marcharía.

- ¡Por fin! –susurró al sentir como la llave hacía girar la cerradura.

Con cuidado, fue sacando y revisando el contenido de los cajones. Nada. Allí no guardaba ninguna evidencia de sus tratos con La Familia. Palpó las paredes y los fondos intentando buscar algún compartimiento secreto. Tampoco. Volvió a colocar todo en su sitio y se acercó a la puerta. La abrió con suavidad.

Antía acababa de colgar el teléfono y giró la cabeza hacia la puerta del despacho ,para encontrarse con aquellos preciosos ojos verdes que la miraban interrogantes.

- ¿Era el Sr. Ortega? –preguntó William.
- No, Sr. Ledesma, todavía no he podido localizarle.

William levantó su muñeca para echar un vistazo al reloj y suspiró resignado.

- Pues ya no puedo esperarle más. Tengo otros compromisos y se me hace tarde. ¿Sería tan amable de dejarle mi tarjeta para que se ponga en contacto conmigo en cuanto llegue?
- Por supuesto. No se preocupe. La verdad, es que no sé qué decirle –se disculpó ella-. No es propio de él no acudir a sus citas, y menos no avisar de que tardará.
- La culpa no es suya –la consoló-. Voy a recoger los proyectos.

Una vez se hubo cerciorado de que no dejaba ninguna evidencia de haber estado registrando la alcaldía, recogió su maletín y, apenas había levantado la mano para asir el picaporte, cuando la puerta se abrió con estrépito dando paso a una mujer menuda, con una expresión tan decidida en la cara como la de Atila al guiar a sus Hunos.

- ¿Dónde está? –rugió.
- ¿Dónde está quién?
- No se haga el tonto, señor. Hablo de mi marido.

Clara apenas se había fijado en aquel pasmarote que se interponía en su camino. La rata de Jonás se estaba escondiendo de ella, pero ¡maldita sea! Se le había acabado la paciencia. Estaba listo si pensaba que con un par de mentirijillas, Antía la iba a tener todo el día alejada del ayuntamiento. El muy cobarde…

- Yo no me hago el tonto, señora –espetó William-. Y le agradecería un poco de educación cuando se dirija a mí. Si está buscando al alcalde, no está. Yo llevo aquí esperándole algo más de una hora.
- ¿No esperará que me crea eso, verdad? –bufó Clara.
- Crea lo que quiera, para lo que me importa –salió del despacho-. No se olvide de dejarle el recado, señorita. Y muchísimas gracias por su amabilidad. Está claro que algunas personas deberían aprender de usted.

Antía lo siguió con la mirada, embelesada. Un soñador suspiro se escapó de sus labios. Ojalá el alcalde volviera pronto, así podría verle de nuevo. Giró la cabeza para repasar de nuevo la agenda.

- ¡Aaahhhh! –se llevó las manos al pecho, dónde el corazón comenzó a latirle a una velocidad de vértigo.

La cara congestionada por la ira de la mujer de su jefe, estaba a escasos centímetros de la suya.

- No sé dónde se está escondiendo, pero me quedaré aquí toda la mañana hasta que se quede sin aire en el cuchitril donde se halla metido y necesite salir a respirar.
- Pe... pero Dña. Clara, es que su marido no ha venido…

Clara la miró con desdén y se sentó en uno de los sofás de la sala de espera.

- Pues entonces me sentaré aquí. Así podré ver cuando llega y a ti no te dará tiempo de avisarle para que escape.
- Do…
- Ya basta. Deja de parlotear y tráeme un café que necesito mi dosis de cafeína de media mañana.



- Os juro que ya no sé qué hacer – Antía se llevó el cigarro a la boca con mano temblorosa. Aspiró con fuerza, transformando el papel blanco de su Winston en ascuas carmesíes, que avanzaron con celeridad hasta devorar casi la mitad del pitillo-. Esa mujer me está poniendo de los nervios. Y desde hace casi dos horas, el teléfono no para de sonar y sonar. La gente me grita, otros me insultan… pero ¡por Dios! Yo no tengo la culpa de que el alcalde no haya venido a trabajar hoy.

Alicia y Cristina, las secretarias de los concejales de Urbanismo y de Cultura, se miraron una a la otra y se encogieron de hombros. ¡A ellas qué cojones les importaba todo aquello! Ya tenían sus propios problemas.

- Mujer, sólo es un día movidito –dijo Alicia-. Si te contara yo la de llamadas que recibo cada día de vecinos indignados… que si hace meses que tienen unas baldosas de la acera rotas y todavía no las hemos cambiado, que si estamos esperando a que ocurra una desgracia… que si fulanito de tal está echando un piso más a su casa y eso le impide ver el faro del medio de la ría y claro, cuando ellos compraron la casa, la compraron con vistas… que si la pintura de los pasos de cebra resbala… etc. Es que es el cuento de nunca acabar. Y lo peor, es que pretenden que yo les dé la solución.

- Cómo te entiendo. Yo tengo que lidiar con la sensibilidad extrema de la gente por la forma en que se escriben las circulares, en qué idioma se debe poner tal o cual cosa, o cual debe ir primero. Llevo unos meses que me tienen la cabeza como un bombo con tanto cambio –intervino Cristina-. No te preocupes, tu jefe simplemente se ha tomado el día libre y ni se ha molestado en decírtelo. Si es que son todos iguales, no piensan en que los marrones nos los comemos nosotras.

- Ains, ains… - palmeteó Antía cual niña pequeña ante una bolsa de chuches-. Que con el estrés que me provoca Dña. Clara se me ha olvidado contaros… -se recostó en el respaldo de la silla de la cafetería, le dio otra calada al cigarro y soltó el humo despacio, hacia arriba, al tiempo que una expresión de sumo placer le suavizaba las facciones-. Hoy he conocido a Dios.

Alicia le sacó el pitillo de la mano y se lo acercó a la nariz para olfatearlo.

- No huele a marihuana –soltó el cigarro y le dio un sorbo al vaso de Antía-. Y esto sabe a agua…
- No seas tonta. Me refiero a que he conocido a Dios hecho hombre. No sabéis qué bombonazo se ha presentado a primera hora de esta mañana. Qué porte, qué ojos, qué voz, pero sobre todo -suspiró- … qué sonrisa. Ha sido lo mejor del día, o lo único bueno para el caso. Se llama César y con un poco de suerte, volverá para entrevistarse con D. Jonás. Ya os avisaré para que le echéis un ojo.

Mi jacaaaaaaaaaaaaaa, galopa y corta el viento cuando pasa por el puerto…

- Uys, ya está la bruja arruinándome la hora del café –dijo Antía al mirar el número que salía en la pantallita del móvil.
- ¿No lo coges?
- No. Pero me tengo que ir, chicas. Espero que cuando llegue arriba, mi jefe ya haya llegado y desvíe la atención de esa arpía sobre su persona. No veáis lo que deseo que todo vuelva a la tranquilidad.



Sin embargo, sobre las dos y media de la tarde el ambiente en la segunda planta del ayuntamiento se podía cortar con un cuchillo. El teniente de alcalde, Rodolfo Ortiz, llevaba reunido desde la una con varios miembros de su partido. En cuanto se hubo hecho patente que Jonás Ortega no había acudido a las citas concertadas, ni había llamado para cancelarlas o disculparse, los principales partidos de la oposición habían caído como buitres sobre la alcaldía. Preguntando, exigiendo y amenazando. Ni siquiera habían podido inventarse una excusa convincente para justificar su ausencia, puesto que su secretaria ya había dicho, por activa y por pasiva, que no sabía donde estaba su jefe. Y para colmo de males, estaba aquel pájaro de mal agüero paseándose en círculos por el pasillo. ¡Maldita fuera aquella mujer y su temperamento! En fin, no le quedaba más remedio que convocar un pleno extraordinario. Pero lo haría de manera extraoficial. Quizás si lograba convencer a los demás partidos de esperar un poco más, podrían ganar tiempo de cara a los medios de comunicación. Y con un poco de suerte, durante ese periodo, Jonás daría señales de vida.

Fuera del despacho, Clara se paseaba de un lado a otro con la misma delicadeza que un toro cuando carga contra el burladero. Su semblante iba cambiando de la rabia más desaforada a la extrema palidez, debido a la preocupación. Para acto seguido, volver a la carga con más insultos y amenazas susurradas.

- Si está pensando en volver a insultarme, señora, mejor ahórrese el esfuerzo. En estos momentos, no estoy de humor –William se había detenido en medio del pasillo, al ver como aquella mujer se acercaba a él de forma amenazante y mascullando obscenidades.
- ¿Qué? –Clara frenó en seco y se lo quedó mirando desconcertada- Ah, es usted –murmuró al reconocerle-. No le había visto.
- Eso es obvio, a menos que su intención fuera arrollarme. He venido a ver a su esposo. Le he dejado una tarjeta esta mañana para que me llamara, pero todavía no lo ha hecho. ¿Sabe si está ocupado?

Clara abrió y cerró la boca varias veces, intentando encontrar una explicación que ofrecer. Pero la tensión de esa mañana, sumada a la ira que la consumía desde el viernes, consiguieron que Clara hiciese lo que había jurado que jamás de los jamases volvería a suceder.

Llorar delante de un hombre.

Con un sollozo desgarrador, se abalanzó sobre el pecho de aquel desconocido, dejándole rastros de lágrimas, rimel y lápiz de ojos, en su inmaculada chaqueta de lino.

- Bueno, bueno, señora. Será mejor que se calme –la apartó con delicadeza y le tendió un pañuelo para que se limpiara la cara.
- Lo… lo siento –Clara se sonó los mocos y le devolvió el pañuelo-. Gracias.
- No hay de qué. Pero puede quedárselo, tengo más –dijo intentando reprimir una mueca de asco-. Si no le importa, tengo una reunión pendiente con su marido.
- No está –hipó.
- ¿Todavía no ha llegado? –preguntó estupefacto.
- ¡Nooooooooooo! –volvió a estallar en lágrimas y se aferró de nuevo a la pechera del hombre- Y no sabe lo mal que me siento, porque puede que le haya pasado algo y yo… Bueno, ya me ha visto esta mañana, no estaba precisamente de buen humor… -se separó de Will y se sonó de nuevo. Con un gesto airado señaló la puerta de la alcaldía- Y encima esas sanguijuelas, que lo único que esperan es abalanzarse sobre el pastel, no quieren que denuncie su desaparición. “Será mejor que esperes Clara… seguro que sólo es una escapadita de fin de semana y no nos conviene que la opinión pública se haga eco de esto…” ¡Majaderos!
- Pues yo sólo podré esperarle hasta las seis. Si a esa hora no hay noticias, tendré que llamar a mis superiores para ver qué hacemos... –bajó la vista y observó a la mujer- ¿Qué le parece si la invito a comer? Así matamos dos pájaros de un tiro: usted se distrae y yo no como solo –al ver que ella dudaba, añadió-. Si después de la comida, seguimos sin novedades, le prometo que yo mismo le acompaño a comisaría para denunciar la desaparición. Sin importar lo que digan las “sanguijuelas”.

Clara esbozó una sonrisa tristona y asintió. Fue hasta la mesa de Antía y le comunicó que salía a comer. Si durante ese tiempo, Jonás aparecía o tenían alguna otra noticia, que la llamaran al móvil.

William llevó a Clara a un restaurante del paseo marítimo. Allí hacían un bacalao a la gallega exquisito. ¡Y caray! Tenía que celebrar su buena suerte. Estuvo toda la mañana, desde que había salido del ayuntamiento, intentando dar con una manera de meterse en el círculo personal del alcalde. Así que haberse encontrado en el ayuntamiento con la esposa de Jonás Ortega sumida en un caos emocional, era un regalo del destino que no pensaba desaprovechar.

Se sentaron en una mesa que daba a un gran ventanal con vistas a la ría. Les trajeron la carta, a la cual Clara no le dedicó ni dos segundos de atención. Estaba visto que el trayecto desde el ayuntamiento hasta el restaurante, le había despejado la mente y liberado el temperamento. Las mejillas arreboladas, podrían achacarse a la brisa fresca que soplaba a la vera del mar. El brillo de sus ojos, a la compañía de tan espléndido espécimen de la raza humana sentado frente a ella... Sin embargo, aquellos síntomas de vitalidad se debían única y exclusivamente, a que la buena mujer había dado con un incauto sobre el que descargar toda su frustración. No, no había vuelto a insultarle. ¡Por favor, que iba a invitarla a comer! Pero necesitaba desahogarse, y una vez que la primera palabra había salido de su boca, el efecto fue igual que cuando las primeras gotas de agua consiguen atravesar el muro de contención de una presa, éste se hace añicos bajo la presión del resto del caudal.

William intentó, por todos los medios, mantener la compostura. Pero estaba claro que para aguantar semejante palabrería, necesitaría ayuda. De vez en cuando, asentía ante algún comentario especialmente beligerante de su acompañante. Diciéndole que entendía perfectamente el porqué se encontraba así, y que su marido, sin lugar a dudas, era un perfecto idiota por tratarla de semejante manera. Pero el resto del tiempo, William se dedicaba a saborear el espléndido albariño que pidió con la comida. Recostado en el respaldo de la silla, hacía girar el dorado líquido con suavidad, para acto seguido llevárselo a los labios y dejar que se deslizara por su garganta y embutiera sus sentidos. ¡Ojalá fuera sordo! ¡No, qué leches! ¡Ojalá ella fuera muda! Y pensaba hacerle pagar a David, todos y cada uno de los minutos que se viera obligado a estar en presencia de esa cacatúa.

- Ay, lo siento. He sido muy pesada, ¿verdad? –Clara puso su mano sobre la de William y lo estaba mirando con falsa congoja.
- No se preocupe, a veces uno tiene que desahogarse, me alegro de haberle sido de ayuda –esbozó una sonrisa tan falsa como la congoja de Clara.
- La verdad es que ha sido muy amable al servirme de paño de lágrimas sin hacerme ningún reproche. Así que si me lo permite, y por favor, no me diga que no, déjeme resarcirle invitándole a cenar. Le prometo que no volveré a abrumarle con mis penas –apartó la mano y compuso una mueca afligida-. Pero ahora, debo pedirle otro favor. Ya son casi las cinco de la tarde y todavía no me han llamado, lo que quiere decir que Jonás no ha aparecido. No importa que usted se haya ofrecido antes, me parece un abuso pedirle esto, pero... ¿sería tan amable de acompañarme a poner la denuncia?



¡Dios, si me sacas de ésta, te juro que nunca más volveré a cascármela!

El sonido del teléfono apenas se escuchó entre el estruendo de risas que invadió el salón.

- Pobre chico, qué tierno, no sabe que esa promesa es imposible de cumplir. Va acabar en el infierno por no mantenerla –dijo Blackie llevándose un puñado de palomitas a la boca.
- ¡Quieres coger el teléfono de una vez! –ladró Sebastian.
- Por mucho que le grites, no te escucha, así que haz el favor de no destrozarme los tímpanos con tus graznidos –masculló Geni.
- Te lo estaba diciendo a ti. Es tu móvil –replicó él.
- Mierda, ¿quién será? Me voy a perder la peli.

Geni le plantó el bol de palomitas en el regazo a David y salió del salón para ver quien llamaba. Al reconocer el número, maldijo por lo bajo. No tenía ganas ningunas de discutir con Leticia, pero bueno... era la jefa, ¿no? Sería una insubordinación no cogerle el teléfono... Aunque pensándolo bien, no tenía porqué enterarse de que no lo descolgó a propósito. Ya se inventaría una excusa. Metió el móvil en un cajón del recibidor y regresó al salón.

- ¿Me he perdido algo?
- Bah, nada –contestó David. Pero a los pocos segundos se acercó para susurrarle al oído- ¿Sabes que no necesitas uno de esos chismes, verdad?
- ¿Eh? ¿Qué chismes? –dijo confusa.
- Ya sabes, uno de esos aparatitos que vibran –señaló el bolso de Geni que estaba entre ellos- Cuando te sentaste debiste ponerlo en marcha y me está haciendo cosquillas.
- Eso es mi otro móvil, idiota –siseó. Cogió el bolso con gesto airado y salió de nuevo al pasillo-. Lo siento Leti, pero no voy a despedir a Kevin. ¿Qué? Está bien, no te preocupes, pero chica, no hay quien te entienda. Y ahora te cuelgo que me estoy perdiendo la peli –soltó una carcajada-. Cero en conducta, deberías verla. Chao.

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