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 Histerias de Familia

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anarion
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Vie Sep 11, 2009 12:47 pm

CAPITULO XX



El olor del pan recién tostado y del café recién hecho le estaban haciendo la boca agua. Y como siguiera comiendo de esa manera se iba a poner como un tonel. Tendría que seguir el ejemplo de Kevin y hacerse cargo de algún trabajillo, pero le daba pereza. Prefería que fueran sus hombres los que se encargaran. En fin, ya pensaría algo.

Entró en la cocina y... “¡Ay, coño!” Sí, aquello era real, ningún pellizco dolía de semejante manera en un sueño. Pero desde luego que aquella escena debía pertenecer a uno. Observó con una mezcla de incredulidad y fascinación como todos sus empleados estaban formalmente sentados a la mesa, desayunando en armonía y pidiéndose las cosas por favor, dándoselas en mano sin lanzárselas por el aire como era habitual y utilizando la palabra “gracias” acompañándola con un gesto cortés.

- Bueeeeeeno, ¿qué habéis hecho con la tropa de neandertales que desayunaba conmigo todas las mañanas?
- Los neandertales se tienen que portar bien si quieren comer –explicó Paul mientras le colocaba su taza sobre la mesa y le servía el café.

Geni observó los rostros de sus chicos y se mordió el labio para reprimir una carcajada ante la mirada asesina que Blackie le estaba dedicando al cocinero. Sebastian le dio un codazo a Paul y se pasó el cuchillo por la garganta, señalando al pobre hombre. Al fijarse en Paul, frunció el ceño.

- Vamos a tener que buscar una forma de diferenciaros –señaló a uno y a otro con la mano que sujetaba la tostada, antes de darle un mordisco- Está claro que no os podemos llamar Paul a los dos.
- Ah no, desde luego –replicó el Paul que estaba sentado a la mesa-. Yo paso de que me confundan con Madame Butterfly.
- Eso no pasaría jamás, no tienes suficiente categoría para equipararte a mí –intervino el cocinero-. Y por supuesto –prosiguió mirándole de arriba abajo-, nunca podrías moverte con la elegancia que lo hago yo. No eres más que una torpe y enorme mole de masa muscular.

Paul arrastró la silla hacia atrás y se enfrentó al otro hombre, empujándole con el pecho y haciendo valer los diez centímetros que le sacaba de altura.

- Mira canijo, esta torpe y enorme mole de masa muscular te va a hacer picadillo, si te vuelves a dirigir a mí de esa forma.
- Levesque –Geni señaló la silla-. Siéntate.

A regañadientes, Paul, se apartó.

- Estás advertido –susurró antes de darse la vuelta y sentarse.
- Pues bien. Problema resuelto, cuando estéis juntos, a ti te llamaremos por tu apellido –le dijo-. Y ahora ir terminando que hay cosas que hacer. David, coge las llaves del murciélago que tenemos que irnos –cogió un panecillo y se lo fue comiendo de camino a la puerta. Empujó ésta con la cadera y arengó a David con un gesto de impaciencia-. ¡Venga, vamos! Que quedé con Chus en el centro comercial.
- ¿Estará Jason? –preguntó él al pasar junto a ella, que puso los ojos en blanco al responderle.
- Síiii, y mientras nosotras hablamos, vosotros os podéis ir a jugar a los marcianitos al salón de juegos.


Geni se acomodó en el asiento del copiloto y se abrochó el cinto de seguridad. Le explicó a David el itinerario para esa mañana y le mandó un mensaje a Chus, para informarle que llegaría un poco más tarde porque iba a pasar por el veterinario para comprar unos dardos tranquilizantes. Desde que tenían aquel bicho encerrado, entrar en la bodega se estaba convirtiendo en un suplicio.

Poco a poco, el coche fue disminuyendo la velocidad. Geni dejó de pensar en sus huéspedes y fijó su atención en el coche de policía que se acercaba por el camino de tierra. Se echaron hacia un lado y David detuvo el motor del Lamborghini, respondiendo a las señas de los agentes para que pararan.

El coche de policía se paró junto a ellos y uno de los agentes se bajó y se acercó a la ventanilla de David.

- Buenos días. Estamos buscando la casa de Uxía Fernández. ¿Se va por este camino, verdad?
- Sí, es por aquí –respondió Geni-. Y yo soy Uxía Fernández.

El policía asintió.

- ¿Sería tan amable de responder a unas preguntas? Estamos investigando la desaparición de Lady Jeannie, y necesitamos recabar toda la información que nos sea posible.
- ¿Lady Jeannie? –repitió ella confusa- ¿La chica del Ciempiés?

Bajaron del coche y los agentes les informaron que no se sabía nada de ella desde la noche del viernes. Así que, estaban interrogando a todas las personas que habían estado en el Ciempiés durante esa última actuación.

- Una de las camareras nos ha dicho que usted estuvo cenando esa noche allí, acompañada de un hombre. ¿Es eso cierto?
- Sí, estuve cenando con David –señaló a su chófer-. Sobre las ocho u ocho y media, no recuerdo bien. Pero coincidió con el inicio del espectáculo. Al parecer lo habían adelantado esa noche.
- ¿Notó algo raro? Es decir, ¿se comportaba Lady Jeannie con normalidad? ¿Le pareció que estaba nerviosa o algo?
- No sabría decirle. Nosotros no fuimos a ver la actuación, así que no le prestamos mucha atención –se encogió de hombros-. Vimos las primeras canciones mientras esperábamos por la cena, pero una vez llegó la comida nos centramos en lo nuestro y nos olvidamos del espectáculo.
- ¿A qué hora abandonaron el local?
- ¿Cómo dice? –se sorprendió- Perdón, pero... es que no entiendo qué puede aportar a la investigación la hora a la que nos fuimos. La verdad, es que no sé a qué hora fue eso. Simplemente terminamos el postre y nos marchamos.
- Bueno, simplemente, no. La camarera nos dijo que ni siquiera pidieron la cuenta. Que en un momento estaban en la mesa, y al instante siguiente se habían esfumado. Y casualidades de la vida, coincidió con la retirada de Lady Jeannie del escenario.
- ¿Y?
- ¿Podría decirnos a dónde fueron después de salir del local?
- Podría –fijó una mirada seria en el agente-. Pero no lo voy a hacer. Esto ya no son unas simples preguntas.
- Geni... –intervino David.
- No –le atajó ella levantando una mano para que se callara-. Ya les hemos dicho todo lo que sabemos. A dónde fuéramos o dejáramos de ir no tiene nada que ver con Lady Jeannie. Así que, si no les parece suficiente –volvió a dirigirse a los agentes- y desean saber otras cosas. Será con una citación judicial para que declare y en presencia de mi abogado.
- Mujer, estás haciendo una montaña de un grano de arena –bufó él.
- Qué no –se empecinó ella-. Lo que yo haga o no haga es cosa mía. Pertenece a mi vida privada. Y no me da la gana de ir contando mis cosas a cualquiera, por mucho uniforme que lleve.

David puso los ojos en blanco. Luego sin hacer caso de los aspavientos de su jefa, murmuró, asegurándose que sus palabras eran oídas por los agentes.

- Joder, la que estás armando por un polvo.
- ¿Qué has dicho? –dijo ella con voz ahogada.
- Nada.

Geni abrió la boca, pero no emitió sonido alguno. Un fuerte rubor le estaba subiendo desde el cuello hasta la raíz del pelo. Cerró la boca y la volvió a abrir, pero siguió sin poder pronunciar palabra. Simplemente miraba con expresión asesina a David. Él por su parte, también estaba empezando a enfadarse, así que se encaró con ella.

- No me mires de esa manera. Te estás portando como una niña tonta. Joder, que tampoco es un secreto de estado –se giró para hablarle al policía-. Nos largamos a toda leche, porque aquí la señorita se pasó quince minutos dando lametones a una cucharita de helado mientras con el pie imitaba los movimientos de su lengua, sobre mi polla. Y una de dos, o la tumbaba encima de la mesa o nos largábamos de allí. Así que nos fuimos al coche a echar un polvo.
- Eres un hijo de puta –siseó ella, sin prestar atención a las expresiones burlonas de los agentes- ¿Un polvo? –escupió- ¿Lo que hicimos fue echar un polvo?

David abrió los ojos como platos al ver aquella expresión mezcla de dolor y rabia.

- Sí ¿o no? –vaciló- Joder –masculló frotándose la nuca con la mano en un gesto nervioso. Luego buscó ayuda en los agentes, con mirada desesperada.

Pero estos ya se habían disculpado y se estaban metiendo en el coche para dejar a la parejita que se matara, si les apetecía. Por lo menos, tenían claro que la mujer deseaba ver sangre. Los gritos que daba, mientras aporreaba el pecho del hombre, se oyeron por encima del ruido del motor del coche patrulla. Les echaron una última mirada por el espejo retrovisor y, entre risas, avanzaron por el camino hacia la carretera general.

- ¿Ya se han ido? – le preguntó Geni a David, después de asestarle una patada en la espinilla.
- Si, joder, para ya –se quejó él saltando a la pata coja, con la pierna doblada por delante de la otra y sujetándose la tibia con la mano.
- ¿Y se lo han tragado?
- De momento, creo que sí -contestó dando golpecitos con el pie en el suelo para probar la pierna.
- ¡Dios, qué buenos somos! -se echó a reír y se metió en el coche-. Venga, date prisa, que ya hemos perdido mucho tiempo.



Moverse por la Gran Vía era una auténtica pesadilla. La policía local tenía cortada la circunvalación debido a un accidente, así que no les había quedado más remedio que adentrarse en aquel atasco. Para cuando pudieron acceder al aparcamiento del centro comercial, ya eran casi las once y media de la mañana. Buscaron una plaza que estuviera al lado de una cámara de seguridad y aparcaron.

Chus y Jason les estaban esperando en la segunda planta: en el Lloyd´s. Cuando les vieron llegar, Chus bajó la taza de café hasta la mesa y levantó la muñeca señalando el reloj.

- Una hora y media tarde, ya te vale.
- Lo siento, tuvimos unos cuantos contratiempos –se disculpó Geni mientras tomaba asiento-. Un accidente en la circunvalación que nos obligó a meternos en el atasco de la Gran Vía. Y una visita inesperada al salir de casa.
- Bueno, nosotros nos vamos a dar una vuelta –Jason le hizo una señal a David para que no se sentara. Apartó la silla y se levantó-. Cuando acabe, jefa, me da un toque al móvil.

Chus le hizo un gesto con la mano para indicarle que sí, que se fuera y no le prestó más atención. Estaba escuchando como Geni le contaba su encuentro con la policía. Maldijo para sí, estas cosas no estarían pasando si el capitán Suárez estuviera en su puesto, pero bueno, sólo faltaban un par de meses para que se reincorporara.

- Así que a partir de ahora voy a hacer un pequeño parón en mis actividades –decía Geni-. Hoy conseguimos sacárnoslos de encima gracias a una pequeña farsa, pero no tardarán en volver a la carga, ya lo verás. Y tú qué, ¿arreglaste aquel asuntillo que tenías pendiente? –cambió de tema al ver que se acercaba el camarero.

Chus le dio un sorbo al café y esperó a que Geni pidiera la consumición para responder. Aquel era un tema un tanto desagradable para ella. Desagradable y doloroso. Siempre dolía despedir a alguien a quien se apreciaba.

- Sí, lo arreglé. Así que ahora estoy buscando cocinera nueva.
- ¿Eins? –Geni la miraba sin comprender- ¿Cocinera nueva? ¿Y qué pasa con Otilia?
- Le di vacaciones...
- Mujer, entonces es algo temporal, podéis venir a casa –la interrumpió Geni.
- ... permanentes –concluyó Chus pasándose el pulgar por el cuello. Luego le contó toda la historia de cómo Otilia se había aliado con las albariñas para que rescataran a Isa y a Joana. Todavía no podía entender cómo no se le ocurrió acudir a ella y explicarle que el pelo de aquellas alimañas le provocaba ataques de asma. Le hubiera buscado una solución. Pero no, decidió actuar por su cuenta y tuvo que pagar por su traición- Ya ves, una lástima, porque hacía unas croquetas excelentes.
- Bueno, si por croquetas es, le puedo decir a Paul que te haga unas pocas –ofreció Geni entre risas.
- Bah, tranquila. Antes de darle el finiquito, le dije que íbamos a dar una fiesta y que necesitaba que hiciera croquetas para unas cincuenta personas. Así que tengo el congelador lleno –se echó hacia delante y con el índice le dio un toquecito en la barbilla a Geni, para cerrarle la boca- No pongas esa cara, que a retorcida me ganas tú por goleada.
- Sí, seguro –ironizó ella.

“ ¡¡Gua-rra, fo-ca, sácate inmediatamente eso de la bo-ca…!!”

- Joder, ¿qué es eso? –se sobresaltó Chus.
- La sentencia de muerte de David –respondió Geni rebuscando en el bolso. Cuando sacó el móvil le dio al botón para hacer callar a Pabellón Psiquiátrico-. Me lo cargo. Te juro que me lo cargo –siseó. Cogiendo el teléfono como si fuera un arma, miró a su compañera con enfado-. Le dije ayer por la noche que me pusiera la alarma para las doce y media, y mira qué musiquita ha escogido. Al llegar a casa le quemo los Cd´s.
- ¿Y para qué querías la alarma?
- Porque cada vez que me pongo a hablar contigo se me va el santo al cielo. Y a la una tengo que ir a renovar mi permiso de armas.
- ¿Permiso de armas? –preguntó Chus con los ojos como platos- ¿Pierdes el tiempo con esas chorradas?
- Ey, que yo, dentro de mi ilegalidad, soy todo lo legal que puedo. A ver si por un permisito de nada, voy a acabar en el talego.

De camino a casa pararon en una tienda de deportes. Geni había estado pensando que ya que iban a estar una temporadita en el dique seco, podía usar a David como entrenador personal. Y a él le había encantado la idea. Así que fueron a comprar todo lo que a él le pareció indispensable para una buena puesta a punto. “¡Ni que fuera un coche!” Había protestado ella. Pero bueno, él era el que sabía. Y si se le echaba un vistazo a su anatomía, estaba claro que algo debía entender sobre ponerse en forma. Encargaron una bicleta de spinning, una bicicleta elíptica, una cinta andadora, varios bancos, barras, pesas, gomas, esterillas y demás cacharrada que David fue mencionando. Al terminar, se habían dejado allí una pasta gansa. Tanta, que Geni se estaba preguntando si no le hubiera resultado más barato hacerse un bono en un gimnasio.

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anarion
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Vie Sep 11, 2009 1:15 pm

CAPITULO XXI



¡¡Brrrrrrrrrriiiiiiiiiiiiiiiiiiiwwwwww!!

Geni saltó de la cama y empuñó la lámpara de la mesilla como un garrote. Moviéndose con cautela, buscaba el lugar dónde pudiera estar el peligro. Parpadeaba deprisa, intentando hidratar un poco los ojos y aclarar así su visión. Escudriñaba las sombras, donde las siluetas de los muebles se volvían más nítidas a cada segundo. Suspirando con alivio, se cercioró de que no había nada que temer allí dentro. Todo estaba en su lugar. Todo, excepto la puerta de su habitación, que estaba abierta de par en par. Apretó con más fuerza el pie de la lámpara y se preparó para hacerle frente al intruso.

La figura que se recortaba contra la luz del pasillo, dio un paso al frente y accionó el interruptor de la luz, haciendo que Geni girara la cabeza y se llevara una mano a la cara para taparse los ojos y resguardarlos de la repentina claridad.

- ¿Qué haces con la lámpara en la mano?

Ella bajó bruscamente el brazo y su vista se encontró con cuatro enormes números rojos, que parpadeaban en la pantalla de su reloj despertador. Las siete y media de la mañana.

- ¿Que qué hago con la lámpara en la mano? –murmuró, para exigir a continuación, mientras apuntaba al hombre con el objeto- Mejor explícame tú, qué haces en mi habitación a estas horas.
- Despertarte. Me parece que es obvio, ¿no? –David se llevó el silbato a los labios y sopló con fuerza- Venga, holgazana. Vístete, que vamos a empezar con retraso el entrenamiento.
- ¿A las siete y media? –lo miró con incredulidad- ¡Ni de coña! -se volvió a meter con celeridad en la cama y se tapó la cabeza con las mantas. Mantas que volaron por los aires en el mismo instante que rozaron la almohada.
- Tx, tx, tx, tx. De eso nada, monada. Me contrataste como entrenador personal y pienso encargarme de que te entrenes. Tienes diez minutos. ¿O vas a ser tan desconsiderada de no pensar en el pobre Paul, que está abajo preparándote el desayuno?

Geni lo miraba como si le hubieran salido siete cabezas. ¿El muy majadero había sacado de la cama también al cocinero? A regañadientes se levantó y sacó un chándal del armario. Al ver que David no hacía movimiento alguno, le ordenó que se largara para que pudiera vestirse. Una vez la puerta estuvo cerrada, con su guardaespaldas fuera, se quitó el pijama con furia mascullando palabrotas a diestro y siniestro. Entró en el baño y se cepilló el pelo con fuerza, luego se hizo una trenza y se lavó la cara.

- Ésta, me la paga –le juró a su imagen en el espejo.

Entró en la cocina. Ladró un buenos días y se sentó a la mesa sin dirigirle una triste mirada a David. Hasta que vio lo que contenía el plato que le pusieron delante.

- ¿Estás de broma, no? -contemplaba pasmada su desayuno. ¿Cuántos huevos había? ¿Cinco? ¿Seis? ¿Más? Unos estaban fritos y otros en tortilla. Acompañando a los huevos, había un vaso con zumo de naranja, un bol de cereales y una manzana.
- Éste es el desayuno imprescindible que toda persona que vaya a realizar ejercicio físico debería comer. Uno no puede entrenarse bien, si no está bien alimentado –respondió David.
- Tú lo has dicho –le apuntó ella con el tenedor- Alimentado. No cebado.

Terminó de desayunar, sin hacer caso de las protestas de David porque se había dejado la mitad en el plato. Pero es que si tragaba un bocado más, reventaría.

Y precisamente, después de dos horas de “ejercicio”, estaba segura de que David lo que buscaba era exactamente eso, que reventara. Hasta el mediodía, a su queridísimo entrenador personal, no le pareció recomendable que hiciera un parón en su entrenamiento. Arrastrándose como pudo, Geni se apartó un mechón de pelo empapado en sudor, que se le había quedado pegado en mitad de la cara y se recostó contra la pared de la habitación habilitada para gimnasio. Jadeando, intentó desenroscar el tapón de la botella de agua, pero ya no le quedaban fuerzas. Desde luego, ni de coña le pediría ayuda al cromañón ése que estaba levantando pesas a unos metros de ella. Antes muerta. Así que con disimulo, se acercó a una de aquellas máquinas de tortura. Y con un golpe seco, clavó el culo de la botella contra uno de los salientes de hierro donde se colgaban las pesas. Bebió con ansia, dejando que el agua le resbalara por la barbilla y la refrescara un poco ¡Maldita la hora en que se convenció de que tener entrenador personal era una buena idea!


“Venga, Geni, un poco más. Sólo te queda media vuelta” se animaba mentalmente. Llevaba una hora y media corriendo por un circuito, que David había preparado alrededor de la casa. El sonido del silbato se escuchaba en intervalos de dos minutos y le estaba destrozando los nervios. En cuanto terminara con el entrenamiento de esa mañana, se lo haría tragar de un guantazo. Estaba hasta los mismísimos de ese aparatejo y de su dueño. Llevaba tres días levantándose antes que las gallinas. Eso, si es que todavía quedaban gallinas en el mundo, porque con la cantidad de huevos que David decía que debía comer, dudaba mucho que llegara a haber otra generación de esa especie animal. Y después de dar cuenta de tan ligero desayuno, se pasaba seis horas realizando una tabla de ejercicios que dejaba los entrenamientos del jefe Jack Urgayle de la teniente O.Neil, a la altura del betún. ¡Madre mía! Si para aguantarlos había tenido que recurrir al doping. Se tomaba dos Nolotiles al acabar de entrenar y otros dos, antes de empezar. Y un Neburofren 600 en la hora del aperitivo. A este paso acabaría convertida en una yonki.

Subió los escalones que la llevaban a la puerta del gimnasio y resollando apoyó una mano en el marco. Inspiró varias veces y se pasó la mano por la frente para secar el sudor con la muñequera. El silbato volvió a sonar y Geni apretó la mandíbula para no ofender, otra vez, a la madre de David. Aunque la buena mujer, se merecía todo lo que había dicho anteriormente por haber tenido la desfachatez de parirle.

- ¡Cincuenta flexiones!

Silbido.

- Vuelve a silbar, que ya verás como acabas hablando como Luis Llongueras –masculló Geni al echarse al suelo.

Una, dos, tres... veinte. ¡Se acabó!

- Por hoy ya es suficiente –dijo levantándose. O por lo menos intentándolo, porque David, al ver que se iba a poner de pie, le puso la bota en la espalda y la empujó de vuelta al suelo.
- Te quedan otras treinta.

Geni lo miró por el rabillo del ojo y soltando una palabrota estiró el brazo y tiró del pie de apoyo de David, haciéndole caer. Se puso en pie con la velocidad de un rayo y presionó con su bota la entrepierna del hombre. Apoyó las manos en la rodilla y se inclinó hacia delante para susurrar con ira contenida.

- Se acabó por hoy. Y se acabó para siempre. Estás despedido –le arrancó el silbato del cuello y sopló con las pocas fuerzas que le quedaban- Ahora mueve el culo y deshazte de toda esta chatarra antes del mediodía -salió dando un portazo y se dirigió a la cocina.

Paul estaba saliendo de la despensa cuando ella entró como una tromba y se inclinó para agarrar el asa del cubo de basura y lo arrastró hasta la nevera. Abrió el frigorífico y de una sola brazada, barrió las nueve docenas de huevos que quedaban. Luego, de una patada, mandó el cubo a su sitio y se volvió hacia el cocinero.

- ¡No quiero volver a ver un huevo en lo que queda de año! –se apartó un mechón de pelo y suspiró para calmarse- Voy a ducharme. Cuando baje, quiero que me lleves un café, un zumo y unos bollos a mi despacho.


Mmmmmmmm. Esto sí que es vida – susurró mientras inhalaba el aroma del café.

Recostada en el sillón de su despacho, Geni disfrutaba de su segundo desayuno. Como música de fondo se escuchaban los acordes de “Bailaré sobre tu tumba” de Siniestro Total. Una canción poderosamente relajante, teniendo en cuenta el estado de ánimo en el que se encontraba. Se llevó la taza a los labios, bebió un sorbito y cerró los ojos para recrearse en las imágenes que le evocaba la letra, mientras la tarareaba.

- Te degollaré con un disco afilado... de los Rolling Stones o de los Shadows... te tragarás mi colección de cassettes...
- Di que sí. Tú siempre pensando en el bien del prójimo – Kevin se acercó y alargó una mano para coger un bollo.
- Hola Geni, cuánto tiempo. ¿Puedo servirme un bollo? –dijo ella con voz de falsete. Luego clavó la vista en él- Qué pasa, ¿tres días con Leticia y tus modales se esfumaron?
- Uuuy, ¿vengo en mal momento? –arqueó una ceja a modo de interrogación- Porque para aguantar aullidos, me vuelvo a donde estaba.
- No, tranquilo –le señaló uno de los sillones para que se sentara-. Es que acabo de despedir a mi entrenador personal y no estoy precisamente de buen humor.
- ¿Tienes entrenador personal?
- Tenía –le echó un vistazo al reloj y se corrigió-. Bueno, hasta el mediodía, sigue en nómina. Es el plazo que le di para que sacara de mi casa todos los aparatos de tortura que me hizo comprar.
- ¿Le conozco? –preguntó él disimulando una sonrisa divertida.
- ¡Qué pregunta! –exclamó Geni levantando los brazos y mirando al cielo- ¿A quién contrataría yo como entrenador personal y después de semejante fiasco le dejaría con vida? Ajá, David –continuó interrumpiendo a Kevin antes de que contestara- Si fuera otro, en estos momentos estaría en el jardín bajo un precioso rosal convertido en abono de liberación lenta, y os tocaría a vosotros deshaceros de los aparatos de gimnasia.
- ¿Y porqué te deshaces de ellos? Ya que los tienes, puedes seguir entrenándote por tu cuenta. Tirarlos es una pérdida de dinero innecesaria.

Ella le dio un sorbo al café y lo miró con cara de pocos amigos.

- ¿Te he pedido tu opinión? No, verdad. Pues calladito estás más guapo.
- Puede ser, pero como no tengo un particular interés en que me encuentres guapo, pienso darte mi opinión siempre que me de la gana –replicó él guiñándole un ojo.
- ¡¡Aaarrrrrgggg!! Cría cuervos –masculló- Aquí el problema, no es tener o no tener aparatos de gimnasia. El problema es tener o no tener voluntad para ejercitarse. Y yo –se señaló con el dedo- no tengo ninguna voluntad para esto. ¿Por qué crees que no me matriculé en un gimnasio? Porque iría tres días y al cuarto encontraría una excusa para no ir, y al quinto, me surgiría algo más importante, y al sexto, otra cosa... pero no volvería más. Aunque tenga los aparatos aquí, puede que los usara el primer día... media hora. Pero al segundo día, esa media hora se reduciría a quince minutos y así hasta no pisar esa sala nunca más. Necesito un preparador físico.
- ¿Y entonces porqué despediste a David? –preguntó él sin entender.
- Porque David, no era un preparador físico. ¡¡Era un puto marine!! –estalló- Y yo no quiero un entrenamiento militar, quiero hacer ejercicio, nada más.
- Contrata a otro.
- Sí, ¿a quién? Necesito alguien de confianza y no... –abrió los ojos como platos y señaló a Kevin con el dedo-... tienes toda la razón del mundo, muchas gracias –se levantó sin hacer caso de la expresión interrogante de él. Se acercó a la puerta y gritó- ¡¡Seb!! ¡¡Sebastian!!
- ¿Vas a contratar a Seb como preparador físico? –preguntó Kevin incrédulo.

Geni giró la cabeza y lo miró como si estuviera loco.

- No digas bobadas –volvió a sentarse, un instante antes de que Sebastian apareciera.
- ¿Me llamabas?
- Sí. ¿Tú no tenías un amigo preparador físico? -preguntó.
- Sí. Leo.
- Pues llámale. Lo quiero aquí mañana temprano.
- ¿Para?
- Para que sea mi entrenador personal.
- Geni, Leo ya tiene un trabajo -explicó él como si se dirigiera a una niña pequeña.
- Pues que lo deje.
- Sí claro, por tu cara bonita lo va a dejar -bufó él.
- No, por mi cara bonita no. Por mi precioso dinero -dijo sacando el talonario del cajón-. Ofrécele mil euros más de lo que cobra. Y no aceptes un no, Seb. Porque no estoy de humor.



La inactividad de los hombres de Geni, sumada a la incorporación de Leo a la rutina de la casa, estaba convirtiendo aquella mansión en un polvorín. Cualquier mal gesto, cualquier palabra desafortunada o cualquier expresión mal interpretada provocaba de inmediato que objetos, muebles y cuerpos humanos volaran por los aires, destrozando todo lo que encontraban a su paso.

Geni apretó los dientes cuando el estruendo de, presumiblemente, la nueva mesa del salón cedió bajo el, más que probable, impacto del cuerpo de uno de sus subordinados. Con un suspiro de resignación, terminó de atarse los cordones de sus zapatillas deportivas y bajó para empezar un nuevo día. Se dirigió directamente a la cocina a por su taza de café, ya tendría tiempo más tarde para enfadarse con sus chicos.

Como todas las mañanas desde la visita de la policía, Sean le dejó los periódicos sobre la mesa. Los fue revisando mientras desayunaba, pero seguían sin mencionar nada sobre Jonás. ¡Qué raro! Y sobre todo ¡Qué sospechoso! Esperaba que por lo menos William tuviera éxito en su misión. En cuanto volviera pensaba hacerle un interrogatorio exhaustivo. Terminó el café y salió para reunirse con Leo.

Esa mañana, Lorenzo se había despertado lleno de energía, así que a las once y media ya hacía un calor de mil demonios. Geni sopló para apartarse un mechón de pelo de los ojos mientras atendía a las explicaciones de Leo, que tenía unas gomas en la mano y le estaba diciendo cómo las iban a usar. Se sentarían en el suelo, uno frente al otro con las piernas estiradas y tocándose los pies. Luego cada uno agarraría un extremo de la goma y se echarían hacia atrás tensándola y luego muy despacio volverían a la posición de sentados. Harían tres series de quince repeticiones.

El calor y el esfuerzo la estaban haciendo sudar a mares, pero ya casi estaba terminando y en cuanto lo hiciera, pensaba tirarse de cabeza al agua. Con ese pensamiento, Geni dirigió una mirada anhelante a la piscina, justo en el momento en el que David emergía del agua. La boca se le secó de repente al ver el movimiento de los músculos de aquella espalda perfecta. Y el calor que tenía se multiplicó por mil al observar embelesada como los chorros de agua resbalaban por aquella piel bronceada. Tragó saliva con dificultad y se llevó una mano a la frente para secarse el sudor.

El aullido de dolor la trajo de vuelta a la realidad. Horrorizada, vio como la sangre corría por la cara de Leo.

- ¡Ay, madre! Lo siento mucho –se disculpó, mientras le presionaba la chaqueta de su chándal contra la brecha que tenía sobre el ojo izquierdo-. De verdad, que fue sin querer. No fue mi intención soltar la goma, lo siento.


En el otro lado del jardín, David, que se había dado la vuelta al oír el grito, miraba con cara de pocos amigos la escenita.

- Desde luego Seb, tu amigo es una nenaza –bufó-. Mira la que está montando por un golpecito de nada – se dio la vuelta para sentarse en una de las tumbonas al lado de Sebastian y de Blackie. Cogió la toalla y suspiró negando con la cabeza mientras se secaba-. Y pensar que me ha sustituido a mí por esa Barbie llorona...
- Lo que tienes que hacer es recuperar el terreno perdido en lugar de ponerte a gimotear –dijo Blackie. Al instante, su semblante cambió de hastiado a extasiado- ¡Diosssssss! Por fin algo en lo que ocupar el tiempo. ¡Venga! Tenemos que trazar un plan.


Dos días después, Marc les ayudaba a cargar los cachivaches que Blackie le había dicho hasta la parte de atrás de la casa.

- Estáis como cabras –dijo tras dejar una caja enorme en el suelo.
- La cabra es lo que nos falta para completar el numerito –se rió Sebastian.
- Bueno, os dejo, que tengo que ir a darle de comer a los animales.

Blackie estaba desembalando el órgano con sintetizador que le había comprado a un artista ambulante, de esos que van por las calles dando la murga, sobre todo a la hora de la siesta. Cuando lo tuvo todo preparado, se plantó delante de David con las manos en las caderas y señaló el instrumento con la cabeza.

- Bueno, ¿qué va a ser? ¿Ya te has decidido por alguna?
- No sé, no me decido, ¿qué tal “Haz lo que quieras” de Barricada?
- Tú estás mal de la cabeza, ésa mejor déjala para luego.
- ¿“Animal caliente”? – vaciló- ¿"Tú no eres un coche"?- volvió a probar tras los gestos negativos de sus compañeros.
- Madre mía, ¿pero tú de dónde has salido? – se desesperó Blackie.
- Mejor empieza “Con la luna llena” de Melendi –le aconsejó Sebastian.

Estuvieron discutiendo un cuarto de hora sobre el repertorio que David debía cantar. Tal y como le dijo Sebastian, David empezó con la Luna Llena. Miraba para las puerta-ventanas de la habitación de Geni, pero ella no daba señales de vida. Se volvió hacia los otros con gesto interrogante, pero ellos se encogieron de hombros y le dijeron que siguiera con otra.

- Estará dormida –aventuró Seb, después de que David terminara la segunda canción y Geni no hiciera acto de presencia.
- ¿Estáis seguros de que está en casa? –preguntó Balckie.
- Sí, yo mismo la vi entrar en su habitación –dijo David-. Lo que pasa es que esta mujer es como una marmota. Una vez que se duerme…
- Prueba a tirarle piedritas al cristal. En las películas funciona.
- No creo…
- Tú, prueba –insistió Seb.

David se puso a buscar por el jardín mientras mascullaba que aquello no iba a funcionar, que si Geni estaba dormida, unas piedritas no iban a servir de nada. Tendría que buscar otra cosa.

- Ya está –dijo cuando volvió junto a sus compañeros- Veamos si tenemos suerte.

Geni salió de la bañera y se envolvió en una toalla. Con cuidado de no arrancarse los auriculares se pasó otra toalla por el pelo para sacarse la humedad y se lo desenredó con el peine. Se calzó las zapatillas y cogió el reproductor de Mp3 que había dejado antes en una de las estanterías.

Al salir del baño se fijó en la hora que marcaba el despertador y maldijo para sí. Se le había ido el santo al cielo en la bañera. Tenía que vestirse rápido y salir por patas o le cerraría el Centro Comercial, y además, aún tenía que pasar por la de Piero para recoger lo que le había encargado.

Se agachó para sacar del estante las botas que le había regalado David, justo cuando una piedra de considerable tamaño se estrelló contra la puerta del armario haciendo añicos el espejo. Estupefacta, Geni pasaba la vista desde los trozos de espejo que adornaban la moqueta hasta el boquete que se había abierto en el cristal de una de las puerta-ventanas.

- Qué demonios... –susurró. Cogió la piedra y despacio se acercó al balcón.

Sebastian estaba discutiendo con David mientras Blackie se llevaba las manos a la cabeza y gritaba que él no quería saber nada de todo aquello.

- ¡Unas piedritas! ¡Te dije unas piedritas! –bufaba Seb.

Geni se sacó los auriculares lentamente, todavía sin creerse que aquellos cafres le habían tirado una piedra. Inspiró varias veces y abrió la puerta del balcón.

- ¿Me podéis explicar esto? –preguntó en tono calmado.

David levantó la vista y sonrió de oreja a oreja al verla allí. Con aire de suficiencia se dirigió a Sebastian.

- ¿Lo ves? Está despierta. Si le hubiera tirado unas piedrecitas estaríamos aquí hasta el día del juicio final – se giró y esta vez le habló a Geni-. Te estábamos dando una serenata.
- Estabas –le corrigió Blackie-. No pluralices. Es-ta-bas.
- Una serenata –balbuceó Geni-. Me estabas dando una serenata. ¡¡¿Y qué coño me cantabas, cafre?!! ¡¡¿Un Réquiem?!! ¡¡Qué casi me abres la cabeza!!
- Pe...
- ¡¡Largo!! Recoger toda esa chatarra y fuera de mi vista –los fulminó con la mirada- Ahora me tengo que ir, pero cuando vuelva ya hablaremos.

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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Miér Sep 16, 2009 7:56 pm

CAPITULO XXII



En la otra punta de la ciudad, Kevin seguía al coche de Jordan a una distancia prudencial, haciendo caso omiso de los aspavientos de su compañera de viaje.

- No podemos acercarnos tanto, Leticia. ¿O pretendes saludarle mientras nos mira por el espejo retrovisor? –se quejó.
- Haz lo que quieras, pero como lo pierdas, me oyes.
- Llevo oyéndote desde que salimos de casa –masculló él. Giró a la derecha para seguir al Aston Martin que se metió en un aparcamiento unos treinta metros por delante de ellos- Se ha metido en ese parking.
- Pues síguele. ¿Por qué te paras? –rugió Leticia.
- Vamos a esperar a que salga y veremos a dónde va. Cuando lo sepamos, entonces meteremos el coche en el parking, antes no. ¿O sigues empeñada en que nos descubra?

Leticia le miró con odio.

- No entiendo por qué Geni no te despide –espetó.
- Porque soy el mejor en mi trabajo –replicó él sin el menor asomo de modestia.-. Ahí está.

Jordan abandonó el aparcamiento por la salida peatonal situada en medio de la plaza bajo la que estaba ubicado el parking. Vestido de forma impecable, como siempre, se colocó sus Ray Ban y se dirigió hacia el Pub Karma, que estaba al final de la calle haciendo esquina con la Avenida de Galicia. Saludó al portero y pasó al interior del local.

Kevin maldijo en silencio mirando de reojo a Leticia. “Aquí se va a armar la de San Quintín” . Condujo el coche hasta la entrada del parking. Bajó la ventanilla para sacar el ticket y que se levantara la barrera y, después de dar varias vueltas al aparcamiento, metió el coche en una plaza que estaba fuera del alcance de las cámaras de seguridad.

- Bueno, ahora tendremos que hacer algo con tu aspecto –dijo mirando a Leti de arriba abajo.
- ¡Y qué le pasa a mi aspecto! –bramó ella- ¿Me estás diciendo que no estoy presentable? ¿Qué no me van a dejar pasar en el garito ese? – se encaró con él.
- No...

Ella sacó la pistola del bolso y comprobó el cargador mientras seguía gritándole.

- Te diré yo si me dejan pasar o no...
- Que no es eso –Kevin le sacó la pistola de la mano, riendo entre dientes al ver su mirada furibunda-. Estás muy guapa como estás, pero no queremos que Jordan nos descubra ¿verdad? Tenemos que camuflarnos un poco. Y deberías calmarte un poquito y no saltar como un pitbull cada vez que te digo algo. Es agotador, ¿sabes? –dijo al abrir el maletero del coche y tirar la pistola dentro.
- ¿Llevas un espejo pegado a la bandeja del maletero? –preguntó curiosa- ¿Para qué?
- Tiene varias utilidades, pero la principal la conocerás ahora –hizo una pausa mientras daba un par de vueltas alrededor de ella, tomando medidas-. No sé si tendré algo que se ajuste a tu talla, pero haremos lo que se pueda.
- ¡Bah! –bufó ella- Ni a mi talla ni a la de nadie. Por si no te has dado cuenta, lumbrera, el maletero está vacío.
- ¿Eso crees? –dijo esbozando una sonrisa enigmática. Luego presionó uno de los laterales, y éste se abrió dejando ver una colección de armas empotradas en un panel de madera forrado con fieltro negro.
- Fiiiiiuuuuuuuuuu. ¡Quiero uno de esos en mi limusina! –exclamó Leticia embelesada.

Kevin rió mientras cerraba de nuevo el compartimiento. Mirándola de reojo para observar su reacción, presionó un botón oculto en uno de los amplificadores situados tras los asientos traseros y el fondo se fue abriendo, replegándose hacia la derecha. Debajo había varios huecos con ropa, sombreros, pelucas, zapatos y algunos accesorios más. Fue sacando lo que le pareció que más se ajustaba a lo que tenía en mente y se lo tendió a una boquiabierta Leticia.

- Pruébate eso. Supongo que la ropa te quedará bien, luego te ayudaré con la peluca. Voy a coger alguna cosilla más y nos podremos ir.

Presionó otro botón y el otro amplificador se abrió hacia delante. Detrás, había un armarito con varios modelos de gafas, botes con lentillas de colores, pestañas postizas, y una gran variedad de maquillajes, brochas y pinceles.

- ¡Jo-der! –murmuró ella terminando de abrocharse los botones de la camisa –Oye, esto es incomodísimo –protestó mientras movía los brazos y contoneaba la espalda para hacer que la faja que se había puesto por debajo se le ajustara bien-. No entiendo porqué me haces vestir de chico. Esta cosa me aprieta tanto, que seguramente me saldrán las tetas por la espalda- gruñó.


Llevaban un par de minutos en la cola de acceso al local y Leticia, enfundada en unos vaqueros flojos y una camisa de cuadros que llevaba remangada hasta los codos y abierta sobre una camiseta negra, ocultaba su mirada incrédula bajo unas gafas de sol. Inconscientemente, apartó un mechón de pelo de su peluca cobriza y se acercó a Kevin para susurrarle:

- ¿Sabes por qué ha venido Jordan a este antro?
- Sí –fue su seca y escueta respuesta mientras franqueaba la puerta de entrada.
- Bueno. ¿Y?-insistió ella, siguiéndole a duras penas entre la apretujada concurrencia.

Kevin avanzaba sorteando a la gente que bailaba o charlaba tranquilamente con las copas en la mano, intentando localizar a McGregor. Y pensaba, no sin cierto alivio, que era una suerte que el local estuviera abarrotado. La reacción de Leticia prácticamente pasaría inadvertida. Vio a Jordan apoyado casi al final del extremo izquierdo de la barra, así que condujo a Leti hasta el lado opuesto. Ella lo seguía evitando tropezar con el gentío y escudriñando a los presentes, todavía preguntándose qué narices estaría haciendo Jordan en aquel local. Escuchó a Kevin pedir dos copas y sonrió mentalmente, al comprobar que él conocía su predilección por el brandy. Cuando notó la caricia en su mano, la sonrisa se le trasladó a los labios y se giró para soltarle un par de cositas por semejante atrevimiento.

- Te…
- Hola –la interrumpió un chaval de no más de veinte años, sonriendo de oreja a oreja-. ¿Eres nuevo por aquí? Yo me llamo Andrés.

Pero cuando el chico se acercó para darle los dos besos de rigor, Kevin se le adelantó cogiendo a Leticia desde atrás y pegándola a él.

- Búscate otro ligue, que éste ya está ocupado, y no me gusta que le babeen encima –suavizó la advertencia con una sonrisa de diversión-. Escrupuloso que es uno.
- ¡Joder, tío! –le dijo a Leticia, comiéndose a Kevin con los ojos- ¿No os apetecería un poco de compañía extra durante un rato? En cinco minutos abren el cuarto oscuro y yo estaría encantado de acompañaros.
- Piérdete, anda –le cortó Kevin, esta vez sin humor alguno-. Antes de que no puedas salir indemne del barrizal en el que te estás metiendo.
- Pues qué lástima –suspiró Andrés abatido al darse la vuelta y perderse entre la multitud.
- ¡La madre que lo…! –siseó Leticia todavía sin creerse que aquel niñato le había tirado los tejos. ¡A ella! Perdón. ¡A él!¡Y a Kevin! Que maldita fuera su estampa, por haberle quitado antes la pistola. Y además, ¿quién cojones se creía que era ella? ¿Una muñequita de porcelana?- ¡Y a ti mendrugo! Cuando necesite tu ayuda, te la pediré. Mientras tanto, deja tu papel de caballero andante para lucirte con otra.

Kevin se apartó bufando y se apoyó en la barra.

- ¿Quién te dijo que te estaba ayudando a ti? –y añadió tras darle un trago al cubata- Le estaba echando un cable al chaval, antes de que te le echaras encima para machacarle, y de paso, te cargaras nuestra tapadera.
- Eres un desgra…

No terminó la palabra porque en ese momento, Jordan McGregor apareció en su campo visual, al otro lado de la barra. ¡Y aquel maldito irlandés se estaba dando el lote con otro hombre! ¡El muy…! ¡Ooohhhhhhhhh, rata inmunda! Se había vuelto a burlar de ella. Todo aquel cuento para que le dejara entrar en su casa, para que lo aceptara en La Familia… El muy canalla… Pues se iba a enterar… Le sacaría esa lengua de serpiente que tenía y la usaría de soga para colgarlo de una viga. Lo siguió con la mirada inyectada en sangre, cuando él y su amiguito se alejaron de la barra y se dirigieron hacia una puerta que había al fondo. “Eso, perro. Sal de la vista de los demás, así mi trabajo será más fácil.” Apuró de un trago el brandy y salió como una tromba en pos del McGregor.

Kevin maldijo para sí, en cuanto se dio cuenta de que Leticia había visto a Jordan. Intentó sujetarla cuando salió disparada detrás del irlandés, pero ella lo empujó con fuerza y siguió su camino. Miró de reojo a la pantalla de plasma donde Gloria Trevi cantaba a pleno pulmón “Ella es una lo-ca, lo-ca, perdidaaaaa” y soltando un suspiro murmuró “No tienes ni idea. Te juro que no tienes ni idea.”

“¡Joder! ¡Dónde se habrá metido esa alimaña!” Leticia ya había interrumpido a varias parejas y casi, casi le parten la cara hacía un rato. Desde luego qué carácter se gastaban algunos. Mira que tomarse tan mal una equivocación de nada. Ni que una arrastrada por el pelo y una patada en los huevos fuera para tanto. Si hasta se había disculpado y eso que no tenía ninguna obligación. Y a ver por qué carajo no encendían las luces. Si era por ahorrar en la factura de la luz, ella podría hacerles un donativo, siempre que no les importara firmar un simple papelito.

De repente, una mano salida de la oscuridad la agarró desde atrás, tapándole la boca para que no gritara, mientras era empujada contra una pared y un cuerpo duro se le pegaba a la espalda.

- Se puede saber, qué haces aquí dentro –el susurro enfurecido de Kevin, le devolvió el ritmo normal a su agitado corazón. Hasta que se calmó lo suficiente como para que otro ramalazo de mala leche, se lo acelerara de nuevo por la forma tan irrespetuosa con la que la estaba tratando Kevin.
- ¡Suéltame! –escupió.
- Por supuesto que te voy a soltar, pero en cuanto hallamos salido de este antro. Y por una vez, Leticia. ¡Cierra el pico!

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Última edición por anarion el Miér Oct 28, 2009 8:52 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Mar Oct 27, 2009 8:19 pm

Tal y como Kevin le había exigido, Leticia salió del local haciendo mutis. Pero no lo había hecho por obedecerle, no. Una vez que el estallido de furia fue remitiendo, la autoestima de Leticia sufrió un batacazo similar al crack del 29. Caminaba con los hombros hundidos y la vista clavada en el suelo. Su estado de ánimo era tan apático que Kevin estaba empezando a preocuparse y de vez en cuando le echaba una miradita de reojo, para comprobar que no había cambios en la actitud de su compañera.

Cuando llegaron al coche, Leticia seguía en su estado de letargo y ni cuenta se dio cuando él empezó a quitarle la peluca y las horquillas con las que le había recogido el pelo.

- Maricón… -susurró, sopesando la palabra.

Kevin sonrió mientras seguía con su tarea. Parecía que Leticia regresaba del lugar ese al que se había ido los últimos veinte minutos. Pero cuando ella levantó la cabeza para mirarle, el alma le cayó a los pies al ver sus preciosos ojos azules llenos de lágrimas.

- Dime. ¿Estar conmigo es una experiencia tan mala como para que un hombre cambie de gustos?

Kevin no sabía qué contestar. Podía lidiar con la Leticia de siempre: la Leticia que le gritaba, que le amenazaba… pero esta Leticia vulnerable le superaba. Así que decidió hacer volver a su arpía.

- No creo que Jordan cambiara de gustos –dijo con indiferencia, reanudando su tarea con las horquillas-. Yo creo que él ya era homosexual antes, lo que pasa es que salvo en las partes físicas propias del género, no debió encontrar mucha diferencia.
- ¡¡¿Me estás llamando marimacho?!! – le apartó las manos de su cabello de un manotazo- ¡Ay! ¡Jo-der! ¡No me tires del pelo! –se quejó, arrancando con furia el mechón que seguía enredado entre los dedos de Kevin.
- Así está mejor –sonrió él-. Pensé que iba a tener que cargar toda la noche con una plañidera
- ¡Vete a la mierda! –bufó- Devuélveme mi ropa y déjame en casa. Ya puedes volver con Geni.
- ¿Tan pronto? –preguntó Kevin enarcando una ceja- ¿No prefieres ir primero a celebrarlo?
- ¡A celebrar qué! –espetó- ¿A celebrar que mi novio tiene novio? Pues perdona si no salto de puro éxtasis –dijo con sarcasmo-. Lo único que me apetece es liarme a tiros con alguien. Y como no tengo con quien, a menos que te ofrezcas voluntario, pues me largo a emborracharme en casa. A falta de una buena diana, pues nada mejor que un buen brandy -sentenció.
- Hablas como una albariña –se burló él- Pero venga no seas aguafiestas. ¿Quieres emborracharte? Pues perfecto. Yo te llevo a tomarte tus brandis, pero divirtiéndonos. Nada de aguarlos en casa con los lagrimones –añadió guiñándole un ojo.

Leticia se levantó, se secó las lágrimas pasándose la mano con rudeza por la cara y comenzó a sacarse la ropa del disfraz.

- Pues, qué coño. Tienes razón. Así que dices que me vas a llevar a tomar mis brandis ¿eh? –le sonrió sin humor. Luego le dio unas palmaditas en el hombro- Pues vete preparando la cartera, porque esto te va a salir carísimo.


La zona del Arenal, como siempre, estaba a reventar. Aparcar era casi misión imposible. Y para encontrarte un coche dejando una plaza libre, ya fuera en la calle o en algún parking, se necesitaba más suerte que para que te tocara La Primitiva. Por eso, Kevin tenía una plaza en propiedad en el aparcamiento de Rosalía de Castro.

- ¿Tienes buena puntería? –le preguntó a Leticia.
- La mejor –respondió ella, mientras chasqueaba el mechero para encender el puro que tenía entre los labios- ¡Jo-der! ¿Tienes fuego?

Kevin presionó el mechero del coche sin dejar de maniobrar para meter el Megan entre la columna y el Hammer que David tenía aparcado en la plaza de al lado.

- Cógelo cuando salte –tiró del freno de mano y sacó las llaves del contacto-. Voy a tener que decirle a David que se lleve ese trasto de aquí. Sólo sirve para complicarme la vida a mí cuando quiero aparcar.

Leticia alargó la mano para coger el encendedor, lo llevó hacia la punta del puro y tras soltar el humo, soltó una pequeña carcajada, antes de decir:

- Todo él es un trasto. David, digo –aclaró ante la expresión interrogante de Kevin-. Me sorprende que Geni no se lo haya cargado todavía. Si trabajara para mí, hace la tira que estaría criando malvas.
- Será mejor que no te oiga decir eso –replicó él con una risilla mientras se abrochaba la cazadora y se encaminaban hacia la salida-. Hay tres cosas que para ella son sagradas: el Real Madrid, su Lamborghini y David.
- Pues más le vale que me tenga a mí por encima de esa lista –escupió Leti-. O tendré que recordarle para quién cojones trabaja.

No tardaron mucho en llegar hasta la bolera del Arenal, dónde Kevin y los demás solían ir a menudo. Pidieron un par de copas en la barra y se fueron al reservado que había para fumadores. Todo muy místico, con una luz tenue y unos sillones al estilo oriental, para que la gente se relajara. Leticia se recostó en uno mientras Kevin fue a reservar una pista. Ella le había dicho que no sabía jugar, pero como si le hubiera hablado a una pared, el efecto fue el mismo.

Y ahora que se había quedado sola, el recuerdo de Jordan besándose con aquel hombre en el Karma, volvió a ponerla melancólica. Y pensar que Kevin lo sabía y no le había dicho nada para prepararla para el golpe... Pero claro, qué coño le iba a decir, si ella no lo hubiera creído y lo habría pagado con él. Siempre lo pagaba con lo que tuviera a mano, y cuando se trataba de malas noticias, lo más a mano que había, era el mensajero. Tenía que haberle hecho caso a...

- ¡Hija de puta!- exclamó incorporándose con tanto ímpetu que casi se tira el brandy por encima.
- Y ahora a quién le gritas –preguntó Kevin arqueando una ceja-. Tenemos para media hora de espera por lo menos...
- Me refiero a tu queridísima jefa –le interrumpió Leti-. Ella lo sabía, ¿verdad? Esa cabronaza sabía lo de Jordan y no me dijo nada. Ahora entiendo su comentario sobre las gallinas, y que no le extrañaría que de un momento a otro le empezaran a salir plumas.

La carcajada de Kevin cuando se sentó en el sillón de al lado, sólo hizo que su cabreo subiera un par de puntos.

- ¿No me digas que le dijo eso? –se llevó el vaso a la boca y después posó el vaso en el suelo- Lo que hubiera dado por verle la cara.
- Aquí lo que cuenta no es lo que le dijo o dejó de decirle, ni la cara que Jordan pusiera –siseó ella a escasos centímetros de la cara de Kevin-. Aquí el problema está en que me ocultó información a mí. ¡Y joder, una información bastante importante, coño! ¡Que esa sanguijuela quería meterse en mi cama!

El buen humor de Kevin se esfumó como por arte de magia ante esas palabras y la imagen que provocaron en su mente. ¡Cómo le hubiera gustado poder coger a Jordan y molerlo a palos! Pero todo llegaría, ¡vaya que sí! A veces le gustaría ser como David, que pasaba totalmente de pensar y se dedicaba solamente a actuar. Y lo bien que le iba. Porque Geni estaba que bebía los vientos por el señorito y aunque intentaba ocultarlo, estaba haciendo un trabajo lamentable, todos sabían que estaba coladita por su guardaespaldas. Todos, menos el interesado. Sí él estuviera en su pellejo...

Miró de reojo a Leticia y se le calentó todo el cuerpo al verla allí sentada, fulminando a la copa de brandy con la vista mientras blasfemaba, juraba e insultaba a Geni, en un murmullo apenas audible. Los ojos le brillaban de furia y al estar echada hacia adelante, la blusa se le había abierto un poco y un mechón de pelo se le había metido entre la tela. Cerró la mano con fuerza, para evitar llevarla hacia ella y apartar esa quedeja que le obstaculizaba la vista e impedía que se deleitara con una porción de dorada piel. ¡La Virgen! Esa noche se le iba a hacer eterna como su mente siguiera por esos derroteros, así que agradeció inmensamente la interrupción, cuando Óscar fue a avisarles de que ya tenían una pista libre.

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MensajeTema: Re: Histerias de Familia   Mar Mar 02, 2010 9:00 pm

- Estos zapatos son horrorosos –se quejó Leticia terminando de anudar los cordones.
- Bueno, no son la última moda, pero son cómodos para jugar –replicó Kevin con una risilla. Al levantar la vista, dejó escapar una carcajada. Leticia tenía una bola en las manos y miraba dubitativa la pista- Si quieres le digo a Óscar que le ponga una foto de Jordan a cada bolo, ya verás como no vacilas ni un segundo.

Ella lo miró de reojo y sonrió con suficiencia.

- Observa y aprende, chaval. Que no habré jugado nunca a esto, pero de que tiro los palitos, los tiro.

Clavó la vista en los bolos, avanzó hasta llegar al borde de la pista y lanzó la bola, que tras dibujar un semicírculo en el aire, rebotó una vez contra el parqué y derribó siete de los diez bolos.

- ¡Síiiiiiiiiii! –levantó los brazos en señal de victoria, y dio una carrerita de espaldas moviendo los brazos de adelante a atrás, emulando a Fernando Alonso con su ¡Toma, toma, toma!- ¿Lo viste?

Se volvió hacia Kevin, pero él no estaba viendo la pista, estaba en la barra hablando con el tal Óscar, disculpándose sabía Dios por qué. Con un último gesto de sus manos, intuía que para asegurarle que todo estaba okey, Kevin volvió hacia donde estaba ella. Se le acercó y susurró entre divertido y enfadado:

- Mujer, que es una bola para tirar bolos, no una granada de mano. Otro lanzamiento  como ése y nos echan –se acercó al cajón dónde la cinta transportadora depositaba las bolas y buscó una para él-. Lo primero que tienes que hacer es escoger una bola.
- Ya tengo una –Leti levantó la que llevaba en las manos.
- ¿Una de quince libras? –dijo enarcando una ceja- No está mal si lo que quieres es hacer de mopa, porque te lleva el brazo arrastras –se tragó la carcajada al ver la cara de pocos amigos de ella-. Mejor usa ésta de diez. Metes los dedos índice y anular por estos dos agujeros de aquí –señaló los dos agujeros paralelos que eran más estrechos y luego introdujo los dedos- y el pulgar por este otro. Así ¿ves?

Se colocó frente a la pista y siguió con la demostración.

- Te pones a unos cuatro pasos de la pista, levantas la bola hasta la altura del hombro... –giró la cabeza para mirarla y cambió de idea- Anda ven -la cogió del brazo y la colocó delante de él, dejó su bola en el cajón y le acercó hasta casi pegarse a la espalada de Leti, estiró los brazos hacia adelante y le sujetó las manos levantándoselas hasta colocar la bola a la altura adecuada-. Ahora das esos cuatro pasos hacia adelante, echas el brazo hacia atrás y coges impulso para dejar que la bola salga rodando por la pista.

A Leticia, tener a Kevin pegado a la espalda y rodeándola con los brazos mientras le hablaba tan cerca de la oreja, primero la había dejado estupefacta por el atrevimiento, pero después había empezado a notar el calor que irradiaba el cuerpo del hombre, el leve aroma a colonia que desprendía su piel y el áspero, pero agradable tacto de sus manos cuando las puso sobre las suyas. Entonces, el ritmo cardíaco comenzó a acelerársele y un nerviosismo, nada habitual en ella, hizo que se comportara como una adolescente torpe dominada por las hormonas. Acalorada y desesperada por volver a tener el dominio de la situación, hizo lo que Kevin le dijo, echó el brazo hacia atrás con fuerza y se quedó blanca como el papel cuando escuchó la exclamación ahogada de él. ¡Joder! Se había olvidado de dar los pasos...

- Lo siento, lo siento... –se disculpó, tremendamente afligida por el daño que le había hecho al incrustarle la bola en la entrepierna.
- Más lo siento yo –logró articular Kevin, que estaba doblado en dos intentado recuperar la respiración- Venga, lanza, que ya se terminaron las clases.

Y Leticia, en verdad, resultó ser una alumna aventajada, porque Kevin  se vio en serias dificultades para ganarle la partida, lo que hizo que ella insistiera una y otra vez en seguir jugando, porque ya le faltaba poco para darle una soberana paliza, decía. Eran ya las doce y media de la noche cuando Leticia se dejó caer en la silla junto a Kevin, tras lanzar su última bola. Le echó un vistazo al marcador y resopló enfurruñada.

- Por un mísero punto –se bebió de un trago lo que quedaba de brandy en su copa y miró a su compañero que estaba repantingado contra el respaldo de su asiento sonriendo satisfecho-. Pero para la próxima pienso machacarte.
- Todavía puedes machacarme hoy –respondió él encantado de que ella hubiera dicho que habría una próxima vez.
- Paso, ya me cansé de los bolos.
- Yo no dije que fuera  con los bolos –le echó un vistazo a su reloj y añadió-. Si nos damos prisa, todavía podemos llegar a la pista de karting antes de que cierren. ¿Te hace una carrerita? –le sonrió guiñándole un ojo.

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