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 REVENANT: CAPÍTULO IV

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Joana
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MensajeTema: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Nov 27, 2009 12:42 am

Bueno, este era el relato supuestamente de Halloween que, como uno de esos monstruos radioactivos crecio y crecio. Lo que os dejo ahora, que es el prologo, en principio era el relato entero, pero luego se me ocurrio la continuacion y claro, me daba pena no seguirlo. Como la musica es importante y sustancial al relato, si pinchais donde pone
[*] podeis escuchar las canciones...









Prólogo
Nueva York
Finales de verano


«Have you ever been alone at night
Thought you heard footsteps behind
And turned around and no one's there ?
And as you quicken up your pace
You find it hard to look again
Because you're sure there's someone there»

(“Fear of the Dark”, Iron Maiden)
[*]




Peackock’s, en el corazón de Chelsea, era la discoteca de moda de Manhattan este. Como tal, gozaba de una exclusiva clientela compuesta, mayoritariamente, por un nutrido grupo de famosillos y exhibicionistas sociales en busca del escaparate ideal donde dejarse ver. El resto lo constituían una amalgama de marginados, de pervertidos y de don nadies, que como sombras elusivas se conformaban con regalarse la vista en uno de los mercados de carne más exclusivos de la ciudad. Una simbiosis perfecta, podría decirse, aunque no exenta de cierto grado de patetismo.

Ese sábado noche, como cada fin de semana, el local estaba abarrotado hasta los topes. La atmósfera en el interior era densa, cargada de humedad y de una mezcolanza de olores, entre ellos el abrumador efluvio de perfumes caros y aquel aroma dulzón del humo artificial producido con glicerina. En la pista, codo con codo, la variopinta concurrencia bailaba al son de Lady Gaga y su “Pokerface”)
[*]
, cadencia y movimientos ralentizados por el engañoso efecto de una luz intermitente. Las figuras, agitándose con un ritmo compartido, parecían una masa compacta, casi homogénea, y formaban una oscilante marea de brazos alzados. En medio de aquella muchedumbre, por su absoluta inmovilidad, destacaba una delgada figura femenina. Con su cortísimo vestido de lentejuelas blanco y su cabello rubio platino, la joven parecía una escultura de mármol, de esas que suelen encontrarse en los viejos cementerios. Rodeada por desconocidos, miraba a su alrededor con cierta aprensión, como si temiera algo o como si huyese de alguien, sus larguísimas y espesas pestañas proyectando sombras oscuras sobre unas mejillas increíblemente delicadas. Sin embargo, su turbación era del todo innecesaria. El gentío que la rodeaba no parecía haber reparado en su presencia. Tan sólo un par de ojos, a cierta distancia, la observaban con gran intensidad.

Sentado en la barra principal, junto a la entrada, Jasper Griffin poseía la mirada calculadora y fría de un felino. Por norma general, las mujeres acostumbraban a describirle como un tipo con cuerpo de Adonis y rostro de ángel. Lo cual era cierto, aunque la definición que más se ajustaba a su naturaleza era depredador. Un depredador ladino y oportunista como un zorro, que se valía, sin ningún escrúpulo, de inocentes y desamparados. Y todo ello sin necesidad de más instrumento que su hermosura y su atractivo físico. Esta noche, como casi siempre, vestía enteramente de negro: camisa de seda de Hugo Boss, tejanos pitillo de Armani y botas de cocodrilo Lucchese Classic. Sobrio, pero innegablemente distinguido. La muchacha, ajena a su escrutinio, parecía haber salido de su trance y avanzaba entre la aglomeración hacia donde un letrero luminoso anunciaba “salida”. Griffin, sin quitarle la vista de encima, acabó de un trago su bebida y se levantó del taburete que había estado ocupando. En los altavoces que bordeaban la sala, Lady Gaga dio paso a LaRoux y “In for de Kill”
[*]
. Escuchó los primeros acordes antes de que las puertas se cerraran a su espalda y súbitamente enmudecieran la música.

Fuera, en contraste, se respiraba el aire fresco del verano. Una ligera brisa ondulaba las verdes hojas de los ginkgos y agitaba las ramas de los cerezos en flor. Jasper pudo ver que la muchacha se había detenido junto al enrejado de un video club, su vista vuelta hacia la calle que, a tan avanzada hora, se hallaba casi desierta. Se mantuvo a una distancia prudencial, silbando el estribillo de la canción que acababa de oír. En la quietud de la noche, había algo sobrecogedor en la forma que su boca modulaba las notas, una determinación que casi helaba la sangre (1). Encendió un cigarrillo simulando indiferencia y, cuando alzó el rostro para exhalar una bocanada, aprovechó la oportunidad para inspeccionarla mejor. A la tenue luz de las farolas, comprobó con satisfacción que era joven y muy bonita, tan delgada que el vestido holgado y los zapatos rojos de tacón alto le daban un aire de niña probándose la ropa de mamá frente al espejo. Dulce y tierna como algodón de azúcar, pensó. Dio una profunda calada y, por un instante, la mano que sostenía el cigarrillo escondió una sonrisa perversa.

Con parsimonia, como un cazador que no quiere asustar a su presa, se acercó unos pasos a ella. La muchacha se rodeaba a sí misma con los brazos, como si tuviera frío. Jasper dejó caer el cigarrillo al suelo y lo pisoteó hábilmente con la puntera de su bota. Entonces, exudando seguridad, dio comienzo a la farsa que, con un poco de suerte, le ayudaría a cobrarse la pieza. Ostentosamente, para llamar su atención, echó un vistazo a su reloj de pulsera. Luego, dejó caer los hombros y lanzó un sonoro y largo suspiro. La joven apenas le miró de reojo. Griffin se acercó un poco más.

—Hola. ¿Llevas mucho rato aquí afuera? –preguntó, y luego, sin darle tiempo a contestar, añadió— ¿No habrás visto salir a un chico más o menos de mi estatura, con el pelo teñido de azul y que viste una chupa de cuero con el logo de los Linkin Park?

—No —respondió ella vacilante, entre cohibida y desconfiada.

Con ensayada naturalidad, se pasó la mano por el cabello de un negro intenso, retirando el largo flequillo de la frente y dejando al descubierto unos ojos hermosos, de un azul cristalino.

—Dios, si no lo encuentro pronto, voy a tener entre manos un problema muy gordo. Gordísimo —dijo, sacudiendo la cabeza en un gesto de fingida consternación.

Con un reconocimiento superficial, pudo apreciar que su patraña había despertado la curiosidad de la joven. Sus ojos brillaban con cierto interés y Jasper se afanó rápidamente en seguir tendiendo su trampa.

—¿Sabes? Es mi hermano menor. Aún no ha cumplido los dieciocho, pero tenía tal empeño por venir a Peacock’s que no pude resistirme. La última vez que le vi, mientras yo estaba pidiendo bebidas en la barra, él se hallaba acompañado de dos rubias de aspecto neumático que parecían muy interesadas en conocerle. De eso hace ya casi dos horas, y llevo buscándole desde entonces.

—Yo acabo de salir. No he visto a nadie —comentó ella, con una vocecita cantarina de princesa Disney.

Griffin chasqueó la lengua como si de verdad estuviera intranquilo, aunque por dentro bullía de placer anticipado. La miró intensamente, con los párpados entrecerrados, de aquella manera que, él bien sabía, resaltaba tanto la longitud de sus pestañas como la luminosidad de sus ojos.

—¿Y tú? ¿También esperas a alguien?

La muchacha rehuyó su mirada, sin ofrecer respuesta alguna.

—Vaya, no me digas que te han dado plantón —insinúo él sin rodeos.

—Vine con una amiga pero la perdí entre la multitud…

—Ah –ponderó Jasper por un segundo—. Si quieres podemos compartir un taxi de vuelta a casa…

La joven bajó la frente y se sonrojó, súbitamente avergonzada.

—La verdad es que sin ella no tengo a donde ir –declaró, negando con la cabeza—. No soy de Nueva York, sólo vine a visitarla.

Griffin trató de mostrarse comprensivo, como si de verdad le preocupara su bienestar.

—Bueno, eso no es problema. Esta zona está llena de hoteles.

La muchacha titubeó por un instante, apretando el monedero contra su liso pecho. El monedero también era de lentejuelas, a juego con su vestido.

—No me queda mucho dinero –confesó, en un hilo de voz.

Jasper frunció el entrecejo y se frotó el mentón con dedos esbeltos y elegantes, de uñas perfectamente recortadas. Pareció meditar un momento. Luego dijo, en un tono conciliador, casi fraternal.

—Mira hum… —hizo una pausa inquisitiva, contemplándola con el rostro un tanto inclinado, de manera que sus ojos medio cubiertos por el flequillo resultaban muy seductores.

—Pearl —ofreció ella, respondiendo a la pregunta implícita.

Pearl. Perla. Con aquella piel tan traslúcida, el nombre no podía resultar más adecuado.

— Mira, Pearl —repitió Griffin saboreando el nombre, complacido—, podemos hacer una cosa. Como parece obvio que mi hermanito no va a dormir esta noche en mi apartamento, puedes hacer uso del sofá.

La joven pareció dudar, fluctuando entre la desconfianza y el alivio.

—Vamos, no lo pienses más. No tienes nada que temer. No soy de esos tíos que van por ahí, aprovechándose de niñitas desvalidas…

Una tímida sonrisa tiró de los labios femeninos.

—No soy tan joven —le aseguró, colocándose un mechón de pelo tras la oreja. El gesto y la delicadeza de su perfil la hicieron parecer precisamente eso, una niña desvalida, por mucho que ella tratara de negarlo.

Jasper le devolvió la sonrisa, aunque su expresión nada tenía de la tierna inocencia de ella. Su sonrisa era ancha, sensual, casi lobuna. Juntos tomaron un taxi amarillo y se dirigieron al apartamento de él en Grenwicht Street. Durante el trayecto, apenas intercambiaron un par de palabras.

Al llegar, Jasper encendió las luces modulables, que esparcieron un agradable resplandor en la amplia estancia. El lugar, como su dueño, resultaba atractivo, elegante y masculino. En la pared del fondo, de techo a suelo, y de esquina a esquina, había pintado un mural que representaba la Noche Estrellada de Van Gogh. Los muebles y la decoración hacían juego con sus tonos dorados y azules. En medio del salón, se erigía un gran sofá de piel negra y frente a él, una televisión plana de plasma de sesenta pulgadas. Entre ambos y cubriendo el suelo, se extendía una espesa y gruesa alfombra de alpaca de color marfil.

—Ponte cómoda —dijo él, dejando llaves y móvil sobre una mesilla de café. En la mesilla, doblado por la mitad, había un ejemplar del New York Times. Con grandes letras e intencionado dramatismo los titulares anunciaban: “Séptima victima del asesino vampiro hallada flotando en la marina de Brooklyn”.

—¿Te gustaría beber algo? –preguntó Griffin— ¿Cerveza? ¿Un refresco tal vez?

—Un refresco de cola estaría bien —respondió ella, sentándose muy recatada en el borde del sofá.

—Puedes poner la tele, si quieres —le dijo él mientras se dirigía a la cocina.

La cocina estaba separada del salón tan sólo por un biombo chino, una mampara de madera de sándalo tallada con motivos vegetales que imitaban una enredadera. Mientras caminaba hacia el frigorífico, Jasper se desabrochó un par de botones de la camisa, despreocupadamente. Al abrirse, la acerada puerta de la nevera emitió un plop y un ligero tintineo. En el interior apenas había comida, pero la bebida hubiera bastado para satisfacer las necesidades de medio campus en una fiesta universitaria. Sin vacilar, Griffin sacó una botella de Old Forrester, otra de Budweiser y una lata de Pepsi. Seguidamente, se dedicó a preparar las bebidas en la encimera de mármol negro junto a la placa de vitrocerámica. Para él un Boilermaker, chupito de whiskey seguido de cerveza helada. Para ella, en un vaso ancho de cristal tallado, mezcla de hielo, cola y un chorrito de GHB. Por falta de manos se tomó el chupito allí, en la cocina y de un solo trago. Después, antes de volver al salón, con una torcida sonrisa llena de ironía puso una sombrillita en el cóctel de cola y GHB. Al levantar la vista captó un reflejo de de sí mismo en un cuadro de lotos grabado en espejo. Groseramente, dedicó un guiño a la imagen distorsionada y luego avanzó cargando con la cerveza en una mano y el vaso de cola en la otra.

Cuando entró en la estancia, la joven ya no estaba sentada en el borde del sofá, sino que se había arrellanado en la cómoda y espesa alfombra. Tenía las piernas cruzadas como un pequeño y delgado Buda, los codos apoyados en las rodillas y la barbilla alzada hacia la televisión. Con los ojos muy abiertos, contemplaba absorta la enorme pantalla, el mando a distancia olvidado entre sus dedos. De reojo, Jasper miró el receptor para descubrir qué había captado su atención de tal manera. En una temblorosa imagen en blanco y negro, una mujer de rostro pálido y oscuros rizos se retorcía en un sillón, atormentada entre el éxtasis y el dolor, arrugando una carta con espanto. Un mensaje en la pantalla informaba de su contenido: para destruir al Nosferatu, una mujer inocente ha de ofrecerle su sangre.

Griffin se inclinó para ponerle el vaso de cola en la mano y, al mismo tiempo, tomó el mando a distancia y anuló la función de sonido, sin que la joven se percatase de ello. Luego, dando un trago a su cerveza, se dirigió hacia el equipo de alta fidelidad que había en un rincón, oculto en un mueble lacado. Rebuscó por un momento entre la torre de CD’s y finalmente escogió uno. Segundos más tarde, los acordes de “Closer” de Nin
[*]
sonaban en los altavoces camuflados tras dos macetas de altas y exuberantes plantas de bambú.

Entonces se sentó junto a ella, la espalda reclinada contra el sofá, y esperó impacientemente a que la joven bebiera. Cada minuto transcurrido se le antojó una eternidad. La música, las imágenes y la excitación creaban una mixtura que recorría su espinazo y parecía concentrarse en su entrepierna, como un pantano rebosante, un dique a punto de reventar. Notaba la calidez expandiéndose por su vientre y hacia sus muslos, mientras en la televisión una amenazadora sombra ascendía por una escalera. En la siguiente imagen, una mano convertida en garra se distendía y deformaba para alcanzar el pomo de una puerta. En el interior de la habitación, la inocente figura femenina, toda vestida de blanco, dejaba escapar un mudo grito. Aterrorizada, retrocedía unos pasos, tropezaba y caía sobre la cama. La sombra de la mano se deslizaba lentamente por su cuerpo…

Con toda la naturalidad del mundo, Jasper alzó la mano libre y le rodeó los hombros con el brazo. Al tacto de la piel femenina, sintió erizarse el vello de la nuca y dejó escapar un suspiro entre dientes, la mandíbula apretada al tratar de reprimir su deseo. El corazón le latía al ritmo de la música. Pulsaba con fuerza contra su caja torácica y también lo sentía palpitar en su entrepierna, como si allí se gestara algo con vida propia. Cuando ya no pudo contenerse más, se volvió hacia la muchacha y la estrujó entre sus brazos, resollando con la respiración entrecortada, acercando su rostro al de ella. Su boca buscó la boca femenina con rudeza. Cuando sus labios se unieron, la joven no ofreció resistencia. En cambio, permitió que su lengua la invadiera. Griffin percibió un ligero regusto a leche agria, pero eso no menguó su ardor. Con dedos hábiles, al mismo tiempo que su boca se deslizaba por el frágil cuello, sus manos se afanaban en desnudarla. La cremallera produjo un sonido estridente, semejante a una rasgadura. Jasper se detuvo y entonces sus miradas se encontraron por primera vez, con la fuerza del oleaje golpeando el malecón durante una tormenta. En ese instante perdió toda la ventaja. De pronto estaban el uno enroscado alrededor del otro, como un par de serpientes tratando de quitarse la ropa, y era difícil discernir quién seducía a quién. Antes de que la pasión enturbiara su juicio, Griffin pensó que aquello no podía estar sucediendo, que ella no había probado ni una gota. Luego ya le fue imposible pensar.

Mientras se besaban con avidez, casi con violencia, Jasper la empujó, forzándola a tumbarse boca arriba sobre la mullida alfombra e inmediatamente la cubrió con su cuerpo. Sin poderlo evitar, emitió un gemido cuando su torso, esbelto y con músculos cincelados a golpe de gimnasio, rozó los pechos desnudos de ella. Sus pezones eran pequeños, sonrosados y muy puntiagudos, y arañaban su piel de una manera exquisita. Su boca recorrió la garganta femenina dejando un reguero de besos húmedos, al tiempo que su mano se deslizaba por el delgado costado, sintiendo las marcadas costillas hasta llegar a un pecho. Cuando su boca coronó la cima del suave seno su mano se ciñó a su alrededor, estrujándolo con fuerza. A pesar de su brutalidad, ella no profirió ninguna queja. En respuesta, se arqueó debajo de él, separando ligeramente las piernas, haciendo que su pubis, apenas cubierto por un diminuto tanga blanco, rozara la entrepierna masculina. Griffin dejó escapar otro gemido y empujó sus caderas contra el vientre de ella, como si pudiera penetrarla a través del tejido de su pantalón. La muchacha sonrió, con aquella sonrisa suya que irradiaba timidez, pero también satisfacción. Luego, con un brillo travieso en los ojos, le obligó a cambiar de posición, para ponerse a horcajadas sobre él. El gesto produjo en Jasper tanta sorpresa como placer, podía verse en la expresión de su rostro. Mordisqueándose el labio inferior, la joven comenzó a desabrocharle los botones del pantalón, uno a uno y muy lentamente. Debajo, él no llevaba ropa interior. La muchacha tiró de la cinturilla, dejando al descubierto su miembro con la misma ansiedad que un niño al desenvolver un caramelo. Su evidente excitación contribuyó a aumentar, aún más si cabe, el irrefrenable deseo de Jasper. La verdad es que había llegado al estado donde le era imposible poder contenerse. Sus terminaciones nerviosas parecían pulsar cargadas de electricidad estática. Necesitaba poseerla ya y acabar con aquella deliciosa tortura. Como si ella fuese capaz de leer su pensamiento, apartó la vista de su miembro, que se erigía como un orgulloso tótem enmarcado por el tejano negro, y le miró directamente a los ojos, con una insolencia que, más que excitarle, le dejó un tanto desconcertado. Su súbito temor se diluyó por completo cuando la joven, apenas ayudándose de la mano derecha, curvó la espalda y se empaló en su sexo.

Griffin cerró los ojos, subyugado por el placer, y echó la cabeza hacia atrás con la sensualidad de un gato perezoso. Por unos instantes, se limitó a concentrarse hedonísticamente en sus propias sensaciones. Arriba y abajo, la fricción húmeda y tibia de aquel músculo tubular hizo que un ronroneo escapara de su garganta. Ella le acompañó con…

… El sonido del gigante del maíz tierno tirando de la cadena de su mega váter. No, peor aún. La versión estéreo de toda el agua del Atlántico perdiéndose por el sumidero de la fosa Romanche…

—¡Joder! ¿Pero qué ruido es ése? –preguntó, alarmado, mientras abría de golpe los ojos.

—Lo siento –respondió ella, ahogando una risita tras la mano—. Es mi estómago. Hace horas que no como y tengo hambre.

—Joder –pausa—. Mierda.

—Un bocadito de nada probablemente calmaría mi apetito –aseguró la joven, reforzando sus palabras con un gesto en el que dejaba medio centímetro entre pulgar e índice.

—¿Ahora? En mitad de… de… —Jasper se alzó sobre los codos para mirarla mejor, cada vez más enfadado. Sentía su erección perdiendo fuelle por momentos. Su miembro era un titánico muñeco Michelin que acaba de tener un pinchazo y, como en la matemática elemental, el decrecimiento de su deseo era inversamente proporcional al aumento de su ira.

—Mira –continuó, tratando de controlar su rabia—, mañana cuando te vayas ya te daré dinero para que te pases por McDonalds. O Burguer King, si lo prefieres. Pero ahora me gustaría que acabaras lo que has empezado. A eso se llama cortesía con el anfitrión. ¿O es que no os enseñan modales y buena educación en Catetolandia?

La muchacha le miró con carilla de pena y una profunda decepción. No una decepción normal sino una decepción con mayúsculas. La decepción de un niño que acaba de abrir su regalo el día de Navidad y ha descubierto que no es lo que había pedido a Santa. Él le devolvió la mirada con dureza y total falta de simpatía.

—¿Qué pasa? ¿Acaso no te gusta la comida basura?

—Precisamente en eso estaba pensando –declaró la joven, sin quitar la vista de una vena que, a causa de la furia, palpitaba con fuerza en la garganta de él.

Jasper volvió a recostarse sobre la alfombra.

—Bien. Pues ya que hemos aclarado el asunto y nos entendemos a la perfección, empieza a mover el culo antes de que se acabe la música. Me corta mucho el rollo follar sin banda sonora –proclamó antes de cerrar los ojos y cruzar las manos bajo la nuca, intentando recuperar la atmósfera perdida.

—No –repuso ella, contundente.

—¿¿¿Qué???? –Griffin se incorporó de nuevo, más incrédulo que cabreado. Si hubiese sido tetera, en ese mismo momento habría comenzado a pitar a causa de la ebullición.

—Dije que NO. Quiero comer. AHORA.

Lo último que Jasper vio en vida fue el destello casi metálico de unas pupilas grises, rodeadas de un halo rojo, que descendían sobre él. Los ojos de un ave rapaz que cae sobre su presa. Entonces todo sucedió con rapidez. El dolor que siguió fue breve pero intenso, un tormento de afilados dientes que desgarraban su carne sin piedad, seccionando carótida y yugular al mismo tiempo con la habilidad de un matarife experimentado. En su sorpresa y su dolor, ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Luego, cuando se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, ya fue demasiado tarde para hacerlo. Todas sus intenciones y su energía se escapaban a borbotones por el tajo en su cuello. Un hilillo de sangre se deslizó por la curva de su oreja y, al llegar a la nuca, goteó hasta la alfombra, creando una creciente mancha en la prístina blancura. La música continuó durante unos instantes. En la televisión, Nosferatu se disolvió con la primera luz del día. Y a la mañana siguiente, todos los periódicos de Nueva York hablarían de la nueva víctima del vampiro.


(1) El estribillo dice «I'm going in for the kill , I'm doing it for a thrill», o sea «Voy a entrar a matar, lo hago sólo por la emoción»





CONTINUARÁ...

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Última edición por Joana el Miér Sep 28, 2011 11:51 am, editado 7 veces
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anarion
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Nov 27, 2009 12:37 pm

" Me corta mucho el rollo follar sin banda sonora" bounce bounce

Ya me parecía a mí que Piolín... bueno, no digo nada.

Una cosa Joana, deberías traducir la estrofa de Fear of the Dark, y los Titulos de las canciones, porque están puestas intencionadamente, y quien no controla el idioma de chéspir se pierde la intención

Juas ¿la continuación para cuándo?

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Última edición por anarion el Vie Nov 27, 2009 3:58 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Nov 27, 2009 1:06 pm

Vale, ya los traduzco! lol! En realidad pense en hacerlo, pero luego, con lo de poner los "asteriscos musicales", que tarde un cohon y medio en lograrlo, se me fue el santo al cielo y yo a la cama, y claro...

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Nov 27, 2009 1:22 pm

TRADUCCIÓN DE "FEAR OF THE DARK"

¿Alguna vez te has encontrado solo por la noche
creiste que oias pasos detras de ti
y luego al darte la vuelta no había nadie?
Y mientras aceleras el paso
te resulta difícil volver a mirar
porque estás seguro de que hay alguien ahí.


"POKER FACE" significa eso, "Cara de Póker", la que ponemos cuando no queremos que alguien sepa nuestras intenciones. "IN FOR THE KILL" es ir a matar. Y "CLOSER" es una cancion de NIN [Nine Inch Nails] que estuvo censurada por muchas cadenas de TV y emisoras de radio por su contenido, que incluye la estrofa "I want to fuck you like an animal" [ejem, necesita eso traduccion? juasss]. Pero si quereis os pongo el resto de la letra. Eso si, puede herir algunas sensibildades... silent

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Juana
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Nov 27, 2009 3:52 pm

¡¡Pónla, pónlaaaaaaaa!!
Ainsss... esto me pasa por entrar corriendo al foro... (no tengo tiempo de leer el relato y escuchar la canción ... ¡¡Lo haré al mediodía en mi horario de almuerzoooo!! jajajajajajja)

Besotes
Juana
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Nov 27, 2009 7:28 pm

Muy iteresante.... por favor pon la continuacion.
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Joana
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 1:56 pm

Revenant, Primera Parte
ALL HALLOW’S



«And they say that a hero can save us.
I’m not gonna stand here and wait.
I'll hold onto the wings of the eagles.
Watch as we all fly away»

«Y dicen que un héroe puede salvarnos.
Yo no voy a quedarme aquí a esperar.
Me agarraré a las alas de las águilas.
Mira mientras nos alejamos»

(“Hero” de Nickelback)[*]





Algún lugar de Nuevo México
La víspera del Día de los Muertos



El motel “Las Rositas” se hallaba al sur de Santa Fe, justo al borde de la vieja ruta 66, a unas veinte yardas del cartel que, con cuestionable orgullo, proclamaba:

Bienvenidos a Cercadillo
Nuevo Mexico
293 habitantes
La joya en la tierra del encantamiento (1)

Aunque no lo pareciera, erigir el motel en aquel preciso paraje había sido, hasta la construcción del nuevo cementerio, la mejor decisión empresarial que el ya fallecido Hubert Mertz tomara en toda su vida. Porque de haberse encontrado al otro extremo del pueblo, allí donde la ruta 66 (que a su paso por la localidad tomaba el nombre de avenida Demi Moore, en honor a la famosa actriz nacida en Roswell, no muy lejos de allí) se fundía con la carretera que llevaba hasta la interestatal 40, posiblemente hubiese perdido los pocos e inhabituales clientes que le permitían subsistir. Lo cierto es que atravesar Cercadillo no era ninguna visita panorámica. Había nacido a principios de los años 30, como tantos otros de los míseros villorrios que moteaban el país en su eje horizontal, con la única función de abastecer a la avalancha de emigrantes que, en busca de un sueño, se dirigían al oeste. Pero hacía mucho tiempo que el sueño se había roto y Cercadillo era parte de los escombros, un simple recordatorio de aquella locura. Aun así no podía catalogarse como pueblo fantasma. Más que nada porque la palabra fantasma sugiere un cierto glamour y Cercadillo tenía de todo menos encanto. En realidad, no era más que un despojo en la cuneta, algo que hasta Dios parecía haber olvidado y, congelados en el tiempo, sus edificios y calles evocaban una quimera que pudo haber sido y no fue. Como su vieja estación de ferrocarril, por la que nunca pasó tren alguno, o el antiguo cine que desde su ruinosa marquesina todavía anunciaba “Muy pronto: la Guerra de las Galaxias’. La mayoría de tiendas estaban cerradas y por los caños de la fuente del ayuntamiento, que hacía tiempo que estaba seca, solo corrían ratas y lagartijas. Así que no era de extrañar que cualquier turista motorizado que aconteciera pasar por allí, al ser recibido por tan deplorable asentamiento humano, hubiera apretado a fondo el acelerador de su vehículo para dejar atrás semejante pesadilla, sin detenerse hasta alcanzar la relativa seguridad de Santa Fe o de Albuquerque. Lo cual demuestra que, después de todo, la decisión de Hubert había sido acertada.

Sin embargo el pueblo no estaba muerto. Lo parecía, sí, pero un oído fino o un ojo bien entrenado siempre podían detectar alguna pequeña señal de vida, igual que una maquina de ECG registra el esporádico latido de un moribundo. Aquella mañana, la señal era un Ford F del ’73 con grúa remolcadora en la parte de atrás. La camioneta, de un descolorido verde oliva, avanzaba por la carretera levantando una gran nube de polvo, su tubo de escape petardeando al mismo tiempo que emitía bocanadas de un humo negro y espeso. A ambos lados de la carretera y hasta donde la vista alcanzaba se extendían núcleos de vegetación, arbustos jaspeados con los colores dorados y rojizos del otoño envueltos por un manto de hierba seca, amarillenta, porque aquel verano había llovido poco. Siguiendo el trazado del terreno la línea de asfalto serpenteaba entre altos cactus y espinosas matas de enebros, hasta alcanzar el horizonte. Allí las montañas formaban una pronunciada V y su perfil oscuro contrastaba de manera dramática con el vívido azul de un cielo despejado.

Era todavía temprano y sólo el jubiloso canto de los pájaros rompía la calma matutina, hasta que el pick-up efectuó un giro cerrado, derrapó sobre unas piedras y se detuvo con un seco frenazo detrás de una estación de servicio de aspecto bastante desolado. La gasolinera, otra de las catastróficas ideas del mencionado Hubert, estaba junto al motel “Las Rositas”, que también disponía de una cafetería anexa. La puerta del vehículo se abrió bruscamente y por ella salió un mexicano de pelo engominado y bigote a lo Pancho Villa. El sujeto, que por cierto se llamaba Porfirio y era uno de los 293 habitantes de Cercadillo, quitó el candado a la reja que cerraba la oficina y luego se perdió en el interior del edificio. Casi de inmediato, de un cutre altavoz que colgaba de forma precaria de uno de los surtidores, surgió una estridente voz femenina que atronó en el valle y puso fin al idílico silencio.

—Hey, hey, hey, estás escuchando la WLCK desde Albuquerque —proclamó la locutora con un fuerte acento español—. Son las diez de la mañana y hoy es sábado 31 de octubre, tenemos una agradable temperatura de 22 grados y… ¿sabes qué va a ocurrir esta noche? —se oyeron una serie de efectos especiales: puertas chirriando, pasos y un lobo aullando—. ¡Síííííí, lo has acertado! ¡Ja-lo-güínnnnnnnn!

Acto seguido, la voz de la locutora dio paso a la canción “Thriller”, de Michael Jackson[*]. En el interior del motel, tras el mostrador de recepción, se encontraba una muchacha de cabello rubio y enormes ojos oscuros. La palidez de su piel era parte de su herencia irlandesa, los ojos negros fruto de su sangre mexicana y su extraordinaria tozudez, según decían, se debía a su ascendencia alemana. Aunque la habían bautizado Ciara Isadora Mackenzie, por suerte todos la llamaban Mac, como a su padre, que había sido el epónimo de pícaro irlandés. Esa mañana vestía una cazadora tejana sin mangas, a guisa de chaleco, camiseta a rayas blancas y azules, y una desflecada mini-falda de color marfil que dejaba al descubierto sus piernas. Piernas que, en su página de Facebook, describía como “esbeltas” y “torneadas”, pero que, en realidad, resultaban mas bien flacuchas e innegablemente pecosas. Sujetas en la solapa lucía dos chapas. Una mostraba el rostro de Boris Karloff caracterizado como el monstruo de Frankenstein. La otra simplemente decía: “Le geek, c’est chic”.

En esos momentos, la joven se había dejado llevar por la música y seguía el ritmo golpeando el mostrador con la punta de un bolígrafo. Delante de ella tenía un ejemplar de la revista “Rue Morgue” abierto por la mitad y, muy concentrada, estaba realizando el cuestionario de ese mes. Con el entrecejo un tanto fruncido leía atentamente las preguntas. Luego apenas si se tomaba un par de segundos antes de trazar un círculo alrededor de las letras que encabezan las respuestas: a, b, b, c, b, a, b, b, b. En la parte de abajo, en una esquina, indicaba que las soluciones estaban en la página 67 así que, tras chuparse el dedo índice, hasta allá fue rápidamente. Examinó dicha página de un vistazo y, bajo una foto de George Romero anunciando Ray—Bans, descubrió un pequeño titular que informaba:


Resultados del cuestionario “¿Qué disfraz llevarás este Halloween?”
Mayoría b: ESPECTRO.

«Aunque seguro que ya debes saberlo, permítenos que te lo repitamos una vez más. Careces de la elegancia y del ingenio del vampiro, no puedes presumir de la personalidad arrolladora del hombre lobo y ni siquiera posees la determinación básica de un apestoso zombie. En realidad, tu único talento es el perderte por los rincones sin que nadie te vea. Lo cual es tan divertido como jugar al póker sin ases, buscar la aguja en el pajar o el cubo de Rubik sin colores. Reconócelo, ¡si a veces hasta te confundes con la pintura de la pared! Así que si tu intención era ligar este Halloween, quítatelo de la cabeza. ¿Quién va a fijarse en ti, so fantasma? Mejor confórmate con una tranquila velada bajo tu sabana y en compañía de un buen juego de cadenas»


La joven frunció algo más el ceño y se mordió el labio inferior. Luego soltó un reflexivo “mmmm” y volvió a pasar la página, esta vez sin ningún apremio. También había dejado de bailar. De esta manera, un tanto alicaída, llegó a la sección de horóscopos.


«Géminis: ¿Cansado de que el gemelo aburrido controle tu vida? ¿Hastiado de que cada día sea igual al anterior, y éste lo mismo que el siguiente? Recuerda que tienes en tus manos el poder de cambiarlo todo. No te reprimas más. Libera a la bestia que hay en tu interior»



La muchacha hizo una pausa y, levantando la vista, miró soñadoramente hacia el horizonte, a través de la puerta entornada.

—Libera a la bestia… –repitió, en voz baja.
—¿Decías algo?

Sin que lo notara, su abuela se había acercado desde atrás. La anciana, viuda del ya mencionado Hubert, era una mujer alta y delgada, cercana a una cierta edad que no hubiera confesado ni bajo tortura. Llevaba el pelo teñido de un rubio rojizo, peinado en apretadas ondas al estilo de los años ’40, y los labios perfectamente perfilados y rellenos de carmín rojo oscuro. Se llamaba Doña Victoria, y el doña la acompañaba siempre, más que su propio apellido.

—No –respondió Mac—. Sólo leía el horóscopo.

—¡Menuda tontería, el horóscopo! –exclamó Doña Victoria—. Si quieres saber tu futuro, yo te lo digo bien pronto. Primero vas ayudarme a preparar las mesas de la cafetería. Luego, siendo sábado, ya sabes que toca cambiar sábanas, y después, si aún te queda algo de tiempo, podrías limpiar las ventanas, que con los cristales tan sucios parece que hemos tuneado el motel…

La joven torció los labios, en una evidente mueca de fastidio.

—¿Qué pasa? ¿Acaso no te gustan mis predicciones? –Inquirió su abuela, apuntándola con un dedo—. Si me concedes un poco de credibilidad ya verás que se cumplen al cien por cien. Y sin tener que malgastar diez dólares en una estúpida revista.

—Abuela, no vale diez dólares, sino nueve con noventa y cinco. Y sólo la compré porque este mes incluyen un especial sobre Vincent Price y encima regalan un video de Bruce Campbell.

Para confirmarlo, le mostró un DVD donde, en la carátula, aparecían un doble de Elvis Presley y un maduro hombre de color. Doña Victoria se bajó un poco las gafas, hasta que estuvieron sobre la mitad de su nariz, y echó un vistazo por encima de la montura violeta y rectangular.

—“Bubba… Ho… Tep” –leyó, con algo de dificultad. Luego soltó un bufido desdeñoso—. Perdóneme usted. Por supuesto que, con semejante joya de obsequio, no te quedaba más remedio que comprarla. ¿Acaso no le dieron un Óscar el mismo año que a “Instinto Básico 2”? –dijo, irónicamente, mientras arqueaba un par de cejas que, a diferencia del pelo, eran muy oscuras—. Desde luego, mucho más importante que ahorrar para reparar la maldita caldera…

Mac retiró la mano que sostenía el DVD. Luego inhaló con profundidad, tratando de serenarse.

—Abuela… —dijo, y fue lo único que pudo argumentar en su defensa, porque hacer callar a Doña Victoria era como intentar detener a un camión de gran tonelaje.

—Mira Mackenzie, sé que las cosas por aquí no son fáciles, pero ya tienes diecinueve años y creo que va siendo hora de que madures un poco. No puedes vivir perdida en tus fantasías para siempre. Sal, ve mundo, lee –para remarcar esto último dio un par de golpecitos al volumen que sostenía entre sus manos—. Libros, si puede ser.

Mac profirió una nueva sarta de suspiros y muecas mal disimuladas. Quería con locura a su abuela, después de todo era la única familia que le quedaba, pero a veces la enojaba enormemente con sus sermoncitos y su actitud totalitaria.

—Cuando yo tenía tu edad –continuó Doña Victoria—, trabajaba dieciséis horas al día en las fábricas de Santa Fe, contribuyendo con mi parte al esfuerzo nacional por ganar la Gran Guerra, mientras todos los chicos estaban en Europa o en el Pacífico. Poco tiempo nos quedaba para tonterías. Eso, querida mía, lo pone todo en perspectiva y en comparación, esto –dijo, haciendo un arco con los brazos— no resulta tan malo, créeme.

Mac, derrotada, cerró la boca de golpe. ¿Qué más podía decir? Ya habían tenido esa misma discusión antes y el resultado nunca variaba. Por suerte para ella, en ese momento entró en el vestíbulo una mujer bajita, regordeta y con la tez oscura de los indios navajos. Vestía una camisa blanca de volantes y una falda floreada con mucho vuelo, lo cual contribuía tan sólo a hacerla parecer más bajita y mucho más regordeta. Su nombre era Elvira, y trabajaba en el motel de asistenta. Abuela y nieta la observaron con atención mientras que, como si fuera lo más natural del mundo, se acercaba a ellas meneando sus anchas caderas y cargando con una esperpéntica calavera decorada con flores y ropa multicolor.

—¡No, no, y mil veces no! –Gritó Doña Victoria cuando, finalmente, pudo superar la impresión—. Te lo dije el año pasado y éste te lo vuelvo a repetir: Elvira, no quiero ver en la cafetería los restos de tu difunto tío Manuel. Espanta a los clientes y no estoy dispuesta a arruinar el negocio por tu empeño en traer de visita a ese… ese… ¡cabezón!

—Pero señora, para la buena suerte, que mañana es el día de los muertos —razonó Elvira, sin achantarse ante la furia de su patrona—. La pondré en la mesa de la esquina, para que no se vea desde la ventana.

Y como si eso zanjase del todo la cuestión, cruzó la puerta cubierta por una cortinilla de conchas y abalorios que separaba el motel de la cafetería. Doña Victoria resopló como un toro y, tras dejar el libro sobre la mesa de recepción con un porrazo, se fue detrás de ella gritando su nombre. Mackenzie echó un vistazo al volumen. ¡Vikingo! decía en grandes letras doradas sobre una imagen de un melenudo Fabio que, mostrando su torso desnudo, levantaba al aire una espada. Meneó la cabeza con desaprobación. ¿Y a eso llamaba su abuela predicar con el ejemplo?

En aquel instante sonó la campanilla de la entrada, sacándola de sus cavilaciones, y Mac levantó la vista del anabolizado Fabio para descubrir ante ella a Santos, el guapísimo cartero de Cercadillo. Santos, como siempre, lucía su uniforme de apretados shorts y camisa desabotonada hasta medio pecho, presumiendo de pectorales y de una falta de vello que, considerando su origen latino, delataba una afición secreta a toda clase de productos depilatorios. Desde la puerta del motel, dedicó a Mackenzie una de sus deslumbrantes sonrisas. El moreno de su piel contrastaba vivamente con el blanco de sus dientes perfectos, otorgándole un cierto aire de actor de Hollywood. De actor porno de Hollywood, para más señas.

—¡Ey, hola! –dijo Mac, sin poder evitar que dos intensos rosetones rojos cubrieran sus mejillas y revelaran su azoramiento.

—¡Ho—li—ta, mi amor! –respondió él, jovial y vocinglero—. ¿Cómo andamos esta mañana?
—Bien, bien. Ya ves, por aquí… trabajando un poco… ultimando algunos detalles para la fiesta de esta noche… —luego añadió, de forma casual—. Por cierto, ¿a qué hora dijiste que pasarías a buscarme? ¿A las siete, o a las siete y media?

Al decirlo, una oleada de placer y satisfacción la recorrió de arriba abajo, aunque hizo un gran esfuerzo por disimularlo. Sin embargo, Santos la miró con una expresión un tanto desorientada, sin comprender. En el estómago de Mac, el placer y la satisfacción comenzaron a convertirse en algo agrio y revuelto.

—Para ir a la fiesta de disfraces del ayuntamiento, ¿recuerdas? Dijiste que pasarías a recogerme en tu coche...

En ese instante, el rostro masculino fue como uno de esos primeros intentos de la industria cinematográfica, una sucesión de gestos exagerados que iban transmutándose uno en el otro, igual que las fotos de un cuadernillo al pasar rápidamente las hojas. Primero, desconcierto. Luego, reconocimiento. Después preocupación, seguida de iluminación y, finalmente, alivio. Alivio que, a Mac, le pareció muy evidente y sospechoso.

—¿Ah, pero no recibiste mi mensaje? —Inquirió inocentemente Santos—. Lo dejé en el buzón de voz del contestador automático…

La muchacha miró el teléfono de reojo. La luz de mensajes estaba apagada.

—En él te decía que esta noche me iba a ser imposible quedar contigo. Los ‘Isótopos” de Albuquerque juegan contra los “Dodgers” de Arizona y todos los muchachos del club hemos quedado en la “Cantina Atómica” para tomar unas cervezas y ver el partido. Lo siento de veras, Mac. Me hubiese gustado avisarte antes…

En los ojos de ella, grandes y almendrados, se reflejó de pronto una profunda desilusión. Más que eso. Igual que una sombra amarilla es síntoma de un excesivo colesterol, el brillo de sus pupilas reveló algo mucho peor: un corazón roto. Sin embargo Mac trató de mantener la sonrisa, mientras que por dentro su estómago digería la noticia con una amarga constricción.

—Bueno, si quieres podemos quedar después del partido. La verdad es que hoy tengo mucho trabajo y no me importa en absoluto perderme parte de la fiesta —¡arggggggg! ¿Había sonado eso como una súplica? ¡Oh Dios, ojalá que no!

Santos entrecerró los ojos y alzó la barbilla y la mano derecha al mismo tiempo, mientras negaba enérgicamente con la cabeza. Fue tal su énfasis que sólo le hubiese faltado ratificarse diciendo que no en braille o con puntos y rayas del código Morse.

—¡Por supuesto que no! De ninguna manera puedo aceptar algo así. Para nuestra primera cita, quiero estar por ti al cien por cien, muñeca, y si no puedo darte mi total atención, prefiero dejarlo para otro día. Estas cosas o se hacen bien o no se hacen —dijo, guiñando un ojo mientras le entregaba un manojo de cartas.

Mac las cogió, un tanto vacilante, no dispuesta aún a admitir la derrota, pero avergonzada en su fuero interno por estar dispuesta a arrastrarse.

—Bueno, entonces lo dejamos para cualquier otro día que a ti te vaya bien –aceptó, aunque sin demasiada convicción. Luego añadió, tratando de sonar sexy y coqueta, insinuante y sugestiva y lo que hiciera falta—. Cuando quieras, ya dirás…

Él la miró con la complacencia de un reo que acaba de ser indultado.

—Pues eso, ya te diré –concluyó, aporreando el mostrador con los nudillos dos veces seguidas, a modo de despedida. Después le lanzó un beso invisible y comenzó a caminar hacia la puerta—. ¡Hasta lueguito, mi amor!

A su espalda, la sonrisa de Mac se desvaneció de inmediato, igual que el último rayo de una estrella al convertirse en agujero negro. Sin embargo, ya en el umbral y cuando estaba a punto de salir, Santos se giró de repente. La esperanza perdida retornó con presteza y, con ella, la cándida, la anhelante, la esplendorosa sonrisa.

—A propósito –comentó él, ajeno por completo a la expectación que había despertado—, una de las cartas es para ti y por el sello, yo diría que se trata de algo oficial…

Y luego, sin esperar respuesta, desapareció en la soleada mañana, acompañado por el tintineo de la campanilla que colgaba sobre la puerta. Tras el escritorio de la recepción, Mac quedó de pie, inmóvil. En algún lugar de la habitación se oía el zumbar de una mosca, un sonido monótono y arrullador. Desde la esquina, el viejo reloj de carillón dio las nueve y después calló, súbitamente. Siguió un profundo silencio. Ya no se oía ni la mosca. El tiempo parecía haberse detenido. En ese momento, y a una cierta distancia, la joven hubiese podido pasar por una figura de cera. Bueno, eso si uno ignoraba el tic del ojo.

Y el sudor de la frente.
Y el evidente temblor de su barbilla.

Teniendo en consideración esos pequeños detalles, entonces más bien semejaba un equilibrista en la cuerda floja, un castillo de naipes a punto de desplomarse, un idiota que, en una partida de ruleta rusa, hace girar el cilindro y decide dispararse. El engañoso efecto no podía durar y, de hecho, la muchacha tardó poco en romper el hechizo.

Respiro profundamente.
Suspiro.
Y decidió que…

¿Quién quería salir precisamente esa noche, cuando en el Canal 32 de la tele daban sesión continua de “Viernes 13”? Claro que ya había visto todas y cada una de las pelis como un millón de veces, pero aun así: Jason, noche cerrada y una tarrina supergrande de Ben&Jerry (sabor chocolate y masa de galleta, por supuesto), era todo lo que necesitaba para una velada inolvidable. Y bueno, siempre podía añadir una bandeja completa de nachos machos, por dar un poco de contraste al dulce del helado…

No, definitivamente.
Nadie en su sano juicio renunciaría a eso por irse de fiesta.

Y así, repasando mentalmente las numerosas posibilidades que ofrecía la noche, comenzó a revisar todas las cartas hasta que dio con la suya. Era un sobre achaparrado, con el logo de la universidad de Nuevo México en una esquina. Mac frunció algo el ceño, mientras la separaba de las otras para inspeccionarla mejor. De repente, la planificación de la velada había pasado a un segundo plano. La joven se sentó en la silla giratoria y rebuscó en el primer cajón del escritorio, extrayendo de él un abrecartas plateado con la forma de una diminuta espada Excalibur. Con cuidado, lo introdujo bajo la solapa y rasgó el borde. El sobre sólo contenía una hoja doblada, que la joven desplegó con gran expectación. Sus ojos inspeccionaron el contenido a toda velocidad.

UNM Facultad de Derecho, Departamento de Admisiones
Estimada señorita Ciara I. Mackenzie…
… honrados con su solicitud de ingreso…
… realmente impresionados por sus resultados académicos…
… pero, sintiéndolo mucho, todas las posiciones con beca están cubiertas…
… por favor, inténtelo nuevamente el año que viene.

Mac no siguió leyendo. Con movimientos lentos y concienzudos, metódicamente, dobló la carta y volvió a meterla en el sobre. Luego, echándose hacia atrás en la silla, contempló por unos instantes su nombre completo, impreso entre el sello de correos y el logo del remitente. Inspiró profundamente y, tras un último y amargo vistazo, la tiró en la papelera que tenía al lado. La papelera estaba vacía y, al tocar fondo, la carta emitió un sonoro y patético “clonk”. Mac la miró de reojo. Así, al final de aquel cilindro metálico, daba la impresión de ser un barco enemigo al que uno observa a través de un catalejo. Destacaba tan dolorosamente que la joven tomó la revista que momentos antes había estado leyendo y, después de enrollarla, la lanzó sobre la carta. Aunque la avergonzara, creía fervorosamente en aquello de ojos que no ven, corazón que no siente. No era una actitud muy racional pero a veces funcionaba. Como ahora, que a pesar de todas sus desdichas podía sentarse relajadamente y pensar en otras cosas. Así que inspiró y se reclinó contra el respaldo de la silla. Distraídamente, tamborileó con sus dedos sobre la mesa de madera. Escuchó con atención, por si había vuelto la mosca. La mosca brillaba por su ausencia.

Lo que si volvió fue el tic en su ojo.
Y el temblor de la barbilla.

En la radio, en ese momento, comenzó a sonar “Teenage Dirtbag”, de Wheatus[*]. Mac torció el gesto y unos pliegues de preocupación aparecieron en su frente. A veces, sospechaba que la locutora de la WLCK podía verla y que disfrutaba riéndose a su costa. Suspiró y meneó la cabeza, dejando que su mirada un tanto acuosa se perdiera en dirección a la cafetería. Alguien había retirado la cortinilla y, al final del corto pasillo, podía ver a su abuela discutiendo acaloradamente con Samuel Grimm, el cocinero. Grimm era un negro grande y fuerte como un carro de combate, veterano del Vietnam y de otras guerras. La gente decía que, tras su rostro hosco e impasible, se escondía un pasado turbulento. Todos le temían en secreto. Todos excepto Doña Victoria, por supuesto. La mujer no parecía temerle a nada.

—La verdad, Samuel, no sé por qué has tirado todo ese pan a la basura. ¡Menudo gasto! —le recriminaba en ese momento la anciana.

Grimm, imperturbable como siempre, se limitó a continuar con su tarea, levantando el hacha de cocina y dejándola caer sobre una espaldilla de ternera. ¡Whack, whack, whack! Luego, sin soltar el cuchillo, la miró con sus ojos oscuros e insondables, indiferente a la sangre que salpicaba su delantal blanco.

—Estaba enmohecido, señora –afirmó el hombre. Su voz era grave y cavernosa.

Desde un rincón, escoba en mano, Elvira gruñó su aprobación. No se atrevió a hacerlo en voz alta por no atraer de nuevo la atención de Doña Victoria. Después de todo, la calavera del tío Manuel reposaba triunfante sobre una de las mesas y tal vez no saldría tan bien parada en un segundo asalto. Ignorando el sarcasmo, doña victoria prosiguió la discusión.

—Pero Samuel, ¿tú no sabes que en Francia, todo lo que cría moho se considera una delicatessen? ¡Ay, ojala los americanos tuviéramos el gusto refinado de los europeos! Sería de gran ayuda para nuestra maltrecha economía.


De pronto la voz de su abuela le sonó muy lejana, como si las palabras proviniesen de otro mundo. Los ojos le ardían, y una faja de asfalto parecía rodear su pecho. Entre las lágrimas de impotencia y su imaginación desbordada, vio como el rostro de su abuela se convertía en el suyo propio. Su otro yo la miró a los ojos, con desprecio, y luego dijo:

—Bueno, te está bien empleado, por trepa. ¿Abogada? ¿Tú? ¡No me hagas reír! ¡Si no eres más que una pueblerina con delirios de grandeza! ¿A quién pretendías engañar?

Grimm contestó a Doña Victoria. Algo sobre el pan, los franceses y por donde podían meterse sus delicatessen. Pero la mente de Mac había alcanzado un paroxismo frenético y ya nada podía pararla. El cocinero sufrió entonces una transformación similar.

—De todas maneras… ¿quién quiere mudarse a Albuquerque? –Arguyó esa otra Mac menos rencorosa—. Allí no conoces a nadie, y probablemente te sentirías sola y menospreciada –luego añadió, en voz mas baja—. Sabes que ella tiene razón, lo de pueblerina se nota a la legua…

Finalmente, su rostro se adueñó del rechoncho cuerpo de Elvira. Ante tal visión, un escalofrío le recorrió la espalda.

—Y no olvides que siempre te quedará el helado… montaaaaaaaañas de helado para ahogar las penas…

El aire entró con violencia en sus pulmones. Por un instante, se había olvidado de respirar. La cabeza le daba vueltas y, mareada, Mac sintió que en cualquier momento iba a desmayarse.

Tenía que salir de allí…

Se levantó bruscamente y, al hacerlo, la silla rodó hacia atrás, derribando la papelera a su paso. Sorprendidos por el estruendo, los tres ocupantes de la cafetería se giraron para mirarla. Todos volvían a tener su rostro normal. Parecía que el episodio de esquizofrenia aguda había pasado.

—Mac, ¿te ocurre algo? —Preguntó su abuela.

La joven no respondió. En realidad, ni siquiera la había escuchado. A zancadas se dirigió al exterior, donde esperaba que el aire fresco la ayudara a tranquilizarse. Sin embargo, el aire que la recibió fuera no era fresco sino calido, y una brisa templada arremolinó sus cabellos rubios. Tras su loca carrera, Mac finalmente se detuvo junto a uno de los surtidores de gasolina y apoyó su sien ardiente contra el frío metal. La incertidumbre era una fuerza devastadora, pensó mientras dejaba que su vista se perdiera en el horizonte. Frente a ella, al otro lado de la carretera, se extendía el cementerio de Cercadillo.

La inmensa mayoría (empezando por su abuelo Hubert que ahora descansaba allí mismo, bajo una de las lápidas) afirmaba que aquel era un lugar aciago, siniestro, y que había traído la ruina al motel. Cierto era que malograba un tanto las vistas, pero, en opinión de Mac, también poseía una extraña belleza. La joven disfrutaba admirando la retorcida escalera que ascendía colina arriba, hasta llegar al camposanto, con sus adoquines de un tono ocre en el centro, y celestes, rojos y negros en el borde, al estilo navajo. En la cima del montículo la escalera desembocaba en una verja alta, de hierro forjado, cubierta de amenazadoras bestias: águilas, serpientes y escorpiones daban forma a los barrotes y recibían al visitante con sus ojos esmaltados. Y las noches de luna llena, las lápidas que coronaban la loma brillaban con una luz tan pálida, tan etérea, que inspiraban misticismo hasta al más recalcitrante escéptico. Pero lo que más importaba a Mac era que sus padres se encontraban allí, y ella notaba su presencia en cada pulgada del lugar. Suspiró al pensar en ellos. Siempre habían querido lo mejor para ella y su ambición era que estudiase y que llegara muy lejos. Pero la vida parecía reservarle otros planes y, si todo seguía igual, la única distancia que iba a recorrer era la que separaba el motel del cementerio.

Cincuenta tristes yardas.
Ciento cincuenta pies.
Una maldita línea de asfalto.

La ironía de la situación hizo que soltara una risa amarga, aunque por dentro tan sólo quería llorar. Llorar hasta evaporarse. Llorar hasta dejar de existir…

Y en ese mismo momento fue cuando lo vio por primera vez, al final de la carretera que ahora sólo le infundía aflicción, sin saber entonces que su vida iba a cambiar para siempre. Al principio, fue una simple mancha en la distancia, la sombra de un espejismo producido por el calor. Luego, a medida que se acercaba, pudo oír el poderoso ronroneo de una Harley Electra Glide ultra classic y pronto distinguió la silueta de la magnifica máquina. En la radio sonaba “Thunderstruck” de los AC/DC[*] y así se sentía ella, sacudida por un trueno, porque se hallaba justo debajo del altavoz y la música atronaba en sus oídos. Ambos sonidos se fundieron y se alzaron en un demoledor crescendo, reverberando en su interior y, sin remedio, la arrastraron a una vorágine de excitación y presentimientos.

La Harley, de color perla y cereza oscuro, recorrió el trayecto que los separaba y diestramente frenó junto a ella. Petrificada y boquiabierta, Mac contempló como el piloto extendía las piernas a ambos lados de la moto, para estabilizarla. La joven no entendía mucho de geometría pero, por la longitud de aquellas piernas (largas y musculosas, enfundadas en un apretado pantalón de cuero negro), podía deducir que el sujeto medía al menos dos metros. El hombre apagó el motor y, tras bajarse la cremallera de la cazadora del mismo color y material que los pantalones, se quitó el casco. Mac, que aún seguía petrificada y boquiabierta, le observó con curiosidad.

Era un hombre joven, probablemente alrededor de los treinta, aunque el sol y los elementos habían curtido su piel. Tenía el cabello castaño muy corto, al estilo militar, la mirada adusta, los pómulos altos, y un mentón fuerte y cuadrado cubierto por una barba de tres días. Mac pensó que parecía un rostro esculpido. Pero no esculpido con la suavidad y elegancia de una escultura romana sino algo más tosco, como si lo hubieran tallado a hachazos. Eso sí, hachazos muy hábiles porque el tipo era guapo como pocos. Propensa a la metáfora, Mac concluyó que si hubiese sido un animal, habría sido pantera; una bebida, Guiness y, tratándose de algo comestible… chocolate amargo, sin duda alguna. El la miró entonces con sus sensuales ojos verdes y luego dijo:

—Me pones…

El sonido de la ronca voz masculina hizo que una ola de calor recorriera su cuerpo, derritiéndola.

«¿Cómo? –se preguntó, desvariando— ¿Cómo te pongo? ¿Caliente? ¿A cien? ¿Cómo una moto?»

—… ¿gasolina?



(1) Al estado de Nuevo México se lo conoce como “La Tierra del Encantamiento”




CONTINUARÁ...

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Última edición por Joana el Mar Mar 09, 2010 1:42 pm, editado 9 veces
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isahol
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 2:57 pm

lo has escrito tu??' Tiene muy buena pinta. Cuando disponga de tiempo... lo leeré más detenidamente..
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anarion
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 3:00 pm

Pues sip, lo ha escrito ella, ¿a que escribe que te cagas? lol!

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 3:01 pm

anarion escribió:
Pues sip, lo ha escrito ella, ¿a que escribe que te cagas? lol!

y que lo digas Geni.. Tengo ganas de ponerme con él.. pero necesito tiempo y ahora voy justita, pues estoy preparando la comida, pero me pondré con él..

Menudas escritoras que tenemos en el foro.. Besos
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anarion
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 3:06 pm

Ejem... Cazadora sin mangas a guisa de chaleco... eso es un poco rebuscado, bounce Y traduce please eso de “Le geek, c’est chic”.

Cambia también el color de los textos que pusiste en azul, es un color demasiado oscuro para el fondo negro lol!

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 3:19 pm

Escaneó dicha página de un vistazo...

El verbo escanear está mal utilizado, mejor pon Revisó dicha página de un vistazo

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 3:21 pm

anarion escribió:
Ejem... Cazadora sin mangas a guisa de chaleco... eso es un poco rebuscado, bounce Y traduce please eso de “Le geek, c’est chic”.

Cambia también el color de los textos que pusiste en azul, es un color demasiado oscuro para el fondo negro lol!

Juass, como se nota que no eres fashion! Cazadora sin mangas a guisa de chaleco, voila!



Un geek, es un nerd, el tipico fanatico de algun tema en especial y sin don de gentes, lo que en España se llama un novato, o un friki... Lo de "le geek, c'est chic" viene de una cancion disco de los '70:


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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 3:22 pm

Coño, eso es un chaleco vaquero de toda la vida

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 3:30 pm

anarion escribió:
Coño, eso es un chaleco vaquero de toda la vida

Ah, aqui es una cazadora sin mangas... scratch

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anarion
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 3:44 pm

Claro, los Anglos que todo lo hacen al revés, son el espíritu de contradicción personificado bounce

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 3:46 pm

anarion escribió:
Claro, los Anglos que todo lo hacen al revés, son el espíritu de contradicción personificado bounce

Juass, ya sabes que se pega todo menos lo bonito! lol!

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anarion
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 3:56 pm

bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce

Lo que le faltaba a la pobre mujer risotada

Y bueno, decirte que me gusta muchísimo este relato, más que La rendición, no te digo más lol!

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 3:59 pm

anarion escribió:
bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce bounce

Lo que le faltaba a la pobre mujer risotada

Y bueno, decirte que me gusta muchísimo este relato, más que La rendición, no te digo más lol!

Juass, es que son de estilos totalmente diferentes. La Rendicion es historico y este... um, este es un relato estilo Jolibud, de esos que te quitas el refajo y dices "que salga lo que sea! bounce

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anarion
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 4:01 pm

De los que molan, de los que molan... le estpy pillando el gusto yo al estilo Jolibud (es el que uso yo para los mafiosos también, juas. tirar un poco de lo absurdo, es muy socorrido bounce )

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Vie Feb 26, 2010 4:07 pm

anarion escribió:
De los que molan, de los que molan... le estpy pillando el gusto yo al estilo Jolibud (es el que uso yo para los mafiosos también, juas. tirar un poco de lo absurdo, es muy socorrido bounce )

Siiiiii, juass, buen estilo ese... lol!

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Sáb Feb 27, 2010 4:55 pm

anarion escribió:
Pues sip, lo ha escrito ella, ¿a que escribe que te cagas? lol!

Joder, efectivamente, escribe que te cagas. ¡Me está encantando! Joana, he alucinado mientras leía. ¿Para cuándo más?
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Sáb Feb 27, 2010 5:02 pm

Estoy en ello, Chus, pero este finde quiero seguir leyendo lo tuyo, que durante la semana no pude [ainsss, no preguntes, pero digamos que por una cadena de casualidades acabe en un estado que casi no podia sentarme... ]. Ah, pero me alegro de que te guste!!!

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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Sáb Feb 27, 2010 5:04 pm

Joana escribió:
Estoy en ello, Chus, pero este finde quiero seguir leyendo lo tuyo, que durante la semana no pude [ainsss, no preguntes, pero digamos que por una cadena de casualidades acabe en un estado que casi no podia sentarme... ]. Ah, pero me alegro de que te guste!!!

Niña, decir que me gusta se queda demasiado corto. ¡Te lo digo completamente en serio!
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anarion
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MensajeTema: Re: REVENANT: CAPÍTULO IV   Sáb Feb 27, 2010 9:43 pm

Pues como ves, tu club de fans aumenta, así que ponte con la continuación pero ya lol!

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