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 REVENANT: CAPÍTULO IV

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anarion
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Jue Mar 25, 2010 12:21 am

Queremos segundo capítulo lol!

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RocioDLT
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Jue Mar 25, 2010 6:06 pm

anarion escribió:
Pues como ves, tu club de fans aumenta, así que ponte con la continuación pero ya

Me anoto al club de fans.
Y apoyo la moción: Queremos segundo capítulo Queremos segundo capítulo
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Joana
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Jue Mar 25, 2010 7:31 pm

Juass, estoy en ello, pero todo se alia en mi contra... ainsss, que mañana los monstruos empiezan las vacaciones de Semana Santa!

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anarion
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Jue Mar 25, 2010 7:33 pm

No me digas que en la pérfida albión también tienen días santos, coño Joana que estás en la parte protestante bounce bounce bounce

Ese es un mal que nos aqueja a muchas a partir de mañana, sip

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Jue Mar 25, 2010 7:41 pm

anarion escribió:
No me digas que en la pérfida albión también tienen días santos, coño Joana que estás en la parte protestante bounce bounce bounce

Ese es un mal que nos aqueja a muchas a partir de mañana, sip

Sip, aqui protestan, protestan, pero luego todos se apuntan a lo que dice el Papa como buenos hijos de vecino, sobretodo si eso implica vacaciones. Aunque ahora que lo pienso... desde cuando la Semana Santa dura dos semanas??? Ays, que me acuerdo yo de mi epoca escolar y no era tan larga... [o es que entonces no me lo parecia a mi... ]

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anarion
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Jue Mar 25, 2010 8:12 pm

bueno la primera semana será de protesta, ajajaja. Es una semana solo.

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Joana
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Miér Ene 26, 2011 7:15 pm



«I'm sure in her you'll find
The sanctuary»

«Estoy seguro de que en ella
Encontrarás santuario»

“She Sells Sanctuary” de The Cult
[*]




«Last thing I remember, I was
Running for the door
I had to find the passage back
To the place I was before
’relax,’ said the night man,
We are programmed to receive.
You can checkout any time you like,
But you can never leave!»

«Lo último que recuerdo, yo estaba
Corriendo hacia la puerta
Tenía que encontrar el camino de vuelta
al lugar de donde venía
'Relájese', dijo el vigilante nocturno,
Estamos programados para recibir.
Puede liquidar su cuenta cuando quiera,
Pero nunca podrá marcharse»

“Hotel California” de Eagles
[*]







—¿Qué? —graznó Mac, confundida, mientras que, mentalmente, oía el chirrido imaginario de una aguja al rayar un disco de vinilo. El sonido, figurado o no, la hizo volver de golpe a la realidad.

El forastero debió leer el desconcierto en su rostro porque no tardó en añadir:

—Gasolina. Para mi moto —dijo, señalando uno de los surtidores rojos con el dedo pulgar—. Porque supongo que la estación de servicio funciona, ¿no? —trató de corroborar discretamente, al tiempo que juntaba sus rectas cejas sobre la nariz y un par de profundas arrugas aparecían en su frente. El gesto, algo adusto, tenia tanto de inquisitivo como de dubitativo.

La muchacha comprendió al instante aquello de la duda ofende y el insulto por inferencia sirvió para templarle los nervios. Así que se irguió todo lo tiesa que pudo, colgó los pulgares en las presillas del pantalón y, sin dejar de mirarle, ladeó la cabeza adoptando el aire confiado y profesional de un vendedor de coches usados. De hecho, solo le faltó escupir en el polvo para completar la imagen.

—¡Por supuesto que funciona! —afirmó con rotundidad, aporreando el surtidor con sus nudillos para demostrar la solidez del aparato. El chisme, un vetusto modelo de los tiempos de Matusalén, emitió un alarmante gorgoteo que pareció desmentir sus palabras. Mac ignoró el ominoso ruido y continuó como si nada—. Le aseguro que no encontrará una gasolinera mejor en cien millas a la redonda.

El alto desconocido miró a su alrededor, los ojos entrecerrados a causa de un sol deslumbrante, la frente todavía arrugada. Hasta donde alcanzaba su vista sólo podía distinguir montañas aceradas y tierras medio desérticas, así que la afirmación era difícil de refutar.

—Bueno, siendo así me gustaría que llenases el depósito, por favor —pidió, muy educado, pero no sin cierto humor en sus palabras. Luego, dejándola a la tarea, levantó los brazos y estiró la espalda. Una expresión de dolor cruzó brevemente su rostro, como si tras demasiadas horas inclinado sobre la moto su columna volviera a la posición vertical con una dificultad lacerante.

—Considérelo hecho –garantizó Mac repleta de energía, aunque el hombre ya no la escuchaba. Tras alzar el rostro de una manera que le recordó al viejo Henry Yazzie, el chamán del pueblo, el desconocido comenzó a inspeccionar los alrededores igual que un águila en un risco. No solo su mirada exhibía el detenimiento y la perspicacia de un ave rapaz, sino que todo su cuerpo parecía el de un animal en guardia, alertado por un peligro inminente.

Mac, por su parte, le inspeccionaba a él con el mismo interés que el hombre prestaba al terreno. Casi automáticamente, cogió la boquilla que colgaba del surtidor y, tras abrir el depósito de la moto, la introdujo en el hueco y apretó el gatillo del dispensador. El combustible comenzó a bombear al instante. Mientras tanto, el hombre se había alejado unos pasos y ahora, finalizado el reconocimiento visual, caminaba hacia donde un cartel de madera casi podrida colgaba sobre una manguera de jardín y anunciaba: “Autolavado. Totalmente gratis para nuestros clientes. El resto 1$. Jabón, un dólar extra. Secado natural al aire libre”. De reojo, la muchacha observó como se desprendía de la cazadora de cuero, que colgó de la desvencijada cerca de alambre que rodeaba la gasolinera, e inmediatamente procedía a hacer lo mismo con la camiseta. La camiseta era blanca pero, a juzgar por los lamparones y manchas de sudor, llevaba varios días sin ver el interior de una lavadora. Al dejar su torso desnudo, la joven pudo advertir una profusión de tatuajes que cubrían su pecho, bíceps y espalda, aunque debido a la distancia le fue imposible distinguir los detalles. Eso sí, pensó que no parecían los tatuajes típicos de pandillero, sino que más bien tenían un aire celta o tal vez nórdico. Sin ser una experta en el tema no podía asegurarlo. El desconocido, que a juzgar por su estado de semidesnudez no parecía sobrado ni de modestia ni de grasa superflua alguna, abrió luego el grifo y dirigió el chorro a su cabeza. Mac contuvo la respiración. La luz del sol arrancaba destellos de las gotas que resbalaban por su recio cuello, gotas que después se deslizaban por sus amplios pectorales perezosamente, como diamantes chispeantes, y que trazaban acto seguido el ondulado contorno que dibujaban los músculos de su prieto estomago. Aquello era poco menos que un espectáculo erótico privado y Mac sintió que algo en su interior comenzaba a bullir, igual que un volcán a punto de estallar. Casi podía evocar la voz del narrador del National Geographic, describiéndolo todo como si de un documental se tratara: el calor en la cámara central aumenta y el magma se caldea en los bajos, finalmente alcanza la temperatura de ebullición y comienza a ascender por la chimenea, se acelera, alcanza el cráter y...

¡EXPLOTA!

Explota y se desborda exactamente de la misma manera que la gasolina sobre el depósito de la moto.

—¡Mierda! –exclamó, soltando de inmediato el gatillo y sacudiéndose el combustible que le resbalaba por la mano. Pero eso no fue lo peor. Al girarse para colgar la manguera del surtidor, descubrió, consternada, que en vez de gasolina había echado gasóleo.


—¡¡Ohhhhhhh MI-ER-DA!! —volvió a exclamar, aun más alto.

En ese momento el desconocido se acercaba poniéndose la camiseta, su torso aún mojado, los músculos resplandecientes por la humedad.

—Espero que no tuviese mucha prisa… —tanteó Mac, sin saber como abordar el asunto.

Él la miró con un interrogante en la expresión.

—Verá, es que ha habido un pequeño contratiempo. No sé cómo ha podido ocurrir, pero el tanque está lleno de gasoil.

Él se detuvo en seco, cual esposa de Lot al convertirse en sal. La muchacha tampoco se movió, aunque algo en su cerebro reptiliano, primitivo, rudimentario y sobretodo cobarde, apelaba a su instinto de supervivencia y le gritaba que echara a correr. El tiempo quedó suspendido en un segundo infinito y Mac pensó que aquello no podía durar, que la tensión era tan poderosa que acabaría por quebrar el momento. Finalmente, tras lo que le pareció una eternidad, el hombre dejó escapar el aire entre dientes apretados. Eso la animó a seguir.

—No se preocupe –dijo, tratando de calmarle y de mantener la calma—, que Porfirio, el encargado, le hará todas las reparaciones necesarias…

Él no respondió. La confianza de Mac perdió algunos grados, pero aun así decidió seguir probando.

—Es un mecánico excelente. Le va a dejar la moto como nueva…

Nada. Ni un pestañeo.

—Y por supuesto, sin ningún recargo adicional…

Si las miradas mataran supo que en ese mismo instante habría caído fulminada. Lo sintió con tanta certeza que tuvo que luchar contra el impulso de llevarse las manos al pecho y buscar la herida. La verdad es que podría considerarse afortunada si no acababa protagonizando las noticias de la noche. Buff, si hasta podía ver los titulares de prensa del día siguiente:

«Inepta aspirante a abogado triturada por futuro campeón de la WWE. Se desconocen los motivos. Crimen pasional descartado»

Se preguntó si tendría tiempo de rezar, porque a estas alturas sólo la iba a salvar un milagro. Lo cierto es que el hombre ni siquiera se movió, pero la mera visión de su cuerpo ante ella tenía el mismo efecto que el fatídico iceberg frente al Titanic: algo entre demoledor y sofocante. Sin embargo, alzó la barbilla e invocó el valor del cristiano martirizado en el circo, decidida a capear el temporal. Él abrió la boca para decir algo. Ella se preparó para ser devorada. Y entonces…

Un par de cuervos descendieron del cielo y, con un enérgico aleteo, se posaron en el borde superior del rótulo del motel. Desde el lugar donde se encontraba el desconocido, la distancia creaba una ilusión óptica y parecía que las aves descansaban sobre los hombros de Mac, uno a cada lado. La visión lo dejó sin resuello y relegó por completo al olvido lo que fuera que iba a decir. La joven le observó, sorprendida por su extraña reacción. Como si pudiese aclarar algo, él levantó el dedo índice para señalar a su espalda, el pulso vacilante en una mano que raramente temblaba.

—¡Huginn! ¡Muninn! Es… es… ¡una señal! –balbució, en voz baja, de manera casi ininteligible.

Mac se volvió, para ver de qué demonios hablaba.

—¿Un cigüeñal? No, hombre, no. Sólo son cuervos. ¡Shu, shu! —gritó, para espantarlos.

Los cuervos levantaron de inmediato el vuelo, sus siluetas negras dibujadas nítidamente sobre el cielo azul. Al verlos alejarse, el desconocido se llevó la mano a un tosco amuleto de hueso que, en una tira de cuero, colgaba alrededor de su garganta. Parecía realmente afectado y Mac pensó si no tendría una de esas fobias de las que tanto hablaba la gente. Ella misma se había acojonado lo indecible al ver la peli de Hitchcock. De pronto ya no le resultó amenazador ni colérico, sino increíblemente cansado. Eso la hizo sentir peor.

—Lamento mucho lo ocurrido, de verdad –se disculpó sin que ello contribuyera a erradicar la sensación de culpa—. Pero no le miento al decir que Porfirio es un mecánico estupendo y que no tardará en tener su moto arreglada. Mientras tanto, ¿por qué no espera en la cantina del motel? Un café no le vendría mal. Parece… agotado.

Él se pasó la mano por la cara. Hasta ahora, Mac no había reparado en los círculos oscuros que bordeaban sus ojos ni en la piel tirante que cubría sus pómulos, en el aire sombrío, de luchador derrotado, y en la fina red de arrugas que, hablando de miles de risas, también delataban inmensas tristezas. Una palabra le vino a la cabeza: vulnerable. Y le atravesó de inmediato el corazón. El desconocido suspiró con fuerza y se esforzó en sonreír. Su sonrisa fue tensa y algo irónica, pero de todas maneras, hizo que el estómago de Mac diera un vuelco.

—Ojala lo mío pudiera arreglarse con un café. Estoy tan cansado que creo que sería capaz de dormir durante semanas –se sinceró, abandonando la cautela por un instante. La intimidad del momento y la franqueza de su confesión conmovieron a Mac en lo más profundo. Algo le decía que rara era la vez que este hombre bajaba la guardia.

—Entonces tal vez quiera tomar una de las habitaciones del motel mientras Porfirio lleva a cabo las reparaciones. No son lujosas como las del Ritz, pero todas tienen ducha y aire acondicionado.

Él negó con la cabeza.

—He de ponerme en marcha lo antes posible…

—Bueno, vaciar y limpiar el depósito va a requerir unas cuantas horas, se decida a descansar o no. Y puestos a esperar, ¿no es mejor hacerlo en una mullida cama?

El desconocido no dijo nada, pero un atisbo de preocupación en su rostro reflejó la lucha interna entre lo que pedía su cuerpo y lo que exigía su mente.

—Además, el desayuno está incluido, aunque no pase la noche. Bacon, salchichas, huevos, no encontrara un desayuno mejor en…

—En cien millas a la redonda. Lo sé —concluyó él.

Mac enrojeció hasta la raíz del cabello.

—Le pido disculpas de nuevo. Jamás me había ocurrido algo así.

El desconocido se encogió de hombros, restando importancia al asunto.

—A veces, hasta los accidentes más fortuitos ocurren por algún propósito ulterior.

Ahora fue el turno de Mac de sonreír.
—¿Eso cree? —preguntó. Le parecía imposible que él estuviera insinuando que todo aquello fuera cosa del destino, aunque, de todas maneras, la idea la halagaba.

—Estoy convencido de ello –aseguró él, tocando otra vez su amuleto. Ahora que se fijaba mejor, Mac pudo apreciar que no era una cruz invertida, como había pensado al principio en mitad del pánico, sino una especie de martillo tallado rústicamente. Al mirarlo con más atención, creyó ver que el objeto brillaba. Parpadeó con fuerza, recelosa, pero cuando abrió de nuevo los ojos todo había vuelto a la normalidad. Meneando la cabeza, desechó por completo la visión.

—Bien, entonces, todo resuelto. Si quiere, puede esperar en recepción mientras le explico a Porfirio lo ocurrido. Me reuniré con usted lo antes posible. Nada, diez minutos a lo sumo.

Él asintió en silencio antes de darse la vuelta. Mientras se dirigía hacia la oficina, Mac miró sobre su hombro y vio como el desconocido recogía las alforjas de la moto y luego caminaba en dirección al motel. Una agradable efervescencia se extendió por su interior. No podía explicar lo que sentía, mucho menos entenderlo, pero era algo parecido a notar una mariposa posándose en tus dedos por casualidad. Sabes que no va a durar y aun así, mientras ocurre, es un instante especial en el que disfrutas de un inestimable tesoro por un segundo. Porfirio, sin embargo, no compartía su entusiasmo. El mejicano odiaba a todos los forasteros, especialmente si estos, como era el caso, resultaban ser gringos. Pero había algo que Porfirio odiaba sobre todo lo demás y eso era trabajar. Más aún cuando no lo consideraba absolutamente necesario. Si además a esto se sumaba lo temprano de la hora y la mala disposición con la que se había levantado, el simple requerimiento lo llevaba a un estado de paroxismo. O eso al menos podía deducirse por la manera en que se retorcía de rabia, escupiendo culebras por la boca. Las culebras eran de la variedad fonética, pero cargadas de veneno lo mismo. Mac, a quien hacia tiempo que ya no impresionaban semejantes demostraciones, lo abandonó a sus reniegos y echó a correr hacia recepción. El desconocido se giró al escuchar la campanilla de la puerta. Tanto él como la muchacha suspiraron con evidente alivio: Mac, ostentando la sonrisa del gato que se ha comido la nata, porque su abuela no estaba cerca para entrometerse, y el forastero… el forastero sólo Dios sabía la razón.

—Bien, todo solucionado —declaró, colocándose detrás del mostrador—. Su moto estará lista en un par de horas. Así que sólo nos queda asignarle una habitación.

Se dio la vuelta para mirar el casillero que tenía a sus espaldas. Su abuela no creía en la modernización del negocio y las llaves aún colgaban de un panel de madera en la pared, a la antigua usanza. Todas las casillas estaban ocupadas.

—A ver, déjeme comprobar la disponibilidad… — dijo, golpeándose el labio inferior con la uña del pulgar, titubeante. Para alguien como Mac, cuya indecisión era un rasgo más, como el cabello rubio, tanta alternativa no facilitaba la elección en absoluto. Tras un rápido cribado visual se decidió por la numero once. Estaba al final del pasillo en la segunda planta y, lejos de recepción y del bullicio de la cafetería, resultaba una habitación tranquila.

—Pues parece que ha habido suerte. Nuestra mejor habitación está libre. ¿Puedo ver su permiso de conducir o su pasaporte?

—¿Mi pasaporte?

—Es que antes de entregarle la llave tiene que proporcionarme unos cuantos datos personales –explicó, mientras sacaba el libro de registros de debajo del mostrador.

Él frunció el ceño.

—No se preocupe, es sólo una formalidad administrativa —afirmó tendiéndole el libro y un bolígrafo.

El desconocido tomó el bolígrafo y vaciló un instante. Tratando de ayudar, Mac señaló una parte de la página en blanco con unos golpecitos de su dedo índice.

—¿Ve? Aquí tiene que escribir su nombre. Y aquí –dijo, mostrando un lugar en la columna paralela—, su dirección.

—¿Mi dirección?

—Sí, el lugar donde reside habitualmente.

—Pues es que habitualmente no resido en ningún lugar específico...

—Bueno, entonces ponga el sitio donde haya pasado temporadas más largas. No tiene que ser muy exacto. Ya le he dicho antes que era pura formalidad.

El forastero pareció reflexionar por un momento. Luego, encogiéndose de hombros, se inclinó sobre el mostrador y garabateó algo en el libro. Cuando hubo acabado, le devolvió el bolígrafo a la joven. Tomando el instrumento en sus manos, Mac dio la vuelta al libro y leyó lo que había escrito.

Erik Ravenheart
Dragón de Sven, tercer remo a estribor.

¿Erik corazón de cuervo? ¿Dragón de Sven? De reojo la muchacha miró el libro que su abuela había dejado olvidado junto al timbre de recepción. Sus ojos fueron del Fabio de la portada hasta el rostro del desconocido. ¿Estaba tratando de tomarle el pelo?, se preguntó, recelosa. Sólo que el hombre no tenía pinta de ser de los que van por ahí tomando el pelo a la gente. Más bien parecía del tipo que lo arranca de cuajo, como los indios. Tras vacilar unos segundos, cerró el registro y sonrió. Para ser sinceros, la verdad no importaba a nadie y mucho menos a ella.

—Bienvenido al motel Las Rositas, señor Ravenheart –dijo, haciendo saltar las llaves en la palma de su mano. Luego, inclinándose sobre el mostrador, tratando de ser sonar seductora, añadió—. Espero que disfrute de su estancia.

—Um, estoy seguro de ello. Oiga….

—¿Si? —parpadeó intensamente, con la intención de que resultara un gesto sensual, mientras se inclinaba un poco más hacia él. Estaba segura de que ahora vendría aquello que siempre ocurría en las películas, cuando el héroe soltaba el típico “no conozco a nadie por aquí y odio comer solo, ¿le importaría acompañarme a cenar?”. Se mordió el labio inferior con anticipación, reprimiendo un suspiro. Algo comenzaba a fundirse en su interior.

—¿A qué hora anochece por aquí en esta época del año?

¡Ohhhhhh, SÍ, SÍ, SÍ!

—No sé… ¿tal vez hacia las seis y media? –no podía creer su suerte. Iba a tener tiempo hasta de lavarse el pelo.

—Verá –dijo el desconocido, con voz muy grave—, es realmente importante que me haya ido antes del anochecer. Y aunque no tengo intención alguna de dormir, nunca se sabe. Así que le estaría muy agradecido si mandara a alguien a avisarme a las cinco, por si acaso. Probablemente a esa hora ya esté muy lejos de aquí, pero… Un exceso de precaución nunca mató a nadie y por hoy ya he dejado demasiadas cosas al azar…

—Oh… por supuesto —titubeó la joven, tratando de que la desilusión no se reflejara en su voz—. Me ocuparé de ello en persona —hizo una pausa para recuperar el control y luego añadió—. No se preocupe. Puede confiar en mí.

Él se agachó y recogió sus alforjas.

—Ya lo he hecho —declaró, mirándola fijamente a los ojos—. Y espero no haberme equivocado.

Mac sintió que el vello de su nuca se erizaba. Podía tratarse de su imaginación, pero le había parecido advertir un dejo de amenaza no sólo en su mirada, sino también en la forma en que había articulado sus palabras. No sabía que pensar. Ya dudaba de todo. Tragó con dificultad y se forzó en sonreír cordialmente, una perfecta máscara de obsequiosa anfitriona.

—Bien, entonces, si está listo, sígame. Le enseñaré su habitación.

Salieron juntos al exterior. Fuera, el sol ya comenzaba a calentar y la temperatura subía rápidamente, así que avanzaron bajo la galería de techo artesonado que constituía el pasillo del piso superior. Gruesos pilares de madera oscura sostenían la arquería y proyectaban sombras alargadas sobre el suelo de grava, que crujía rítmicamente bajo sus pies. De fondo podía oírse un incansable coro de grillos, un sonido entre cadencioso y adormecedor que contribuía a que el ambiente pareciera más pesado. Al llegar a la esquina y sin intercambiar palabra, subieron por la escalera que accedía a la segunda planta. Mac se detuvo ante una puerta de donde colgaba un “11” de metal bruñido y cuyo azul intenso contrastaba vívidamente con el tono caramelo del marco y el color arcilla del adobe.

—Su habitación —proclamó, introduciendo la llave en la cerradura y haciéndola girar.

Al franquear la apertura, les recibieron la penumbra del interior y un olor algo enrarecido, reminiscente a moho y sudor. Abochornada, Mac rezó para que el forastero no lo notara.

—¿Quiere que abra las ventanas? —preguntó, mientras él pasaba a su lado casi rozándola y, al mismo tiempo, como si no existiera.

—No se moleste. Puedo ver perfectamente.

Las siluetas de los escasos muebles –una cama, una mesilla de noche, un pequeño escritorio junto a la pared— apenas si se distinguían en la oscuridad. Así que la joven pensó que o él tenía la visión nocturna de un gato o trataba muy discretamente de darle esquinazo. Dudando de lo primero, tomó lo segundo como una indirecta.

—Bien, entonces le dejo. Aquí tiene las llaves –se las tendió mientras hablaba—. Si necesita algo…

La puerta se cerró, literalmente, delante de sus narices.

—… no tiene más que preguntar –concluyó la frase en vano.

Por unos instantes se quedó inmóvil, contemplando el azul que cubría la madera. Aquello tenía un aire definitivo, concluyente, como la cortina que cae al final de una obra de teatro, pero Mac se resistía a aceptarlo. No le llovían a menudo las oportunidades y si ahora se rendía tan pronto, sólo Dios sabía hasta cuando debería esperar antes de que algo así se repitiera. Tal vez toda su vida. No, definitivamente. No podía aceptarlo. El aburrimiento la mataría antes de que lo hiciera la edad. Decidida, levantó la mano cerrada en un puño y se dispuso a llamar. Sin embargo sus nudillos no llegaron a rozar la superficie. ¿A quién trataba de engañar? Ni tenía el valor suficiente para intentarlo ni la posibilidad más remota de salir airosa. Cosas así sólo le ocurrían a otra gente. Y ella era Ciara Isadora Mackenzie, la antitesis de la suerte, del éxito y del aplomo, todo concentrado en una misma persona. Pero una retirada a tiempo era una pequeña victoria y ella se alegraría por todo más tarde, al pensar que se había ahorrado hacer nuevamente el ridículo. De momento sólo quería esconderse bajo una inmensa losa de piedra y que el mundo la olvidara. Bajó el brazo y, lentamente, sin ánimo alguno, volvió a las escaleras deshaciendo sus pisadas. La subida había estado llena de expectativas, pero la bajada era una caída en picado hacia la desolación. Tal vez no sería mala idea empezar el helado, ahora en vez de reservarlo para la noche. Por si fuera poco, en la radio comenzó a sonar “Crazy” de Patsy Cline[*], hundiéndola un poco más en su miseria. Así que cuando llegó a recepción lo único que se vio capaz de hacer fue dejarse caer en la silla giratoria, de golpe, como si se hubiese quedado sin huesos. Sobre el mostrador, frente a ella, el libro de registros aún estaba tal como lo había dejado, junto al olvidado libro de Fabio, y Mac lo abrió por la última hoja escrita. Erik Ravenheart. El nombre parecía llamarla desde la página. Soñadora, recorrió con los dedos el trazo complejo de su caligrafía.

—Ah, señor Ravenheart, si usted supiera…

Dejó escapar un suspiro. ¿Serviría de algo que él supiera de sus anhelos, de su frustración, de su temor a ser enterrada en vida en aquel pueblo de mala muerte?
¿Cambiaría eso las cosas? No quería ser mezquina, pero la verdad es que lo dudaba mucho. Como siempre, lo único que le quedaba era soñar. Soñar con alguien como él, un héroe que la rescataría de su aburrimiento por unas horas, aunque sólo fuera en su imaginación. Con otro suspiro, miró el reloj de la esquina. Eran las once de la mañana. Faltaban seis horas hasta las cinco. Seis horas de incertidumbre, de desconsuelo, de sufrimiento…. y luego todo habría acabado. A las cinco él se iría. Para siempre. Jamás volvería a verlo.

Fin de la historia.

Triste como parecía, al menos así no tendría que debatirse más, se acabaría el tormento y el devanarse los sesos dilucidando como actuar. Si lo pensaba bien, la idea era hasta tranquilizadora. Miró el reloj una vez más. Seis horas.

Menos un minuto.
Menos dos.
Menos…


¡Qué narices! A la cinco volvería a intentarlo. Y es que estaba claro. ¿Por qué quedarse con la duda cuando uno podía tener el no por respuesta? Después de todo y puestos a elegir, el desengaño era una muerte rápida y piadosa, mientras que la incertidumbre resultaba una agonía lenta y cruel. Además, ¿desde cuándo el miedo al fracaso y la vergüenza habían sido antes un obstáculo? Ciertamente, no la habían detenido en sus humillantes intentos con Santos, ni con Cándido, ni tampoco con Félix [bueno, ese intento había resultado menos fallido que los demás, pero era mejor olvidarlo…]. Además a las cinco, cuando fuera a despertarle, el forastero estaría descansado y por lo tanto mucho más receptivo. Nada, que mejor dejar la duda existencial para Hamlet. Ella era una chica moderna y sabía que la suerte acompaña a los osados. Satisfecha, pensó que las cosas no pintaban tan mal y, ahora que había tomado una decisión, la verdad es que se encontraba mucho mejor. Eso sí, el día se le iba a hacer eterno hasta que llegase el gran momento. Por suerte, su abuela la ayudó a distraerse con sus dichosos encarguitos, que en cualquier otro momento hubieran resultado un fastidio pero que hoy aceptó con entusiasmo. Así que la mañana pasó rápido en una efervescencia de actividad.

A medio día, cuando el sol estaba en su punto álgido y el calor había alcanzado su temperatura máxima, el tiempo pareció ralentizarse. Con el estómago lleno tras la comida, aletargada, Mac luchaba por no quedarse dormida sobre el mostrador. El tic tac del reloj le parecía muy lejano. Las moscas zumbaban en su oído creando el efecto de una nana. Sus párpados, de pronto, resultaban muy pesados y apenas si lograba mantener la cabeza erguida. Sin poderlo evitar, cabeceó un par de veces, hasta que dio un bandazo con la testa que la hizo despertar de golpe. ¡Demonios! Pues no que se había quedado dormida… Se desperezó, bostezando y estirando los brazos, mientras parpadeaba para aclarar la visión. Ahora la temperatura había descendido, podía notar el frescor de la tarde. El pensamiento la sobresaltó y, alarmada, comprobó de inmediato el reloj de la esquina. Eran las cinco menos cuarto. Por suerte se había despertado a tiempo. Sin entretenerse más, se dirigió a la cafetería donde ella misma preparó un plato lleno hasta los bordes de bacón, huevos fritos y salchichas. Añadió un par de tostadas untadas con mantequilla y luego lo puso todo en una bandeja, junto a una humeante taza de café.

Su abuela estaba sentada en uno de los taburetes de la barra, con un lápiz tras la oreja, hojeando un montón de facturas y tecleando cifras en la vieja calculadora. Mac supuso que los números debían salir rojos, porque el rostro de doña Victoria se estaba tiñendo de ese mismo color y además tenía un Bourbon doble delante de ella. La joven trató de ser discreta, por no llamar su atención, pero al pasar por su lado la anciana enarcó una ceja y la miró con suspicacia.

—¿Desayuno completo a media tarde? ¡Qué inusual! ¿No habrás estado fumando marihuana?

Mac puso los ojos en blanco, pero no se detuvo.

—Abuela, ¿por qué siempre tienes que pensar lo peor? —preguntó, haciendo malabarismos con la bandeja mientras abría la puerta.

Su abuela se encogió de hombros.

—Negativismo realista. Es la mejor forma de evitar decepciones —la oyó responder a su espalda.

Al pasar junto al mostrador de recepción, Mac añadió a la repleta bandeja una rosa de plástico procedente del falso jarrón chino. Estaba algo desvaída y cubierta de polvo, pero la muchacha pensó que era un bonito detalle. Luego, exhibiendo la solemnidad del que lleva en sus manos las joyas de la corona, salió al exterior y procedió a subir las escaleras, sus chanclas de goma repicando en los peldaños de madera con el ritmo frenético de un bailarín de claque. Al llegar arriba, su respiración estaba entrecortada y sentía que el corazón le palpitaba con fuerza, no tanto por el ligero ejercicio como por la emoción de que las cosas estuvieran saliendo, por una vez, de acuerdo a su plan. Finalmente y por segunda vez en el día, se hallaba delante de la habitación numero once.






CONTINUARÁ...

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Última edición por Joana el Jue Ene 27, 2011 1:15 am, editado 2 veces
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anarion
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Miér Ene 26, 2011 11:18 pm

jajajjajja, aún no terminé, pero no me puedo contener "¿tercer remo a estribor?" bounce bounce bounce bounce

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anarion
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Miér Ene 26, 2011 11:31 pm

Es buenísimo, y tiene unos puntazos... jajajjaa "no parecía ser del tipo que toman el pelo, sino del que te lo arranca de cuajo, como los indios" bounce bounce bounce bounce

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Chus
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Jue Ene 27, 2011 4:16 pm

Opino lo mismo que Geni. ¡Es buenísimo!
Pero... ¿nos vas a hacer esperar meses para colgar otro trozo? Mira que es lo que me temo...
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Joana
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Jue Ene 27, 2011 4:24 pm

Um, intentaré sacar el látigo para arrearme a mí misma y meterme prisa, pero igual me gusta, me entra la vena sado-maso y aún tardo más... De momento estoy esperando a que Geni prepare el boli rojo y me haga la escabechina de rigor, juasss....

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Jue Ene 27, 2011 4:26 pm

Joana, pues si estás esperando a lo segundo... ejem, yo no digo nada. Jajaajajaja bounce bounce bounce bounce
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Jue Ene 27, 2011 4:33 pm

Chus escribió:
Joana, pues si estás esperando a lo segundo... ejem, yo no digo nada. Jajaajajaja bounce bounce bounce bounce

Pues si, me parece que lo del látigo mejor aplicarselo a ella, aunque con la mala ostia que se gata esta Genius, ya podemos luego echar a correr...

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Chus
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Jue Ene 27, 2011 4:41 pm

Tú no te preocupes que las dos estamos muy lejos de donde está ella y la pillamos un poco mal. bounce bounce bounce
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Jue Ene 27, 2011 5:34 pm

Chus escribió:
Tú no te preocupes que las dos estamos muy lejos de donde está ella y la pillamos un poco mal. bounce bounce bounce

Buff, el alcance de la Genius es muy grande, porque si no se venga en persona, lo hace al traves del relato!

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Jue Ene 27, 2011 10:03 pm

Pues siento defraudarte, salvo aguna palabra que tengo que buscar (porque no me suena, no porque esté mal) y algún acento, nada que decir.

Pero te lo juro, me encanta este relato. El señor Ravenheart supongo que será vikingo.

Juassssssssssssssss, el autolavado... que ya no me acordaba bounce bounce bounce bounce y secado alo aire libre gratuito jajajajajajaja

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Abr 29, 2011 5:28 pm



«It's my party, and I'll cry if I want to
Cry if I want to, cry if I want to
You would cry too if it happened to you»

«Es mi fiesta, y lloraré si quiero,
Lloraré si quiero, lloraré si quiero.
Tú también llorarías si te pasara a ti»

[“It’s my party” Lesley Gore] [*]



CAPÍTULO III

—¿Hola? ¿Señor Ravenheart? ¿Está usted despierto? –gritó a pleno pulmón, porque con las manos ocupadas sujetando la bandeja no podía llamar de otra manera. Ante la falta de respuesta, acercó un poco la oreja a la puerta. Desde dentro, le llegaron algunos sonidos apagados. Primero el inconfundible crujir de los muelles de la cama, seguido de rápidas pisadas en el suelo de terrazo y, finalmente, una voz ronca y pastosa por el sueño que decía “un momento”. La puerta se abrió un instante después. Cuando el forastero apareció en el vano, empequeñeciendo el espacio con su corpulencia, Mac pensó que era el tío más grande que había visto en toda su vida.

—Las cinco –anunció, mientras dejaba que una sonrisa aflorase a sus labios—, y le he traído el desayuno, como le prometí.

El olió y apreció el contenido de la bandeja con un gesto un tanto exagerado, reminiscente del adulto que juega con un niño.

—Ah, el famoso desayuno del motel Las Rositas –dijo, sonriendo a su vez—. Creí que era tan sólo una estratagema para retenerme en la habitación.

Su declaración había estado más cerca de la verdad de lo que Mac jamás se atrevería a admitir y su sonrisa vaciló un instante, al temer que él le hubiese leído el pensamiento. Sin embargo no tardó en recuperar el control. Si él conocía sus intenciones, tal vez todo resultase más fácil.

—¿Me permite? –preguntó entonces, implícitamente pidiendo su consentimiento para entrar.

El forastero se apartó a un lado para franquearle la entrada. La habitación estaba bastante oscura, iluminada tan sólo por la luz que se filtraba entre los postigos. Aun así, al pasar por su lado, Mac advirtió que su camiseta había recuperado parte de su blanco original y que lucía el acartonamiento y las arrugas típicas de la ropa lavada y secada colgando de la ducha. También percibió el aroma a jabón y a masculinidad que desprendía su cuerpo, lo que la hizo despistarse y casi volcar el contenido de la bandeja. Inquieta, la dejó sobre el escritorio, que era el mueble que tenía más cerca.

—Y bien, ¿qué tal ha descansado? –indagó, volviéndose hacia él.

El señor Ravenheart (con quien pronto esperaba tener la confianza suficiente para llamarle Erik) había cerrado la puerta y ahora descansaba apoyado indolentemente contra la jamba. Mac sintió un escalofrío. ¡Dios, era todavía más guapo de lo que recordaba!

—Pues he descansado genial. Si le soy sincero, no recuerdo haber dormido tan profundamente en mucho tiempo.

—¡Estupendo! –exclamó Mac.

Eso más o menos zanjaba el asunto y, sin nada más que añadir, de repente se hizo un vacío en la conversación. Mac sintió que los nervios volvían a hacer mella en su coraje y una risita nerviosa amenazó con apoderarse de ella. La muchacha la reprimió con presteza, porque si ahora él la consideraba una histérica, lo iba a echar todo a perder.

—¿Tiene hambre? –preguntó, en cambio.

—Sí. Mucha –respondió el forastero, pero sin apartar la vista de ella.

Un tanto confundida, disimuladamente movió la bandeja un palmo hacia su izquierda, por si le estaba tapando el objetivo. Los ojos masculinos ignoraron tan poco sutil movimiento, así que Mac, sin pensar lo que decía, sugirió:

—Entonces no espere más, que se le van a enfriar los huevos –nada más soltarlo se dio cuenta de lo que había dicho y se arrepintió de inmediato. Al mismo tiempo, sintió que un progresivo calorcillo comenzaba a extenderse desde su pecho hacia su cara y supo que se estaba sonrojando. Se hubiera dado de tortas allí mismo, pero contuvo el impulso. Una demostración semejante, como la histeria, no hubiese ayudado a su cometido en absoluto. Tratando de disimular su turbación, se dio la vuelta y añadió, casualmente, para cambiar de tema—. Abriré la ventana. La brisa de la tarde es muy agradable…

En eso no se equivocaba. Nada más abrir los postigos, una suave corriente penetró en la habitación, con un revuelo de visillos, trayendo el delicado aroma de hierba luisa y de salvia, y de enebro y de tomillo. También llegaron los sonidos del exterior, estridentes y molestos en comparación a la relativa calma que reinaba en la habitación. Un camión de Wal—Mart cruzó zumbando por la carretera y, a su paso, una bandada de gorriones levantó el vuelo entre un tumulto de trinos. En la radio, la palabrería del locutor cedió su puesto a Foreigner, que llenos de sentimiento entonaban “I want to know what love is”.

—¡Oh, me encanta esa canción! –exclamó la muchacha, entusiasmada, olvidando todo lo relativo a sus deslices lingüísticos y a los huevos del señor Ravenheart. Dejándose llevar por la melodía, comenzó a canturrear, un tanto desafinada—. I want to know what love is… I want you to show me…

Todavía recostado contra el quicio de la puerta, de donde no se había movido, él la observó con intensidad, con ojos que, más que verdes, ahora tenían el tono dorado de la miel caliente. Súbitamente, Mac reparó en su mirada, cargada de insolencia, y el azoramiento que la embargó hizo que su voz se fuera apagando. El incomodo silencio volvió a hacerse evidente, esta vez acompañado de algo más, una especie de electricidad en el aire que estaba llena de presagios. En ese instante, si Mac hubiera tenido un termostato corporal interior, éste habría subido de pronto varios grados. Vergonzosamente para ella, un examen térmico habría revelado, sin lugar a duda, que la subida de temperatura afectaba sobretodo a su zona pélvica.

—¿Y bien? –preguntó él de sopetón. Sus palabras, pero más aún su voz, ronca y sensual, la sobresaltaron.

—¿Y bien qué?

—¿Vas a enseñármelo? –siguió interrogando, mientras se acercaba a ella con la gracia felina de una pantera.

—¿Enseñar el qué?– la cabeza le daba vueltas.

El forastero se detuvo muy cerca de ella. Mac podía notar el intenso magnetismo que irradiaba su cuerpo y se sintió cautivada. Los ojos masculinos estaban fundidos en los suyos, y decían mucho más que sus confusas palabras. Su rostro ardía. Toda ella estaba consumida por el fuego. En una tórrida oleada, su sonrojo pasó del color tomate a un tono grana subido.

—Lo que es el amor, pequeña –aclaró él, finalmente.

Para Mac, aquella declaración fue como el detonador que hace explotar la dinamita. Ni siquiera esperó a comprobar si él bromeaba. En su mente ya nada importaba. Sabía (no, estaba convencida de ello) que éste era uno de esos perfectos momentos Zen donde pasado, presente y futuro se amalgamaban, fluían sin obstáculos en una dirección única, convirtiéndose en principio y final de todas las cosas. Y no es que Mac entendiera mucho de filosofías orientales. Ni falta que le hacía en ese preciso instante. Lo que sí sabía era el suficiente latín. Carpe diem. Aprovecha el momento.

Y eso hizo. Tras dejar escapar un suspiro, en realidad casi un gemido, se lanzó sin reparos a los brazos del forastero. Sus labios se encontraron un tanto violentamente y comenzaron a devorarse con la misma intensidad, que si él era pantera, ella no podía ser menos que leona. Eran dos animales desatados, en celo, dando rienda suelta a su pasión, entregándose por completo a los mandatos del deseo.

Mac se puso de puntillas, sujetándose a los hombros masculinos, tratando de profundizar más el beso. Él la rodeó por la cintura con sus recios brazos y la alzó hacia él, mientras sus lenguas se buscaban con el ansia del adicto. En su desenfreno parecían una partida de Pin Ball: chocaron contra la pared, contra la lámpara, contra el escritorio, desparramando por el suelo la bandeja y su contenido… Finalmente toparon con la cama sobre la que se dejaron caer, Mac debajo, el forastero encima. Casi cien kilos de músculo la aplastaron contra la mullida superficie del colchón. La joven apenas si podía respirar, entre el peso y sus propios jadeos. Mareada por la falta de oxigeno y la excitación, pensó, extasiada, que aquello tenía trazas de acabar convirtiéndose en algo parecido a una experiencia mística. Y cuando los labios de él abandonaron su boca y de dirigieron hacia el lóbulo de su oreja, buscando el sensible hueco de su garganta, no hicieron más que confirmarlo.

Aún era temprano para cantar el aleluya, pero avanzaban en la dirección acertada y Mac tampoco perdió el tiempo. Con un suspiro, dejó que sus manos se posaran en la prieta cintura de él, y luego, colándose bajo la camiseta, exploraron los músculos de su amplia espalda, que se contraían bajo su tacto como una máquina bien engrasada. Disfrutó de ese pequeño placer hasta que él los hizo girar a ambos, rodando en la cama hasta que la joven acabó encima, a horcajadas sobre sus caderas. Entre sus brazos, ella se sentía maleable, ligera como una pluma, y el forastero debió adivinar su fragilidad, porque la premió con una serie de tiernos besos, apenas un roce de sus labios. Luego, sin cambiar de postura, la sujetó firmemente por las nalgas y se incorporó, hasta acabar en el borde del lecho con ella en su regazo.

Mac dejó escapar un chillido, por lo brusco e inesperado del movimiento, y porque, una vez incorporados, las férreas manos no abandonaron sus glúteos, sino que estrujaron y apretaron su carne, haciendo que se acercara aún más a él. En esa posición, era imposible ignorar la mole sobre la que se hallaba sentada. ¡Dios bendito! ¿Qué escondía ese hombre bajo los pantalones? ¿Una taladradora Black and Decker? Antes de que pudiera esclarecer el asunto, las manos del forastero, grandes y poderosas, ascendieron por sus caderas y, de un tirón, le arrancaron camiseta y chaleco. Luego, recorrió los esbeltos costados, trazando una línea electrizante con sus dedos. Sus palmas eran notablemente callosas y le cosquilleaban la sensible piel y, sin poder evitarlo, Mac dejó escapar una risilla.

La risilla se convirtió en un grito ahogado cuando las manos de él alcanzaron sus senos. Allí no había demasiado que coger y Mac se alegró de haberse puesto un sujetador con relleno aquella mañana. Al forastero no pareció importarle y, por el entusiasmo con que estrujaba y los gemidos graves que dejaba escapar, ella dudaba mucho de que a esas alturas distinguiera entre lo que era propio y lo que era ajeno, lo que no dejaba de ser un cumplido. La joven se apretó más contra el pecho masculino, su excitación renovada por la evidente fogosidad de él. Volvió a besarle apasionadamente y luego echó la cabeza hacia atrás, para inspirar una bocanada de aire y para poder contemplarle. Su rostro brillaba bajo una tenue capa de sudor, bello y sensual.

Mac alzó las manos y dejó que se deslizasen por los marcados pómulos, por la mandíbula cubierta por una barba rojiza e incipiente, por sus parpados entornados, lastrados por el deseo. Pero ella quería más. Deseaba desnudarle, explorar la piel morena bajo su ropa, palpar sus poderosos músculos, admirar de cerca los tatuajes de los que antes solo tuvo un atisbo. Impaciente, tiró de la camiseta y él, adivinando sus intenciones, le ayudó a sacársela con rapidez. Al girarse para dejarla caer en suelo, pudo contemplar sus cuerpos medio desnudos reflejados en el espejo de la pared.

La visión le produjo una oleada de puro éxtasis, pero también le provocó una sensación de irrealidad, como si todo aquello le estuviese pasando a otra persona y no a ella. Para luchar contra la desagradable imagen, le rodeó con sus brazos y apretó, pellizcó y hundió las uñas en su espalda, para comprobar que era real. Por si el tacto la engañaba, le mordió en el robusto hombro, sólo por asegurarse. El forastero dio un respingo y soltó un quejido medio de dolor medio de placer, mientras que, con un rápido movimiento, su mano derecha salía disparada y la sujetaba por el pelo de la nuca. Tiró de ella hacia atrás, hasta que sus rostros quedaron frente a frente, tan juntos que sus alientos entrecortados se mezclaban.

—Eres una gata salvaje. Lo supe desde el primer momento en que te vi. ¿Sabes qué me gustaría hacer contigo?

Un escalofrío de anticipación recorrió la espalda de Mac. Él la miró con tal ardor que habría sido capaz de derretir una roca. La muchacha no era de piedra, y hacía ya rato que había comenzado a fundirse. A una distancia tan corta, pudo observar que las pupilas de él se dilataban. Sus ojos adquirieron un tono esmeralda, el de la selva más profunda y salvaje. Por unos instantes, el forastero guardó silencio, dejando que la imaginación jugase con los sentidos de ella. Luego sonrío, una seductora sonrisa de medio lado que a Mac le causó una aguda taquicardia y un terremoto de sensaciones con epicentro en su entrepierna. La joven contuvo la respiración. El forastero se inclinó hacia ella, le acarició el lóbulo de la oreja con la punta de su lengua y entonces susurró:

—¡¡¡Mooooooooooc!!!

La libido de ella se esfumó al instante, como si le acabaran de dar una bofetada.

—¿Qué? –preguntó, insatisfecha y perpleja, separándose de él.

El forastero volvió a sonreír, una sonrisa algo pícara que la puso realmente nerviosa. Con un mal presentimiento y la atención centrada en sus labios, le oyó musitar:

—¡Moc! ¡Moc! ¡Moc!

Esta vez el sonido del claxon alcanzó la conciencia enterrada en lo más profundo de su sueño y la hizo despertar de golpe. Como un resorte, alzó la cabeza del mostrador de recepción. Un hilillo de saliva conectaba la comisura de su boca con el charquito de babas que cubría el libro de Fabio, que al parecer le había servido de almohada e inspiración. En su mejilla, adherido a causa del aplastamiento, lucia un clip sujeta papeles. Al caer, el objeto dejó en la carne un bajo relieve de color rojizo, como si un fanático religioso la hubiese marcado a fuego con la señal de los no fiables. Todavía medio traspuesta, miró desorientada a su alrededor, asimilando el entorno que la rodeaba.

Luego, la comprensión de lo que había sucedido se abatió sobre ella con la brusquedad de un cubo de agua fría en pleno rostro. ¡Se había quedado dormida! ¡Todo había sido un sueño! Y su apasionado encuentro con el señor Ravenheart, ¡nada, sólo un suceso imaginario, fruto de una digestión pesada! Súbitamente, el desencanto dio paso a la peor de las premoniciones. La sospecha la dejó sin resuello y de inmediato buscó con la mirada el reloj de carillón. Cuando sus ojos distinguieron con nitidez las manillas, los últimos vestigios del sueño se disiparon por completo. ¡Joder! ¡La seis menos diez! ¡Se le había pasado la hora de la llamada! La magnitud del descuido la hizo entrar en un estado de pánico que amenazó con bloquear su capacidad de decisión.

Tenía que ir de inmediato a despertarle, pero el terror la paralizaba. Y es que si él no la estrangulaba allí mismo, en cuanto le dijera lo que había pasado, en el mejor de los casos acabaría demandando al motel. Ella solita iba a ser la ruina del negocio. Y si sobrevivía al estrangulamiento, que lo dudaba, de seguro que su abuela la mataba por lianta. Ofuscada, se debatió tanto en su fuero interno como el externo, su cerebro aparentemente inutilizado, su cuerpo sacudido por una especie de tarantela. Y fuera, el claxon que la había despertado seguía sonando con atormentadora insistencia.

—¡Ey! ¿Hola? –esta vez una voz de hombre acompañó al bocinazo— ¿No hay nadie que atienda la estación de servicio?

Joder, ¿pero dónde demonios estaba Porfirio? La gasolinera era responsabilidad suya. O al menos, para eso le pagaban. Así que era muy injusto que, la mayor parte del tiempo, acabase ella haciendo su trabajo. Encima, el condenado mejicano tenía el don de la oportunidad, porque no podía haber escogido un momento mejor para desaparecer, el muy cabronazo. ¡Menudo desastre! Y ella vacilando sin saber que hacer. ¿Debía atender la gasolinera? ¿O sería mejor despertar al forastero primero? Se oyó un nuevo bocinazo. Y otro. Y otro más. ¡Jesús, menuda algarabía estaba montando el tipo aquel! Si seguía así, no tendría ni que pasar por el trago de despertar al forastero, el imbécil del coche lo haría por ella. Lo malo es que si llamaba la atención de su abuela todo iba a ser peor. Porque en ese caso tendría que explicarle el desaguisado y de ahí al Juicio Final eran dos pasos. Esa consideración la ayudó a priorizar sus opciones. Además, habiendo demorado la llamada casi una hora, supuso que no iba a venir de otros cinco minutos. No sabía entonces que suponía mal.

Ignorando que con aquella decisión sellaba su destino, Mac salió al exterior, acompañada del tintineo de la campanilla de la puerta y el apresurado clip—clop de sus chanclas de goma sobre el asfalto. Aparcado junto a uno de los surtidores de carburante, totalmente fuera de lugar, había un Porsche Cayenne Turbo gris metalizado, matrícula de California. La puerta del conductor estaba abierta y, apoyado sobre ella, un hombre se inclinaba sobre el volante, mientras apretaba el claxon con ganas. El estridente sonido le taladró el cerebro y crispó sus nervios, como una terapia de electrochoque invertida, así que, alterada como estaba, ni reparó en la rubia oxigenada y de tetas tamaño airbag que fumaba indolentemente debajo el letrero de prohibido fumar. El hombre, al oír las pisadas de la joven acercándose, alzó la cabeza y le lanzó puñales con la mirada, evidentemente enojado por la espera.

—Ya era hora de que apareciese alguien. No sabe todo el rato que llevo aquí, aguantando a los putos mosquitos y recociéndome bajo el maldito sol. Por un momento creí que el jodido lugar estaba abandonado –renegó, con un tono de voz agudo e irritante.

En cualquier otro momento, siendo dueña de todas sus facultades, Mac se habría dado cuenta al instante de que aquel tipo era de los que llevan las palabras “cliente difícil” estampadas en la frente. Pero ahora cosas más importantes ocupaban su pensamiento.

—¿Porfirio? ¿Porfirio no está? –preguntó, mirando a su alrededor, buscando inútilmente al mejicano— ¡Ay, ay, ay! ¡Y son casi las seis! ¡La que se va a liar! ¡El destino! ¡Eso es! ¡Le diré que todo fue culpa del destino!

El conductor del todoterreno, que aunque debía rozar la cincuentena tenía un aire sorprendentemente juvenil, algo así como un cruce entre Mickey Rooney y Sonny Crockett de Miami Vice, entrecerró los párpados y la examinó con atención, la expresión de su rostro un punto medio entre el desconcierto y la exasperación.

—¡Dios bendito! ¿Y tú de dónde te has escapado, del rodaje del exorcista o del de los chicos del maíz? Porque ya puede decir la Biblia que aquel que habla en lenguas extrañas se edifica a sí mismo que, en tu caso, realmente te beneficiarias del uso de subtítulos... —comentó, meneando la cabeza en un gesto de reproche—. Lo mejor sería que, en vez de toda esa jerigonza, me preguntaras lo que quiero, aunque sólo fuera por mantener las formas…

Mac se dio cuenta de que había estado cavilando en voz alta.

—¡Oh, perdón! Por supuesto. Es solo que…

—Na, na, na –la cortó el hombre bruscamente, agitando las manos frente a su cara—, ahórrame los detalles, que si quisiera conversación me habría traído el loro. Sólo he parado para echar gasolina. Ga-so-li-na. ¿Me entiendes o te lo deletreo?

Mac respiró profundamente, haciendo acopio de paciencia. Sospechaba que la iba a necesitar, si quería finiquitar el asunto en menos de cinco minutos. Difícil como parecía, sabía que disponía de más aguante que de tiempo.

—Pues usted dirá cuanta le pongo –dijo, tratando de sonar servicial.

El hombre miró el cartel de precios.

—¡La ostia sagrada! –exclamó, abriendo los ojos como platos— ¿Cuatro dólares el puto galón? –se golpeó el pecho con el puño, tal vez por dramatismo, tal vez porque de verdad se estaba atragantando— ¡Menudo atraco! No, si ya sabía yo que esto era tierra de cuatreros. En fin, pon sólo la cantidad necesaria para llegar hasta Albuquerque, ni un centavo más. ¡Y ni se te ocurra tratar de estafarme, que te estaré vigilando!

Mac suspiró y asió la boquilla que colgaba del surtidor. Por un segundo pensó en metérsela en la boca al cretino aquel y apretar el dispensador hasta que le saliera carburante por el culo. Probablemente el Sheriff Rolston lo hubiera considerado un homicidio en defensa propia. Sin embargo se abstuvo, porque lo cierto es que necesitaban el dinero. Así que, reprimiendo el acto aunque no la imagen, se limitó a bombear dentro del depósito del coche. Eso sí, esta vez puso mucha atención a lo que hacía, porque si de algo estaba segura era de que no quería tener a semejante energúmeno como “invitado” del motel. Mientras tanto, a su espalda, el energúmeno se había sacado un iphone del bolsillo de su americana de lino y, con él alzado en una mano, daba pasos de aquí para allá, tratando de encontrar una zona con cobertura. Finalmente, frustrado, preguntó:

—Oiga, ¿no sabrá de algún sitio desde donde sea posible hacer una puta llamada?

Mac , que ya había acabado de llenar el deposito, contestó mientras colgaba la manguera del oxidado surtidor rojo.

—En el centro de Cercadillo hay una cabina telefónica…

La respuesta había sido bienintencionada, pero el energúmeno obviamente era de los que siempre ven la botella medio vacía.

—¿Se cree muy graciosa o acaso su mamacita la dejó caer de cabeza cuando era un bebé? Me refería a algún lugar con cobertura –puntualizó, plantándole el móvil debajo de la nariz para recalcarlo—. Aunque me parece que pierdo el tiempo preguntando. Seguro que por aquí aún se comunican con señales de humo… o pertenecen a uno de esos cultos retrógrados partidarios de la involución y la poligamia.

Mac apretó los dientes hasta casi hacerlos rechinar. «Contente, Mackenzie. No te pierdas ahora» se dijo a sí misma, «piensa en que no puedes malgastar el tiempo en discusiones para besugos. Piensa en la caldera. Piensa en… ¡arggggg! ¡A la mierda!»

—Es por culpa del ovni aquel que se estrelló en Roswell en el 47, ¿sabe? –proclamó, muy seria—. Por alguna razón que el gobierno intenta ocultar, eso afectó las ondas electromagnéticas de toda la región. Nada especial, bueno al menos no al principio. Sólo algún que otro caso de esquizofrenia aquí y allá, esporádicas abducciones acompañadas normalmente de laparoscopias rectales, y el típico surtido de mutaciones genéticas debidas a la radioactividad. Sin ir más lejos, mi tío Raimundo tiene cuatro tetas así de gordas, y una polla que se mete en el calcetín para que no le arrastre por el suelo. Pero lo malo de verdad llegó cuando esos desaprensivos de la Qwest decidieron erigir un mastil repetidor en Cercadillo. Encima de que no funciona, a partir de entonces todo fue ir cuesta abajo y sin frenos: ritos satánicos, canibalismo, asesinatos en serie. ¿Se cree que hasta hemos salido en el libro Guiness de los récords? Somos oficialmente la capital mundial del crimen violento. Le quitamos el título a Johannesburgo el año pasado…

—¿De qué demonios esta hablando?

—¿No había oído hablar nunca de los desastrosos efectos secundarios de la torre de telecomunicaciones de Cercadillo? Una vergüenza, la verdad. Estamos recogiendo firmas para que la desmantelen. ¿No le gustaría colaborar? Salvar vidas es siempre una causa muy noble…

Al escuchar la historia, cautivada y horrorizada al mismo tiempo, la rubia se había acercado a ellos. Mac, que no había reparado en ella hasta entonces, dedujo que debía ir con el energúmeno, a menos que hubiese aparecido en mitad de la gasolinera por generación espontánea. También advirtió que era mucho más joven que su insufrible compañero. En realidad, podría haber sido su hija, o incluso su nieta, pero Mac lo dudaba mucho. Con su ajustado vestido de estampado de leopardo no parecía la típica nietecita que comparte caramelos con su abuelo.

— ¡Ohhhhh, Ralphie! —gimoteó con una vocecita infantil— ¿Es eso cierto? Me dan escalofríos sólo de pensarlo. Además, ¿no era por aquí cerca donde vivía Ed Gein? ¡Dios, qué lugar más espeluznante! Por favor, cariño, marchémonos pronto…

Mac tuvo que ocultar una sonrisilla de satisfacción fingiendo un ataque de tos repentina. Ya sabía ella que con esa trola los iba a despachar bien rapidito. Sin embargo, no contaba con que el tal Ralphie, a parte de ser un hueso duro de roer, carecía de la ingenuidad de la rubia neumática.

—¿Y qué coño sabrás tú de lugares —le espetó, cortante—, si tu hábitat natural se encuentra entre la peluquería y el salón de belleza? Difícilmente te convierte eso en una experta.

—No seas malo, Ralphie, que te juro que es verdad. Hasta se me ha puesto el vello de punta…

En vez de replicar de inmediato, como parecía ser típico en él, Ralphie se tomó el tiempo y la ¡oh-cosa-extraña! deferencia de mirar a su alrededor por primera vez desde que habían parado en la gasolinera. Al hacerlo, guardó silencio durante unos segundos, lo que no distaba mucho de ser un auténtico milagro.

—¿Sabes? Puede que esta vez tengas algo de razón –concedió finalmente—. Este lugar posee algo, un no-sé-que especial…

Extendió los brazos frente a él e hizo un marco con el pulgar y el índice de ambas manos. De esta guisa, giró sobre sí mismo, examinando el paisaje con ojos de profesional, dejando escapar algún que otro apreciativo “Um”. Luego se alejó unos pasos hasta el borde de la carretera, donde no pudieran oírle, y sacó una grabadora del bolsillo. La puso en marcha y comenzó a hablar.

—Nota para mí mismo. El lugar se llama… errr, ¿Cerrillo? ¿Cercadillo? Sí, eso es. Cercadillo. A grandes rasgos es un lugar inhóspito y desolado. Evoca aislamiento, tormento, endogamia. Creo que sería la localización perfecta para el rodaje de “Mad Max IV: más Mad Max” o “TBO: las colinas aún tienen ojos”. Nos ahorraría mucho dinero en decorados y probablemente en extras también, que el maquillaje de mutante no resulta barato. Fin de la nota.

Apagó la grabadora con un seco clic y se volvió hacia Mac, que creyó ver en ese instante la ocasión propicia para finiquitar la transacción. La joven, tras echar un vistazo al contador, hizo un rápido cálculo mental, pero cuando iba a abrir la boca para anunciar el importe oyó a la rubia a su espalda que exclamaba:

—¡Ohhh, Ralphie cariño, mira! Dice en ese letrero que en el interior disponen de supermercado y tienda de souvenirs. ¿Ohhhhhhh, podemos entrar? Di que sí, di que sí, di que sí…

Mac torció el gesto, esperando de todo corazón que el energúmeno de Ralph, con la zafiedad que le era propia, se negara en redondo. Sin embargo, el muy capullo parecía tener una agenda oculta que nada tenía que ver con sus propios y apremiantes planes.

—¿Por qué no? Estamos de vacaciones. Disponemos de todo el tiempo del mundo.

¡Pero yo no! gritó Mac mentalmente, mientras les seguía al interior de la oficina, preguntándose a sí misma si era posible sufrir una apoplejía a los diecinueve.

La “oficina” no era más que un triste edificio prefabricado, diminuto y de forma rectangular, en cuyo interior se aglomeraban una variopinta colección de alimentos, repuestos de automóvil y vitrinas con souvenirs de lo más hortera. En un extremo había una mesa de metal montada en caballetes, sobre la que se disputaban el exiguo espacio una radio de madera, la caja registradora, un teléfono de disco de baquelita negra y un viejo ventilador, que coronaba una pila de periódicos amarillentos, y ante el cual volaban decenas de tiras y lazos que alguien había amarrado a la rejilla. Dentro, sin que fuera una sorpresa, no había ni rastro de Porfirio. Igual esta vez los extraterrestres lo habían abducido de verdad, pensó Mac. Con un ramalazo de mala leche, esperó que la consabida exploración anal resultara especialmente dolorosa.

—Si pueden darse un poco de prisa se lo agradecería enormemente…

Nada, ni siquiera parecía que la hubiesen escuchado, absorbidos como estaban por los fascinantes tesoros que ocultaba aquella especie de cueva.

—Guau, este establecimiento es casi un museo. Fíjate que colección de postales más asombrosa. Al principio creí que se trataba de réplicas, pero no, son originales de la época. Mira ésta. Es de 1913. Y esta otra de 1871. Increíble. Tengo un amigo anticuario en Pasadena que realmente estaría interesado en algo así…

Mac, de reojo, comprobó la hora en el reloj de pared. Las seis y cinco. Impaciente, comenzó a tamborilear con los dedos en el mostrador.

—Y también tienen un surtido muy extenso de snacks regionales: borrachitos, calaveras de azúcar, obleas, mazapán…— observó la rubia.

—Olvídate del mazapán, Loretta. Tiene como un millón de calorías y si engordas un solo gramo más, vas a perder el papel en “Mujeres Descerebradas”. Mejor cómprate un polo, que tiene cero por ciento de grasa.

Las seis y diez. Mac apretó los dientes y resopló con la intensidad de un toro embravecido.

—Cariño, pero que razón tienes –concedió la rubia mientras metía la cabeza en el congelador—. ¿Qué gusto me recomiendas? ¿Piña?
Ralphie se encogió de hombros.

—¿Cola?

Ralphie ponderó oscilando la cabeza.

—¿Limón?

Ralphie no tuvo tiempo de objetar nada porque Mac profirió un alarido que los dejó a ambos paralizados.

—¡Joder! ¿Pero qué gilipollez es esta? ¿Es que van a tirarse todo el puto día para comprar una mierda de helado? Desde luego, hay que ser imbécil…

El energúmeno, sin soltar el manojo de postales, se giró hacia ella y con fría y calculada calma dijo:

—Ralph Franchetti.

—¿Qué?

—Ralph Franchetti, el nombre que, gracias a mis abogados, no vas a olvidar jamás.

Aunque el desquite había sido de lo más liberador, Mac ya comenzaba a ver que le iba a salir muy caro. Encima, tendría que pagar con una moneda de la que precisamente no andaba sobrada: tiempo. El nerviosismo y la tensión la hicieron acobardarse, mientras que un sudor frío humedecía sus axilas. Cercana a la histeria, pensó que en lo relativo a las demandas, al pobre Ralph igual le convenía ponerse a la cola. Después de todo, aún tenía que lidiar con el asunto Ravenheart, y dudaba mucho de que, a estas alturas, un simple desayuno resultara compensación suficiente. Sin poderlo evitar, comenzó a reír como una loca.

—Venga, hombre, si solo era una broma. ¿Cómo iba yo a decir algo así en serio?

—Quiero el libro de reclamaciones. Y además, en cuanto vuelva a Los Ángeles, voy a cursar una queja formal con el comité de protección del consumidor.

De mal en peor. Ese fue el primer pensamiento que cruzó por su cabeza. Y tal como pintaban las cosas, no parecía que la situación fuera a mejorar. Con un último vestigio de cordura, la joven decidió que tal vez hubiera llegado el momento de sacar la artillería pesada. Ya se sabe, a grandes males, grandes remedios.

—¡Perdón, perdón, perdón! No sé por qué dije lo que dije –suplicó Mac, sujetando a Ralphie por las solapas—. Actuaba bajo una gran presión emocional… yo… yo… padezco del síndrome de tourette… ¡todo fue culpa del mástil!

Ralphie le apartó las manos de un revés y luego, meticulosamente, se alisó la chaqueta.

—El libro de reclamaciones –exigió—. Ahora.

La joven se mordió el labio, mientras elucubraba como salir del embrollo.

—Pero… seguro que hay alguna manera posible de compensarle. Mire. Se lo dejo todo gratis, la gasolina, las postales, toda la comida que quiera…

Para corroborar sus palabras, comenzó a embuchar artículos dentro de una bolsa de papel: varios boletos de lotería, analgésicos, una caja de tampones… lo que tenía a más mano, sin ningún orden ni concierto.

—Gracias. Muy generosa. Y con la bolsa, ¿sería tan amable de pasarme también el libro de reclamaciones? ¿Por favor?

Mac se detuvo de golpe y dejó escapar un suspiro, derrotada, antes de darse la vuelta y buscar el libro de reclamaciones en la estantería que se hallaba detrás suyo. Lo encontró oculto bajo una gruesa capa de polvo, signo no de la buena calidad del servicio sino más bien indicio de los pocos clientes que por allí pasaban. En el mismo instante que lo asía, en la radio comenzó a sonar “Big girls don’t cry” de Frankie Valli y los Four Seasons. [*].Apretó con fuerza los dientes y reprimió el impulso de empezar a dar patadas a algo, a cualquier cosa, comenzando por la radio y acabando sin duda con los dientes del jodido Ralphie. En vez de eso, dejó caer el libro en la mesa de metal, levantando una densa polvareda, y trató de canalizar en su mirada todo el desprecio que sentía.

—¿El hombre es un lobo para el hombre, eh?— apostilló, entre sarcástica y resentida.

Imperturbable, Ralphie se llevó la mano al bolsillo de la americana, de donde sacó un bolígrafo plateado y un pañuelo con el que cubrirse la nariz.

—Eso dicen –apretó el botón para sacar la punta del boli y preguntó, con fingida inocencia—. Deplorable, ¿se escribe con uve o con be?

Mientras Mac luchaba por contener una nueva oleada de fiebre asesina, se abrió la puerta del lavabo de caballeros y apareció Porfirio, abrochándose los pantalones.

—Buff, con la Virgen de testigo, que los frijoles de la cena han salido que parecía de nuevo cuatro de julio –anunció, agitando la mano delante de su rostro para disipar la vaharada pestilente que le acompañaba—. Aviso que si alguien quiere visitar el lavabo ahora, lo haga bajo su cuenta y riesgo, que no admito responsabilidades…

Seis pares de ojos se volvieron de inmediato para mirarle.

—Anda, clientes –proclamó lo obvio—. Mejor me lavo las manos…

Como un torbellino, Mac se dirigió hacia la puerta, alegrándose de poder marcharse, aterrada hasta la médula por tener que hacerlo. En su interior, sabía que una confrontación mucho peor podía estar esperándola.

—No será necesario –afirmó—. Ya les atendí yo, y creo que se marchan en cuanto acaben de rellenar el formulario.

—Ah, vaya, de haber sabido que estaba todo bajo control, no me hubiera dado tanta prisa…

Desde el umbral, Mac le fulminó con la mirada.

—Ya hablaremos más tarde, tú y yo. Ahora tengo algo importante que hacer, pero no pienses que vas a librarte.

—Pero jefa, ¿qué he hecho yo ahora? –se lamentó Porfirio, levantando los brazos y clamando al cielo—. Cuando la naturaleza llama, no se le puede hacer oídos sordos. Si uno ha de ir, ha de ir.

—Menuda pieza está hecha –agregó Ralphie, que difícilmente se iba a quedar callado—. Además de insultar a los clientes, también tiraniza a los empleados. Si yo fuera usted, no permitiría que me pisotease así. Mire, aquí le dejo la tarjeta de mi abogado…

Mac puso los ojos en blanco y trató de escabullirse todo lo rápido que pudo. Por suerte para ella, en cuanto la puerta se cerró a su espalda, las voces se extinguieron al instante. Fuera de su vista, resultaba mucho más fácil relegarlos al olvido, concentrarse por fin en lo que tenía por delante. Aunque quisiera ignorarlo, era angustiosamente consciente de que se le presentaba un problema grave. Levantó la mirada y, con creciente preocupación, advirtió que el cielo comenzaba a teñirse de dorado y púrpura, los colores del ocaso. El día se aproximaba a su fin. Apresurándose, cubrió la distancia que separaba la oficina del motel en una rápida carrera que la dejó sin aliento. Al pie de la escalera, asió a la barandilla y se detuvo un momento. De repente parecía que sus costillas se habían estrechado, constriñendo su pecho de tal forma que el corazón le latía en la garganta. Pero la causa de su ahogo no era tanto la carrera como la ansiedad. Ominosamente, igual que una letanía, recordaba las palabras del desconocido.

«Es realmente importante que me haya ido antes del anochecer».

Sabía que no era una exageración, que él lo había dicho en serio. De alguna manera, era vital que no estuviera allí al anochecer. La trascendencia de su requerimiento no estaba tanto en sus palabras, sino en como lo había expresado. Aún ahora, al recordarlo, sentía un escalofrío en la nuca. Pero, ¿por qué? ¿Qué motivos había para que algo en apariencia tan banal resultase tan importante? Mientras subía por las escaleras, su mente desbocada se apresuró en llenar todos los huecos.

En un fogonazo de imágenes imprecisas, ve a Erik Ravenheart a horcajadas sobre su Harley. Él la mira, muy siniestro, y suelta aquello de “es realmente importante que me haya ido antes del anochecer”. A continuación se pone el casco, arranca la moto y se aleja hacia una bonita casa en los suburbios, rodeada de un gran jardín con césped de un verde intenso y árboles de ensueño. El sol comienza a ponerse en el horizonte y lo baña todo en una luz etérea. Erik aparca la moto, se baja, camina hacia la puerta, la abre y es recibido por una mujer perfecta y un par de retoños también perfectos, que le presentan una encantadora tarta en la que arden un círculo de velas. ¡Feliz cumpleaños, papa! gritan todos a la vez.

Lo consideró por un instante e inmediatamente negó con la cabeza. Nop, segurísimo que no.

Erik Ravenheart de nuevo a horcajadas sobre su Harley. La mira, aún más tétrico, y otra vez suelta aquello de “es realmente importante que me haya ido antes del anochecer”. A continuación se pone el casco, arranca la moto y se aleja hacia una ciudad no identificada y un hospital desconocido. Empieza a atardecer. El sol, que brilla entre nubes oscuras y espesas, lanza rayos que recuerdan una ilustración bíblica. Es un lugar absolutamente lúgubre, melancólico. Erik aparca la moto, se baja, camina hacia la puerta, la abre y entra en una habitación donde varios miembros de una familia desconsolada permanecen de pie alrededor de un lecho. En la cama, yace un anciano moribundo conectado a un millón de cables y aparatos. Un coro de rostros desvaídos se vuelven hacia él. ¡Qué bien que llegaste antes de que tuviéramos que desconectar a papá! exclaman todos al unísono.

Bastante inverosímil, admitió, pero podría ser.

Un deja vu de Erik Ravenheart a horcajadas sobre su Harley. La mira, hosco y amenazador, y suelta “es realmente importante que me haya ido antes del anochecer”. A continuación se pone el casco, va a arrancar la moto y, en ese mismo instante, como filmado a cámara rápida, el sol desciende y se oculta en el horizonte. Simplemente desaparece y se hace la oscuridad. Erik se convierte de pronto en una figura tenebrosa e inmóvil. Con la voz deformada por el casco dice: «Te lo advertí pero no me hiciste caso. Ahora, es demasiado tarde. Ya no tengo prisa. Ven, acércate, te voy a enseñar… —de repente, de alguna parte, saca un cuchillo enorme que refulge en su mano— … como brilla la sangre a la luz de la luna». Mac se lleva las manos a la boca, para ahogar un chillido y, durante un segundo, ve su propio rostro reflejado en la visera del casco. Es El Grito de Munch a la Mackenzie, piensa. Luego el cuchillo se alza, todo se tiñe de rojo y ya no hay tiempo para pensar.

Aterrorizada, jadeante, se detuvo de golpe ante la puerta numero once, por un instante demasiado espantada para llamar. Lo cierto era que, entre su imaginación y la auténtica gravedad del asunto, se había puesto al borde de un ataque de nervios. Vamos, si hasta podía sentir el sabor de la adrenalina en su boca, mezclada con un cierto regusto a bilis. Vacilante, se preguntó si Erik Ravenheart era realmente un psicópata. A ella le había parecido un hombre normal, aunque estuviera dentro de la categoría de macizorro desbragador, que no era muy corriente.

Sin embargo, según el FBI, en los EEUU, en cualquier momento dado, hay una media de 50 asesinos en serie activos y sin identificar. El 85% total de semejante género concentrado en un único país, lo cual no resultaba un dato demasiado tranquilizador. Aunque, puestos a considerar estadísticas, ¿cuándo era la última vez que alguna de sus fantasías se había hecho realidad? La respuesta era un rotundo nunca, y eso lo ponía todo en perspectiva. Desechando sus temores, alzó por fin la mano y golpeó la puerta con los nudillos. Su acción produjo un clamoroso repiqueteo que resonó enérgicamente en la quietud de la tarde. Esperó unos segundos, cambiando el peso de un pie al otro, impaciente. No obtuvo respuesta, así que volvió a llamar, golpeando aún con más fuerza. Nada. Ni un murmullo. Aquello empezaba a darle mala espina.

—¿Hola? ¿Señor Ravenheart? ¿Está dormido?

Silencio absoluto, exceptuando el cantar de las chicharras y el irregular sonido de su respiración. Aunque claro, difícilmente iba a responder si estaba dormido, ponderó tras un instante. Recriminándose su propia estupidez, procedió a asestar otra andanada. De nuevo solo le respondió el eco. La muchacha frunció el ceño. Si hasta ahora había sido una victima del melodrama y la exageración, en ese momento comenzó a preocuparse de verdad. Tratando de ignorar el mal presentimiento que se había adueñado de ella, rodeó el picaporte con la mano y lo hizo girar. Para su sorpresa, la puerta no estaba cerrada con llave y pudo abrirla de inmediato. Casi hubiera preferido lo contrario, porque ahora se veía en la coyuntura de dar el paso siguiente, que era entrar.

Lo hizo con reticencia, insuflándose valor y dejando que sus ojos se acostumbraran poco a poco a la penumbra. Al cabo de unos minutos, pudo distinguir a Raven tirado boca arriba sobre la cama, cubierto tan sólo por una toalla de baño que rodeaba sus caderas, una pieza de tela minúscula y raída que apenas ocultaba aquella parte de su anatomía insinuada entre sombras y relieves. Voluminosos e imponentes relieves, se puntualizó a sí misma. Por desgracia, todo el estrés padecido le había arruinado total y completamente la libido. Aún vacilante, se acercó un par de pasos a la cama, con la sensación de que algo iba mal, reprimiendo el impulso de salir por patas. Después de todo, una no se hacía experta en cine de terror sin acabar aprendiendo algo.

—¿Señor Ravenheart?

Él no respondió. Tampoco se movió. Mac, a pesar de su cautela, se acercó un poco más.

—¿Erik? –tanteó, de manera experimental.

Desde donde se hallaba ahora, apenas a dos pies de distancia, pudo apreciar que él estaba muy pálido. Tanto, que el contraste entre su piel y los tatuajes le hacían parecer una fotografía de sí mismo en blanco y negro. Con innegable aprensión, Mac alargó la mano para zarandearle por el hombro y tratar de despertarlo. Al rozar su piel, se dio cuenta de que estaba más frío que un muerto. Retrocedió de golpe, llena de espanto, soltando un improperio.

¡Muerto! ¡Estaba muerto!

Temblorosa, se llevó la mano a la frente. Respiraba demasiado rápido, híper ventilándose, y comenzaba a sentirse mareada.
Un fallecimiento inexplicado en el hotel. Exactamente lo que le faltaba. Ahora, aparte de tener que involucrar a su abuela, también tendrían que avisar al sheriff Rolston. Se estremeció al pensar en la instructiva conversación que iban tener, cuando el sheriff le refiriera el incidente de los prismáticos a medianoche frente a la casa de Santos. ¡Lo haría parecer todo tan sórdido! Ahogando un gemido, se acercó de nuevo al cuerpo gélido e inerte. Sin ningún tipo de contemplaciones, lo sacudió para revivirlo, le buscó el pulso en la garganta y puso su oído sobre su pecho esperando escuchar un latido.

—¡Por favor, señor Ravenheart, no me haga esto! ¡Vénguese de otra manera!

Desesperación. Había creído conocer el significado de esa palabra, pero en realidad no lo había sabido hasta entonces. Casi hubiera preferido seguir en la ignorancia, la verdad. Esto era terrible. Catastrófico. El fin de su vida, sino literal, al menos metafóricamente. Enloquecida, lo zarandeó con todas sus fuerzas y luego, en un vano intento de reanimarlo, le golpeó furiosamente en el pecho, allá donde suponía que se encontraba el corazón. Debía seguir intentándolo, aunque algo dentro de ella le decía que era una esperanza fútil. Con los brazos doloridos, se tomó un segundo para decidir que hacer a continuación. Tenía la mente en blanco y reconoció que se estaba quedando sin opciones. Como último recurso, y aunque era reacia a hacerlo (¡quién hubiera dicho que ese era precisamente su sueño hacia solo un rato!) se arrodilló junto a él en la cama, le apretó la nariz con los dedos y luego se inclinó hasta que la boca masculina estuvo a su alcance.

Inspiró profundamente, dispuesta a henchir los vacíos pulmones con una bocanada de aire, pero cuando sus labios casi se rozaban, él abrió súbitamente los ojos. Mac se detuvo en seco. Sus pupilas parecían grises, nebulosas como clara de huevo frito, y rodeadas por un halo rojo. La joven profirió un grito de puro terror, sin preocuparse más de si sus temores eran infundados o no, un chillido tan agudo y ensordecedor que debieron oírlo hasta en la cafetería. Presa del pánico, intentó apartarse de él y cayó de espaldas al suelo. Al grito de espanto se sumó un alarido de dolor.

Él, tal vez sobresaltado por el griterío, se incorporó bruscamente en el lecho. A Mac se le estranguló la voz en la garganta. Paralizada, sin salir de su asombro, advirtió como él inspiraba con profundidad, igual que un ahogado que de repente rompe en la superficie del agua, luchando por respirar. Le contempló en silencio, boquiabierta, maravillándose por la manera que él había pasado de estar muerto, o al menos en estado catatónico, a estar, bueno, vivo de repente. Igualito que en una novela de Poe, se dijo a sí misma.
De pronto, el resucitado señor Ravenheart pareció recuperar algún tipo de conciencia, como si su alma hubiese vuelto a su cuerpo tras una experiencia extracorpórea. Giró la cabeza y la miró fijamente. Sus ojos volvían a ser verdes.

—¿Qué hora es? –preguntó.

Teniendo en cuenta la índole y la magnitud de lo que acababa de ocurrir, su pregunta resultó tan mundana que, súbitamente, Mac se sintió ridícula. Además, le recordó el origen de todos sus problemas. Pensando en ello le fue imposible contestar. Ante su silencio, Raven se levantó de golpe y en un par de zancadas estuvo a su lado. Mac se encogió y soltó un chillido involuntario, cubriéndose la cabeza con los brazos. Había llegado la hora de la retribución, sospechaba, pero él pasó junto a ella sin tan siquiera mirarla. Finalmente alzó la vista. Él estaba junto a la ventana.

—Lo siento –dijo, casi en un lamento.

Con movimientos precisos y veloces, él corrió los visillos y empujó los postigos hacia fuera. Una luz dorada bañó su cuerpo, creando claroscuros con sus músculos, haciéndole parecer una estatua de bronce. Ante el esplendor del atardecer, apretó los dientes y soltó una maldición.

—Lo siento mucho, de verdad –insistió la muchacha.

Ravenheart pareció no oírla y, si lo hizo, ignoró por completo aquel inútil intento de disculpa. Mac se levantó muy despacio y, sin quitarle el ojo de encima, igual que una gacela herida vigila al león que la ronda, retrocedió paso a paso hacia la pared, tratando de alejarse de él. Él, por su parte, abandonó la ventana y en dos zancadas se encontró en el rincón donde, junto a sus alforjas, había una pila con su ropa. Como si estuviera solo en la habitación, dejó caer la toalla al suelo y comenzó a vestirse a toda prisa.
En un rápido vistazo, los ojos de Mac fueron desde la estilizada forma de trapecio invertido que formaba su espalda, pasando por la esbelta cintura (con un par de hoyuelos al final de la columna), para acabar en los apretados glúteos que, muy reveladoramente, eran un de un tono de piel bastante más claro que el resto.

De nuevo pensó en como hubiera disfrutado de un momento así tan sólo una hora antes. Si pudiera retroceder en el tiempo. Sesenta minutos atrás todo era posible en los brazos de Morfeo. Y ahora… ahora algo en el aire traía el innegable aroma del peligro. Todavía mirándole de reojo, controlando sus movimientos, la joven giró la cabeza para atisbar por la ventana. Intuía que allí fuera había algo ominoso y amenazante, lo suficientemente siniestro para provocar una reacción de alarma en un hombre como él. Y sin embargo, no vio nada que no hubiese visto un millón de veces antes. Otro atardecer cualquiera en los llanos de Nuevo México. Igualito que el de ayer y, probablemente, idéntico al de mañana.

Se deslizó con la espalda contra la pared, hasta que los visillos de la ventana se arremolinaron a ambos lados de su cabeza. De pronto se había levantado una enérgica brisa. Pero tampoco aquello era nada fuera de lo ordinario. La ventisca hizo que una rodadora saltase por la carretera y arrancó notas musicales de la campanilla del motel, que sonó con la delicadeza y armonía de un carillón. ¿Acaso era aquella la calma que precede a la tempestad? Mac contuvo el aliento. El peligro no está en lo que se ve, sino en lo que se oculta, razonó, sin ser consciente de donde había salido semejante pensamiento. Frente a sus ojos, la luz vaciló, cambió, se volvió más mortecina. Lentamente, el disco solar, de un rojo intenso, se hundió hasta desaparecer por completo tras el horizonte. El ocaso duró a penas unos segundos. Luego, se hizo la oscuridad.




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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Abr 29, 2011 5:29 pm

Sobre el infame Ed Gein...

http://es.wikipedia.org/wiki/Ed_Gein

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Sáb Abr 30, 2011 11:11 pm

Muy bueno, muy bueno

por cierto, la canción de Drácula de Tierra Santa, puede que te sirva para otro capítulo:

"Y el mal se hizo dueño de él
en monstruo le convirtió
asesino y cruel.

Hay un alma inmortal
que vaga en la oscuridad.
Hay un alma inmortal
que busca tu sangre.
Y aunque te escondas él te econtrará
y buscará entre tu mente
y tu alma suya será"

https://www.youtube.com/watch?v=ZTRBLOjh3SU

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Dom Mayo 01, 2011 11:32 am

Ya me he apuntado la canción. Para empezar el próximo capítulo ya tengo dos pensadas, pero ésta me va ideal para el siguiente! lol!

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Mar Mayo 24, 2011 7:43 pm

Jolín, es que cuantas más veces lo leo, más me gusta.

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Mar Mayo 24, 2011 8:50 pm

Jajaja, a mi miedo me daba que, después de ver que en el video no salía un melenudo , le fueras a coger manía!

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Mar Mayo 24, 2011 9:20 pm

Para nada. Por cierto me mola el actor de Spartacus para Jordan McGregor ¿no habrá alguna fotillo por ahí o trozo de peli que nos sirva para el asunto del video de los mafiosos?

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Mar Mayo 24, 2011 11:00 pm

Siiiii, Andy Whitfield superguaperas!




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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Miér Mayo 25, 2011 11:05 am

jajaja pero aquí no nos da el pego como Jordan. vou a tener que abrir un post par el casting de los personajes que nos faltan por ponerles cara jaja

Pero aquí la de perfectamente jajaj


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Última edición por anarion el Miér Mayo 25, 2011 11:24 am, editado 2 veces
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REVENANT: CAPÍTULO IV
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